7 de Noviembre 2021

“Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”. Esa es la creencia fundamental. Hay un Dios verdadero. Los seres humanos fueron creados para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y por medio de ello para salvar sus almas. La creencia no es pasiva. Está activo. El alma humana inquieta no descansará hasta que termine su trabajo. La Misa es una obra pública. Antes de la Misa conviene prepararse para la celebración. Debes asegurarte de confesar tus pecados mortales a un sacerdote antes de venir. Haga un buen examen de conciencia antes de ingresar al confesionario. Si confiesa tus pecados mortales con la firme intención de no volver a cometer esos pecados, entonces has hecho una buena confesión. Incluso si no ha cometido ningún pecado mortal, es una buena práctica confesarse al menos una vez al mes para ayudarlo a mantenerse en el Camino de Cristo. Santa Madre Teresa de Calcuta se confesó todas las semanas. Los pecados menores o veniales se perdonan al comienzo de la Misa cuando rezamos el acto penitencial. Entonces, si no ha cometido ningún pecado mortal, puede recibir la comunión sin necesidad de confesarse. Debes leer y orar con las lecturas de la Misa: la primera lectura, el salmo responsorial, la segunda lectura y el Evangelio antes de asistir a la Misa. Eso te preparará y te hará más abierto a la escucha de la Palabra de Dios. “Creo en Jesucristo Su único Hijo, Nuestro Señor”. Creer en Jesucristo requiere que te encuentres con Él en la Eucaristía y llegues a conocer Su amor eterno por ti y por todos. Jesús sufrió una vez y murió en la Cruz para que pudiéramos ser perdonados por nuestros pecados y sanados. Jesús ascendió al cielo y ya no sufre. La cabeza ya no sufre. La corona de espinas se cambió por la corona de gloria. Nosotros, los que estamos en Su Cuerpo, todavía sufrimos. Cuando Jesús regrese para juzgar a vivos y muertos, no vendrá a condenar sino a salvar. “Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó”. (Jn 12, 47-50) “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. (Jn 13:34) Necesitas buscar y conocer el amor que Dios tiene por ti.
“Tú creaste mis entrañas,
me plasmaste en el seno de mi madre:
te doy gracias porque fui formado
de manera tan admirable.
¡Qué maravillosas son tus obras!
Tú conocías hasta el fondo de mi alma”. (Salmos 139: 13-14)

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