11º Domingo de Tiempo Ordinario

11º Domingo de Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 13 de junio, 2021
Lecturas: Ez 17,22-24; Salmo 91,2-3.13-16; 2 Cor 5,6-10; Mc 4,26-34

Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. El sentido de las palabras de San Pablo, al final, nos dicen que la fe se arraiga en una realidad que no solamente sobrepasa nuestra visión, sino también la capacidad de nuestra mente, y todo lo que podemos experimentar. Esto es porque la fe se arraiga en Dios mismo.

Según la definición clásica del 1º Concilio Vaticano: “La fe, que es ‘principio de la salvación humana’, es una virtud sobrenatural, por medio de la cual, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos como verdadero aquello que Él ha revelado, no porque percibamos su verdad intrínseca por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de Dios mismo que revela y no puede engañar ni ser engañado. Así pues, la fe, como lo declara el Apóstol, ‘es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven.’” (Constitución Dei Filus, c. 3)

La revelación de Dios viene a nosotros sobretodo por medio de Jesucristo, a quien el Concilio Vaticano Segundo llama ‘mediador y plenitud de toda la revelación’, (Dei Verbum 2) pero la doctrina actual de Cristo nos se propone a nosotros autoritativamente por la Iglesia, que es también la garantía de la autenticidad de la Sagrada Escritura. (cf. Vaticano I, Ibid.)

Las cosas que vemos, las cosas que experimentamos, las cosas que conocemos nos dirigen seguramente a Dios que se revela y lo que el revela – por eso nuestra fe no es ciega ni sin razón – pero la fe misma tiene que tomar mas un paso, por la ayuda de la gracia de Dios, mas un paso que nos conduce a adherir a Dios mismo para aceptar sin hesitación lo que él nos manifiesta.

Dios nos revela que el mismo es la meta de nuestra esperanza; que el mismo es nuestra verdadera patria; que el mismo es el cumplimiento de todo lo que podemos desear. El nos revela que su Hijo, Jesucristo, nacido de la Virgen María, crucificado bajo Poncio Pilato, resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha del Padre, se hizo nuestro camino hacia Dios. El nos revela que tenemos que responder a él, a Jesucristo, que se hizo el juez de los vivos y de los muertos. Si comprendamos todo esto, entonces, como San Pablo, vamos a esforzarnos a agradarle a él.

La realidad de la fe sobrepasa nuestra experiencia. No es solamente la realidad de Dios que sobrepasa nuestra experiencia, sino nuestro mismo acto de la fe. Cuando creemos en Dios, cuando creemos en Jesucristo, estamos haciendo algo mucho mas grande que podemos imaginar o concebir porque nuestro acto surge bajo el impulso del Espíritu Santo. Así San Pablo escribió: Nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, si no está movido por el Espíritu Santo. (1 Cor 12,3)

Permítanme ilustrar la relación entre la fe y la experiencia por medio de mi propia experiencia a la luz del evangelio de hoy.

Puede ser que unos de ustedes saben que soy un convertido. Fui bautizado como adulto hace 40 años. Recientemente alguien me preguntó cuando fue que invité a Jesús por primera vez en mi corazón. De verdad pensé que la pregunta fue un poco rara pero característico de una mentalidad protestante. Está bien invitar a Jesús en su corazón, pero lo difícil de la pregunta es que supone que la fe y la vida cristiana empieza cuando uno acepta a Jesús como su ‘salvador personal’, lo invita en su corazón, y tiene la experiencia de Jesús en el corazón.

Esto no es como vine a creer en Jesús y entrar en la Iglesia. Quizás pudiera designar el momento en que por primera vez creí en Jesucristo y acepté la fe católica. El camino de mi conversión era esto: arrepentir de mis pecados, creer en Jesucristo, abrazar la fe católica, recibir el bautismo, y tratar de vivir según el don recibido. Después mientras trataba de vivir según la fe, y pasaron las noches y los días, y de vez en cuando pudiera vislumbrar un poco la obra que Dios estaba realizando en mi corazón.

Fue como en el evangelio de hoy, primero la semilla se esconde en el alma y se observe solamente después que germine. El crecimiento es despacio, pero un día se observe el tallo; otro día aparece la espiga. Esto es para decir que no fue cuestión de invitar a Jesús en mi corazón, sino cuestión de creer en él, tratar de vivir según su enseñanza, y entretanto él entró en el alma casi sin percibirlo inmediatamente. Tampoco fue cuestión invitarle a él una sola vez; él se enraíce en el corazón como una realidad viva y creciendo.

Por lo normal no he hablado de mi experiencia personal porque la gente tiene experiencias diferentes. En este caso, pienso que mi ejemplo puede animar a unas personas. Parece que a veces personas tienen una imaginación de lo que debe ser la vida cristiana, lo que debe sentir y experimentar, y cuando su experiencia no se conforma a la imaginación, se desaniman, pensando que están haciendo algo equivocado.

Lo que quiero decir es que la vida cristiana no es, en primer lugar, una cosa de la experiencia y el sentimiento, sino es creer en Jesucristo y hacer su voluntad. Si, lo hacemos, vamos a crecer en su gracia y, mientras pasan las noches y los días, su imagen va a crecer en nuestro corazón, si lo percibimos o no. Esto es parte de la belleza del evangelio de hoy; nos recuerda que el crecimiento espiritual es despacio y gradual. Es la obra de Dios.

San Pablo escribió de su ministerio en favor de los demás, Yo planté, Apolo regó, pero el que hizo crecer fue Dios. (1 Cor 3,6) Lo mismo puede decir de nuestro esfuerzo para cuidar de nuestra propia alma; plantamos y regamos, pero es Dios que hace crecer.

De vez en cuando, para nuestro consuelo, el Señor en su bondad nos da a vislumbrar su obra en nosotros. Sin embargo, no debemos enfocar en nosotros, sino en él y en su voluntad.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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