12º Domingo del Tiempo Ordinario

12º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 20 de junio, 2021
Lecturas: Job 38,1.8-11; Salmo 106,23-26.29-31; 2 Cor 5,14-17; Mc 4,35-41

La imaginación moderna ha sido formada fuertemente por la visión del mundo que viene de la ciencia moderna, pero la visión de la ciencia es muy limitada y ve un mundo desnudado de sentido. La visión científica nos muestra la mecánica del universo, el engranaje escondido, por así decir. La explicación científica es como una explicación de una película que describe el funcionamiento del proyector. La visión bíblica, al contrario, nos muestra el mundo que vemos como la creación de Dios junto con su sentido. El mundo visible es como una palabra que Dios dirige a nosotros, pero necesitamos su palabra en la sagrada Escritura para entender su palabra en la creación.

La Biblia nos muestra cuatro grandes regiones de la creación con relación al ser humano, creado a la imagen de Dios: los cielos, la tierra, el mar, y el infierno ‘bajo la tierra’. La diferencia entre ‘arriba’ y ‘bajo’ son esenciales para el sentido. Esta diferencia de sentido está bien grabada en el instinto humano, incluso en medio de nuestro mundo científico. Por eso todavía comprendemos ‘levantemos el corazón’ y ‘sentirse decaído’.

Por eso, los cielos visibles, de arriba, no son tanto la misma habitación de Dios y sus ángeles, como el símbolo visible y representación de dirige nuestra atención mas allá para las naturalezas mas altas. El infierno, bajo la tierra, a donde se entierra los cadáveres, se hace la representación visible del lugar de los muertos y el dominio del diablo. Claro que la tierra misma es la habitación actual de los seres humanos, pero también tiene un simbolismo. Como habitamos sobre la tierra solida, también necesitamos en la vida la estabilidad, el orden, y la estructura.

Y ¿el mar? En los tiempos bíblicos el mar visible parecía como el símbolo de un caos primordial. Las naciones paganas, fuera de Israel, pensaron que este caos fue un dominio que fuera independiente y contrario al dominio de los ‘dioses’. El mito típico pagano de la creación cuenta una historia de un dios supremo que vence el mar y del cuerpo del gran monstruo marino compone la tierra que se puede habitar y junto con toda la vida terrestre.

De veras, este mito no cuenta la historia de la creación porque una verdadera creación no supone un caos primordial. Antes, esta es una historia de una lucha entre el orden y el caos en que el orden se establece en medio del caos y siempre es amenazada por el caos. Es una perspectiva muy humana pues la vida humana, tan individual como social, a menudo parece como una lucha sin fin para establecer el orden en medio del caos. Siempre es necesario limpiar su casa y si no lo mantiene ella se va desbaratándose. Y un labrador corta un bosque, planta la semilla en el campo, y reza para que ni el granizo ni la sequía destruya la cosecha.

Sin embargo, la Biblia nos otorga la perspectiva divina, mostrándonos a Dios mismo que crea el cielo y la tierra, quiere decir todo, de la nada, esto quiere decir sin suponer otra cosa que ya existe. Tampoco crea de si mismo como se cortara una parte de si mismo o proyectara una parte de si mismo para formar el mundo. Antes, concibiendo en la mente divina todo el plan del universo, tan la forma como la materia, Dios hace que todo entra en la existencia por el poder de su palabra. En las palabras del Salmista: Él habló y todo fue creado, lo ordenó y las cosas existieron. (Salmo 33[32],9)

Así Dios también creó el mar visible, pero lo hizo de tal forma que puso el mar con relación a la tierra, la habitación del ser humano, para hacer que el mar fuera un símbolo conveniente para el poder del maligno en rebelión contra Dios. Pues siendo que el diablo no puede atacar a Dios directamente él trata de atacar a Dios por medio de su imagen en el hombre. Como el mar fue creado por Dios, también el diablo fue creado por Dios.

Ahora podemos considerar la 1ª lectura de hoy y las palabras que Dios dirige al mar: Hasta aquí llegarás, no más allá. Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.

Job, el hombre, no puede así mandar al mar, pero Dios lo puede. Hay tres cosas para notar aquí.

El primero es la primacía de la providencia divina: el mal se permite por Dios, pero solamente dentro de un límite determinado por la providencia divina. No sabemos exactamente que es el límite; no sabemos cuando Dios va a mandar, “Hasta aquí llegarás, no más allá.” Esto exige de nosotros que pongamos nuestra confianza en Dios y orar a él.

En español en el Padrenuestro rezamos, no nos dejas caer en la tentación. La traducción no es literal como en ingles. Literalmente sería no nos conduzcas en la tentación, pero esto causa confusión. La gente dice, “¿Cómo puede Dios conducir nos en la tentación, siendo que no es la causa del mal?”

Hay un pasaje de San Pablo que puede iluminar la letra, pero en español este pasaje tampoco se traduzca según la letra. Leemos algo como, Ustedes todavía no han sufrido más que pruebas muy ordinarias. Pero Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerzas para superarla. (1 Cor 10,13)

En nuestros idiomas modernos a menudo distinguimos entre ‘prueba’ y ‘tentación’; cualquier sufrimiento o aflicción es una ‘prueba’ pero la ‘tentación’ solamente se refiere a la seducción al pecado. En la Biblia hay una palabra que se usa San Pablo y el Padrenuestro, que tiene los dos sentidos.

Así podemos leer a San Pablo mas literalmente: Ustedes todavía no han sufrido más que tentaciones que son comunes a los seres humanos. Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación otorgará una salida para que puedan suportarla. (1 Cor 10,13)

Ahora podemos entender la letra del Padrenuestro: ser conducido en la tentación sería entrar tan completamente, por así decir, que uno estaría totalmente rodeado sin cualquier ‘salida’ y por eso incapaz de suportarla. Entonces estamos pidiendo a Dios que no nos permite entrar así en la tentación; estamos pidiendo que el pone un límite al mal, dejándonos así una ‘salida’.

El salmista usa la imagen del mar, gritando: Oh Dios, sálvame, que las aguas llegan hasta el cuello. Me estoy hundiendo en un cieno profundo, y no hay donde apoyarme. (Salmo 69,2-3)

Con tal que todavía está capaz de gritar a Dios él todavía no ha sucumbido a la tentación; las aguas llegan hasta el cuello, pero no más allá. Con tal que el cuello continúa conectado a la cabeza, que es Cristo mismo, el alma fiel se salvará.

Ahora pasamos para el próximo punto: la presencia del mal nos lleva a reconocer tan nuestra limitación humana como nuestra necesidad de Dios.

En el salmo de hoy oímos del terror de los marineros frente a la tormenta del mar, pero se omitió un frase que sigue luego: toda su sabiduría pereció.

No tenemos en nosotros mismos, como seres humanos, el poder de superar el mal. Si estamos sinceros frente al mal, reconoceremos que de veras necesitamos un Salvador y que solamente Dios puede salvarnos.

Por consecuencia todos los esfuerzos meramente humanos para establecer la justicia (y esto a lo mejor es la historia del mundo moderno) son destinados a fallar; al final van a hacer que las cosas sean aun peor. El caos se manifiesta como mas fuerte que cualquier esfuerzo meramente humano para establecer el orden.

Tercero punto: Lo que no está en el poder humano está en el poder de Dios; él puede poner un límite en el mal y lo hace. Él no pone el límite que queremos sino el límite que el sabe será para lo mejor.

Por eso San Pablo escribió: Sabemos que todo contribuye al bien de los aman a Dios, de los que él ha llamado según sus planes. Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos. (Rm 8,28-29)

Así llegamos a la 2ª lectura de hoy. San Pablo escribe: Ya no juzgamos a nadie con criterios humanos (esto es según los criterios de la carne).

Juzgamos con criterios humanos cuando juzgamos según la perspectiva de este mundo que pasa y los propósitos mundanos. Según estos criterios, al final, parece que el mal siempre será lo mas fuerte; por eso va a parecer necesario usar el mal para combatir contra el mal.

Esto no es como Dios ve las cosas. Antes él se preocupa para que los hombres que lo quieren sean formados según la imagen de su Hijo. Contra este propósito y obra de Dios el mal es impotente. El límite que Dios pone en el mal se determina con relación a su obra de formar las personas según la imagen de su Hijo. Ser conforme a la imagen del Hijo de Dios es ser la creatura nueva de que San Pablo habla; es la realidad que empieza en nosotros por la vida de la gracia que recibimos por primera vez en nuestro bautismo. Si estamos viviendo en la gracia de Dios, entonces Cristo está en nuestro barco con nosotros y vamos a encontrar la paz aun en medio de la tormenta. No tenemos nada para temer aun que Jesús no se despierta y amonesta al viento y a las olas.

El amor de Cristo nos apremia. Cristo murió y resucitó de entre los muertos para que nosotros pudiéramos morir a la preocupaciones mundanos y carnales y vivir para él en la vida de la gracia. Todo lo que hacemos en el mundo, por amor a Cristo, por nosotros o por los demás, debemos hacer por causa del reino de la gracia de Dios, la nueva creatura.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.