13º Domingo del Tiempo Ordinario

13º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 27 de julio, 2021
Lecturas: Sb 1,13-15; 2,23-24; Salmo 29,2.4-6.11-13; 2 Cor 8,7.9.13-15; Mc 5,21-43

En el evangelio de hoy oímos de una mujer que tocó al hombre Jesús que se el Hijo de Dios; lo tocó con la fe y fue sanada de su aflicción. También oímos como al hombre que acabó de recibir las noticias de la muerte de su hija, Jesús dijo, tengas fe. La fe ve al hombre Jesús y cree en el Hijo de Dios y Jesús, el Hijo de Dios por su parte por medio su humanidad sagrada toca al que crea y lo sana y le da la vida, la vida de la gracia y la vida eterna.

En la 2ª lectura oímos las palabras hermosas de San Pablo: Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza.

San Pablo habla como si ‘lo generoso’ de Jesucristo fuera bien sabido; quizás fuera así entre los fieles de Corinto, pero ¿de verás los católicos de hoy lo saben? Parece que muchos son muy ignorantes de lo generoso de Jesucristo y otros lo saben por un asiento de la inteligencia, como una formula matemática, pero ¿cuántos lo saben en sus huesos, por así decir?

Lo gracioso de Jesucristo es su nacimiento de la Virgen María, su muerte en la Cruz, y también su don de la sagrada Eucaristía, el santo sacrificio de la Misa. Antes que podamos saberlo en nuestros huesos debemos recibirlo de una manera por nuestra inteligencia.

Por eso debemos entender como era que Jesús fue ‘rico’ antes de hacerse ‘pobre’ para enriquecernos por su pobreza.

El era ‘rico’ porque era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, un Dios con el Padre y el Espíritu Santo. Las riquezas que tenía eran las riquezas de la divinidad que poseía desde la eternidad. No podemos saber esto en nuestros huesos con tal que pongamos valor en las riquezas terrestres. Tampoco podemos comprender las riquezas de Jesús con tal que pensemos que es alguien menos que Dios mismo.

Jesús se hizo ‘pobre’ por hacerse hombre, nacido de la Virgen María. El don que María dio a Jesús fue nuestra pobreza, la pobreza de la naturaleza humana. La pobreza del nacimiento de Jesús en Belén es nada mas que una revelación de la pobreza de la condición humana ante Dios. No podemos saber esto en nuestros huesos con tal que pensemos que somos o podemos ser algo por nuestra propia cuenta.

Jesús dijo a la Iglesia en Laodicea: Tú piensas: ‘Soy rico, tengo de todo, nada me falta’. Y no te das cuenta de que eres un infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. (Ap 3,17)

Él puede decir hoy a los Estados Unidos: ‘Piensan que son ricos, tienen de todo y faltan de nada, porque tienen sus computadores y celulares, aviones y coches, lámparas eléctricas y calefacción central y aire acondicionado, cirujanos, antibióticas, y vacunas, carros de combate, portaviones, aviones teledirigidos, y misiles nucleares, pero no sabe que lo mas rico y autosuficiente que piensan tanto lo mas infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.”

¿Cómo puede ser de otra manera cuando permitimos y aprobamos la matanza masiva de los niños no nacidos y la destrucción del matrimonio y la familia?

Si las riquezas de Jesús, que no perdiera durante su vida terrestre, solamente escondió, son su naturaleza divina, entonces la riqueza que vino para compartir con nosotros por la pobreza de su naturaleza humana son precisamente las riquezas de su divinidad, la vida de la gracia que nos fue dada en el bautismo, la vida que nos prepara para la gloria celeste de la visión de Dios y la unión eterna con Dios mismo en el seno de la santísima Trinidad. Hasta que comprendamos esto en nuestros huesos, quedaremos infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo sin respeto de lo que los hombres piensan.

El catecismo de la Iglesia católica nos enseña: “El Verbo se encarnó para hacernos ‘partícipes de la naturaleza divina’.” Después cita a San Ireneo: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios.” Y San Atanasio: “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios.” Y San Tomás de Aquino: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre hiciera dioses a los hombres.” (CIC 460)

No nos hacemos ‘dioses’ por dejar de ser humanos, así como Jesús, cuando asumió nuestra naturaleza humana no dejó de ser Dios. Antes nos hacemos ‘dioses’ por participar por la gracia de lo que tiene Jesús, el Hijo de Dios, por la naturaleza. El tomó de lo que era nuestro para darnos lo que era suyo.

A menudo hemos escuchado que Jesús murió por nuestros pecados. Es verdad porque con tal que quedemos presos por el pecado no podamos hacernos partícipes de la naturaleza divina, no podemos recibir el don de la gracia santificante. El pecado es el obstáculo que nos impide de recibir el don generoso que Dios quiso regalarnos. Lo generoso de Jesucristo es aun mas maravilloso porque no solamente tuvimos la pobreza de nuestra naturaleza humana sino también la pobreza peor de nuestros pecados. Por eso, Jesús no solamente asumió en si la pobreza de nuestra naturaleza, sino también el peso de nuestros pecados. El asumió sobre si el peso de nuestros pecados para que pudiera clavarse en la Cruz junto con él.

San Pablo escribió: Dios dejó constancia de amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. (Rm 5,8) Y: Cristo nos amó y se entregó a si mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios. (Ef 5,2)

Lo gracioso de Cristo consiste en esto que se entregó completamente, se hizo de si mismo un don total, y esto nos llama a nosotros por nuestra parte darnos totalmente. La totalidad del don de Cristo se ve en la Cruz; la totalidad del don de Cristo se renueve en cada sacrificio de la Misa.

El sacrificio de la misa y el sacrificio de la Cruz son lo mismo; el sacerdote, Jesucristo, es el mismo que una vez se ofreció en la Cruz y ahora se ofrece por el ministerio de sus sacerdotes; la victima del sacrificio es lo mismo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que una vez se ofreció de una manera sangrente en la Cruz, pero ahora se ofrece de una manera sacramental en la Misa sin derramar de nuevo la sangre.

Esto es el acto gracioso de nuestro Señor Jesucristo que debe alimentar nuestra alma y que debemos comprender en nuestros huesos, para que podamos entregarnos totalmente a él y en él a nuestros hermanos y hermanas, según sus palabras, lo que hicieron con uno de estos mis hermanos mas pequeños, conmigo lo hicieron. (Mt 25,40)

Sin la oración nada de esto es posible. Debemos pedir a Dios para que lleguemos a saber en los huesos lo gracioso de Jesucristo. ¡Señor, creo, pero ayúdame a tener más fe! (Mc 9,24)

Está bien, pero ahora pasamos a un asunto muy practico.

San Pablo hace referencia a lo gracioso de Jesucristo para motivar a los fieles de Corinto a contribuir dinero a una colecta especial en favor de los fieles en Jerusalén. Sin embargo, San Pablo no es solamente preocupado por aliviar la pobreza de los fieles de Jerusalén, también se preocupa por la generosidad de los fieles de Corinto. Por amor a los fieles de Corinto el quiere que sean generosos, generosos con su dinero; por lo bien de sus almas, por su bien espiritual, él quiere que sean generosos con sus bienes materiales.

Puedo decir esto a ustedes de una manera muy simples: Si lo generoso de Jesucristo consiste en su don total de si mismo por amor a nosotros y a su Padre y si nosotros recibimos del acto generoso de Cristo de cada Misa, y si debemos por eso imitar la generosidad de Cristo por hacer un don total de nosotros a él y, en él, a nuestros hermanos y hermanas, entonces difícilmente podemos hacerlo si vamos a guardar celosamente nuestro dinero.

Si, San Pablo también escribe: no se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Por eso debemos dar según nuestros recursos, según nuestras posibilidades. Sin embargo, nuestra actitud fundamental debe ser la generosidad; el espíritu de la generosidad juzga nuestras posibilidades no según los criterios de un deseo para las riquezas tan pobres de este mundo, sin según nuestras verdaderas necesidades; el espíritu de la generosidad pone su confianza en Dios, sabiendo que él, el Señor de todo, no se dejará superar en materia de la generosidad. El que proporciona semilla al que siembra y pan para que se alimente, les proporcionará y les multiplicará la semilla y hará crecer los frutos de su justicia. (2 Cor 9,10)

También debemos ejercer la prudencia para no ser defraudado. Sin embargo, es mejor ser generoso y defraudado que usar la ´prudencia’ como disculpa para nuestra falta de generosidad.

Además, dando no es lo mismo como invirtiendo. La generosidad da sin buscar una recompensa; la generosidad no queja ni sufre amargura cuando nadie la observa o dice ‘gracias’. Si, quien recibe debe mostrar la gratitud, pero recibir la gratitud de los demás no debe ser la razón para dar.

La generosidad da porque es bueno dar; la generosidad da porque según un dicho antiguo ‘lo bueno se derrama a si mismo’. (bonum est diffusivum sui) Dios ama al que da con alegría. (2 Cor 9,7) La alegría es la marca de la verdadera generosidad y la generosidad es una marca del verdadero espíritu cristiano.

Si lo gracioso de Jesucristo se graba en nuestros huesos, entonces vamos a estimar las verdaderas riquezas de la gracia de Dios, vamos a comprender la pobreza de este mundo, y daremos con generosidad porque nos hemos convertido semejante a nuestro Dios que es tan bueno y generoso cuya vida y naturaleza por la gracia participamos.

Share

Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.