15º Domingo del Tiempo Ordinario

15º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 12 de julio, 2020
Lecturas: Is 55,10-11; Salmo 64,10-14; Rm 8,18-23; Mt 13,1-23

La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión.

En primer lugar, la palabra que sale de la boca de Dios es una persona divina, el Hijo de Dios, la 2ª persona de la santísima Trinidad. El sale en la eternidad; el salió en la creación del mundo; el salió en la palabra proclamada por los profetas del antiguo testamento; sobre todo el salió cuando se hizo hombre y nació de la Virgen María; el continúa saliendo en su Iglesia, en la predicación apostólica que se encuentra en la Tradición de la Iglesia y la sagrada Escritura del nuevo Testamento, en el don del Espíritu Santo, en la sagrada Eucaristía. La palabra de Dios sale de la boca de Dios y cumpla su misión, llevando a cabo el propósito de Dios.

Esto se ve en el misterio de la encarnación: Jesucristo cumplió la voluntad de su Padre, ofreciendo su vida como sacrificio de expiación en la Cruz, y volvió a la derecha del Padre después de obrar la redención del genero humano.

Sin embargo, si consideramos el evangelio de hoy, puede parecer que a veces la palabra de Dios falla en cumplir su propósito; a veces no produce fruto, ni en la semilla que cae a lo largo del camino, ni en la semilla que cae en el terreno pedregoso, ni en la semilla que cae entre espinos. Parece que la palabra de Dios cumple su propósito solamente en aquellos que creen en ella y la recibe en un alma que es tierra buena, libre de las preocupaciones mundanos, libre de las seducciones de la riqueza y el placer y capaz de suportar la persecución y tribulación por amor a Dios.

San Pablo escribe que Dios revela su justicia en aquellos que se convierten en vasijas que merecen su ira porque rebelan contra él y abusan de su paciencia, mientras revela su misericordia en las vasijas de misericordia que reciban la riqueza de su gloria. (cf. Rm 9,22-24;11.22) Vemos que la palabra de Dios lleva tan la condenación como la salvación; salvación para aquellos que la reciben en fe y producen fruto para la vida eterna y condenación para aquellos que la rechazan. Al final la palabra de Dios logra su propósito tan en los granos de trigo como en la paja, sin la cual el trigo no existiría.

Podemos considerar un artista que pinta un cuadro de un caballero sentado en caballo blanco, su armadura brillando en la luz del sol, su ejercito siguiendo por tras, victorioso sobre los enemigos malvados y confusos que se levantan contra él de las tinieblas.

¿Qué es el propósito principal del artista? La gloria del caballero en el centro del cuadro. ¿Qué es segundo? Su ejercito que lo sigue. Sin embargo, el ejercito malvado y confuso de las tinieblas tiene su parte en el cuadro y sirve la gloria del caballero y sus seguidores. La intención del artista no se frustra por esos enemigos sino se cumple en ellos.

Así el libro de Apocalipsis nos muestra una visión tal: Vi el cielo abierto y apareció un caballo blanco. El que lo monta se llama ‘fiel’ y ‘veraz’. Es el que juzga y lucha con justicia … su nombre es: ‘La Palabra de Dios’. Lo siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, vestidos con ropas de lino de radiante blancura … Ví entonces a la bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para combatir contra el que iba montado en el caballo blanco y contra su ejercito. (Ap 19,11.13-14.19) Claro que el que monta el caballo blanco va a conquistar. (Cf. Ap 19,20-21; 6,1-2; Salmo 45,4-6)

Por eso, si nos llamamos creyentes en Jesucristo; si reconocemos que la palabra de Dios habla la verdad, la verdad mas alta; entonces vamos a querer ser contados entre aquellos en que el propósito principal de Dios se realiza. Vamos a querer ser contados entre aquellos en cuyos corazones la palabra encuentra tierra buena, libre de piedras y espinos, donde puede arraigarse y producir una cosecha abundante. Vamos a querer ser encontrados entre los ejércitos celestiales que siguen a Jesucristo, la Palabra hecha carne, dominando los impulsos de nuestra carne como caballeros expertos, victoriosos en el combate cristiano contra la corrupción del mundo caído y contra el diablo, que es el príncipe de este mundo.

Sin embargo, debemos saber que la palabra de Dios no alcanzará su cumplimiento pleno hasta que se revela la gloria de los hijos de Dios, de que habla la 2ª lectura de hoy.

Esta misma lectura habla de un obstáculo temporario al cumplimiento del propósito de Dios: La creación está ahora sometida al desorden. ¿En que consiste exactamente este desorden?

Bueno, el propósito de Dios va mas allá que la salvación humana; al final su propósito es que él mismo será glorificado por su creación.

En el mundo puramente invisible y espiritual, los santos ángeles, desde el principio, han contemplado la obra de Dios y han glorificado a Dios por causa de su obra.

En el mundo visible el hombre debiera haber sido el sacerdote del mundo visible, reconociendo la obra de Dios y dándole alabanza por causa de su obra. El mundo visible, incluyendo la vida corporal del mismo hombre, cumple su propósito en la medida que el hombre llega a entender el mundo precisamente como obra de Dios y así glorifica a Dios. Pues el mundo visible no se conoce a si mismo y no puede alabar a Dios por intención.

El pecado hizo que el hombre se convirtió ciego a la realidad y presencia de Dios en el mundo y en su propia vida y por eso lo hizo incapaz de cumplir su papel como sacerdote del mundo visible. El pecado hace que la misma vida humana se convierte opaca a la gloria de Dios y por eso cuando el pecador trata de alabar a Dios no tiene nada sino palabras sin sentido. El pecado hace que el mundo visible está sometida al desorden porque no es mas capaz de cumplir su propósito, la glorificación de Dios.

Por eso, Dios nos envió un nuevo sacerdote, el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, la Palabra que sale de la boca del Padre y cumple su propósito. Por la Sangre de su Cruz, Cristo nos restauró a Dios, purificó el mundo y a la luz de la Cruz Dios de nuevo se hizo visible en el mundo. Por fe en Jesucristo estamos capaces de volver al propósito para que fuimos creados, vivir de una manera que agrade a Dios, convertirnos transparente a luz divina, reconocer su presencia en nuestra vida y en el mundo, y alabarlo, por medio de Jesucristo, nuestro sumo Sacerdote, que siempre se ofrece de nuevo en el altar de la misa.

Para volver al propósito para que fuimos creados, para reconocer a Dios en un mundo que ha sido obscurecido por el pecado, debemos primero aprender reconocer a Dios en medio del sufrimiento. Es el sufrimiento que quiebra los terrones de nuestra alma y la hace como tierra buena, rica y fértil, capaz de producir una cosecha abundante. Entonces, debemos seguir el ejemplo de Jesucristo y abrazar la voluntad de Dios en la Cruz. Debemos dejar que el Señor limpia y riega nuestra alma por su Preciosismo Sangre. Debemos creer que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros. Debemos compartir el gemido y el ansia de toda la creación mientras esperamos la redención de nuestros cuerpos, la resurrección de entre los muertos.

Entonces la palabra de Dios cumplirá su misión.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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