16º Domingo del Tiempo Ordinario

16º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine, 19 de julio, 2020
Lecturas: Sab 12,13.16-19; Salmo 85,5-6.9-10.15-16; Rom 8,26-27; Mt,13,24-43

La parábola del trigo y de la cizaña que acabamos de oír nos habla de uno de los problemas fundamentales que todos los hombres, de todo tiempo y lugar, enfrenta. La misma realidad y problema se encuentra también en la Iglesia misma.

Muy simplemente es esto: ¿Por qué se encuentra los hombres buenos y malos mezclados en el mundo y en la Iglesia? Podemos poner la pregunta de una manera mas fuerte: ¿Por qué el bien y el mal son mezclados en cada persona humana? ¿Por qué el bien y el mal son mezclados en mi mismo?

La respuesta es simple y verdadero, pero en nuestro orgullo e impaciencia no estamos muy contentos con ella. La respuesta es que Dios lo permite hasta el día de juicio, cuando quita los malos de entre los buenos, los echaron fuera, para que al final, los buenos, siendo ya purificados, pueden brillar como el sol en el reino de Dios.

Podemos también observar que el mal – hablamos del mal moral, no meramente del mal físico, como el sufrimiento – no viene de Dios, pero del enemigo, el diablo.

Conviene que la parábola no menciona el origen del diablo porque precisamente en cuanto a su mal carácter, el diablo no tiene origen; precisamente en cuanto a su mal carácter, el diablo es defectivo; pues el mal es la falta del bien, donde el bien debe existir. Sin embargo, por causa de la realidad del libre albedrio, el diablo es responsable por su mal carácter. Así también todos aquellos a quienes Jesús los llama ‘los partidarios del maligno’.

Sin embargo, el ser espiritual que se convirtió en el diablo, fue creado por Dios y su rebelión mala fue permitida por Dios, como el permite todo mal, por causa del bien mayor que extrae del mal. Pues hay el bien de la revelación de la misericordia divina y la victoria en el combate espiritual. No hay victoria sin combate y lo mas potente el enemigo, lo mayor la victoria. ¡Qué grande la victoria de la divina misericordia!

La parábola también contiene una amonestación importante que todos deben atender. No debemos tratar arrancar la cizaña, sino dejarla hasta el juicio de Dios. Podemos y debemos buscar limitar y contener la cizaña, pero no arrancarla.

Esto tiene una importancia grande al respecto de un problema que se encuentra mucho en las noticias de los últimos meses: el racismo.

En primer lugar debemos clarificar que es el racismo y porque es malo.

El pecado de racismo es cualquier pensamiento, palabra, o obra por la cual una persona desprecia otra persona, creada según la imagen de Dios y redimida por la preciosísima sangre de Jesucristo, por causa de la raza o etnicidad de la persona.

El racismo puede motivar abusos del poder, pero también puede motivar resentimiento contra los abusadores y opresores por parte de los que están de una raza o etnicidad diferente.
En la historia de este país el racismo ha existido incluso entre personas ‘blancas’ cuyo origen étnico es de Europa. Así inmigrantes de Irlanda, Italia, y Polonia otrora sufrieron del racismo. Ese racismo fue aun mas feo por ser juntado con anti-catolicismo.

El racismo es contrario a la caridad de Cristo, que ama a todos los hombres y se entregó su vida por todos los hombres, y exige que sus discípulos también aman a todos, al menos para orar por ellos, reconocer su dignidad, y rechazar la tentación de excluirlos del circulo de amor divino y la posibilidad de la salvación.

El mal de racismo se intensifica cuando es propagado como una ideología o cuando es institucionalizado en las leyes de una nación. Así fue históricamente en esta nación. En este respecto el estado de Oregón tiene una historia particularmente fea en que el Klu Klux Klan tuvo un papel importante.

Entonces, ¿qué pertenece todo esto a la parábola del trigo y cizaña?

Bueno, la cizaña mal de racismo puede limitarse y contenerse por leyes que prohíban la discriminación injusta por causa de raza y por combatir contra las ideologías racistas.

Sin embargo, nunca se puede arrancar las actitudes y acciones racistas ni del mundo ni de la nación. Tratar hacerlo causaría un mal incalculable.

Esto mismo es el peligro que se encuentra hoy. Pues ahora al centro no es la condenación moral de actitudes y acciones racistas, ni la eliminación de leyes racistas, sino la condenación que busca arrancar, sea por violencia sea por ley, lo que se llama ‘racismo sistémico’.

La cosa es que el ‘racismo sistémico’ parece abrazar las actitudes y acciones presente en instituciones, como la policía, o mejor dentro de las personas que ocupan posiciones de autoridad y poder, y eso a pesar de muchas leyes contra la discriminación racial que ya están e vigor. También se dice que ellos son culpables del racismo sistémico que pasivamente comparten el sistema racista.

La ley y la justicia humanas no pueden alcanzar esas actitudes y acciones escondidas (especialmente bajo el titulo de ‘micro-agresiones’). Esta verdad hace parte de la parábola del trigo y cizaña.

Por desgracia, el esfuerzo para perfeccionar el mundo por medio de la ley y la educación, arrancando por estos medios todo el mal, ha sido un característico del movimiento que se llama ‘la Ilustración’, que empezó en el siglo 18º y dio a luz la revolución francesa y sus herederos. Uno de estos herederos fue la revolución mexicana que sucedió entre 1910 y 1920. Aun peor, el espíritu de la Ilustración busca la perfección humana sin Dios, sin Jesucristo.

La revolución americana, aunque comparte el espíritu de la Ilustración, fue, podemos decir, menos ‘perfeccionista’ y no explícitamente se dirigió contra Dios. Sin embargo, a pesar el bien de esta nación, un racismo muy feo también hace parte de nuestra historia; ha sido abundante cizaña entre el trigo.

Aquí tiene otra lección de la parábola: el campo no se defina por la cizaña sino por el trigo. Esto lección también se aplica a la Iglesia entre los escándalos grave que han herida su vida en los últimos décadas.

Al final, el esfuerzo de perfeccionar el mundo por medio de la ley y la educación se domina por las ideologías – no puede ser de otra manera porque su mismo proyecto siempre niega la verdad del reino de Dios y del juicio divino – y termina en la violencia extrema de campos de concentración y de campos de reeducación, como existe todavía en China comunista. Hoy el partido comunista de China quiere reeducar al pueblo uigur para hacerlos buenos y leales comunistas chinos. Los campos de reeducación usan toda la crueldad y brutalidad de los campos de concentración para el fin de cambiar el mismo pensar de los prisioneros. La meta es forzarlos adoptar un ‘pensamiento correcto’ según la ideología que domina.

Parece que los enemigos del racismo sistémica quieren hacer esto en los Estados Unidos. Esto es lo que quiere decir arrancar la cizaña del racismo, o de cualquier que sea el mal. Se convierte aun peor cuando ellos buscan arrancar el mismo trigo – como la fe católica. Esto ha sucedido en los países comunistas. Esto sucedería si una vez los Estados Unidos se convirtió en un país comunista – y esto es bien posible.

La parábola del trigo y de la cizaña nos enseña los limites de la ley y instituciones humanas, incluso la Iglesia como institución humana. Sin embargo, lo que la ley no puede hacer, la gracia y la caridad de Cristo puede. Incluso en este mundo decaído él puede reducir y minimizar por gran parte lo mal, si abrimos la puerta a él. En esto la Iglesia, en sus sacramentos y su enseñanza, sobrepasa la instituciones que son meramente humanas.

Esto es verdad, en particular, al respeto del mal de racismo. Es solamente la caridad de Cristo que verdaderamente permite que el amor humano sobrepasa los limites de la familia, el clan, la tribu, para extenderse a cada persona creada a la imagen de Dios. La caridad de Cristo enseña a los hombres – y su gracia los otorga el poder – ver mas allá de cosas superficiales como el color de la piel y incluso ver mas allá de las diferencias accidentales de las culturas, para amar la virtud verdadera a donde que sea que se encuentra y para tener compasión por los que son presos por las cadenas del vicio, para detestar el pecado y amar al pecador.

Sin embargo, la caridad y la gracia crecen en la tierra buena de la humildad. El hombre soberbio ve el problema allá por fuera: en el mundo, en las personas, en las instituciones, en los opresores, en los hombres malos, en los racistas, etc. El hombre humilde ve el problema en si mismo. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso el hombre humilde acepta y sufre el mal de la cizaña afuera y al mismo tiempo evita el error de tratar arrancar la cizaña en su propia alma.

Somos capaces por la gracia de Dios de evitar el pecado mortal. Somos capaces por la gracia de Dios de hacer mucho progreso en el combate contra el pecado venial. Sin embargo, no somos capaces de arrancar las raíces del pecado que queden en nuestra alma hasta que – y que agrade a Dios realizarlo en nosotros – nuestra purificación sea completa y entremos en la visión celeste de la santísima Trinidad.

Al final, la fe en Dios es absolutamente necesario. Los esfuerzos para arrancar el mal completamente surgen de la falta de fe o la pierda de fe. Pues ¿cómo es posible suportar el mal sino por medio de la esperanza? La fe nos otorga la esperanza que Cristo vendrá para juzgar el mundo, que el enviará sus santos ángeles para separar la cizaña del trigo y echarla en el horno ardiente del infierno, y para conducir a los justos para la gloria del reino del Padre.

Share

Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

Recent Sermons