17º Domingo del Tiempo Ordinario

17º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 26 de julio, 2020
Lecturas: 1 Reyes 3,5.7-12; Salmo 118,57 y 72.76-77.127-130; Rom 8,28-30; Mt 13:44-52

Uno de los característicos de nuestros tiempos es la pierda de confianza en las instituciones diferentes que prestan el orden y la estructura de la sociedad. No hay mucha confianza en las instituciones del gobierno; no hay mucha confianza en las empresas; no hay mucha confianza en las instituciones de la educación; no hay mucha confianza en las instituciones de la salud; no hay mucha confianza en las instituciones religiosas. Relacionado a la pierda de confianza en las instituciones es una falta general del liderazgo. Diría al hondo, como causa tan de la pierda de confianza como de la falta del liderazgo, es la falta de la sabiduría. La sabiduría no es solamente rara, es también poca valorada. Como puede ser de otra manera cuando la gente no se preocupa ni por la verdad de Dios ni por la verdad de la vida humana.

En la 1ª lectura de hoy, el joven Rey Salomón, consciente de su gran responsabilidad ante Dios y al pueblo que fue confiado a su gobierno, consciente de la grandeza de la tarea que enfrenta, pide a Dios para la sabiduría y entendimiento que es necesario para dirigir el pueblo en el nombre de Dios.

Hoy en día, sea en los asuntos grandes del gobierno o de los asuntos pequeños de la vida del pueblo, ¿quién busca de Dios la sabiduría necesaria para cumplir sus responsabilidades?

Actualmente, poniendo la pregunta de tal manera, ya estamos revelando nuestra falta de la sabiduría. Pues la sabiduría es algo mas que los conocimientos necesarios para cumplir una tarea. La sabiduría no recibe su valor de su utilidad para las cosas practicas, aunque de una manera puede ser lo mas practico entre todo. Muchas veces somos como los adolescentes en la escuela que no queremos entender las materias, solamente saber lo necesario para pasar el examen. Si solamente queremos saber lo mínimo necesario nunca llegaremos a la sabiduría.

Bueno, uno puede decir, “No soy responsable para dirigir un reino grande como fue Salomón, por eso no tengo que preocuparme de estas cosas.” Sin embargo, es responsable para un pequeño reino, sea en el trabajo, sea en la familia. Al final tiene que gobernar, al mínimo, el reino de su propia vida. Saber como hacer las cosas no es suficiente. Todos necesitan algo de la sabiduría. Por eso es don del Espíritu Santo. Si no buscamos la sabiduría estamos en peligro de hacernos un pescado malo en la red que es la Iglesia de Jesucristo.

Santiago nos dice: Si uno de ustedes falta la sabiduría, que se la pida a Dios, pues da con agrado a todos sin hacerse rogar. El se la dará. Pero hay que pedir con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar que están a merced del viento. … Todo regalo valioso y todo don perfecto vienen de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni períodos de sombras. (Sant 1,6-6.17)

Entonces, ¿Qué es la sabiduría?

No consiste en eslóganes, memes, ni dichos astutos.

No se encuentra en el periodismo y no se anuncia en las noticias del día.

No se encuentra ni en la astrofísica ni en la económica.

No se encuentra en la epidemiologia ni en la virología.

No es un tipo de pericia pues la pericia siempre implica la especialización y la especialización solamente relaciona a una parte de la realidad.

Por su parte, la sabiduría debe abrazar toda la vida humana. Pero esto también es solamente una parte de un todo. La sabiduría comprende el todo.

Entonces, ¿qué es la sabiduría? Es el conocimiento, la ciencia podemos decir, de la verdad mas alta, que es Dios mismo, el Creador de todo. Y la sabiduría contempla toda la realidad a la luz de Dios. El don del Espíritu Santo, que se llama ‘sabiduría’ nos otorga la capacidad de ver la realidad como Dios la ve.
Las palabras de San Pablo en la 2ª lectura de hoy nos dan un vislumbro de la realidad vista a la luz de la sabiduría divina. Ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él según su designio salvador. En efecto, a quienes conoce de antemano, los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Después de su muerte se encontró en un libro de oración de Santa Teresa de Ávila un marcador con palabras escritas. Las palabras manifiestan el don de la sabiduría.

Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda.
La paciencia Todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo dios basta.

No podemos atingir a esta sabiduría si no primero creemos y confiamos en la bondad de Dios que es completa, perfecta, y absoluta.

Esto es difícil en un mundo lleno del pecado y del mal. La presencia del pecado y del mal en los otros y en nosotros nos pone a la prueba. ¿Cómo es posible que Dios permite tanto mal?

Jesucristo crucificado es la luz de la bondad de Dios en medio del mal y del pecado que nos aflige. Jesucristo crucificado es la prueba de la bondad de Dios para aquellos que han aprendido del diablo para dudar. Jesucristo crucificado y la vida que nos otorga, ahora y en la eternidad, pues tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. (Jn 3,16) Por revelar la bondad de Dios en la Cruz, Jesucristo nos enseña el camino de la sabiduría. Esta misma bondad de Dios nos viene a nosotros, aquí y ahora, muy concretamente, en la sagrada Eucaristía, que es la memoria viva y renovación no sangrente del sacrificio de la Cruz.

Las dos primeras parábolas del evangelio que oímos hoy también nos enseñan del camino de la sabiduría. En primer lugar, aprendemos que la sabiduría es tan preciosa que vale todo lo que tenemos para alcanzarla (no hay un precio de descuenta) y esto es una verdadera ganga.

En la primera parábola, aquel del tesoro escondido en el campo, el hombre no buscaba la sabiduría, pero la encontró. Sin embargo, el encuentro por acaso no fue suficiente para hacerla suyo. El no solamente necesitara reconocer el valor de lo que encontró, también tuvo que pagar el precio para alcanzarlo, todo lo que tenía para dar.

En la segunda parábola, el comerciante estaba buscando perlas finas. El estaba buscando. Estaba en su poder buscar, pero al final no estaba en su poder encontrar. En esto fue igual al hombre que encontró el tesoro por acaso.

Todo esto nos enseña que en primer lugar la sabiduría es un don que viene de la gracia de Dios: no está en nuestro poder alcanzarla, sino debemos recibirla de Dios precisamente como un don que se da libremente, que se da ‘gratis’. Segundo, la sabiduría viene a nosotros junto con el don de la gracia; esto es viene junto con el don que se llama ‘la gracia santificante’ (esto es el campo en que se encuentra el tesoro), que nos fue dado por primera vez en el bautismo. Esto es la gracia que nos hace ser verdaderamente hijos de Dios, la gracia que es una verdadera participación en la misma vida y naturaleza de Dios. Junto con la gracia santificante viene también los siete dones del Espíritu Santo, incluyendo el don de la sabiduría. El don de la gracia santificante puede y debe crecer y junto con ella crece también el don de la sabiduría.

Si hemos sido bautizado y si todavía vivimos en la gracia de nuestro bautismo, o si por la penitencia hemos alcanzado de nuevo la vida de la gracia, entonces, el don de la sabiduría está en nosotros, escondido como un tesoro.

Sin embargo, el tesoro quedará escondido y desconocido y sin utilidad, si no damos todo para alcanzar el campo de nuestra alma. Mientras quedemos presos por las cadenas del pecado no poseemos nuestra propia alma. Además, no vamos a encontrar la perla fina si no nos aplicamos con diligencia para descubrirla. Si pedimos a Dios el don de la sabiduría, sin dudar por nuestra parte, mostraremos nuestro deseo por el esfuerzo que damos para alcanzar el don.

Si cuidamos de nuestra fe como el adolescente que solamente quiere saber las respuestas para el examen, el don de la sabiduría, a lo mejor, quedará inactiva, un tesoro escondido en nuestra alma. Si nos preocupamos de nuestra fe buscando hacer solamente el mínimo necesario para la salvación, no vamos a alcanzar el don de la sabiduría. Si no alcanzamos el don de la sabiduría es bien posible que tampoco alcanzaremos el don de la salvación. ¿Por qué? Bueno, la salvación consiste sobretodo en la visión, cara a cara, de la santísima Trinidad. Si el primero no nos importa, aquí y ahora, ¿cómo vamos a alcanzar su cumplimiento en el cielo?

Entonces, ¿cómo debemos cultivar el don de la sabiduría?

La sabiduría pertenece al campo del conocimiento, por eso uno puede pensar que el camino de la sabiduría necesita una dedicación a una vida de erudición, que es posible solamente para pocos.

De veras hay una disciplina humana que es hermosa, que dirige la inteligencia en la busca de la sabiduría. A veces esta disciplina se llama ‘filosofía’, pero el mismo nombre es muy abusado y aplicado a muchas cosas que no pertenecen a la verdadera filosofía. Sea como fuera, la busca seria de la filosofía necesita no solamente la capacidad intelectual, pero también la oportunidad, la orientación, y el tiempo. La verdadera filosofía sirve para mucho, pero no puede atingir a la sabiduría divina que consiste en el conocimiento íntimo de la santísima Trinidad.

Hay otra disciplina humana que puede hacer mucho para liberar la mente de la esclavitud de la pasión, la moda, y la opinión popular. Esto también es algo bueno. Esta disciplina a menudo se llama ‘educación liberal’, pero otra vez el nombre se abusa y se aplica a muchas cosas equivocadas. Sea como fuera, mientras las disciplinas humanas pueden servir la sabiduría divina, no son la sabiduría misma ni tienen el poder de alcanzar el don.

Entonces, ¿cómo podemos cultivar el don de la sabiduría?

Primero, debemos practicar la humildad por reconocer nuestra propia falta de sabiduría, por estimar la misma sabiduría, y reconocerla cuando la encuentra en otras personas. Segundo, por la oración, oración comprometida, una vida de oración. Tercero, por la meditación de la palabra de Dios y por profundizar el conocimiento de nuestra fe. Si no queremos saber de Dios, de su obra, de su plan, de su voluntad, no vamos a llegar a conocerlo intima y personalmente. Cuarto, por la practica cotidiana de un examen de consciencia que sea diligente y por la confesión regular y sincero de nuestros pecados. Quinto, por apartar del vicio y practicar la virtud. Sexto, por buscar la purificación y rectificación de nuestra alma, que conduce al orden justo de nuestras facultades interiores de inteligencia, voluntad, imaginación, y emoción. Séptimo, por comulgar de una manera que es justo y devoto. El Cuerpo de Cristo en la sagrada comunión es el alimento de la sabiduría.

Por estos medios cultivamos el don de la sabiduría en una manera que es semejante de la manera en que un joven corteja de manera honorable a una dama, buscando su mano en el matrimonio, o quizás buscándola de su padre. Por todo su esfuerzo la dama, o su padre, todavía tiene que dar el don.

En el caso del don de la sabiduría, al final, es Dios Padre que la conceda a quien quiere, cuando quiere, y en la medida que quiere. A veces el don se da a uno como San Pablo o a San Tomás de Aquino, que eran eruditos. A veces el don se da a uno como San Isidro el Labrador, un simple campesino. A veces se da a una persona que, de la perspectiva humana, no tiene mucha inteligencia, como Santa Bernardita. Cada uno de los santos recibieron este don, sea en medida pequeña o grande, y en cada uno la riqueza inagotable de la sabiduría divina resplandó de una manera única.
Entonces, no debemos dudar que el Señor también quiere darnos el don, a pesar de nuestra incapacidad y indignidad, pero debemos mostrarlo nuestro deseo y compromiso.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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