18º Domingo Ordinario

18º Domingo Ordinario

Padre Joseph Levine; 2 de agosto, 2020
Lecturas: Is 55,1-3; Salmo 144,8-9.15-18; Rom 8,35.37-39; Mt 14,13-21

En 304 AD, durante la persecución del Imperador Romano Diocleciano, 49 cristianos de Abitinia que se encuentra en el moderno Túnez, fueron presos por reunir para la asamblea dominical contra la ley del Imperador. En respuesta a la pregunta porque violaron el mandato del Imperador uno entre ellos contestó, sine dominico no possumus vivere, que quiere decir “No podemos vivir sin el Día del Señor.” Claro que el sustento de la vida que se acostumbraron a recibir los domingos era el Cuerpo de Cristo en la sagrada Eucaristía. Su hambre para Jesús en la Eucaristía los costó su vida en este mundo, pero ganó para ellos la vida eterna y la corona del martirio.

La 1ª lectura de hoy nos da una profecía de un banquete prestado por Dios; en el evangelio escuchamos de uno de las dos veces en que Jesús prestó un banquete por el pueblo por el milagro de multiplicar los panes y pescados. Aunque fue un banquete verdadero y un milagro actual en que todos – 5,000 hombres, sin contar las mujeres y los niños – comieron hasta saciarse, era también un banquete profético.

La profecía de Isaías y la profecía por medio del milagro tienen un cumplimiento duplo: el banquete del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la sagrada Eucaristía y el banquete de la visión de la santísima Trinidad en el cielo.

Jesús, el pan vivo que han bajado del cielo para dar vida al mundo (cf. Jn 6,33.51) hace para nosotros la conexión entre la comunión de su Cuerpo y Sangre y la vida eterna. El dijo: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. (Jn 6,53-55)

Uno de los síntomas de Covid es la pierda del sentido de gusto; cuando uno sufre la pierda del sentido de gusto el comer se convierte en una tarea dura. También cuando las personas se enferman con varios tipos de enfermedad pueden perder su apetito para comer que es otra situación peligrosa. El alimento es necesario para mantener una sana vida física y tan el hambre como el gusto hace posible y agradable para que podamos tomar alimento suficiente.

Bueno, el cristiano debe tener hambre y gusto para Jesús, el Pan de la Vida, en la sagrada comunión. Sin este alimento esencial la vida espiritual, la vida del alma, la vida de la gracia se pone en peligro.

Santa Elizabeth Ann Seton nació y fue creado en los Estados Unidos como protestante. Ella viajó a Italia con su esposo que era un comerciante, pero mientras estuvieron en Italia, su esposo murió dejando la joven madre y viuda en país ajena. En esta crisis de su vida fue apoyada y ayudada por la amistad de una familia italiana católica. Esto fue el inicio de su atracción a la fe católica. Pero al volver a Nueva York, su ciudad, empezó experimentar una verdadera hambre para el Cuerpo de Cristo en la sagrada eucaristía y esto es lo que la condujo a abrazar definitivamente la fe católica.

Cuando Jesús caminaba en la tierra fuera posible que una persona escuchó de él, creyó en él, y deseaba encontrarlo (como Zaqueo, el publicano), pero si nunca lo encontró personalmente y uno lo preguntó, “¿Conoce usted Jesús de Nazaret?” el tendría que contestar, “He escuchado de él, pero no lo conozco.”

Desde la ascensión de Jesús al cielo su presencia física en la tierra es por medio de la sagrada Eucaristía. Entonces podemos preguntar, “De veras, ¿es posible que uno conoce a Jesús sin conocerlo en la sagrada Eucaristía?”

Esta manera de poner la pregunta manifiesta la catástrofe que sucedió por uno o dos meses cuando casi todo el mundo católico, con excepción de los sacerdotes, no pudieron comulgar.

Imagine si para impedir la propagación de Covid fue decretado que los esposos y los niños tuvieron que vivir separados y no tener contactos uno con el otro. Espiritualmente esto es lo que sucedió (y todavía está sucediendo en unos lugares) por causa de la suspensión del culto publico de la Eucaristía.

En estas circunstancias los fieles católicos fueron instruidos para hacer ‘comuniones espirituales’. Está bien, pero la comunión espiritual no es lo mismo como una comunión actual; la comunión espiritual debe empezar por una verdadera hambre para Jesús en la sagrada Eucaristía, para una comunión actual. Donde no hay esta hambre no puede ser una verdadera comunión espiritual.

Durante el discurso de los años he aprendido, de testimonios personales, que muchas personas, por una razón u otra, dejan de asistir a la misa y después empiezan a alejarse de Dios. Lo que sigue es que empiezan caer en pecados que les disgustan. Esto todo manifestó la medida en que su fuerza para vivir de una manera honesta y buena vino de Jesús en la Eucaristía.

Lo mismo regularmente sucede durante la cosecha de la cereza: hay personas que van a la misa durante el año, pero durante la cosecha no pueden. Por desgracia, muchas veces se alejan de Dios durante este tiempo.

También puedo verificar que durante el tiempo de ‘quedar en casa’ hubo gente de quien su vida de oración, alimentado por las comuniones anteriores, tuvo la fuerza que pudieron encontrar lo sustento espiritual que necesitaron. Pero hay otros que se alejaron de una manera u otra y por consecuencia cometieron pecados que normalmente pudieron evitar.

Al momento todos efectivamente están dispensados de la obligación a la misa dominical. Sin embargo, si uno tiene hambre para el Cuerpo de Cristo va a querer asistir a la misa y no va a disculparse fácilmente cuando es posible ir. Todos efectivamente están dispensados de la obligación a la misa dominical, que es precepto de la Iglesia, pero nadie puede ser dispensado del tercer mandamiento, santifique el Día del Señor. El hambre para el Cuerpo de Cristo en la sagrada comunión es parte esencial de la santidad del domingo.
De verás, si fuera posible asistir a la misa o no, debemos vivir para que siempre podamos comulgar.

El hambre física es natural; no hay necesidad para cultivarla. Pero debemos cultivar el hambre espiritual para la sagrada Eucaristía.

Entonces, ¿Cómo es que cultivamos nuestro apetito espiritual para la sagrada Eucaristía?

Oímos que Jesús curó a los enfermos antes que hiciera el milagro de multiplicar los panes. La enfermedad del alma es el pecado. Por eso el primer paso en dirección hacia la comunión debe ser buscar el perdón sanador de Jesús. Por eso la confesión de los pecados mortales y la absolución sacramental es necesario antes de comulgar. Por eso también la misa siempre empieza con el rito penitencial, pues también debemos buscar el perdón para nuestros pecados veniales.

En el narrativo que San Marcos nos da del mismo milagro aprendemos que antes que hiciera el milagro Jesús los enseñaron muchas cosas. (Mc 6,34) Del mismo modo escuchamos hoy en el versículo del ‘aleluya’, “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” La misa misma es estructurada para que la liturgia de la Palabra, la instrucción en la palabra de Dios, viene antes y prepara para la litúrgica de la Eucaristía, la ofrenda del sacrificio y la recepción de la comunión.

Aquí encontramos el modelo que debe informar nuestra vida: si vamos a cultivar una verdadera hambre para Jesús en la sagrada Eucaristía, debemos primero cultivar un hambre para la instrucción en la palabra de Dios. Sin embargo, si uno conoce la sagrada escritura de memoria, pero no conoce a Jesús en la sagrada Eucaristía, él todavía no ha entendido la sagrada escritura. Jesús en la Eucaristía es, podemos decir, el corazón escondido de la palabra de Dios.

Al final podemos considerar el contraste entre las palabras de la 1ª lectura de hoy, los que tiene dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar, y las palabras de las parábolas evangélicas que oímos el domingo pasado, en que el hombre que encuentra el tesoro en el campo y el comerciante que encuentra la perla muy valiosa tengan que dar todo para tener el tesoro o la perla.

Entonces, ¿qué será? ¿Tenemos que pagar todo lo que tenemos? ¿O nada?

Podemos entender el ‘sin pagar’ en tres maneras. Primero, no es necesario pagar porque antes que mas nada tenemos que aceptar y recibir el don gratuito de Dios antes que podamos dar nuestro ‘todo’. Segundo, no tenemos que pagar porque no tenemos que buscar para algo fuera de nosotros para dar ‘todo’. Tan el hombre que tiene un billón de dólares y el hombre que viva en la calle no necesitan preocuparse del ‘precio’ porque tienen el ‘todo’ que necesitan en su propia persona; el todo es la persona misma. Dios no quiere lo que tenemos sino quiere nosotros mismos. Finalmente, no es necesario pagar porque nuestro don no debe ser bajo compulsión sino de nuestro libre albedrio.
Podemos hacer una comparación a una boda. Puede y debe ser muchas consideraciones realísticas, incluso económicas, que un varón y una mujer deben hacer antes que decidan casar. Sin embargo, después de hacer la decisión de una manera justa, el día mismo de la boda, cuando están cara a cara frente el altar y el sacerdote, cada uno debe sin reserva, libre y totalmente entregarse, sin exigir nada – sin exigir ‘un pago’. No debe ser, “Voy a amarte con tal que tu me ames” sino “Prometo a amarte confiando que por tu parte me amarás también.” Esto es amor.

Aún mas, cuando comulgamos, debemos entregarnos sin reserva, libre y totalmente al Señor – sin consideración de la abundancia que esperamos recibir sino solamente porque es “justo y necesario” – y en cambio por el don que hacemos de nuestra persona, vamos a recibir a él mismo, que se dará a nosotros sin reserva libre y totalmente. Por eso debemos primero unirnos a su sacrificio antes que lo recibamos en la comunión.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.