19º Domingo Ordinario

19º Domingo Ordinario

Padre Joseph Levine; 9 de agosto, 2020
Lecturas: 1 Reyes 19, 9.11-13; Salmo 84, 9-14; Rom 9,1-5; Mt 14,22-33

En la 1ª lectura de hoy oímos del profeta Elías que escuchó la voz de Dios en el murmullo de una brisa. Esto sucedió en el monte de Dios, el Horeb. Elías acabó de huir al monte de Dios, completando un camino arduo por medio del desierto, huyendo de la persecución de la reina malvada Jezabel. Fue ella que condujo el pueblo de Israel para adorar a los ídolos.

El verdadero monte de Dios es Jesucristo, el hombre que es el mismo Hijo de Dios, quien nació de la Virgen María y se hizo hombre. Su santidad es como un monte que alcanza el mismo trono de Dios de donde vino. Por eso no es necesario para nosotros que hacemos un camino arduo por medio del desierto para llegar al monte de Dios. Solamente necesitamos ir al sagrario mas cercano en que Jesús habita en la sagrada Eucaristía, en su verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María, crucificado y resucitado de entre los muertos.

Corporalmente solamente necesitamos hacer una visita al sagrario mas cercano, pero interiormente debemos hacer un camino arduo por medio del desierto por negarse a si mismo, por cargar nuestra cruz, por seguir a Jesús, para que podamos acercarnos a él también con nuestro corazón.

El camino por medio de desierto interior exige la oración y la cultivación del silencio en el corazón.

Hay tanto ruido allá afuera: el ruido de las pasiones encendidas; el ruido de los terremotos de sufrimientos, dolores, y temores; el ruido pensamientos y argumentos ventosos, el barullo de eslóganes y el torbellino de imágenes.

El Señor no se encuentra en nada de esto. Puede ser que no es en nuestra capacidad silenciar estas cosas por completo, pero debemos aprender ignorarlas y dirigir nuestra atención mas allá para escuchar la voz del Señor.

Debemos aprender mirar a Jesús en el sagrario; debemos aprender contemplar el rostro de Jesús en la sagrada Eucaristía; debemos aprender escuchar su idioma del silencio.

Esto es como podemos escuchar la voz del Señor que hable de la paz a su pueblo.

Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo. (Jn 14, 27)

El mundo pronuncia palabras prometiendo la paz, pero es todo mentiroso; Jesucristo nos da la verdadera paz, que empieza en el corazón.

El evangelio nos da el mismo mensaje como la 1ª lectura. Nosotros también podemos sentirnos solos y abandonados, como en una barca en el mar, luchando contra el viento contrario. El Señor no nos ha olvidado. El es nuestro sumo sacerdote que ha subido a la cumbre del monte, a la derecha de su Padre. Allá el está viviendo para siempre y intercede por nosotros. (cf. Heb 7,25) Su intercesión sacerdotal se hace presente y activa en nuestra vida por medio del santo sacrificio de la misa. Por medio del santo sacrificio de la misa el quiere anclar nuestro corazón junto consigo a la derecha del Padre.

Por eso San Pablo escribió: Si han sido resucitados con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. (Col 3,1)

Para asegurar a sus discípulos en la barca, Jesús vino a ellos sobre las aguas diciendo, Tranquilícense y no teman. Soy yo. El quiere venir a nosotros en la sagrada comunión y pronunciar estas mismas palabras en nuestro corazón.

San Pedro, al mando de Jesús, salió de la barca, caminando sobre el agua hacia él. Cuando en lugar de fijar los ojos en Jesús, consideró el viento y las olas, empezó a hundirse. Mas una vez, Jesús está enseñándonos: debemos fijar los ojos de nuestro corazón en él. Es el que va a tranquilizar la tormenta.

Si, el Señor habla de la paz a su pueblo, a sus fieles que se esfuerzan hacer su voluntad, aunque tengan que luchar contra un viento contrario, aunque se sientan abandonados.

El Señor habla de la paz a su pueblo.

Es el Señor mismo que vino sobre el agua a sus discípulos; es el Señor mismo que nos salvará.

El no vendrá ni por vacuna ni por hidroxicloroquina, ni por manifestaciones y disturbios, ni por la policía, ni por Biden, ni por Trump. No quiere decir que todo aquí es igual o indiferente, solamente que en ninguno de estos vamos a encontrar la salvación y la paz. El salmista nos amonesta: No pongan su confianza en los poderosos. (Salmo 146,3)

Hay una broma popular que parecer enseñar lo contrario. Aquí está: Hay un hombre sentado sobre el techo de su casa en medio de un diluvio que va creciendo. Hay una persona que pasa en su canoa y ofrece llevarlo a un lugar seguro. El hombre rechaza la oferta, diciendo, “No. Confío en el Señor; el es mi auxilio y mi salvación.” Las aguas continúan a crecer y otro viene en un barquito de motor y ofrece llevarlo a un lugar seguro. Otra vez, el hombre rechaza la oferta, diciendo, “No. Confío en el Señor; el es mi auxilio y mi salvación.” Al final, mientras las aguas están llegando al techo pasa un helicóptero, ellos bajan una cuerda de salvamiento, exhortando al hombre para agarrarlo. Mas una vez, el hombre rechaza la oferta, diciendo, “No. Confío en el Señor; el es mi auxilio y mi salvación.” Entonces, el hombre se ahogó en el diluvio. Apareciendo ante el Señor él quejó, “¿Por qué no viniste para salvarme?” El Señor lo contestó, “¿Qué estás diciendo? Te envié a ti una canoa, un barquito de motor, y un helicóptero, pero tu no quisiste.”

Como dije, la broma parece contradecir mi tema de hoy.

Claro que es solamente una broma pero, de veras, enseña una verdad, una verdad de la prudencia.

La prudencia verdadera es capaz de evaluar la realidad de una situación; la prudencia sobrenatural, que se fortalece por el Espíritu Santo por medio de el don de Consejo, evalúa la situación a la luz del evangelio y de nuestro destino supremo de la salvación eterna.

Entonces, hay momentos en que debemos usar los medios naturales y humanos que están en nuestro alcance. A veces esto es como Dios quiere ayudarnos como en la broma. Sin embargo, en estas situaciones, la prudencia debe reconocer las agendas escondidas y las obligaciones que no se mencionan. También los medios humanos y naturales solamente nos ayudan directamente al respecto de nuestra vida en este mundo; pueden servir nuestra salvación eterna solamente en la medida que nos disponen o nos llevan a los auxilios sobrenaturales que Dios nos provee. En el orden sobrenatural ‘la canoa, el barquito de motor, y el helicóptero’ son la Iglesia, los sacramentos, y la palabra de Dios, que se encuentra en la sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia. De veras, necesitamos todos los tres.

Sea como fuera, ahora mismo, en la nación, en todo el mundo, y incluso en la Iglesia misma, estamos experimentando una crisis de una magnitud inaudita. La pandemia es solamente una parte de la crisis, pero una parte que ha llevado todo al ponto de estallar. No hay una solución humana.

No pongan su confianza en los poderosos, ni presidentes, no políticos, ni peritos, ni médicos, y sobretodo ni las noticias del día.

El Señor vendrá en verdad para salvar aquellos que pongan su confianza en él. El lo hará de una manera que se proporciona a la gravedad de la crisis. El lo hará de una manera que al momento es desconocido y inesperado. Es lo que ya nos ha dicho, que vendrá de manera repentina como ladrón en la noche, en una hora inesperada. (cf. Mt 24,43-44)

Es como el lo hizo en México hace 500 años cuando la Virgen apareció a San Juan Diego y después 10 millón personas indígenas vinieron para ser bautizado.

Por eso, velen en la esperanza, en la oración, y en la fidelidad a la voluntad de Dios.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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