1º Domingo de Cuaresma

1º Domingo de Cuaresma

Padre Joseph Levine; 21 de febrero, 2021
Lecturas: Gn 9,8-15; Salmo 24,4-9; 1 Ped 3:18-22; Mc 1,12-15

El evangelio de hoy empieza con unas palabras que pudieran asustar: El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto. Esta ‘impulsión’ pudiera parecer algo violente, como si el Espíritu Santo estaba forzando a Jesús contra su voluntad; pudiera parecer como si Jesús no fuera actuando de una manera libre, sino bajo una compulsión que era contrario a su voluntad.

Sería posible resolver el problema por observar que San Mateo y San Lucas nos dicen que condujo a Jesús al desierto. (cf. Mt 4,12; Lc 4,1-2) Sin embargo, en lugar de simplemente decir que San Marcos quiere decir por ‘impulsar’ lo mismo que ‘conducir’, podemos preguntar si el Espíritu Santo está revelándonos algo por medio de la expresión peculiar de San Marcos.

A menudo podemos encontrar la llave que abre el significado de un pasaje de la sagrada Escritura en otro pasaje. En este caso podemos observar que San Pablo escribe algo semejante al respeto de si mismo: El amor de Cristo nos urge. Quizás ‘urgir’ no es tan fuerte como ‘impulsar’, pero es semejante. Pero aquí es el amor de Cristo que está impulsando, no el Espíritu Santo.

Bueno, el Espíritu Santo es el amor de Dios en persona, que procede del Padre y del Hijo. San Pablo, en otra parte, escribe: Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones. (Rm 5,5) Por eso todas las obras del amor de Dios se refieren al Espíritu Santo. Por eso, también el Corazón de Jesús siempre se mueve por el Espíritu Santo.

Podemos fácilmente reconocer el amor como una fuerza que impulsa, pero tenemos que evitar una equivoco en este respeto. El amor que viene del Espíritu Santo no nos impulsa de la misma manera de una pasión. El amor que viene del Espíritu Santo es supremamente libre. San Pablo escribe, donde hay el Espíritu del Señor hay libertad. (2 Cor 3,17) Entonces, ¿Cómo es posible que Jesús (o nosotros) está a la vez compulso y libre?

Es porque el amor espiritual libremente se obliga por medio de una promesa y compromiso de amor. Así un esposo pudiera decir, “Estoy impulsado a ser fiel a mi esposa porque me libremente entregó y comprometió a ella por el amor.”

Así, Jesús entrando en el mundo, libremente tomando una naturaleza humana semejante a nuestra en todo con excepción del pecado, por amor a su Padre y por nuestra salvación, dijo, Aquí vengo, Oh Dios, para hacer tu voluntad. (cf. Heb 10,5-7) Él se alimenta por hacer la voluntad de su Padre y completar su obra. (cf. Jn 4,34) Por eso también, siendo que entró libremente en el mundo y libremente se entregó para hacer la obra de su Padre, él es impulsado por el Espíritu de amor divino, es impulsado por la voluntad de Dios, a salir al desierto para batallar con Satanás, al que detuvo todos los hombres como sus esclavos y continua tener muchos.

Jesús se fue al desierto luego después de su bautismo. Por eso, nosotros, después que nos hemos libremente entregado a Dios por nuestro bautismo (o la renovación de nuestros votos bautismales que hacemos todos los años), después de ser limpiados de nuestros pecados y después de comprometernos a ser fiel a su ley, debemos someternos libremente al impulso de Espíritu Santo.

Esto quiere decir que debemos seguir a Jesús al desierto de cuaresma para entrar en el combate contra el pecado, la tentación, y el diablo, el autor del pecado. Esto es el significado de cuaresma. Debemos dejarnos impulsar mas por el Espíritu Santo que por la obligación impuesta por la Iglesia; el Espíritu Santo nos impulsa para reconocer en las obligaciones mínimas que la Iglesia impone no un peso, sino una oportunidad, las puertas de la gracia que se abre para nosotros, los primeros pasos de un camino hacia Dios.

Nuestro Señor se fue al desierto siendo el Santo de Dios y así venció al diablo. Nosotros salimos junto con él siendo pecadores arrepentidos. Si no nos arrepentimos de nuestros pecados, vamos a salir al desierto solamente para ser vencido por el diablo. Al contrario, si nuestro arrepentimiento es sincero, seremos fuertes en Cristo y recibiremos de él la fuerza para ser victoriosos.

El arrepentimiento quiere decir que sinceramente reconocemos nuestros pecados y los detestemos fuertemente. A menudo lamentamos nuestros pecados por causa del incómodo que nos han causado o quizás por causa del daño a los demás, pero parece raro que uno realmente reconoce la gravedad de la ofensa contra la bondad de Dios. Parece que raramente uno reconoce la malicia de un pecado que efectivamente clava a Cristo a la Cruz.

He hablado mucho del régimen del pecado que efectivamente está dominando en el mundo y en la nación hoy en día. Por eso no es suficiente arrepentir de mis pecados privados; también debo reconocer como por me debilidad, mi cobardía, mi silencio, mi falta de celo santo por Dios, he sido complicito en todo el régimen del pecado. No puedo simplemente echar la culpa por los problemas grandes del mundo en los demás, o en los poderosos. Antes debo reconocer que yo mismo soy parte del problema.

Los tiempos son malos y la maldad de nuestros tiempos nos llama a poner al lado los pasos a medias y las concesiones a lo malo. Detestar el pecado es un acto de amor a Dios; si el Espíritu Santo nos impulsa, si el amor de Cristo nos urge, en primer lugar, la dirección será contra nuestro propio pecado.

El Salmista reza: Dichoso aquel que fue absuelto de su culpa y a quien se perdonó su pecado. Dichoso el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta su falta, y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callaba, se consumían mis huesos gimiendo todo el día, pues día y noche tu mano pesaba sobre mí; desapareció mi fuerza como la humedad en tiempo seco. Pero reconocí ante ti mi pecado, no te oculté mi falta; pensé: ‘Confesaré al Señor mis culpas’. Y tu perdonaste mi falta y mi pecado. (Sal 31[32],1-5)

Esto es la actitud de penitencia que necesitamos para emprender la disciplina de la Cuaresma. Con esta actitud estaremos listos para el combate.

Empezando por el arrepentimiento debemos avanzar por medio del ayuno y la negación de si mismo y diré la limitación de si mismo. Los tiempos son malos y por eso es aun mas urgente que seguimos el camino de ayuno y negación de si mismo esta Cuaresma. Nuestro Señor dijo: Esta clase de demonios no puede echarse sino mediante la oración y el ayuno. (Mc 9,29)

Es tiempo ahora que no mas nos contentamos con cumplir la obligación mínima y decir que es bueno. Debemos hacer de Cuaresma un verdadero tiempo de purificación.

Voy a hacer unas sugerencias, pero no recomiendo que uno trata de hacer todo a un salto. Si uno no es acostumbrado ni al ayuno ni a la negación de si mismo es mejor avanzar paso por paso, intensificando la disciplina de Cuaresma durante el curso del tiempo. Esto es mejor que empezar con mucho y luego abandonar todo.

Primero y siempre lo mas necesario es rechazar el pecado mortal y cortar las ocasiones del pecado (las cosas que causa una persona para caer).

Después el ayuno es fundamental. El deseo para el alimento es nuestro deseo animal mas fundamental; cuando este deseo nos domina, junto con el placer de comer, no estamos libres para tener hambre del pan celestial que Cristo quiere darnos.

Podemos considerar que el antiguo ayuno eucarístico exigió que una persona se abstuvo tan de pan como de agua desde la medianoche antes de comulgar. Esto fue una manera muy poderosa de decir que el verdadero Pan, el Pan que mas necesitamos, es el Cuerpo de Cristo. Después del Cuerpo de Cristo necesitamos la palabra de Dios. El hombre no vive solamente del pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. (Mt 4,4)

Ahora las leyes de Iglesia para el ayuno son mínimas: una hora sin comer antes de comulgar y dos días de ayuno (Miércoles de Cenizas y Viernes Santo) en que se permita solamente una comida plena, sin carne, y dos comidas ligeras, también sin carne, que juntos no pueden igualar la comida plena. También los otros viernes de Cuaresma son días de abstinencia de carne.

Debemos ir mas allá del mínimo. Debemos al menos aprender negarnos al punto de sentir el hambre, pero no al punto de perjudicar el cumplimiento de nuestro deber o de hacernos irritables y fáciles para enojarnos. Al contrario, el ayuno debe liberarnos para la oración y las obras de la misericordia. El ayuno, la oración, y las obras de la misericordia deben andar siempre juntos.

San Pedro Crisólogo escribió: “Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia … que la oración, la misericordia y el ayuno sean los tres juntos nuestro patrocinio ante Dios, los tres juntos nuestra defensa, los tres juntos nuestra oración bajo tres formas distintas.” (Sermo 43, citado en la Liturgia de las Horas, Vol. II, p. 207,208)

Entonces un primer paso para desenvolver nuestra capacidad de ayunar es dejar de comer entre las comidas, dejar de comer demasiado, dejar de siempre satisfacer nuestro deseo de comidas ricas que nos gusta. Un secundo paso es añadir mas días de abstinencia o ayuno y aprender poco a poco aumentar su severidad.

San Basilio Magno escribió: “Lo mas que niegue tu carne, lo mas que tu alma se convertirá radiante por la salud espiritual.” (Homilía 2ª sobre el ayuno)

Y en un Prefacio de la Plegaria Eucarística se reza, dando gracias al Padre: “Con el ayuno corporal, refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos fortaleces y recompensas.”

También tenemos que aprender la autonegación y la autolimitación. En estos dos campos podemos empezar con pequeñas cosas y poco a poco intensificar la practica durante la cuaresma.

Cuanto a la autonegación podemos reflexionarnos sobre las maneras durante el día en que nos acostumbramos a satisfacer nuestra propia voluntad. Después podemos hacer pequeños actos negándonos esta satisfacción, haciendo así ‘pequeños sacrificios’, pequeñas ofrendas de amor por Jesús.

Por ‘autolimitación’ estoy pensando de algo mas que la simples autonegación. Estoy pensando de algo que hoy en día es muy necesario por causa de nuestro mundo tecnológico, un mundo, como parece, de posibilidades casi sin limites. Y este mundo, como dije el domingo pasado, parece ser un mundo que ha perdido su contacto con la realidad. Hoy en día cuando no nos podemos evitar nuestras limites físicas, todavía podemos escapar para el ‘ciberespacio’ o ‘la realidad virtual’. Vivimos en un mundo en que la imaginación humana se ha convertido salvaje y casi incontrolable. Por eso es realmente necesario imponer limites en nosotros mismos, por nuestra voluntad, para aferrarnos a la realidad y seguir a Cristo. Tenemos que aprender decir, “Puedo hacerlo, pero escojo no hacerlo.”

“Puedo comprar un nuevo ‘laptop’ o ‘smartphone’, pero elijo no hacerlo.” “Elijo no comprar lo mas reciente, lo mas nuevo.” “Elijo no usar las redes sociales.” “Elijo no hacer compras y comprar mas ropa, mas zapatos, mas bolsas.” “Elijo apartarme del mundo de cosas, del mundo de cómodo, del mundo de apariencia.” “En lugar de eso, elijo convertirme hacia el mundo de las personas que Dios ha puesto en mi vida.” “Elijo enfocar en mi familia, mis amigos, mi parroquia.” “No quiero esas cosas nuevas que van a hacer todo por mi, incluso pensar. En lugar de eso quiero desenvolver mis capacidades que realmente valen la pena y mi hacen capaz de servir a mis vecinos.”

Todo esto exige la capacidad de limitarnos a nosotros mismos.

Las personas diferentes tienen capacidades diferentes; mi posición esencial es que sobretodo en los tiempos malos en que vivimos, tenemos que tomar la gracia de cuaresma a serio como tiempo de renovación y combate espiritual, no solamente para nosotros, sino par lo bien de la Iglesia y el mundo. Debemos ir mas allá que lo mínimo. Lo que todos podemos hacer: detestar el pecado, aceptar los sufrimientos por amor a Dios, y ser diligentes en el cumplimiento de los deberes de nuestro estado de vida.

Cuaresma es un tiempo para quitar de nuestra vida todo lo que nos separa de Cristo, todo lo que nos impide de entregarnos libre y totalmente al Espíritu Santo, todo lo que nos impide de vivir bajo el impulso del amor de Cristo.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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