20º Domingo del Tiempo Ordinario

20º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 16 de agosto, 2020
Lecturas: Isaías 56,1.6-7; Salmo 66,2-3.5-8; Romanos 11,13-15.29-32; Mateo 15,21-28

El Domingo pasado afirmé que el Señor mismo vendrá para salvar “a sus fieles que se esfuerzan hacer su voluntad, aunque tengan que luchar contra un viento contrario, aunque se sientan abandonados.”

Hoy, oímos la palabra del Señor por medio del profeta Isaías que nos declaró: Mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse.

La grandeza de la salvación se proporcionará según la grandeza de la crisis que estamos experimentando. Esto quiere decir que el bien que vendrá por la obra de Señor será sin comparación mayor que lo mal que sufrimos.

También oímos hoy que la salvación del Señor es para todos los que se han adherido al Señor, para servirlo, amarlo, darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a su alianza. Al centro es el Sábado y la alianza.

Quiero decir algo hoy del sentido del Sábado, que desde la resurrección del Señor Jesucristo ha sido transferido al Domingo, el Día del Señor.

En 1846 en la parroquia de La Salette en las montañas de Francia la asistencia a la misa dominical estaba disminuyendo, las maldiciones – verdaderas maldiciones invocando el nombre del Señor – se hicieron común, junto con la impureza, la avaricia, y la falta de moderación. Eran dos muchachos, Melanie Calvat, de 14 años, y Maximin Giraud, de 11 años, que eran de familias pobres y sin mucha instrucción ni en la escuela, ni en la religión. Un día estaban pastoreando su rebaño cuando encontraron a una señora muy hermosa, era la Virgen Santa María, que estaba sentada sobre una piedra y estaba llorando. Ella amonestó a los muchachos que la profanación del Sábado y las maldiciones, invocando el santo nombre de Jesús, hubieron llegado a tal ponto que Jesús fue obligado a llevar un fuerte castigo sobre la región y que su propia intercesión no pudiera mas evitar la catástrofe, si el pueblo mismo no cambiará su conducto. De verás el pueblo se convirtió.

Hoy en día incluso la gente de fe parece estimar menos la santidad del Día del Señor y la santidad de su nombre que la gente de La Salette cuando apareció la Virgen. Aun peor, tampoco pensamos que el Señor mismo toma a serio la santidad de su nombre o de su día, pues no pensamos que va a castigar a nadie. Por eso no reconocemos el castigo divino cuando lo estamos sufriendo

Entonces, ¿qué es el sentido del Sábado? ¿Por qué es tan importante? ¿Por qué la gente no puede simplemente vivir sus vidas, completando los quehaceres cotidianos y usando su tiempo libre para hacer lo que quieren?

En el monte Sinaí, en una voz que todo el pueblo escuchó, Dios dio los diez mandamientos. En el tercer lugar dijo: Acuérdate del día del Sábado, para santificarlo. Trabaja seis días, y en ellos haz todas tus faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. Que nadie trabaje. (Ex 20,8-10)

El mandamiento de Dios pone en oposición ‘tus faenas’, el trabajo humano, y la consagración de un día para descansar en el Señor. El trabajo a que se refiere es todo lo que sirve las necesidades de la vida en este mundo. Dios creó el mundo, pero no se limita por el mundo de su creación y no pertenece al mundo creado.

Sin embargo, cuando Dios entra en una alianza con su pueblo, algo maravilloso sucede: el declara: Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. (Jer 30,22; cf. Jer 31,33)

La alianza establece un tipo de matrimonio entre Dios, el esposo, y su pueblo, como esposa. La alianza nueva y eterna en la sangre de Cristo, establece un matrimonio entre Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y su Iglesia, que es una, santa, católica, y apostólica, fundada sobre la piedra de San Pedro y sus sucesores.

Pienso que en la vida humana es mas común escuchar a una mujer que está quejando que su marido nunca está en la casa porque siempre está trabajando. En el matrimonio entre Dios y su pueblo es el esposo divino que queja que su pueblo nunca está ‘en la casa’, pues siempre están trabajando. Tantas veces los seres humanos se dejan preocupar tanto de las necesidades de esta vida que dicen que no tienen tiempo para pensar de la vida que comparten con Dios, una vida que permanece para la eternidad.

Miren, en la tradición católica, la vida que compartimos con Dios, la vida sobrenatural, la vida de los hijos de Dios, tiene un nombre especial: se llama ‘la gracia santificante’. La gracia santificante es una realidad que es interior a nuestras almas, fue dada a nosotros por primera vez en nuestro bautismo, es capaz de perderse por el pecado mortal, y puede recuperarse por una confesión que es completa, humilde, y sincera. La gracia santificante es una verdadera participación en la vida y naturaleza de Dios que eleva y transforma nuestra alma desde el interior y hace que seamos verdaderamente hijos de Dios. Es el principio de la vida eterna en nosotros.

San Pablo escribió: Han muerto y su vida está ahora escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste el que es nuestra vida, también ustedes se verán con él en la gloria.

El 6 de agosto la Iglesia celebró la fiesta de la Transfiguración del Señor, cuando su apariencia cambió y el permitió que la gloria de su divinidad resplandeció por medio de su humanidad y su rostro brilló como el sol. Si la gloria de un alma en la gracia de Dios fuera manifestada por medio del cuerpo humano, sería una luz semejante a la luz de la Transfiguración, solamente de una intensidad menor.

Volviendo al mandamiento de santificar el Sábado, podemos hablar de un cumplimiento interior del mandamiento y de un cumplimiento exterior.

Interiormente debemos actualmente santificar el Sábado siempre, por abstenernos del pecado, vivir en la gracia de Dios, y por eso dirigir todas nuestras acciones, incluso las que sirvan las necesidades de esta vida pasajera, a la meta de la vida eterna. Interiormente santificamos el Sábado por guardar el mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza, y toda nuestra inteligencia.

Sin embargo, siendo creaturas que tienen cuerpo y, por medio de nuestro cuerpo, también creaturas sociales, no podemos vivir puramente en un nivel interior; necesitamos practicas corporales y sociales que expresan y fomentan la vida interior.

Acuérdate del día del Sábado, para santificarlo. Por el mandato del Señor, como ha sido entregado a nosotros por la Iglesia, debemos reservar un día de la semana, el Domingo, el día del Señor, en que debemos evitar cuanto posible las actividades que solamente sirvan nuestra vida mundana (una excepción importante siendo las obras de la misericordia que sirvan las necesidades de los demás) para dedicar nuestro tiempo para estar con Dios, para cultivar la vida de la gracia, tan individualmente como en comunidad.

La vida de la gracia es el gran don de la alianza nueva y eterna en la Sangre de Cristo – en las palabras de San Pedro es lo más grande y precioso que se puede ofrecer (2 Pe 1,4). El santo sacrificio de la Misa es siempre la renovación solemne de la alianza. Por eso, la Misa es la actividad mas esencial del Día del Señor. El Cuerpo de Cristo en la sagrada comunión es el alimento esencial de la vida de la gracia. Por eso, la comunión del Cuerpo de Cristo, es también actividad esencial del Día del Señor.

Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, nacido de la Virgen María, es al mismo tiempo el Sumo Sacerdote, el Mediador entre Dios y los hombres, el monte santo de Dios, el Templo de Dios, el Altar de Dios, y el mismo Sacrificio que se ofrece sobre el altar. Toda la profecía se encuentra su cumplimiento en él. Por la fidelidad a la vida de la gracia llegamos a vivir en este Monte Santo y recibir el cumplimiento de la promesa de Dios.

La realidad de Jesucristo y de la vida de la gracia viene a nosotros por medio de la Iglesia y de los sacramentos de la Iglesia. Sin embargo, quizás uno siente que la Iglesia lo trata un poco como Jesús trató con la cananea en el evangelio de hoy. Bueno, como la cananea no se alejó de Jesús, no debemos alejarnos de la Iglesia. Antes, imitando a la cananea, debemos perseverar en la humildad. Esto es el camino por la cual vamos a encontrar la respuesta a nuestras oraciones y el cumplimiento de la promesa de Dios.

La realidad de la gracia, de su principio hasta su cumplimiento perfecto se ve en la bienaventurada Virgen María, llena de gracia. Ayer, celebramos el cumplimiento perfecto de la promesa de Dios en su asunción gloriosa, cuerpo y alma, al cielo. Ella es la creatura perfecta de la gracia. Su humanidad se transformó completamente por la plenitud de la gracia, desde su concepción inmaculada. Ella rindió al ángel una respuesta perfecta, que manifestó la gracia de su alma, cuando dijo, Estoy aquí la esclava del Señor, hágase en mi tal como has dicho. Lc 1,38) Ella perseveró en fidelidad a su consagración al Hijo de Dios, su propio Hijo, hasta el pie de la Cruz, dando por la gracia su consentimiento al sacrificio de nuestra salvación. Desde el día de Pentecostés, ella estaba la gran testigo de la gracia en medio de la Iglesia. Al final, después de completar el curso de su vida terrestre, ella fue llevada, cuerpo y alma, al cielo. Ahora su cuerpo glorificado es como una lámpara resplandeciente por la cual brilla la gloria de su gracia. Ahí desde el cielo ella intercede por nosotros con su Hijo, siendo ella la Medianera de toda la gracia.

 

 

 

 

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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