22º Domingo del Tiempo Ordinario

22º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 30 de agosto, 2020
Lecturas: Jer 20,7-9; Salmo 62,2-6.8-9; Rom 12,1-2; Mat 16,21-27

Por la misericordia de Dios… Todo empieza con la misericordia de Dios; toda nuestra vida y respuesta a Dios debe empezar por reconocer su gran misericordia que nos ha mostrado en su Hijo, Jesucristo. La 2ª lectura de hoy nos da un resumen de la vida cristiana, como debemos vivir, como debemos responder a la misericordia de Dios.

La 2ª lectura nos dice que debemos ofrecernos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto. La traducción omite algo y interprete algo. Mas literal sería que debemos ofrecer nuestros cuerpos y esta ofrenda viva, santa y agradable a Dios sería nuestro culto razonable, o según una traducción espiritual.

Tan la especificación del cuerpo como la caracterización del culto como ‘espiritual’ o ‘razonable’ o ‘verdadero’ son esenciales al sentido del pasaje.

Para entender esto, es necesario, primero, decir algo de la naturaleza del ser humano, compuesta de cuerpo y alma.

El alma es el principio de vida para el cuerpo; el alma define el cuerpo y lo hace que sea un cuerpo humano y no otro tipo de cuerpo. Podemos decir que el alma es la forma interior del cuerpo, como la figura de San José aquí es la forma exterior de la madera de esta estatua, que hace que sea estatua de San José y no de otra cosa.

Esto es verdad también para las almas de las plantas y los animales – si, podemos hablar de almas de plantas y animales, pero son de otra especie. Podemos comprender las diferentes especies de alma, como principio de vida, precisamente por las actividades vivas que caracterizan el alma – alimento, crecimiento, y reproducción (estas son comunes a la vida de plantas); sensación, deseo, y movimiento de si mismo (que en adición a lo que tiene las plantas, pertenecen a vida de los animales). A partir de estas actividades la filosofía clásica, como la enseña San Tomás de Aquino, nos conduce a comprender ‘los poderes del alma’ que son como la raíz de las actividades. Estos poderes por su parte caracterizan la misma alma que define todo el ser vivo.

Sin embargo, si consideramos todos los poderes ya mencionados, son todos ligados al cuerpo y todos desaparecen con la muerte del cuerpo. Por eso, las almas de las plantas y los animales no son inmortales; no tienen existencia a parte de su cuerpo.

Por su parte, el hombre se caracteriza por dos poderes únicos que sobrepasan o transcienden la vida corporal.

En primer lugar, es el poder de la razón, o pensamiento, o entendimiento. Este poder es actualmente nuestra ventana para la realidad. Tenemos razón cuando decimos que un loco ha ‘perdido su razón’ o ha ‘perdido contacto con la realidad’. El poder de los sentidos solamente puede captar las calidades superficiales de las cosas; es el poder racional que es capaz de penetrar a su naturaleza interior que hace que la cosa sea lo que es.

El poder racional nos hace capaz de distinguir un perro de un caballo y capaz de saber que, cualquier que sea las variaciones superficiales, un perro en el tiempo de Jesús es lo mismo tipo de cosa que un perro hoy y un caballo en el tiempo de Jesús es lo mismo tipo de cosa que un caballo hoy. Así también el poder racional hace posible que sabemos la diferencia entre un varón y una mujer, en todo los tiempos y lugares. De verás, los que no mas saben esta diferencia ha perdido contacto con la realidad. El poder racional expresa su entendimiento por conceptos que, por su parte, se expresa por palabras, por las cuales podemos comunicar el uno con el otro. Por la palabra escrita podemos incluso entender lo que fue escrito en otros tiempos y lugares.

En segundo lugar, hay el poder de la voluntad que es nada mas que nuestra capacidad de adherir al bien y hacer decisiones fundadas sobre nuestro conocimiento de los propósitos y las posibilidades que descubrimos en las cosas. Esto es lo que quiere decir que tenemos el libre albedrio. Como los animales inferiores tenemos un tipo de ‘instinto animal’, pero no somos, o no debemos ser, gobernados por instinto, sino por conocimiento verdadero.

El poder racional se ordena a la verdad de la realidad que el no hizo, mientras la voluntad se ordena a la bondad que no inventó. Sin embargo, el libre albedrio nos otorga la capacidad tremenda de cambiar la verdad por una mentira y la bondad verdadera por una sustituta artificial que nosotros mismos hacen. Por eso somos capaces de abrirnos para la realidad afuera, o encerrarnos dentro de nosotros mismos. Todo el pecado implica de una manera o otra el rechazo de la realidad, de la verdad, y de la bondad, para convertirnos para nosotros mismos.

El poder racional existe aquí y ahora en nuestra vida corporal y la define, pero sobrepasa los limites del cuerpo en su capacidad de extenderse a todo tiempo y todo lugar, de concebir posibilidades que nunca van a realizarse, y de una manera comprender todas las cosas, toda la realidad, y incluso atingir al mismo origen de la realidad, Dios mismo. Esto muestra que el alma, que es la raíz de todos nuestros poderes vitales, sobrepasa y transciende el cuerpo, y por eso puede existir a parte del cuerpo, que es inmortal.

Es por medio de nuestro alma racional y inmortal que hemos sido creados únicamente según la imagen de Dios.

Por medio del don de la gracia santificante, con sus virtudes características de la fe, la esperanza, y la caridad, Dios quiere elevar nuestra alma racional a algo aun mas alto, para compartir su propia vida y naturaleza, para compartir su propia vida de conocimiento y amor, para que al final podamos verlo como es. (cf. 1 Jn 3:1) Esta visión de Dios se llama la visión beatifica y es el elemento mas esencial de la vida del cielo.

En la sagrada Escritura, a menudo la palabra ‘espiritual’ se refiere a esa elevación del espíritu humano al orden de la gracia. El ‘hombre espiritual’ es el hombre que viva por la gracia y por eso goza del don del Espíritu Santo. El ‘hombre animal’ viva solamente para este mundo. (cf. 1 Cor 2,14-15; 15,45-46; Sant 3,13)

El alma racional sobrepasa y transciende el cuerpo, pero en esta vida el único acceso que tenemos a la realidad es por medio de nuestros sentidos corporales y no podemos ejercer nuestra inteligencia independiente de nuestra imaginación y memoria, que reflejan nuestros sentidos. Tampoco estamos capaces de actuar sino por medio de nuestro cuerpo. Sin embargo, toda nuestra vida corporal debe dirigirse y gobernarse por el poder racional, elevado por la gracia.

Ahora podemos volver a las palabras de San Pablo. Ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, nuestro culto racional o espiritual, quiere decir dirigir toda nuestra vida corporal al culto de Dios, bajo la dirección de la razón, elevada por fe a la vida de gracia. En otro lugar San Pablo dice lo mismo en otras palabras: Todo lo que pueden decir o hacer, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Col 3, 17)

El ‘todo’ de nuestra vida en el cuerpo se encuentra en tres ámbitos de actividad: acciones que relacionan directamente a Dios; acciones que implican el cuidado justo de nosotros mismos; y acciones al servicio de nuestro vecino. Miren bien el lugar del cuidado de si mismo: sin no damos la atención justa al cuidado de nuestra propia alma y nuestra vida corporal (en este orden), seremos incapaces de dar un culto verdadero a Dios y tampoco seremos capaces de beneficiar a las demás personas.

Por eso Jesucristo nos dio un resumen de todos los mandamientos de Dios:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero. Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos. (Mt 22,37-40)

Los Diez Mandamientos son como la barandilla del camino que especifique los limites del amor a Dios y al prójimo. Por ejemplo, si uno usa el nombre del Señor en vano, el ha apartado del camino de amor a Dios. Si uno comete el adulterio, el ha apartado del camino de amor al prójimo. Si uno aparte del camino de amor al prójimo, el también ha fallado en el amor a Dios; si uno aparte del camino de amor a Dios, el también ha fallado en el amor al prójimo.

Miren bien, si consideramos bien lo que se pide de nosotros vamos a reconocer que será imposible cumplir esto con tal que nuestra mente sea sujeto a los criterios de este mundo.

Por la expresión ‘este mundo’ la sagrada Escritura refiere a la sociedad humana organizada a parte de Dios para lograr bienes, sean verdaderos sino limitados, sean solamente aparentes y ilusorios, que pasarán junto con la vida mortal que ahora tenemos. Por apartar de Dios y de la vida de la gracia, por apartar de la promesa de la vida eterna, y por dirigir las energías humanas puramente al progreso de este mundo, la inteligencia humana inevitablemente falsifica la realidad y incluso los bienes verdaderos que se buscan se convierten destorcidos y perjudiciales.

Sujeto a esta mentalidad mundana una persona puede compartir en los actos exteriores de la religión, pero no puede de verdad ofrecer su cuerpo como sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios.

El espíritu de ‘este mundo’ está presente en todas las etapas y todos los lugares en la historia humana, pero nuestra era de la historia, por que se caracteriza por un rechazo explicito de Dios, es sobretodo sujeto al espíritu mundano.

Por eso debemos hacer un esfuerzo muy intencional para rechazar este espíritu mentiroso, rechazar las ideologías modernas de este mundo, para abrazar la fe en la palabra de Jesucristo como el fundamento de toda nuestra manera de ver y juzgar, para ser transformados internamente por una nueva manera de pensar, la manera de Jesucristo.

Todo esto será imposible sin la gracia de Dios.

Hay dos tipos de gracia que debemos considerar: la gracia que es vida y la gracia que es ayuda. Hay la vida de la gracia, la gracia santificante, la elevación del alma para compartir la vida y naturaleza de Dios. También hay la gracia actual, que refiere a los auxilios concretos que Dios nos da, luz para la inteligencia y fuerza para la voluntad, para discernir y obedecer a su voluntad en todas las cosas.

Esto nos conduce al evangelio de hoy, pues la gracia de los dos tipos viene a nosotros por medio de la Cruz de Jesucristo. Por eso él tuvo que ir a Jerusalén para ser condenado a la muerte y resucitar al tercer día.

Necesitamos a Jesús porque él es el origen de la gracia y también por ser nuestro ejemplo. En él vemos el ejemplo mas perfecto de como ofrecer nuestra vida como sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios. Y él nos dijo: Él que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

Siendo que llevamos en nuestra misma carne la herencia del pecado y siendo que hemos sido sujetos al espíritu mundano, continuamente tenemos que luchar contra y rechazar las tentaciones de la carne, el mundo, y el diablo, para convertirnos de nuevo a Cristo, buscar la transformación de nuestro pensar y ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Esto quiere decir que la vida cristiana es una vida de continua negación de si mismo, un verdadero ‘vía crucis’, pero también el camino que conduce a la vida verdadera, la vida eterna.

Mas una vez volvimos al asunto de la gracia: sin la gracia no podemos vivir la negación de si mismo; no podemos seguir el ‘vía crucis’.

La gracia viene a nosotros de la Cruz de Jesucristo por medio de los sacramentos. Sin embargo, la gracia no es ‘automático’; la gracia no nos transformará si no colaboramos con ella, si no nos abrimos a la vida de la gracia, si no oramos.

De verás, no es suficiente decir unos rezos, debemos vivir una vida de oración; durante el curso del día debemos siempre de nuevo apartar de nuestro egoísmo y convertirnos a Dios, con arrepentimiento, reconociendo su presencia, dándole gracias, alabándolo, y pidiendo su gracia para cumplir su voluntad.

Ofrecemos nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios cuando todo lo que hacemos y decimos se dirige por Dios, por medio de nuestra razón, elevada e iluminada por la gracia, y cuando devolvimos todo a Dios por la oración y la ofrenda de nosotros mismos.

Todo esto está concentrado en el santo sacrificio de la Misa.

En la Misa, por el ministerio de los sacerdotes, Jesús se ofrece de nuevo el único y mismo sacrificio que ofreció una vez para siempre en la Cruz, la fuente de la gracia. En la misa debemos llevar el sacrificio de toda nuestra vida, la ofrenda de nuestro cuerpo, para ofrecerlo por Cristo, con él, y en él, en su Cuerpo que es la Iglesia.

Además, la Misa entera, si se celebra justamente, debe convertirse en el modelo para el pensar que ha sido transformado y renovado en Cristo.

Para celebrar la Misa justamente no debemos importar el espíritu del mundo en la celebración. Antes, la celebración debe superar y transcender el tiempo y lugar actual. Enraizada en la tradición de la Iglesia, que supera el tiempo, la Misa debe ser como una ventana para la luz del cielo. La Misa, con tal que sea la Misa, siempre contiene el sacrificio de la Cruz que sube al trono de Dios y siempre nos lleva el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo que viene de Dios para santificarnos y darnos la vida. Sin embargo, cuando la reverencia falta en la celebración, cuando la gente no sigue las leyes de la Iglesia, cuando se abandona la tradición, o cuando se usa la celebración para servir los proyectos y agendas humanas, la misma celebración se convierte en obstáculo para la gracia de Cristo. La celebración de la Misa, por desgracia, se conforme al mundo pasajero.

En lugar de esto, es nosotros que debemos dejarnos transformar por la Misa para que podamos también ofrecer nuestro propio cuerpo como sacrificio, vivo, santo, y agradable a Dios, por medio de Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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