26º Domingo del Tiempo Ordinario

26º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 27 de septiembre, 2020
Lecturas: Ez 18,15-28; Salmo 24,4-9; Filip 2,1-11; Mt 21,28-32

Hoy tan la 1ª lectura como el evangelio ponen el enfoque en hacer la voluntad de Dios; sea como fuera lo que hemos hecho en el pasado, mientras quedamos en esta vida podemos convertirnos para hacer la voluntad de Dios. La 2ª lectura refuerza lo mismo por el ejemplo de Jesús que por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.

Volveré a hablar mas del asunto de la obediencia, pero antes quiero decir mas algunas palabras del sentido de la 2ª lectura.

San Pablo nos exhorta a ser unido en el amor, pero también en el pensar. De verás sin la unidad de pensar y de propósito una verdadera unidad de amor es imposible – esto es la razón fundamental porque no es bueno que un católico casa con persona de otra religión.

San Pablo no solamente nos exhorta para buscar la unidad de mente y corazón, el nos dirige a lo que debe unirnos concretamente: Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús.

La acción de Cristo se caracteriza por la obediencia que aceptó la muerte; su sentimiento, su propósito fue dar gloria a su Padre y expiar los pecados de los hombres por su obediencia hasta la muerte de la cruz.

Si uno preguntara que hizo Cristo durante su tiempo en la tierra quizás otro contestaría: “El amó.” Es verdad, pero la palabra ‘amor’ puede significar muchas cosas. Sería mas exacto decir, “El obedeció.” El amor de Jesús sobre todo se manifiesta por su obediencia a la voluntad de su Padre.

¿Su obediencia es realmente tan importante?

En la 2ª lectura de hoy aprendimos que por su obediencia el ganó el nombre que está sobre todo nombre. Dios estableció el hombre, Jesucristo, como Señor de todo el universo, no solamente porque es el Hijo de Dios, sino por causa de su vida de obediencia perfecta, hasta la muerte de la Cruz. Por su obediencia el expió la desobediencia de Adán y de todos.

La Carta a los Hebreos también nos habla de la obediencia de Cristo. Aprendimos que por su obediencia perfecta fue establecida como sumo sacerdote y se hizo causa de la salvación eterna para todos los que le obedecen. (cf. Heb 5,7-10) También aprendimos que después de entrar al mundo para hacer la voluntad de Dios, por medio de su voluntad obediente el hizo de su Cuerpo una victima sacrificial por nuestros pecados para que seamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Cristo Jesús hecha una vez por todos. (Cf. Heb 10,10)

El santo sacrificio de la Misa es la conmemoración y renovación aquí y ahora del sacrificio de la obediencia de Cristo.

Miren, la obediencia caracteriza la acción de siervo y hoy aprendimos que por hacerse hombre Cristo tomó la condición de un siervo.

Que el Hijo de Dios libremente toma la condición de siervo debe asustar, pero lo que actualmente nos ofende es lo que esto exige de nosotros, lo que San Pablo dijo que debe unir nuestro sentimiento, nuestro pensar, nuestro propósito: quiere decir, tenemos todos tener los sentimientos de siervos obedientes, como Cristo, buscando así la gloria de Dios.

Aquí nuestro instinto es renegar. Por lo normal, si obedecemos es por fuerza, por compulsión, no por libre voluntad. Antes queremos decir, nunca hemos sido esclavos de nadie. (Jn 8,33) La gente que dijo estas mismas palabras a Jesús acabó por tratar de apedrearlo.

Y ¿Por qué querían apedrearlo? Porque el dijo que era igual a Dios. (Jn 8,58)

Es aquí donde volvimos al decisivo de la 2ª lectura de hoy. No queremos obedecer. Pensamos que no es digno de nuestra dignidad de ser humano. Pero San Pablo nos muestra el ejemplo de Jesucristo, que, a pesar de ser Dios, no pensó así. Antes el libremente tomó nuestra naturaleza humana, esclavizada por el pecado, para expiar por su obediencia la desobediencia de nuestro pecado. Por eso no resta a nosotros una disculpa: Jesucristo, el Hijo de Dios, obedeció; si lo amamos, debemos seguir su ejemplo y obedecer.

Entonces, uno puedo decir en si mismo, como reconciliándose a lo que tiene que hacer, “Está bien. Veo que es justo obedecer a Dios, con tal que no tengo que sujetarme a otro ser humano.”

Bueno, ahora tenemos que reflexionar sobre que quiere decir “obedecer a Dios”. O que quiere decir obedecer a Jesucristo. (cf. Mt 17,5)

Bueno en primer lugar no quiere decir obedecer una voz susurrando en nuestra cabeza, sino quiere decir obedecer a los mandamientos de Dios.

Entonces, ¿cómo es que sabemos los mandamientos, su importe, todo su alcance, y que tienen de veras su origen de Dios y de Jesucristo? Debemos creer la palabra de Dios como ha venido a nosotros por medio de la sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia Católica. No solamente la Escritura, sino la Escritura y la Tradición. Los dos se interpretan para nosotros por el Magisterio de la Iglesia, la autoridad de enseñar. (cf. Mt 28,20)

Esto quiere decir que para entender y obedecer los mandamientos de Dios debemos escuchar a los hombres que han recibido de Cristo la autoridad de enseñarnos los mandamientos.

Además, la palabra de Dios nos muestra que por naturaleza pertenecemos a varias comunidades humanas (empezando con la familia) y por el bautismo pertenecemos a la comunidad de la Iglesia. Por eso tenemos que obedecer las autoridades legitimas que Dios ha establecido en la Iglesia y en la sociedad civil.

Para dar un ejemple concreto: es la voluntad de Dios que un empleado obedece a su patrón en lo que pertenece al trabajo, aunque el patrón sea un bruto, aunque una tarea sea desagradable. Aun mas, es la voluntad de Dios que un empleado hace lo mejor trabajo que puede, aunque nadie lo reconoce. (cf. Ef 6,5-8; 1 Ped 2,18-19)

Ahora las cosas se hacen complicadas. No vamos a encontrar lo que es justo si no estamos viviendo una vida de oración, si estamos solamente viviendo exteriormente como miembros de la Iglesia, sin también vivir interiormente en relación con Jesús.

Por instinto renegamos frente la obligación de obedecer, sobre todo porque nos consideramos como ‘adultos’ y porque muchas veces tenemos una idea de obediencia destorcida como fuera algo mecánico o robótico. Esto es porque la idea de obediencia ha sido divorciada de la idea de la verdad y de la inteligencia. Los mandamientos nos parecen como nada mas que algo que restringe nuestra libertad.

De verdad, la obediencia, la verdadera obediencia, como virtud que agrade a Dios, exige tan la libertad como la inteligencia. Libertad, porque no debemos obedecer por compulsión, sino como acto de entendimiento y amor, porque es justo y necesario. Debemos libremente obedecer a Jesucristo, sometiéndonos a el por amor, porque el es nuestro Señor, nuestro Dios, y nuestro Salvador. La obediencia es central a nuestra relación viva con Jesucristo.

Voy a resumir unas cosas que debemos entender para practicar una obediencia justa, una obediencia que no se deja manipular por los que abusan de su autoridad.

En primer lugar, es solamente por la obediencia que podemos hacernos parte de una realidad mas grande que nosotros. Actualmente captamos esto muy bien en el asunto del deporte donde hay equipos con sus entrenadores y capitanes. La realidad mas grande a que podemos y debemos pertenecer por medio de la obediencia es el reino de Dios. San Pablo compare la Iglesia a una realidad viva, el Cuerpo de Cristo, en que cada uno de los fieles es una parte, con su propio papel en el todo. Es solamente por la obediencia que podemos hacer parte del Cuerpo de Cristo y activamente cumplir nuestro papel. (cf. Rom 12,3-8; Ef 4,11-16; 1 Cor 12,12-31)

Después debemos distinguir entre cosas que se mandan porque son justos o prohibidos porque son injustos y cosas que son justos porque se mandan o injustos por ser prohibidos.

Es injusto manejar a la izquierda de una calle de dos direcciones porque es prohibido por la ley. En Gran Britania es injusto manejar a la derecha de una calle de dos direcciones.

Pero, el homicidio es prohibido por ser injusto; siempre y en toda parte es injusto matar una persona inocente.

Al final debemos reconocer también que solamente la autoridad divina es absoluta. Toda la demás autoridad se subordina a la autoridad suprema de Dios y sola puede mandar dentro de los limites dado por Dios (y también otras autoridades mas superiores).

Incluso, la autoridad del Papa se limite por el deposito de la fe que fue entregada por la sagrada Escritura y la Tradición sagrada y también por la ley de Dios.

Así, debemos siempre obedecer a Dios antes que obedeczcamos a los hombres. (cf. Hechos 4,19) Incluso, cuando obedecemos un orden legitimo de una persona que es establecida en posición de autoridad legitima, nuestra obediencia debe dirigirse mas a Dios que al hombre, porque la autoridad del hombre viene de Dios.

Todo esto presupone que Dios nos creó con inteligencia y que usamos nuestra inteligencia. Debemos por disposición obedecer y no debemos confiar en nuestra opinión privada y debemos estar dispuestos a recibir la corrección, pero también tenemos la capacidad de entender al menos los fundamentales del mundo en que vivimos, la enseñanza de Cristo, y su ley. Actualmente, aprendimos estas cosas de la Iglesia misma y por eso si uno dentro de la Iglesia, incluso el Papa, trata de mandarnos contra la verdad evidente que conocemos, no debemos permitirlo.

Por eso San Pablo escribió, Aunque nosotros mismos o un ángel del cielo viniese a evangelizarlos en forma diversa a como lo hemos hecho nosotros, yo les digo: ¡maldito sea!

La paz es la tranquilidad del orden; no hay orden entre creaturas libres sin una obediencia voluntaria; la orden suprema se encuentra el en reino de Jesucristo. A su nombre todos deben doblar la rodilla, en el cielo, en la tierra, y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.