27º Domingo del Tiempo Ordinario

27º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 4 de octubre, 2020
Lecturas: Is 5,1-7; Salmo 79,9.12-16.19-20; Filip 4,6-9; Mt 21,33-43

En la 1ª lectura de hoy el profeta Isaías, como ‘amigo de Dios’, manifiesta la tristeza indecible de Dios por causa de la infidelidad de su pueblo Israel. Después de comparar el cuidado y protección que Dios provee por su pueblo al cuidado que un hombre toma en plantar y cultivar una viña, el lamenta que la viña de Dios, Israel, ha producido fruto malo: injusticia y desobediencia a los mandamientos de Dios. Por consecuencia Dios le quitará de su viña su cuidado y protección.

Podemos interpretar lo que significa concretamente en la vida del pueblo este abandono por parte de Dios. El permitió que los enemigos de Israel fueron victoriosos en la batalla, que saquearon Israel y devastaron la tierra. La viña se llena de los abrojos y las espinas porque, tan los lideres como el pueblo, se entregaron al vicio, se hicieron molestos los unos a los otros, opresivos a la gente buena que resta, y generalmente destructivos del bien común. Al final, la ausencia de la lluvia significa que los profetas y predicadores de la palabra de Dios se callan y el pueblo se hace privado de la verdad que viene de Dios.

En el evangelio de hoy, Jesús cuenta una parábola que se refiere a los lideres del pueblo, una parábola que también contiene un eco de la profecía de Isaías. Las palabras de Jesús revelan que la historia de la infidelidad ha sido repetida durante la historia de Israel. Una y otra vez, los lideres no cultivaron la viña según la ley de Dios y por eso no pudieron ofrecer a Dios el fruto de un pueblo fiel. Después, una y otra vez, Dios les envía profetas y los lideres los rechazan con violencia.

Al final, la presencia de Jesús lleva toda la historia al cabo, porque el es mas que un profeta, es el mismo Hijo de Dios. Por eso, los lideres tienen su oportunidad última y porque rechazan a Jesús van a perder la viña que será dada a otro pueblo.

Literalmente esto sucedió cuando la alianza fue transferida del pueblo de Israel a la Iglesia Católica. Desde el día de Pentecostés, la Iglesia Católica ha sido la viña del Señor.

Ahora, tenemos que poner la pregunta: ¿La misma historia de infidelidad se repita en la historia de la Iglesia Católica?

De una manera que sea lo mas importante la respuesta es “no”. Esto es porque una vez que el Hijo de Dios se hizo hombre, el nunca puso al lado su humanidad sagrada, antes la llevo consigo al cielo, a la derecha de su Padre. De allá él gobierna a su reino, la Iglesia; así como no puede separarse de su humanidad sagrada, tampoco puede separarse de su esposa la Iglesia. Él estableció la nueva y eterna alianza en su sangre y ninguna infidelidad humana pudiera jamás anular esta alianza. Por eso el dio a San Pedro la promesa: Los poderes del infierno nunca prevalecerá contra ella. (Mt 16, 18) Y a todos los apóstoles declaró: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia. (Mt 28,20)

Sin embargo, de otra manera, la respuesta es ´si’.

La respuesta es ‘si’ porque mientras la Iglesia toda no puede fallar, la historia de infidelidad se desarrolla siempre de nuevo en lugares y tiempos particulares. Hay lugares y pueblos donde otrora la fe católica floreció abundantemente, pero mas tarde estos mismos pueblos han perdido la fe casi enteramente.

Podemos preguntar si quizás Europa, o al menos Europa occidental, que por tantos siglos ha sido el lugar de la fe católica, está recibiendo su última oportunidad. Cuanto a los Estados Unidos atrevería decir que siendo que esto nunca fue un país católico quizás a pesar de la crisis actual resta a nosotros una oportunidad futura.

Al mismo tiempo, parece que el lugar donde hoy en día la fe católica está mas floreciendo está el continente de África. ¿Quizás la viña del Señor está para transferirse de Europa a África?

Pero, la parábola de la viña también tiene una aplicación personal que es muy importante.

Cada alma bautizada también es una ‘viña del Señor’. Hemos recibido, cada uno de nosotros, los mensajeros de la palabra de Dios. ¿Hemos acogido su mensaje para dar el fruto de la justicia para la gloria de Dios? O ¿hemos rechazados a los mensajeros?

Al final, ¿hemos acogido el mismo Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo? O ¿lo hemos rechazado?

Quizás suena raro que uno puede venir a la misa, profesar la fe católica, pero rechazar a Jesús; extraño, pero por desgracia bien posible. Jesús mismo dijo, No todo el que me dice, ‘¡Señor, Señor! Entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. (Mt 7,21)

Por ejemplo, se ven personajes públicos que se dicen católicos, pero por causa de su apoyo dedicado al aborto muestran que no se preocupan para hacer la voluntad de Dios.

Cuando miramos al ejemplo de los personajes públicos podemos ver la verdad como se fuera escrita en letra grande.

Sin embargo, resta a nosotros examinar nuestra propia vida. ¿Vivimos de una manera coherente? ¿De verás vivimos de nuestra fe por hacer la voluntad de Dios, para que nuestra alma se hace una viña fértil dando gloria a Dios? O ¿simplemente creemos con los labios, mientras nuestra vida siga los caminos mundanos?

Al final, el Señor nos deja con unas palabras que, si las podemos entender, nos dan una llave para entender lo que está sucediendo.

La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto es la obra del Señor y es un prodigio admirable.

Claro que la piedra es Jesucristo mismo. San Pedro escribe: Acercándose a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también ustedes mismos, como piedras vivas, van construyendo un templo dedicado a un sacerdocio sagrado, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios. (1 Pe 2,5)

La piedra que es Jesucristo se significa muy concreta y tangiblemente por el altar, hecho de piedra, sobra lo cual el Cuerpo vivo de Jesucristo, junto con su Sangre precioso, escondidos bajo las apariencias de pan y vino, se ofrece como el único sacrificio que verdaderamente agrada a Dios.

San Pablo nos dice: Les pido hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Esto debe ser su culto espiritual. (Rm 12,1)

Así debemos vivir nuestro sacerdocio bautismal, dejando que seamos integrados en el templo espiritual, ofreciendo nuestro sacrificio espiritual a Dios, por medio del sacrificio de Jesucristo, que se ofrece sobre el altar en el santo sacrificio de la Misa.

Entonces, desde el tiempo de Jesucristo, durante todo el curso de la historia, la piedra desechada por los constructores es el mismo sacrificio de la Misa. Toda la historia del mundo gira alrededor de la Misa.

¿Es que los constructores de ciudades, estados, y naciones ponen el sacrificio de la Misa al cimiento? ¿O no? ¿Es que los constructores de la cultura, la ciencia, y la educación ponen el sacrificio de la Misa al cimiento? ¿O no?

Es triste para decirlo pero tenemos también preguntar si los constructores de la Iglesia, los obispos y sacerdotes, (cf. 1 Cor 3,5-11) ponen el sacrificio de la Misa al cimiento. Tenemos que poner la pregunta porque el entendimiento de la Misa como sacrificio casi ha desaparecido de la vida de la Iglesia (celebración dirección al pueblo ha contribuido a esto), como también el verdadero concepto del sacrificio como expiación del pecado y como don amoroso ofrecido al honor y gloria de Dios casi ha sido perdido de toda la sociedad.

Tan en la profecía de Isaías de la viña y en la parábola de Jesús de los viñadores malos, la viña tiene un lagar. La viña no puede alcanzar su propósito sin el lagar, un instrumento de transformación. Así la Misa es el lagar de Dios sin lo cual su viña no puede alcanzar su propósito, sin lo cual la vida humana no puede ser transformado y santificado.

Convirtiendo nuestra atención a la 2ª lectura, la Misa es lo que hace posible que llevemos nuestras peticiones a Dios en la oración y suplica; la Misa es la fuente de que podemos recibir la paz que sobrepasa toda inteligencia; la Misa es el origen de todo esfuerzo fructuoso para todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.