28º Domingo del Tiempo Ordinario

28º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 11 de octubre, 2020
Lecturas: Is 25,6-10; Salmo 23,1-6; Fil 4,12-14. 19-20; Mt 22,1-14

En aquel día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos; un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos.

El monte es la humanidad sagrada de nuestro Señor Jesucristo. En la tierra él nació de la Virgen María, pero sube mas alta que los cielos porque es el Hijo de Dios, igual al Padre, Dios eterno junto con él y el Espíritu Santo. También porque siendo victorioso sobre el pecado y la muerte él ha llevado su humanidad sagrada consigo a la derecha del Padre.

Por medio de su muerte el destruyó la muerte y expió todo el pecado por derramar su preciosísimo Sangre. Aquellos que comparten su victoria serán liberados de la afrenta del pecado, encontrarán el consuelo verdadero por todo lo que han lamentado, y contemplarán desvelados el rostro de Dios. El banquete supremo que satisfarán todos los deseos es la visión beatifica, el festín del rostro desvelado de Dios.

Por causa de la obra de Jesucristo, ahora podemos decir que existen dos creaciones. Hay la primera creación que fue manchada por el pecado y hay la nueva creación en Cristo que durará para la eternidad. Pertenecemos a la primera creación por nuestro nacimiento; pertenecemos a la nueva creación por nuestro renacimiento en el bautismo. Pertenecemos a este mundo por nuestro nacimiento, pero somos ciudadanos de la ciudad celeste por nuestro bautismo.

El mundo actual es visible a nuestros ojos; el mundo que ha de venir, la realidad celeste, se conoce solamente a los ojos de la fe. Sin embargo, existe, podemos decir, una realidad intermediaria, la Iglesia visible sobre la tierra con sus sacramentos visibles. La Iglesia es la presencia del reino de Cristo en la tierra, la puerta al reino de los cielos, el lugar donde los pecadores se purifican y se transforman y se preparan para el banquete celeste de la visión de Dios. Ahora que Jesucristo está sentado a la derecha del Padre, la realidad invisible del reino de Cristo de hace visible de una manera especial por medio de los sacramentos.

En esta vida existe una guerra perpetua entre los que pertenecen a este mundo y buscan exclusivamente las cosas de este mundo y los que pertenecen a Cristo. Esta guerra entra también en medio de la Iglesia porque muchos entre los bautizados no viven de la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, que recibieron en el bautismo, sino viven de una manera mundana. La guerra también entre en el alma de cada uno de nosotros mientras vivimos en este mundo y llevemos en nuestro interior el impulso al pecado que en el idioma del Biblia se llama ‘la carne’.

Entonces podemos considerar el mundo de dos maneras: como separado de Cristo por el pecado – pues sin Cristo incluso los mas nobles entre los proyectos humanos, al final, acaba en el pecado – o como sirviendo a Cristo y a su reino, como instrumentos en las manos de los peregrinos en el camino hacia la nueva y eterna Jerusalén; estos son los que buscan subir el monte de la humanidad sagrada de Jesucristo para estar junto con él para siempre.

El Concilio Vaticano Segundo nos enseña: “Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos.” (SC 2)

Este característico de la Iglesia es, o debe ser, manifestada “sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía”. (Ibid.)

Si podemos entender esta relación justa entre el mundo actual y el mundo que ha de venir junto con la tentación siempre presente de separar el mundo actual y constituir en él nuestro propósito supremo, entonces podemos también comprender que una vez que entramos en el templo en que se ofrece el sacrificio divino y gustamos del banquete celestial que estamos entrando de un modo en el vestíbulo del cielo.

El domingo pasado mencioné el gran templo de la Hagia Sophia en Constantinopla (que hoy en día se llama Estambul) fue una vez el templo mas espléndido del mundo cristiano. En los días de su resplandor, cuando viajantes, incluso paganos, entraron en el templo y miraron a la celebración de la liturgia les parecieron que por un momento entraron en el mismo cielo. Tal fue la hermosura tan del templo como de la liturgia.

En nuestros tiempos vivimos en un mundo ‘pos-cristiano’ y secularizado. El mundo de hoy se ha convertido opaco a la realidad celeste. El mundo humano en que vivimos se caracteriza por lo feo.

Así podemos hacer un contraste entre la Hagia Sophia – ahora una mezquita – y la nueva catedral en la ciudad donde nací, la Catedral de Nuestra Señora Reina de los Ángeles en la ciudad de Los Ángeles. Si uno está manejando en la autopista y ve la catedral, ella parece como mas un edificio moderno integrado con todos los edificios feos alrededor. Por dentro no se que decir, pero no diré que es hermoso ni que eleva el alma para arriba.

Si construyeran una catedral digna en medio de todo lo feo del centro de Los Ángeles pienso debería parecer como si un santo ángel descendiera del cielo y tocara la tierra en medio de una chatarrería. Esto asusta, pero no es tan dramático como el contraste entre el origen divino del Hijo de Dios y la humanidad pecadora que vino para salvar cuando descendió del cielo y nació como hombre de la Virgen María.

Necesitamos templos y liturgias que nos lleven afuera de la fealdad de este mundo humano para dentro de la hermosura del reino celestial; esto no es una hermosura que podemos inventar, sino una hermosura que nos revela por medio de la sagrada Escritura y la Tradición sagrada. Por eso, las formas tradicionales, que están ajenos a la fealdad moderna, convienen mas a la sagrada liturgia.

Dirigiendo nuestra atención ahora al Evangelio, la Misa es el banquete nupcial del Hijo del Rey, Jesucristo, a que todos hemos sido invitados, tan los malos como los buenos. No es bueno rechazar la invitación del Rey.

La semana pasada, hablé de la Misa como sacrificio; es por medio del sacrificio que llegamos al banquete de la sagrada comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Si no nos ofrecemos por Cristo, con él, y en él, que es el Cordero del sacrificio, no estaremos preparados para la fiesta. Debemos entrar en el banquete por la puerta de la Cruz.

Los malos y los buenos ambos pueden entrar en la sala de la Misa; a menudo los malos también comulgan, pero cuando el Rey viene en el día del juicio, solamente los buenos serán permitidos quedar para gozar el banquete eterno, la visión del rostro de Dios.

El pasaporte, aprendimos, es traje de fiesta. Esto es la ropa del alma, el don de la gracia santificante, que nos fue dado en el bautismo, que nos hace verdaderamente hijos de Dios. No debemos echarla por el pecado mortal; o si ya la hemos perdido debemos hacer todo que está en nuestro poder, sobre todo por medio de una confesión de nuestros pecados que sea completa, sincera, y humilde, para ganar de nuevo este traje inestimable. Debemos perseverar hasta el fin, lavando nuestro traje en la Sangre del Cordero, para que podamos ser contados entre los pocos que son escogidos. (cf. Ap 7,14. 22,14)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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