2º Domingo de Adviento

2º Domingo de Adviento

Padre Joseph Levine; 6 de diciembre, 2020
Lecturas: Is 40,1-5.9-11; Salmo 84,9-14; 2 Pd 3,8-14; Mc 1,1-8

Jesucristo, porque es el Hijo de Dios hecho hombre, es también el Eterno hecho hombre. El introdujo la eternidad en el tiempo para llevarnos que éramos presos por el tiempo hasta la eternidad.

En la 2ª lectura de hoy, San Pedro refiere a la eternidad de Dios cuando escribe: para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. El sentido es que tan el tiempo curto como el tiempo largo son insignificantes en comparación con la eternidad. Sin embargo, tenemos entender el sentido justamente, pues la eternidad no es un periodo de tiempo sin inicio o sin fin.

Actualmente, un tiempo infinito, sin la eternidad, sería una buena descripción del infierno. El infierno continúa para siempre. Imaginen la necesidad de revivir el día peor de su vida siempre de nuevo, sin fin. En el infierno cada minuto de dolor parece como mil años y sucede otro minuto de dolor que es igual en su intensidad, para siempre. El infierno nos es eterno, pero no tiene fin, no para.

Entonces, ¿qué es la eternidad?

La cuestión es importante porque cuando no dirigimos nuestra esperanza a la eternidad confundimos la esperanza cristiana y el optimismo. El optimismo espera que todo en el mundo va a salir bien; esto es una fe curiosa en un mundo que se caracteriza por la tragedia. Además, cuando no comprendemos la diferencia entre la eternidad y el tiempo sin fin, seremos mas dispuestos a aceptar la decepción del Anticristo, que prometa el paraíso en el tiempo, un mundo perfecto, utopía, donde se resuelva todos los problemas de la humanidad por la humanidad. (cf. CIC 676)

La eternidad está tan fuera del tiempo como encima del tiempo. Si comparamos el tiempo a un ejercito de soldados en marcha, pasando una torre muy alta, la eternidad sería como la perspectiva que tiene uno de la cumbre de la torre.

Dios es eterno y incluso es la misma eternidad.

Nuestra vida en el mundo pasa siempre por el tiempo. Lo único que tenemos es el momento actual; el pasado no mas existe y el futuro todavía no ha llegado. Sin embargo, el momento que tenemos ya está pasando. Así el momento actual nos otorga solamente una posesión muy débil y fugaz de la realidad, de la vida.

El Salmista reza: Señor, haz que conozca mi fin y cual es el largo de mis días, para que sepa lo frágil que soy. A mis días no les diste más de una cuarta y mi existencia es nada para ti. El hijo de Adán se pavonea, pero no es mas que un soplo. Pasa el hombre mortal como una sombra, no es más que un soplo. (Sal 39,5-7)

Nuestra vida es tan pasajera, como un soplo, no solamente porque es curto, aunque una persona alcanza 100 años, sino también porque cada momento es fugaz, como un soplo.

Lo conocemos en los momentos de alegría; como querríamos que pudieran durar, pero el momento pasa tan rápidamente y no mas existe.

La 1ª lectura de hoy omite algo; se mandó al profeta para decir: Toda carne es hierba, y todo su encanto como flor del campo … la hierba se seca y la flor se marchita, mas la palabra de Dios permanece para siempre. (Is 40,6.8) Es necesario reconocer esta verdad para recibir el consuelo prometido.

San Juan Bautista, quien lleva la profecía a su cumplimiento, manifiesta la verdad tan por su manera de vida como por el lugar de su apariencia, el desierto.

Volviendo al asunto de la eternidad: actualmente podemos vislumbrar mejor lo que es la eternidad por nuestra experiencia de los momentos especiales en nuestra vida que del pasaje de un gran tiempo. En los momentos especiales, cuando nos sentimos mas vivos, podemos vislumbrar la eternidad.

La definición clásica de la eternidad fue dada por el filosofo cristiano del siglo 6º, Severino Boecio: “La eternidad es la toda a la vez posesión perfecta de una vida que no tiene limites. (Consolatio Philosophiae, Libro V)

Estamos hablando de la plenitud de la vida. No es una plenitud como si fuera llenando un recipiente mas grande, sino la vida de Dios es plena porque es presa por cualquier limite o restricción. Podemos decir que esa vida divina es llena y desbordante, porque por medio del acto de creación, Dios sin cualquier diminución de si mismo, comparte su plenitud por varias maneras con sus creaturas.

La eternidad es la perfecta posesión de la vida porque no es como un momento fugaz sino es estable y inmutable. Toda la plenitud de la eternidad es, como un momento, a la vez, pero la eternidad no pasa; no hay antes y después en la eternidad.

Precisamente porque Dios no solamente tiene la plenitud de la vida, pero es la misma plenitud de la vida, el no necesita llegar a la perfección por medio de un proceso que exige el pasaje del tiempo. Él simplemente existe, todo a la vez. Como se reveló a Moisés a la zarza ardiente: Dios es “Aquél que es” sin calificación. (cf. Ex 3,14-15) Dios no necesita una explicación porque él es que da la explicación por todo lo que existe aparte de si mismo.

La eternidad es como una montaña muy alta que se eleva sobre el llano por medio de cual fluye el rio del tiempo. Sin embargo, al mismo tiempo, la plenitud de eternidad es presente y escondida en cada momento del tiempo, pero nunca limitada ni contenida por el momento.

La presencia de la eternidad, escondido en el tiempo, es lo que da sentido al pasaje del tiempo, pero vivimos ciegos a la realidad. Cuando por un momento muy especial vislumbramos un poco, fácilmente equivocamos cuando tratamos de aferrarnos al momento, como si contuvo en si la eternidad, pero la eternidad nos escapa y el momento desvanece.

Cuando nos sujetamos a la manía de sacar fotos de todo lo que sucede en nuestra vida, lo que sucede es que en lugar de vivir el momento y deja que pasa, tratamos de congelar el momento fugaz para que no nos escapa. Pero cuando lo pone en el congelador de una foto no es mas un momento vivo, sino muerto.

Tenemos que aprender dejar esta locura porque nunca podemos agarrar la eternidad; antes la eternidad debe agarrar a nosotros.

Ahora estamos en posición a comprender el mensaje del consuelo que Dios proclama por medio del profeta Isaías.

Después de un plazo de exilio, sufrido por causa de sus pecados, el pueblo de Israel fue conducido de nuevo a Jerusalén. Su regreso a Jerusalén fue el efecto y manifestación del perdón de Dios. Históricamente esto sucedió, al menos a pequeña escala, cuando en 538 A.C.N. el Imperador de Persia, Ciro, mandó que el pueblo judío volviera a su tierra y reedificara el templo de Dios.

Lo que Dios hizo en la vida del pueblo de Israel en el tiempo de antiguo testamento era un tipo de profecía de lo que haría en favor de toda la humanidad por la obra de su Hijo, Jesucristo.

El pecado nos deja en el exilio del tiempo pasajero, privados de la presencia de la eternidad. La ciudad de Jerusalén simboliza el lugar donde el tiempo y la eternidad se encuentra. El Señor viene como pastor, primero para liberar su rebaño de los depredadores, después para guiarlos al pasto; él baja de la eternidad para entrar en el tiempo y conducirnos en la subida del monte de la eternidad, a la Jerusalén celestial.

El monte es alto y escarpado. Quizás tienes miedo de intentar la subida. No tenga miedo. Si eres un corderito, pide que él te lleva en sus brazos; si eres una oveja, cargada de cuidados, ten confianza que te atenderá solícito.

El consuelo de Jerusalén se encuentra en el lugar a donde se junta el tiempo y la eternidad; el consuelo de Jerusalén se encuentra en Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, hecho hombre, que ahora está sentado a la derecha del Padre; el consuelo de Jerusalén se anticipa aquí y ahora en el santo sacrificio de la Misa, a donde el tiempo y la eternidad se junta.

Al Adviento no es un tiempo en que esperamos una futura que nunca llegue, sino la esperanza viva para que el eterno descienda de lo alto para entra en el tiempo. El ya lo hizo cuando Jesús nació de la Virgen María; él continúa a hacerlo en cada celebración de la Misa; él lo hará cuando el mundo en su forma actual termine.

Entonces, los que pasaron por medio del tiempo, como una cosa después de otra, sin sentido sin propósito, serán arrastrados para el vacío interminable del infierno, el abismo. Pero los que ya acogieron la venida del Eterno, Jesucristo, y por hacer su voluntad ya toman parte de la realidad eterna, serán levantados para entrar en el eterno día que nunca pasará.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.