2º Domingo de Cuaresma

2º Domingo de Cuaresma

Padre Joseph Levine; 28 de febrero, 2021
Lecturas: Gen 22,1-2.9-13.15-18; Salmo 115,10.15-19; Rom 8,31-34; Mc 9,2-10

¿Qué importa? ¿Al final, por qué hacemos las obras de ayuno y negación de si mismo durante el tiempo de Cuaresma? No es un programa de autoayuda; el propósito es nada menos que la salvación eterna.

Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto y entró el desierto tuvieron un destino: Dios les prometió una tierra que manaba leche y miel. (cf. Ex 3:17) También en la 1ª lectura de hoy, cuando oímos de como Abraham obedeció a Dios y estaba al punto de ofrecer su hijo amado como sacrificio, debemos entender que esto no fue solamente una renuncia de parte de Abraham. Él ya recibió de parte de Dios la promesa que por Isaac él se haría el progenitor de muchas naciones. Por eso Abraham obedeció a Dios sin hesitar, porque tuvo la fe y la confianza que para cumplir su promesa Dios incluso iría suscitar a Isaac de entre los muertos. (cf. Heb 11,17-19)

Los cuarenta días de Cuaresma representan los cuarenta años que los Israelitas pasaron en el desierto; nosotros también estamos en camino hacia una tierra prometida, la tierra de la resurrección de entre los muertos.

Hay una parte de la historia de Abraham y Isaac que se omitió de la lectura de hoy. Moisés cuenta que los dos anduvieron juntos hacia la montaña. Mientras caminaba Isaac puso una pregunta a su padre sobre el cordero de sacrificio: ¿Dónde está el cordero para el sacrificio? (Gen 22,7) Abraham respondió: Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío. (Gen 22, 8) Después los dos continúan caminando juntos. Moisés menciona este detalle que los dos caminaron ‘juntos’ por intención; este ‘caminar juntos’ fue un signo de su unión de propósito. Isaac comprendió la respuesta de su padre y lo aceptó. Por eso, no es solo que Abraham ofreció a Isaac, sino que Isaac también libremente se ofreció. Así los dos nos han dado una imagen y profecía viva de la unión de propósito entre Dios, el Padre, que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, y el hombre Jesús, que es Dios, el Hijo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios. (Ef 5,2)

Antes que Jesús condujo a los Apóstoles escogidos en cima del monte de la transfiguración, el anunció a los doce que iba a Jerusalén para ser crucificado y muerto y que resucitaría el tercer día. (cf. Mt 16,21.24) Durante este tiempo de Cuaresma, sobretodo, el también llama a nosotros para seguirlo en el camino de la Cruz.

Sin embargo, en la transfiguración Jesús otorga a los Apóstoles y a nosotros una visión de la meta de todo esto. La visión nos enseña por qué importa, por qué debemos poner nuestra confianza en Jesús; la visión nos asegura que de verdad toda la disciplina de la vida cristiana vale la pena.

Mientras el caminaba en la tierra, Jesucristo, el Hijo de Dios, parecía como cualquier otro ser humano. Él demostró su naturaleza divina por el poder de sus milagros y la sabiduría y autoridad de su enseñanza, pero no era nada de lo sobrenatural en su apariencia física. Las personas que lo encontraron durante este tiempo continuamente tuvieron que enfrentar un enigma que fuertemente les confundió: “¿Cómo era posible que un simples hombre pudiera hacer y decir las cosas que ese hombre hizo y dijo?” Ellos miraron mientras él hablara y actuara como si fuera Dios, y al mismo tiempo cuando lo miraron vieron nada mas que un hombre. Los que enfocaron en su apariencia humana lo rechazaron; los que enfocaron en la sabiduría de sus palabras y el poder de sus hazañas creyeron en él.

Su prueba final que era de verás el Hijo de Dios, igual al Padre, sería su resurrección de entre los muertos. Sin embargo, esto solamente fue presenciado por los que ya creyeron en él y se hicieron sus discípulos. Todos los demás, hasta nuestro propio tiempo, tuvieron que creer la predicación de los Apóstoles.

Sin embargo, antes de su muerte y resurrección Jesús dio antemano a Pedro, Santiago, y Juan una visión de la meta. Llevándolos para la cima del monte él les apareció en la gloria de su naturaleza divina y recibió el testimonio de su Padre, Esto es mi Hijo amado; escúchenlo. Pongan en él su confianza absoluta porque de verás es el Hijo de Dios.

El evento todavía tiene mas para decirnos. Los tres Apóstoles, contemplando la gloria de Jesús experimentan una anticipación de la meta de la vida humana: diría que contemplando la luz de la transfiguración ellos llegaron tan cerca como posible para una persona, mientras queda en esta vida, caminando por la fe, no por la visión, ver a Dios mismo. La luz de la transfiguración no es la visión del rostro de Dios mismo, sino es una visión de la luz que mana de su rostro, pasando por el velo de la cara humana de Jesús. Por eso San Pedro exclama, Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Es por eso por lo que él quiere quedar allá en el monte con Jesús y nunca mas bajarse a la vida cotidiana.

Hay algo mas: la transfiguración no solamente revela quien es Jesús mismo, también revela como el hombre Jesús será para siempre, después de su resurrección y ascensión al cielo. También revela nuestro destino en Cristo.

El salmista canta: Es por tu luz que vemos la luz. (Salmo 36[35],10). San Juan escribe: No se ha manifestado lo que seremos; pero sabemos que cuando él aparezca en su gloria, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es. (1 Jn 3,2) Cuando el don de la gracia santificante que ya compartimos se llega a su perfección en el cielo, compartiremos la luz divina, la luz de la gloria, y veremos a Dios tal como es. Después, en la resurrección los cuerpos de los que comparten la luz de la gloria serán suscitados de la tierra y transformados para ser semejantes al cuerpo glorioso de Cristo, el cuerpo que se reveló antemano a Pedro, Santiago, y Juan en la transfiguración. (cf. Fi 3,21)

San Juan escribe: Todo que tiene en él esta esperanza se purifica a sí mismo, como él es puro. (1 Jn 3,3) Esta purificación es la razón para la Cuaresma; esto es la razón porque emprendemos la disciplina de Cuaresma; esto es la razón que importa y que vale la pena.

Resta mas algo para decir, algo que lleva la realidad de la transfiguración mas cercana a nosotros, quizás dándonos la capacidad de tocarla, aunque no podamos verla.

San Marcos, de quien oímos hoy, nos dice que las vestiduras de Jesús se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra.

Diría que las ‘vestiduras’ de Jesús, por las cuales podemos verlo de una manera hoy en día, son los sagrados especies del pan y del vino que contienen la realidad de su Cuerpo y de su Sangre en la sagrada Eucaristía. Incluso, diría que el simbolismo de las vestiduras extiende a los vasos sagrados, las vestiduras sacerdotales, y todos los demás objetos que se usan en la liturgia, y a los mismos ritos sagrados. Por esta razón todo lo que pertenece a la sagrada liturgia debe ser de la calidad mas alta y debemos comportarnos aquí con el máximo de reverencia.

Abraham condujo a Isaac a la montaña de la visión para ofrecerlo en sacrificio; Jesús condujo a los Apóstoles escogidos a la cima del monte y allá se transfiguró ante ellos. No hay muchos grados para subir a este altar aquí, solamente tres, pero estos tres grados revelan el altar como situado en la cima de un monte simbólico. En la cima de este monte se ofrece el sacrificio que solamente fue simbolizado por la ofrenda de Isaac; en la cima de este monte se encuentra el mismo Jesús que se transfiguró ante los Apóstoles.

Lo mas que nos acercamos con corazón sincero, con una fe perfecta, purificado el corazón de todo mal de que tuviéramos la consciencia, lo mas que seremos capaces de reconocer la luz divina brillando por medio de las ‘vestiduras’ de Jesús y quizás vislumbrar un solo rayo de esta luz. (cf. Heb 10,22)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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