2º Domingo del Tiempo Ordinario

2º Domingo del Tiempo Ordinario

Padre Joseph Levine; 17 de enero, 2021
Lecturas: 1 Sam 3,3-10.19; Salmo 39,2.4.7-10; 1 Cor 6,13-15.17-20; Jn 1,35-42

Tan la 1ª lectura de hoy y el evangelio nos relatan encuentros hermosos y muy íntimos con el Señor.

En la 1ª lectura podemos imaginar a Samuel, un muchacho quizás entre 10 y 12 años. El creció sirviendo a los sacerdotes en el templo, haciendo tareas simples, aprendiendo de Dios y de sus hazañas en la historia de su pueblo, Israel, y de los rituales del culto. Él ha aprendido todo esto y lo ama todo y es orgulloso de su religión y de su pueblo; el acepta y cree todo, pero es toda una cuestión de lo que ha escuchado y cometido a la memoria. Esto es todo muy bueno, pero Samuel nunca verdaderamente ha encontrado a Dios; o en la manera de expresión de la Biblia, el no conoce al Señor. Mas una cosa, todavía está de una edad en que las muchachas no lo distraen.

Entonces, allá está a la noche durmiendo en el templo cuando oye la voz del Señor llamando a su nombre, ‘Samuel’. Cuando se despierta la única luz es de las llamas del candelero de siete ramos que ilumina la mesa sagrada con sus doce panes, los panes de la presencia. En las sombras mas allá del candelero y de la mesa, puede discernir el altar de incienso por causa de la reflexión de la luz sobre el oro. El sabe que detrás del altar es el velo ante el santo de los santos en que se esconde el arca de la alianza.

Solamente después de recibir la instrucción del sacerdote Samuel reconoce que es Dios que lo llama y no el sacerdote; solamente después de recibir la instrucción del sacerdote él sabe ir ante el altar de oro, arrodillar, y decir, Habla, Señor; tu siervo te escucha. Allá en el silencio del templo, bajo la instrucción del sacerdote, el muchacho inocente viene a conocer al Señor.

¿Por qué mencioné que todavía no fue distraído por las muchachas? Porque en el silencio del templo, oyendo la voz del Señor, por primera vez su corazón despierta al amor y es al amor de Dios, Dios que únicamente puede satisfacer el deseo del corazón humano.

El evangelio de hoy también nos relata un encuentro con Dios, pero ahora no es Dios en el templo, sino Dios en el hombre Jesucristo, el Hijo de Dios, el templo vivo, que nos hace ser templos vivos.

Los detalles que el evangelista nos da son muy pocos, pero podemos desenvolver un poco el contexto.

Empecemos con los dos discípulos de Juan Bautista que lo escuchan mientras señala a Jesús como el Cordero de Dios. Sabemos que uno de los discípulos fue Andreas, pero el otro probablemente es Juan, el hijo de Zebedeo, el Juan que un día sería un Apóstol y aun mas tarde escribiría un evangelio. Quiero enfocar un poco mas en Juan porque, aunque no fuera tan joven como Samuel, fue lo mas joven entre los apóstoles, no fue casado y pasó su vida viviendo el celibato. El fue el Apóstol virgen.

Entonces, Juan y Andreas fueron discípulos de Juan Bautista. Esto quiere decir que se convirtieron en judíos profundamente religiosos que esperaran con entusiasmo la venida del Mesías. Semejante a Samuel, Juan estaba dando su juventud a Dios. Cuando ellos oyen a su maestro, el Bautista, mientras el señala a Jesús, podemos imaginar los sentimientos de entusiasmo que penetraron sus corazones jóvenes. El Bautista ya los ha instruido para esperar para aquél que viene después, el Mesías, y ahora aquí está. Después de tantos siglos de espera el Mesías finalmente ha venido a Israel y estos dos son los primeros para oír el anuncio de su llegada. Por eso van siguiendo a Jesús y su entusiasmo se intensifica cuando él se vuelve hacia ellos y habla a ellos y se intensifica aun mas cuando les contesta a su pregunta y les invita para venir y ver a donde vive.

Podemos nosotros encontrar el mismo Jesús viviendo aquí en el sagrario.

El evangelio no nos dice ninguna palabra de lo que pasó durante esa tarde con Jesús, solamente que Andreas salió convencido que de verás Jesús era el Mesías. Podemos suponer lo mismo de Juan. Así, semejante a Samuel, Juan vino a conocer al Señor Jesús en su juventud. Él sería conocido como el discípulo que Jesús amaba; sería el único entre los Apóstoles para quedar bajo la Cruz de su Señor junto con la Virgen para recibir de Jesús crucificado el cuidado de su Madre, María. Él viviría muchos años después de la Asunción de la Virgen al cielo y recibiría la gran visión del apocalipsis. Sería el último Apóstol para salir de este mundo, mas que 60 años después de la crucifixión. Y él siempre recordaría que todo esto empezó en su juventud cuando junto con Andreas escuchó al Bautista y empezó a seguir a Jesús.

He enfocado en la inocencia y juventud de Juan y Samuel en su encuentro con el Señor porque esto nos conecta con la 2ª lectura. También en la 2ª lectura escuchamos del templo: ¿no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo? Esto es el contexto no solamente de una referencia implícita a la virtud de la castidad – huyan de la fornicación – sino también se refiere de algo mas que simplemente ‘conocer al Señor’, se refiere a una unión al Señor, haciéndose un solo espíritu con él, que se compare a la unión de varón y mujer en una sola carne en el matrimonio.

Primero es necesario huir de la fornicación – es una palabra fea para una acción fea.

La fornicación, que es el uso del sexo fuera del matrimonio legitimo, aunque se disfrace como ‘amor’, es muy fea, una ilusión del amor. La fornicación deshonra al padre y a la madre, falta el respeto a si mismo y a la pareja y al esposo futuro; mina la cultura del matrimonio, da ejemplo malo a los niños y daña a los niños que nacen de la unión inestable. La fornicación echa las emociones en confusión y oscurece la inteligencia. Entre los bautizados es una violación del templo del Espíritu Santo, que es el cuerpo y degrada la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, de que el que comete fornicación es miembro.

La raíz de la fornicación es el deseo sexual desordenado que se llama la ‘lujuria’ que es como una lepra espiritual. La lujuria produce una vergüenza interior, motivos ulteriores, mentiras, que contaminan las relaciones sociales y aíslan las personas una de la otra, mientras están buscando unir sus cuerpos.

Uno que está preso por el pecado de la fornicación o contaminado por la vergüenza de la lujuria debe saber que no es necesario vivir así.

Jesucristo vino para liberarte; él sanó y limpió el leproso. Debemos orar, Crea en mí, Oh Dios, un corazón puro. (Salmo 50[51],10) La Virgen María y San José, sin condenar, llenos de comprensión, quieren ayudarte.

Sin embargo, no es suficiente huir la fornicación, debemos buscar y amar la virtud de la castidad.

La castidad, que es el control del deseo sexual que hace posible evitar la fornicación, no se menciona en la 1ª lectura ni en el evangelio de hoy, pero es supuesto. La castidad es menos que la caridad, pero cuando se une a la humildad y al espíritu de silencio que dispone para la oración, la castidad es el fundamento indispensable para la intimidad con Dios.

La castidad tiene formas diferentes: hay la castidad premarital que es fiel a un esposo futuro; hay la castidad matrimonial que es fiel al esposo actual; hay la castidad del viudo que tiene ansia para la vida eterna; hay la castidad del penitente, que ha vuelto a Dios después de perder la castidad y mientras duele por lo que se perdió y por la ofensa contra Dios, aun mas se alegra por el don maravilloso de la misericordia de Dios; al final hay la castidad mas gloriosa y resplandeciente, la castidad virginal, que se consagra al servicio de Dios desde la juventud, la castidad de quien tiene Dios por el primero y único amor.

De veras la castidad es una virtud hermosa: es la posesión de si mismo, el orden justo del alma, y la capacidad para el amor verdadero. Se gana por la oración y el amor a Cristo. Se alcanza y se preserva por el trabajo duro de la disciplina de si mismo. La Virgen Madre de Dios y su esposo Virginal, San José, la guardan y protejan. La castidad nos hace caminar en la compañía de los santos ángeles del cielo.

La castidad hace posible amar al otro sin motivos ulteriores; rechaza la tentación de explotar o manipular al otro; es parte esencial de la pureza del corazón a que es dada la visión de Dios. La castidad hace que una persona sea capaz de ver a los demás como personas en lugar de objetos para usar. La castidad otorga la verdadera madurez psicológica que libera una persona de las necesidades y dependencia de las emociones. La castidad es una fuente de alegría; es lo mas cercano que podemos acercar en la tierra al Edén que se perdió.

La castidad es la protección de la dignidad de la mujer y es la fuerza de una verdadera masculinidad.

La castidad marital hace que los esposos estén disponibles para servirse uno al otro y a sus hijos.

La castidad del celibato por causa del Reino de Dios hace posible que una persona esté disponible para el servicio de Dios y de su pueblo.

Dichosos los de corazón puro porque verán a Dios. (Mt 5,8)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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