3er Domingo de Pascua

3er Domingo de Pascua

En el evangelio de hoy escuchamos que el primer domingo de Pascua dos de los discípulos de Jesús, huían de la ciudad santa, Jerusalén, caminando llenos de tristeza, desanimados. Sus esperanzas fueron destruidas porque mientras pensaran que Jesús de Nazaret fuera el hombre que iba a liberar a Israel, el fue crucificado brutalmente por los Romanos, después que los lideres su propio pueblo lo entregaron.

Mientras iban caminando un forastero misterioso se junta con ellos y empieza conversar con ellos. Cuando llegaron a su destino, ellos invitaron al forastero quedar con ellos y después al partir del pan, reconocieron que el forastero fue Jesús mismo, resucitado de entre los muertos. Luego el desapareció y ellos se decían el uno al otro: ‘¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!’

Al ‘partir del pan’, que es el santo sacrificio de la Misa, encontramos lo mismo Jesús que apareció a los discípulos en el camino hacia Emaús. Sin embargo, ahora que por la mayoría el acceso a la misa es limitada, quizás debemos enfocar en la explicación que Jesús hace de las Escrituras.

La explicación que Jesús hacía de las Escrituras era lo que realmente hizo posible el reconocimiento de Jesús al partir del pan y por eso la restauración de su esperanza. Nosotros bien podemos imaginar que maravillosa sería escuchar la explicación que Jesús les dio. Pero San Lucas no nos la relata. Simplemente dice, Comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Hoy estamos acostumbrados de contar tan el Nuevo Testamento como el Antiguo Testamento como sagrada Escritura. San Lucas refirió a ‘Moisés y todos los profetas’. En el tiempo de Jesús esto fue una manera de referir a toda la Escritura, lo que ahora llamamos el Antiguo Testamento. Creyendo ya en Jesucristo, tenemos no solamente ‘Moisés y los Profetas’ sino también los Evangelistas y los Apóstoles, que nos dieron el Nuevo Testamento. Por eso, cuando Jesús caminaba junto con los discípulos hacia Emaús el explicaba el Antiguo Testamento, las únicas Escrituras que existían.

“Según un viejo adagio, el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo.” (CIC 129) Jesús mismo, resucitado de entre los muertos, caminando con los discípulos hacia Emaús, empezó la manifestación de lo que se escondió en el Antiguo Testamento. De veras, es a la luz de la crucifixión y resurrección de Jesús que podemos entender toda la Escritura.

Jesús explicó a los dos discípulos la manera en que todo se refirió a él mismo; su persona, la persona del Hijo de Dios hecho hombre, el Mesías, es el centro de toda las Escrituras.

San Lucas no relata la explicación de Jesús mismo, pero nos da un resumen muy compacto de su significado: Era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria.

No fue solamente los dos discípulos que recibieron la explicación del significado del Antiguo Testamento en referencia a Jesucristo. Después del narrativo que acabamos de oír hoy, San Lucas no cuenta la historia de la aparición de Jesús resucitado a los discípulos en el Cenáculo en Jerusalén. Ahí les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. (Lc 24, 45) También nos otorga un resumen del sentido de las Escrituras que es un poco mas extenso que escuchamos hoy. En el Cenáculo Jesús dijo: Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados comenzando por Jerusalén. (Lc 24,46-47)

La 1ª lectura de hoy, que viene de los Hechos de los Apóstoles, nos dio una selección del inicio de la predicación apostólica en Jerusalén. Es una parte del discurso de San Pedro a la multitud el día de Pentecostés, después de la venida del Espíritu Santo.

Miren bien que San Pedro aquí cita un pasaje de los Salmos y lo interpreta en referencia a la resurrección de Jesús. Esto sería un ejemplo de las cosas de que Jesús mismo hablaba en el camino hacia Emaús. Esto sería un ejemplo del entendimiento que los discípulos recibieron en el Cenáculo.

De veras, si prestamos bien atención a la lectura del Nuevo Testamento, vamos descubrir no solamente la historia de Jesús mismo, su vida, su enseñanza, su muerte, y su resurrección, sino también, desde el inicio hasta el fin, una interpretación, a veces bien explicito, a veces mas implícito, del Antiguo Testamento, todo en referencia a Jesús. “El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo.” (CIC 129)

Quizás podemos decir que si queremos saber lo que Jesús dijo a los discípulos al camino hacia Emaús solamente es necesario leer el Nuevo Testamento.

O quizás sería mejor decir que el Nuevo Testamento nos otorga solamente una parte de este entendimiento, una parte que es completa cuanto al esencial pero no cuanto a los detalles.

El “todo” nos fue dado por medio de la sagrada Tradición de la Iglesia, comunicado de generación a generación desde el tiempo de los Apóstoles, que aprendieron directamente de Jesús. La Tradición ha sido siempre fiel a lo esencial, pero ha también desenvuelto durante el discurso de los siglos bajo el Espíritu Santo como guía y confirmado por el Magisterio del Papa y de los Obispos, los sucesores de los Apóstoles. Por eso, si nos sumergimos en la Tradición tendremos acceso a aun mas detalles que los dos discípulos que caminaba con Jesús mismo al camino hacia Emaús. Jesús caminará con nosotros cuando caminamos según la Tradición de la Iglesia.

Ahora, quiero observar algo al respecto de la pedagogía divina que se manifiesta en las Escrituras de hoy. Es una pedagogía que nos introduce en los misterios de la providencia divina.

El Antiguo Testamento, que Jesús explicaba, contiene una historia, una enseñanza que se refiere a la historia, y una forma de vivir. El Nuevo Testamento también nos dará una historia (la historia de Jesús), una enseñanza, y una forma de vivir. La historia del Antiguo Testamento empieza por la creación del mundo, el hecho mas básico de todo, pero por la mayor parte recuenta la historia del pueblo de Israel, que empezó cuando Dios llamó a Abrahán para salir de su tierra, que sucedió unos 1,800 años antes del nacimiento de Cristo.

La explicación de las Escrituras que Jesús dio a los dos discípulos al camino hacia Emaús describió todo el plan de la divina providencia que culminó en la vida, muerte, y resurrección de Jesús mismo. Jesús manifestó el plan de la divina providencia desde la creación del mundo, obrando en la historia de Israel, y preparando para su propia venida. El reveló su propia muerte y resurrección como la culminación del plan providencial.

Cristo fue elegido desde antes de la creación del mundo, y lo ha manifestado en estos tiempos por amor a ustedes, que creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria. Creyendo en Jesucristo, somos de una manera única, los beneficiarios del plan providencial de Dios. Nos hacemos parte de la historia, somos guiado por su enseñanza, y compartimos su forma de vida.

Puede ser que uno piensa que todo lo que sucede según un plan divino sería necesario y por eso la libertad humana se revela como nada mas que ilusión.

Aquí hay un malentendido porque nuestra inclinación es pensar sobre Dios como si fuera mas un ser humano limitado y finito. De verás, si la historia humana fue planeada por un ser humano, hasta las mínimas detalles todos los demás serían esclavizados por ese plan humano.

Esto parece ser la ambición de los arquitectos actuales del ‘progreso’ por su fertilización ‘en vitro’, su manipulación genética, su inteligencia artificial, etc.

Volviendo al asunto, esta manera de pensar no vale al respecto de Dios mismo porque él no es un ser humano finito. El es el ser infinito y ilimitado, perfecto en la sabiduría y la bondad. Su plan providencial obra por medio de las leyes físicas del mundo creado que el mismo estableció, pero también obra por medio de la libertad humana que el creó y a la cual dio su orientación fundamental y deseo para el bien.

Podemos decir que la libertad humana fue creada con un impulso para arriba, para Dios, mientras es también sujeta a la gravedad de las cosas terrenas. Para seguir el impulso para arriba y llegar a nuestra meta, necesitamos la asistencia continua de la divina gracia, a que debemos libremente decir ‘si’. De otra manera, rechazando el impulso de la gracia nos caemos para la tierra. La decisión es nuestra, pero si decimos ‘si’ a Dios o ‘no’ a él Dios va a realizar su plan por medio de nuestra decisión.

En la 1ª lectura de hoy, en pocas palabras, San Pedro nos muestra la interacción entre la libertad humana, rechazando la gracia de Dios y la providencia divina que actúa incluso por medio de las decisiones de hombres malvados.

En primer lugar, ha la oferta de la gracia dado por Jesús mismo, un hombre acreditado por Dios ante ustedes, mediante los milagros, prodigios, y señales que Dios realizó por medio de él. Aquí Dios usa medios humanos para persuadir a los hombres para lo bien. Pero los hombres rechazan la persuasión. Ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.

Sin embargo, todo esto sucedió conforme al plan previsto y sancionado por Dios. De verás, Jesús mismo se entregó libremente en las manos de los malvados y así llevó a cabo el plan de Dios: muriendo destruyo nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida. (Prefacio I de Pascua) Por medio de su muerte y resurrección el nos otorgó el perdón de los pecados, la vida de la gracia, y el don del Espíritu Santo. Todo esto ha venido a nosotros por medio del plan de la divina providencia, actuando por medio de la libertad humana, por medio de la libertad de los que dijeron ‘si’ al plan, como la Virgen María, y por la libertad de los que rechazaron al plan, como los que crucificaron a Jesucristo.

Por nuestro bautismo hemos sido incorporados en su plan y en la medida que nos entregamos libremente al plan de Dios, compartiendo la muerte de Cristo, en esa medida también compartiremos su resurrección.

Según el plan de Dios sabemos que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus planes. Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos. (Rm 8,28-29)

Entonces, confiando en la actuación de la divina providencia entreguémonos a su plan y comportémonos con temor filial durante nuestra peregrinación por la tierra, sabiendo que hemos sido rescatado de una estéril manera de vivir no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.