3º Domingo de Pascua

3º Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 18 de abril, 2021
Lecturas: Hch 3,13-15.17-19; Salmo 4,2.7.9; 1 Jn 2,1-5; Lc 24,35-48

El domingo pasado hablé de la realidad solida de la resurrección de Jesús de entre los muertos. Él no es un fantasma. Él demostró a sus Apóstoles que él mismo, quien vieron crucificado, fue de nuevo un hombre vivo, completo con carne y huesos, que nunca mas morirá. Esto es la realidad solida que es el fundamento de nuestra fe. Esto es una realidad que debe transformar la vida porque que es una realidad que da la vida.

Después Jesús mandó a sus Apóstoles para que se fueron a todas las naciones dando testimonio de su resurrección y proclamando el perdón de los pecados. Junto con el perdón de los pecados viene la vida de la gracia. Esta misma realidad solida de Jesucristo, crucificado y resucitado, nos es dado en la sagrada Eucaristía. Él es el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin, toda nuestra vida debe girar alrededor de él.

Él quiere conducirnos en la nueva vida, la vida de la virtud; el poder de su resurrección nos otorga la capacidad de superar nuestra debilidad y caminar por su fuerza.

Por consecuencia, siendo que Jesús ha resucitado de entre los muertos, perdonado nuestros pecados, y nos ha dado la vida de la gracia, San Juan nos dice que no debemos volver a la vida de pecado. Sin embargo, si por desgracia, caímos otra vez podemos tener confianza en la expiación que ha hecho en nuestro favor y que se siempre es ofrecido a Dios en el santo sacrificio de la Misa, ‘para el perdón de los pecados’.

Cuanto al pecado, hay dos tipos de pecado que debemos considerar: el pecado mortal y el pecado venial.

El pecado mortal es la violación consciente y deliberada de uno de los mandamientos de Dios en una materia grave. Debemos sobre todo evitar el pecado mortal, pues el pecado mortal expulsa el Espíritu Santo de nuestra alma y mata la vida de la gracia. Los santos nos dicen que debemos preferir todos los sufrimientos y incluso la muerte antes que cometamos un solo pecado mortal. Sin embargo, si caímos en el pecado mortal, con tal que quedemos en esta vida, el camino para volver a la gracia de Dios siempre está abierto a nosotros por la puerta del confesionario.

También hay el pecado venial. Esto no alcance la gravedad del pecado mortal o por causa de la ignorancia, o por causa de una falta de consentimiento, o por causa de liviandad de la materia. Si queremos mostrar nuestra gratitud a Dios por el don que hemos recibido en Jesucristo, debemos esforzarnos incluso para superar los pecados veniales en nuestra vida y así también crecer en la virtud. Los pecados veniales impiden la practica de las virtudes.

Sin embargo, es en respecto de los pecados veniales que la sagrada Escritura nos dice que, el justo se cae siete veces por día y se levanta de nuevo. (Pr 24,16) Y San Juan escribe en este asunto: Si decimos que no hemos cometido pecados, hacemos que Dios sea un mentiroso y su palabra no se encuentra en nosotros. (1 Jn 1,10)

Entonces, mientras debemos esforzarnos a evitar el pecado venial, no debemos asustarnos o desanimarnos cuando fallamos, sino convertirnos siempre de nuevo a Dios, pidiendo su perdón, continuando en el camino de Jesucristo. Cuando actuamos de esta manera nuestros pecados veniales serán como las caídas de un niño aprendiendo caminar. Nuestro Padre Dios no es tan preocupado de nuestras caídas que de nuestro esfuerzo continuo para caminar.

Por lo general, debemos tomar el pecado al serio, debemos reconocer nuestra debilidad, debemos poner nuestra confianza en la gracia de Dios, y no debemos ceder ni al desanimo ni al desespero.

Por un lado, una persona ofende contra la misericordia de Dios si reconoce a su pecado y su debilidad, pero se deje llevar por el desanimo o desespero. El actúa como si Dios no puede perdonar su pecado. Él actúa como si Jesús muriera para condenarnos y no para salvarnos. El actúa como si su maldad fuera mayor que el amor de Dios. El reniegue creer que Dios es capaz de purificar y santificarlo.

Por otro lado, ha demasiada gente que ni toma el pecado al serio. Ellos están culpables del pecado de la presunción. Dicen, “Dios es misericordioso; va a perdonarme.” Pero no hacen esfuerzo para convertirse a Dios y dejar el pecado. O dicen, “Mi pecado no es tan malo. Dios no se preocupa de las cosas pequeñas.” O dicen, “Los mandamientos pertenecen al antiguo testamento y a los fariseos, ahora el único mandamiento que importa es el amor.” Ellos continúan en sus pecados.

Quien cede al desanimo o desespero reconoce solamente la mitad de la verdad, que es la gravedad de su pecado, pero no reconoce la mitad mayora, la grandeza de la misericordia de Dios. Quien cede a la presunción no reconoce la mitad menor de la verdad, la verdad de su pecado, y también falsifica la mitad mayora, la verdad de la misericordia de Dios. Él incurre un riesgo muy grande del autoengaño.

San Juan, mientras escribe mucho del amor de Dios, también nos amonesta del peligro de autoengaño.

Hoy lo oímos amonestarnos: El que dice: “Yo lo conozco”, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Jesús es Dios, el Hijo de Dios. Los mandamientos de Dios son sus mandamientos. Por eso, cuando pensamos de los diez mandamientos debemos considerarlos con relación a Jesús. Él puede decirnos: “Yo soy el Señor el Dios de ustedes, que los liberó de la esclavitud al pecado y a la muerte, no tendrás otros dioses fuera de mi.”

Hay mucha gente que piensan que conocen a Dios, que piensan que conocen a Jesús, que pueden hablar palabras hermosas, tener experiencias maravillosas, pero están engañando a la gente y también a si mismos, porque no están guardando los mandamientos de Dios. A menudo se dicen a si mismos, para disculparse, “Está bien porque amo. Esto es lo que importa. El amor gana.”

Podemos reflexionar un poco mas sobre esto. Una persona puede ser muy amable, una persona a quien la gente quiere abrir su corazón y poner su confianza en ella, pero si esta persona no guarda los mandamientos de Dios, ¡atención! Puede fácilmente ser un seductor y un impostor.

Una persona debe guardar todos los mandamientos y practicar todas las virtudes.

Si una persona es bondadosa, amable, y comprensiva, pero quiebra el 6º mandamiento, ‘No cometerás actos impuros’, ella usa su disposición buena para ganar favores sexuales. O otra persona puede quebrar el 7º mandamiento, ‘No robarás’, y ella hace mal uso de su disposición buena para cometer el fraude. O una persona puede escuchar con comprensión una mujer embarazada, que está contemplando un aborto, y decir a ella, “Haga lo que está en su corazón.” La mujer en la confusión de sus emociones y la perturbación de su alma piensa que es una aprobación para procurar un aborto. Su consejera comprensiva pero mala, ahora está complicito en un homicidio, violando el 5º mandamiento, ‘No matarás.’ Después la persona que hace cosas de esto tipo, sintiendo bien de si misma porque sabe que es bondadosa, amable, y comprensiva, va a la misa, comulga, dice interiormente, “Jesús, te amo.” Ella está engañándose a si misma, pero Jesús no se engaña.

No hay un amor verdadero sin la virtud y no hay virtud verdadera sin guardar los mandamientos. Una virtud no puede existir por si misma, pero para ser virtud verdadera debe integrarse en una vida completa de la virtud. El camino de la vida, la vida nueva que viene de la resurrección de Jesús, es el camino de los mandamientos y de la virtud, que se viva con relación a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Dios, y nuestro Salvador.

Si la bondad, la amabilidad, y la comprensión, que son calidades populares, no hacen parte de una vida completa de la fe, la esperanza, y la caridad, que se manifiestan también por la prudencia, la justicia, la fortaleza, y la templanza, pueden ser disposiciones buenas, pero no son virtudes verdaderas. Faltando la virtud verdadera las disposiciones buenas fácilmente su abusan para propósitos malos.

Un malo puro no existe pues el malo no es otra cosa sino una perversión o mal uso de algo bueno. Cuanto a la virtud verdadera y completa, esto siempre hace lo bueno y nunca puede usarse para el malo.

En aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él.

Jesucristo, resucitado de entre los muertos es el centro. Nuestra vida debe girar alrededor de él. Esto quiere decir que debemos, escuchar a él, cumplir su palabra, cumplir sus mandamientos. Esto es el camino de amor de Dios. Esto es el camino hacia la vida eterna. Esto es el camino por lo cual el amor de Dios llega a su plenitud en nosotros y el Espíritu Santo viene para habitar en nosotros. Esto es el camino por lo cual llegamos al verdadero conocimiento de Dios. Por este camino no mas vivimos en el mundo de nuestras fantasías sino en el mundo de la verdad y la realidad, el mundo que Dios creó.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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