3º Domingo del Adviento

3º Domingo del Adviento

3º Domingo del Adviento
Padre Joseph Levine; 13 de diciembre, 2020
Lecturas: Is 61,1-2.10-11; Lc 1,46-50.53-54; 1 Tes 5.16-24; Jn 1,6-8.19-28

Este 3º Domingo de Adviento se llama, tradicionalmente, ‘Domingo Gaudete’, el domingo de alegría en el adviento. Hoy el morado penitencial se cambia para el color de rosa como el cielo en la madrugada, la rosa de anticipación. La celebración del nacimiento de Cristo está cerca. Por su nacimiento Cristo nos revela la vida del cielo. La realidad en nuestra vida actual que mas anticipa la vida del cielo es la vida de la gracia que recibimos primero en nuestro bautismo.

En la 2ª lectura de hoy, San Pablo oró para que pudiéramos ser conservados irreprochables, espíritu, alma, y cuerpo hasta la llegada del Señor. Aquí el ‘espíritu’ se refiere a la vida de la gracia, espíritu nacido del espíritu de Dios. (cf. Jn 3,6) Este espíritu de gracia eleva la naturaleza de nuestro cuerpo y alma para compartir la misma vida de Dios. La santísima Virgen María, la esposa del Espíritu Santo, llena de gracia, tiene el espíritu de gracia como algo proprio a sí, casi connatural a su persona.

La semana que acabamos de completar tuvimos dos celebraciones marianas especiales, su Concepción Inmaculada y la Virgen de Guadalupe. Los dos tienen una conexión interior siendo que la Virgen apareció por primera vez a San Juan Diego el 9 de diciembre, esto fue en el flujo de gracia de la celebración de su Concepción Inmaculada. También podemos decir que la gracia de su Concepción Inmaculada se esconde en la alegría de este 3º domingo de Adviento.

Consideremos la 1ª lectura de hoy. Jesús mismo leyó la 1ª parte de esta profecía en la sinagoga de Nazaret y declaró fue cumplido en su persona. (cf. Lc 4,21) En otras palabras, Jesús mismo es quien tiene el Espíritu Santo y quien anuncia la buena nueva (esto es el evangelio) al genero humano que fue empobrecido por el pecado y privado de la gracia de Dios. Él no solamente anuncia el año de gracia del Señor, pero lo hace una realidad. La palabra de Dios es verdaderamente creadora, pues lo que él declara se realiza. Por medio de Jesucristo y el don del Espíritu Santo, él hace en nosotros la realidad que llamamos ‘la gracia’ o bien ‘la gracia santificante’, que nos hace compartir la misma vida divina, la vida de Dios.

Cuando Adán y Eva pecaron, ellos reconocieron que fueron desnudos, despojados de la vestidura de la gracia de Dios. Jesucristo vino para restaurarnos a la vida de la gracia y por medio de la gracia llevarnos a la vida del cielo.

Esto nos lleva a la 2ª parte de la profecía, que se usa para la antífona de entrada en la Misa de la Concepción Inmaculada. La restauración a la gracia por Cristo nos veste de nuevo con las vestiduras de salvación, con el manto de justicia. En su Concepción Inmaculada la Virgen fue la primera y mas perfectamente redimida entre todos, ella recibió las mas hermosas vestiduras de salvación, ella fue llena de gracia desde el inicio.

Que la realidad de que el profeta habla no es un manto físico se manifiesta porque habla de la misma realidad como la corona del novio o las joyas de la novia. El Novio es Jesucristo, que en su humanidad tiene la plenitud de la gracia, como en una fuente, para derramarla sobre la humanidad. (cf. Jn 1,14,15) La Virgen Santísima representa la Novia, que tiene la plenitud de la gracia, como en un recipiente, un tesoro para regalar a sus hijos.

Mas que cualquier otra creatura ella es quien se alegra en el Señor y se llena de jubilo en Dios. Pues su Corazón Inmaculada se reveló en las palabras de su cantico cuando Santa Isabel la proclamó bendita entre todas las mujeres: Mi alma glorifica al Señor y mí espíritu se llena de jubilo en Dios, mi salvador, porque puso los ojos en la humildad de su esclava. (Lc 1,46-48)

La bienaventurada Virgen María se caracteriza por la plenitud de la gracia; es, podemos decir, su identidad, su nombre.

Para nosotros mientras quedamos en este mundo la gracia es siempre una herencia que no es segura. Si la tenemos, es amenazada por el pecado y las decepciones del diablo. La guerra continua en nuestra alma hasta nuestro último suspiro. Si tenemos la gracia, estamos en peligro de perderla.

Hay un pasaje en el libro de Nehemías que habla a nuestra situación. Cuando Nehemías estaba supervisando la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, murallas que iban proteger el templo de Dios, la habitación de Dios en medio de la ciudad, el pueblo fue amenazado por enemigos que querrían poner fin a su trabajo. Por consecuencia, los trabajadores tuvieron que trabajar con una mano mientras la otra agarraba la espada. (Neh 4,17)

El primer domingo de Adviento hablé de la necesidad de estar despiertos y vigilantes por causa de lo malo que está obrando en el mundo de hoy y que se une, como parece, bajo la dirección del Foro Económico Mundial y su proyecto del ‘Gran Reinicio’. Sin embargo, no debemos permitir que la amenaza nos distrae de la obra interior esencial, la construcción de la ciudad de Jerusalén en nuestro corazón.

San Pablo escribió: Ustedes son el campo de Dios y la construcción de Dios. (1 Cor 3,9) Aquí el nos da dos imágenes fundamentales para la vida de la gracia. Es como una realidad viva que crece, es como un retoño del árbol de la vida; y es como un edificio, como un templo, en medio de una ciudad que lo protege, pero un edificio que todavía está en construcción.

El habla mas explícitamente del edificio como un templo en construcción en otra parte: Ustedes son de la casa de Dios. Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. En él se ajustan los diversos elementos, y la construcción se eleva hasta formar un templo santo en el Señor. En él ustedes se van edificando hasta ser un santuario espiritual de Dios. (Ef 2,19-22)

La misma realidad que se encuentra en la Iglesia, se encuentra de manera única en la Virgen María, y individualmente en los miembros de la Iglesia que están en la gracia de Dios.

El beato Isaac de Stella lo puso de manera hermosa empezando con Cristo. “Cristo es uno, el Cristo total, cabeza y cuerpo. Uno nacido de un único Dios en el cielo y de una única madre en la tierra. Muchos hijos y un solo Hijo.” (cf. Liturgia de la Horas, Vol I., p 119)

Después el aplica lo mismo principio a María y la Iglesia.

“Pues, así como la cabeza y los miembros son un Hijo y muchos hijos, así también María y la Iglesia son una madre y muchas, una virgen y muchas.” (Ibid., p. 120)

El continúa aplicando el principio a cada alma fiel: “También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda.” (Ibid.)

Al final el resume todo esto escribiendo: “Por eso dice: Habitaré en la heredad del Señor. La heredad del Señor en su significado universal es la Iglesia, en su significado especial es la Virgen María y en su significado individual es también cada alma fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos.” (Ibid.) La primera y mas excelente entre las almas fieles es la Virgen siempre fiel.

Entonces, cuanto, a nosotros, como habitación de Dios como templo, debemos colaborar en la construcción y al mismo tiempo proteger el edificio contra el ataque del enemigo.

Colaboramos en la construcción no solamente por ejercer las virtudes teologales de la fe, la esperanza, y la caridad, no solamente por una vida de oración, sino también por la practica de las mas virtudes que se giran alrededor de las virtudes cardinales de la prudencia, la justicia, la fortaleza, y la templanza.

Así, escuchando la 2ª lectura de hoy, debemos orar sin cesar, dar gracias en toda ocasión, practicar prudencia por someter todo a prueba, practicar la justica y la fortaleza por quedar con lo bueno, mientras practicamos la templanza cuando nos abstenemos de toda clase de mal.

Ahora, volvamos a la consideración de la Virgen Inmaculada y como ella puede ayudarnos. Dios puso enemistad entre la Virgen y la serpiente (cf. Gen 3,15) y por consecuencia ella nunca experimentó la lucha interior con el pecado que cada uno de nosotros conoce. Debemos al mismo tiempo dar esfuerzo para edificar mientras estamos defendiendo contra el ataque. En María se cumplió las palabras al profeta Zacarías: Jerusalén será como un pueblo sin murallas … pero yo seré para ella como una muralla de fuego que la rodee totalmente, y habitaré en ella para ser su gloria. (Zac 2,8.9)

Nuestra protección mas segura contra los ataques del enemigo diabólico es pertenecer a María, ser protegido bajo el manto de su gracia. A ella fue dada el poder de aplastar la cabeza de la serpiente. (Gen 3,15)

La mejor manera de alcanzar esta protección es el camino de la consagración a María. Nos damos totalmente a María para pertenecer mas completamente a Jesús, para pertenecer mas completamente a Dios. El camino de consagración mariana fue inaugurado de modo especial en el decimoséptimo siglo por San Luis María Griñon de Montfort. Fue desenvuelto en el vigésimo siglo por San Maximiliano Kolbe, Santa Teresa de Calcuta, y San Juan Pablo II. En nuestro tiempo, el Padre Michael Gaitley, ha efectivamente promovido este camino de consagración en su libro muy accesible, “33 Días hacia un Glorioso Amanecer”.

A la consagración podemos añadir la inscripción en el escapulario de Carmen, por la cual compartimos los bienes espirituales del Orden del Carmen, dedicado a la Virgen, nos comprometemos a rezar el rosario diariamente, y llevamos el escapulario como la vestidura que nos es dado por la Virgen, nuestra Madre, un signo de su protección.

Cuanto a la consagración, esto consiste esencialmente en la renovación de nuestros votos bautismales, en las manos de María. Nos entregamos a nuestra Madre totalmente, cuerpo y alma, nuestros bienes exteriores y interiores, y incluso el valor de nuestras buenas obras, para que ella pueda hacer según su agrado con nosotros y todo lo que nos pertenece. Claramente podemos todavía usar lo que entregamos a ella, pero lo usamos todo, incluso nuestra misma vida, como perteneciendo a ella como su propiedad especial. Por su parte, ella se da a nosotros. Ella abre para nosotros el tesoro de la gracia y bendición de Dios. Por su parte ella nos cuida y protege como perteneciendo a si misma.

Entonces, como nunca antes conoceremos Aquel cuya venida San Juan Bautista anunció, Jesucristo. Como nunca antes regocijaremos en el Señor. Entonces seremos conservados irreprochables, espíritu, alma y cuerpo hasta la llegad de nuestro Señor Jesucristo.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.