4º Domingo de Adviento

4º Domingo de Adviento

Padre Joseph Levine; 20 de diciembre, 2020
Lecturas: 2 Sam 7,1-5.8-12.14.16; Salmo 88,2-5.27 y 29; Rom 16,25-27; Lc 1,26-38

Dios nos revela a nosotros el plan de su providencia en la sagrada escritura. El antiguo testamento contiene las promesas de Dios y el nuevo testamento nos muestra su cumplimiento en Jesucristo. La 1ª lectura de hoy nos cuenta una de las promesas mas importantes del antiguo testamento. El evangelio de hoy nos muestra el inicio de su cumplimiento. Por eso los dos pasajes se cuenta entre los mas importantes en la Sagrada Escritura.

Si queremos comprender el cumplimiento tenemos que entender la promesa. Para comprender la promesa es necesario saber algo de su historia en que se esconde otra de las grandes promesas de Dios.

Dios prometió a Abrahán una tierra, una descendencia, y que en su descendencia sería bendecidas todas las naciones de la tierra. (Cf. Gen 12,1-3; 17,4-8; 22,16-18) Para cumplir esta promesa Dios envió a Moisés para liberar el pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto, establecer una alianza con ellos en Monte Sinaí, guiarlos por medio del desierto, hasta que finalmente Josué lo condujo el pueblo cruzando el rio Jordán y entrando en la tierra prometida, la tierra de Israel.

Esto llevó al cabo un cumplimiento inicial de la promesa a Abrahán. Sin embargo, durante muchas generaciones el pueblo de Israel sufrió a las manos de sus enemigos que a menudo lo atacaron y dominaron. No experimentó la paz en la tierra que recibió de Dios.

Esto nos lleva al significado de la primera frase de la 1ª lectura: El rey David se instaló en su palacio y el Señor le concedió descansar de todos los enemigos que lo rodeaban. Al final, Israel logró la paz bajo el reinado de David, que estableció su palacio en Jerusalén, cuyo nombre significa algo como ‘la visión de la paz’.

Sin embargo, David reconoció que algo todavía faltaba. La cuidad no tuvo un templo. Por eso querría edificar un templo, una habitación para Dios, un lugar en que el pueblo pudiera rendirle culto a Dios. Por parte Dios rechazó el deseo de David, pero por otra parte prometió su cumplimiento en el futuro.

El Señor prometió a David que él le establecería para David un ‘casa’, esto es una dinastía real, que le dará a David un heredero, que elacionará a Dios como a un ‘padre’; este heredero de David va a edificar un templo para el Señor (esto se omitió en la lectura de hoy), y el Señor establecerá su trono y su reinado para siempre.

Las promesas de Dios a Abrahán y David son las promesas mas fundamentales del antiguo testamento. Estas promesas por su parte tienen raíces profundas en la profecía de la salvación que escuchó Adán y Eva cuando Dios les exigieran que rindieran cuenta por su pecado. Ellos oyeron las palabras que Dios dirigió a la serpiente: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tú herirás su talón. (Gen 3,15)

Las promesas de Dios son grandes y misteriosas y muy poderosas. Son como el grano de mostaza en la parábola de Jesús: Es la mas pequeña de las semillas, pero cuando crece, se hace más grande que las plantas de huerto. Es como un árbol, de modo que las aves vienen a posarse en sus ramas. (Mt 13,32) Las promesas de Dios son el poder escondido que determina todo el curso de la historia humana. Además, siempre que una promesa su cumple en la historia lleva una nueva promesa o un tipo de revelación de un cumplimiento aun mayor que ha de venir. Por medio de sus promesas, Dios, que no está obligado a ninguna creatura, se hace por así decir nuestro deudor.

Volviendo al asunto de la promesa de Dios a David: el hijo de David, Salomón actualmente construyó un gran templo en Jerusalén y la dinastía de David fue establecido y reinó en Judá por uno cuatro siglos, a pesar de las infidelidades y pecados de muchos reyes. Sin embargo, cuatro siglos no es ‘para siempre’. Después de cuatro siglos todo parecía terminar cuando, por causa de los pecados de los reyes y el pueblo, los babilonios vinieron, conquistaron la ciudad de Jerusalén, encendieron el templo, y llevaron el pueblo para el exilio. (cf. 2 Rey 25,1-12)

Esto sucedió en el año 586 ACN. Aparecía que la promesa de Dios hubo fallado.

El Salmista, después de recordar las promesas a David, como oímos en el responsorio de hoy, lamenta, Pero tú lo rechazaste y repudiaste, te enojaste con tu ungido. Renegaste de la alianza con tu siervo y arrojaste por tierra su corona. (Sal 80[88],39-40)

La palabra ‘ungido’ es traducción de la palabra hebrea ‘mesías’, que se traduce para el griego como ‘cristo’. Los reyes de Judá, los descendientes de David, fueron ungidos, fueron mesíases, fuero cristos. Después de la destrucción del reino mesiánico de David, Dios enseñó al pueblo para esperar un cumplimiento mayor de la promesa; Dios enseñó al pueblo para espera la venida de Aquél que era el Ungido, el Cristo, el Mesías, que iba llevar al cabo definitivamente todas las promesas de Dios.

Antes la destrucción del Reino de David, en medio de una crisis en que parecía que el reino estaba al punto de caer, Dios hizo otra promesa por medio del profeta Isaías. Ahora esta profecía es bien conocida: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. (Is 7,14) Este nombre significa ‘Dios-con-nosotros’. La palabra hebrea que fue usada para ‘virgen’ fue un poco ambiguo y por eso antes la realización de la profecía su sentido e importancia no fue tan claro.

Sea como fuera, en los siglos entre la destrucción del Reino de David y el nacimiento de Jesús, la esperanza de Israel se enfocó en la anticipación de la venida del Mesías, del Cristo, el Hijo de David que iba liberar el pueblo de sus enemigos y restablecer para siempre el Reino de David y reedificar el Templo de Dios.

Los siglos de las tinieblas, de la anticipación, y de la esperanza fueron la preparación para el evangelio de hoy cuando Dios envió el Ángel Gabriel a una virgen, llena de gracia, desposada a un varón de la estirpe de David y le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin.

Nunca antes sucediera que un mensajero de Dios anunció el cumplimiento de una promesa tan grande y quien recibió el mensaje era la Virgen María. Su ‘sí’ al Ángel abrió la puerta para el cumplimiento de la promesa.

Además, cuando Dios lleva sus promesas a su cumplimiento, el cumplimiento siempre es mas grande que la promesa o lo que pudiera anticipar por la promesa. Al fin Dios nunca decepciona sino siempre supera nuestras expectativas y deseos.

El Mesías fue de verás nacido de una Virgen, por la obra del Espíritu Santo. El Mesías no es solamente el Hijo de David, no solamente tiene una relación filial a Dios, es el mismo Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Después que el Ángel respondió a su pregunta, María pudiera entender esta parte del mensaje.

Quizás lo que todavía quedó escondido de ella fue como el Hijo de Dios e Hijo de David establecería el trono de David para siempre. Poco por poco ella vendría a conocer que su Hijo no establecería el trono de David sobre la tierra, sino que, por medio de su muerte, resurrección, y ascensión al cielo, lo elevaría el trono de David consigo y lo establecería a la derecha de su Padre en el cielo. El cumplimiento era mucho mas grande que una persona del tiempo de David jamás pudiera soñar.

Ahora, del trono celestial de David, Jesús gobierna a su Iglesia, el Templo y habitación que construyó para sí sobre la tierra, hasta que el vuelva para llevar a cabo todas las promesas de Dios en la nueva y eterna Jerusalén. Esto será de una manera que supera todo lo que ahora podemos imaginar o concebir.

El cumplimiento de la promesa del antiguo testamento, que ya sucedió por el nacimiento de Jesucristo de la Virgen María es como un pago inicial y garantía del cumplimiento de la promesa de la Jerusalén celestial. Además, como el nacimiento de Jesucristo superó las expectativas del antiguo testamento, la llegada de la Jerusalén celestial va a superar todas nuestras expectativas.

También la santísima Virgen María, que recibió del ángel, el anuncio del cumplimiento, en cuyo seno el cumplimiento empezó, que ya recibió la bendición del cumplimiento en su propia concepción inmaculada, que la hizo ‘llena de gracia’, también recibió antemano el cumplimiento pleno en su gloriosa asunción al cielo, cuerpo y alma. Por consecuencia, ella misma siempre existe como un testigo y un signo y garantía del cumplimiento de las promesas de Dios. Ella nos enseña que la cabeza de la serpiente fue aplastada y será aplastada. Ella nos enseña que el Hijo de Abrahán, Jesucristo, ya entró en la herencia celestial, la tierra prometida de la resurrección, y ya compartió la misma herencia con ella. Ella es la Estrella del Mar que nos guía al cumplimiento de la misma profecía.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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