4º Domingo de Pascua

4º Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 3 de mayo, 2020

Los gobiernos tienen presupuestos que tienen un déficit. El pandémica debe hacer bien claro que en el mundo hay un déficit muy grande de la verdad, incluso en asuntos bien mundanos, como la salud publica.

Parece evidente que el pandémica es algo real (la gravedad actual es un poco mas difícil determinar) y que unas medidas limitando la interacción humana fueron necesarios y que fue razonable en esta materia empezar por dar el beneficio de la duda a las autoridades. Además, ha sido bastante confusión porque estamos enfrentando algo que era desconocido a todos.

Sin embargo, sea de buena intención se de mala, las ‘autoridades’ no nos han comunicado la verdad, sino propaganda para controlar nuestras acciones. En medio de todo esto los políticos y los periodistas prosiguen sus agendas.

Además, ahora que hemos entrado en un camino determinado los responsables tienen un interese en justificar las decisiones que han hecho. No quieren tomar responsabilidad por el daño a la economía, por el aumento del abuso domestico y de los niños, y el aumento de los suicidios.

Entonces ¿debemos poner nuestra confianza en las autoridades? Podemos preguntar: “De verdad se preocupen por el bien común?” Si consideramos su actitud al respecto de la vida humana debemos contestar “no”. Van hablando del valor de la vida humana cuanto al peligro remoto que una persona vaya a morir del COVID y por eso casi dicen que la violación mínima de sus mandatos de quedar en la casa es como el homicidio. Al mismo tiempo celebran el aborto.

Faltando la verdad, también falta una visión compartida del bien común. Por eso toda la discusión gira alrededor de nada mas de un mínimo de salud publica y prosperidad económica. Ahora los dos están en oposición.

La verdad es que la salud publica y la prosperidad económica son condiciones del bien común pero no son elementos constitutivos pues no pueden compartir verdaderamente ni la salud ni el dinero. Mi salud es mío no suyo y viceversa; su dinero es suyo y no mío y viceversa.

La moralidad publica, que incluye la moralidad sexual, es un elemento constitutivo del bien común porque directamente sirve una vida común en que se practica la virtud y esto hace posible tan la justicia como la verdadera amistad.

La religión justa es aun mas necesario para el bien común porque Dios es uno para todos – si lo conocen o no – y solamente acercar a Dios por la religión justa puede unir las personas mas que superficialmente, mas que de una manera utilitaria.

Precisamente porque no hay visión compartida del bien común resta solamente agendas utilitarias que tratan de manipular y explotar las personas y no se preocupan por lo que es verdadero, lo que es bueno, y lo que es justo.

¿Y todo esto que tiene que hacer con el 4º domingo de Pascua, el domingo del Buen Pastor?

El buen pastor nos da la verdad sobre el sentido y el destino de la vida humana; incluso el da su vida para que podamos realizar el propósito para que fuéramos creados. (cf. Jn 10,15) El nos reúne en la unidad del verdadero bien común, Dios mismo, la Santísima Trinidad.

Jesús compara a todos los mentirosos, engañadores, y manipuladores con lobos, ladrones y bandidos.

Debemos rechazar todos los mentirosos y engañadores, los ladrones y bandidos. Debemos aprender reconocer la voz del Buen Pastor para seguirlo a lo que es bueno, lo que es verdadero, y lo que es justo. Esto es el camino de la vida en abundancia, la vida eterna.

Sin embargo, no podemos escuchar la voz de Jesucristo, el Buen Pastor, directamente y en aislación. Es necesario escucharlo por medio de los pastores que entren por Jesucristo como la puerta. El es tan Buen Pastor y Puerta de las ovejas.

Esto quiere decir que no podemos escuchar la voz de Jesucristo sin escuchar a los que vienen en su nombre y por su autoridad. No podemos escuchar la voz de lPastor sin escuchar a los que comparten la autoridad de los Apóstoles, esto es en primer lugar los obispos católicos y segundariamente los sacerdotes católicos.

Jesús dijo a los Apóstoles: Como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes. (Jn 20,21) Y, El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. (Mt 10,40) Y, Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado. (Lc 10,16)

Aquí actualmente tenemos un problema muy grande.

Ya he puesto en cuestión la fiabilidad y motivación de las autoridades civiles y las autoridades de la salud publica. Miren bien, estoy hablando en general, de las instituciones, y no de los individuos. La gente bien puede poner en cuestión también la fiabilidad y motivación de los obispos católicos, los sucesores de los Apóstoles. Ser obispo católico no quiere decir lo mismo como ‘buen pastor’; es evidente que ha sido en la historia entre ellos seguidores de Judas Iscariote, el traidor, y también los ‘jornaleros’ que trabajan por el sueldo, que no tiene interés por las ovejas, que viendo que el lobo venga, abandona las ovejas y huye. (cf. Jn 10,12-13) Y hoy en día parece que, como un grupo, institucionalmente podemos decir, los obispos de hoy no parecen muy fiables.

Por ser obispo católico (o sacerdote) un hombre ya tiene la primera cualificación para entrar por la puerta de las ovejas. El obispo tiene la autoridad que viene de Dios, pero en adición tiene que actuar dentro de los limites de su autoridad (esto es la naturaleza de la autoridad), debe enseñar justamente y dar el ejemplo. Tres cosas son necesarias para garantir la voz del Pastor: la autoridad, la enseñanza, y el ejemplo.

El buen ejemplo del obispo o sacerdote es como confirmación y garantía de la autoridad, pero faltando el ejemplo, debemos todavía tratar de discernir la voz del Pastor en las palabras. Por eso Jesús nos dijo: Obedézcanles y hagan lo que les digan, pero no imiten su ejemplo. (Mt 23,3)

La autoridad de obispo en primer lugar está en el ámbito de lo que se llama ‘fe y moral’: el tiene la autoridad para enseñar lo que debemos creer y lo que debemos hacer para alcanzar la vida eterna. En segundo lugar, la autoridad del obispo incluye también la administración de los sacramentos, que comunican la realidad de la gracia divina, y la moderación de la vida comunitaria con relación a los sacramentos. En todo esto la autoridad del obispo es siempre sujeta a la regla de la fe y la moral y a la ley de la Iglesia.

San Pablo, en sus cartas habla de transmitir tradiciones que el mismo ha recibido. El exhorta a los fieles a conservar las tradiciones. (cf. 1 Cor 11,1; 2 Tes 2,15) En particular el hace referencia a transmitir la tradición sobre la sagrada eucaristía y la profesión de la fe en Jesucristo, que murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos. (1 Cor 11,23-32; 1 Cor 15,3-4)

Un obispo (incluso el Papa) solamente tiene la autoridad de transmitir lo que ha recibido de la Tradición apostólica. El es obligado guardar y transmitir ‘el deposito de la fe’. (cf. 1 Tim 6,20; 2 Tim 1,13-14). Su oficio y su autoridad pertenece completamente al servicio de la transmisión de la sagrada Tradición. Si un sacerdote se aparta de esto – aunque su Obispo no lo amonesta – el también se aparta de los limites de su autoridad; el no entra por la puerta para pastorear el rebaño de Cristo, sino el se convierte en ladrón y bandido. Si un obispo se aparta de esto – aunque el Papa no lo amonesta – el también se aparta de los limites de su autoridad; el no entra por la puerta para pastorear el rebaño de Cristo, sino el se convierte en ladrón y bandido.

Ni el Papa tiene cualquier autoridad para enseñar algo contrario al deposito recibido de la Tradición de la Iglesia. Por ejemplo: el Papa Pio IX solemnemente proclamó el dogma la Concepción Inmaculada de la Virgen María. Este dogma pertenece al deposito de la fe. Ningún Papa tiene autoridad para enseñar el contrario. Ningún Papa tiene autoridad para decir, “MI predecesor proclamó el dogma de la Concepción Inmaculada, pero ahora yo les digo que no es verdad.” Incluso el Papa es obligado por la Tradición de la Iglesia que viene de Jesucristo por medio de los Apóstoles.

Por eso, tradicionalmente, la Iglesia ha guardado cuidadosamente todas las tradiciones por las cuales se transmiten el deposito sagrado. Por eso, tradicionalmente, la Iglesia ha sido cuidadoso para decir las cosas de una manera exacta. Ella está transmitiendo algo que a ella no pertenece, un deposito precioso recibido de su Señor, Jesucristo. Ella debe cuidar para no alterar el deposito en lo mínimo. Por eso, aunque el entendimiento crece bajo la influencia del Espíritu Santo, tradicionalmente la Iglesia está sospechosa de las innovaciones.

No estamos esperando una nueva revelación. No estamos esperando una nueva alianza. Ya hemos recibido la nueva y eterna alianza en la Sangre de Cristo. El mismo Hijo de Dios, la 2ª persona de la Santísima Trinidad, se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre. Ahora solamente esperamos para que el venga en la gloria de su Padre para resucitar a los muertos y juzgar a los vivos y a los muertos.

La Iglesia tiene una palabra para la persona, sea obispo sea sacerdote, que quiere alterar el deposito de la fe; el se llama ‘hereje’. El es un ladrón y bandido. No debemos escuchar a los herejes, ladrones, o bandidos, debemos escuchar solamente la voz del Buen Pastor.

El año pasado empecé a hablar de una herejía moderna particular que se llama ‘modernismo’. El modernismo es de una manera muy radical anti-tradicional. El modernismo quiere una Iglesia nueva. Sin embargo, a menudo el modernismo no cambia las palabras, pero cambia el sentido.

Desde el Segundo Concilio Vaticano ha sido un resurgimiento largamente divulgada del modernismo en la vida de la Iglesia; su influencia ha tocado muchos obispos y sacerdotes, ha entrado en muchos seminarios, y en universidades católicos. El modernismo ha debilitado la vitalidad de la Iglesia; el modernismo ha hecho que en el mundo de hoy la Iglesia se convierte anémico y impotente.

Debemos escuchar la voz del Buen Pastor, Jesucristo, pero no podemos escuchar su voz sino por medio de la Tradición de la Iglesia, fielmente transmitido por los obispos y sacerdotes.

Siendo que los obispos y sacerdotes no están siempre fieles y no siempre son obligados a rendir una cuenta a sus superiores, no podemos seguir ciegamente. Cada uno es responsable por su propia vida de fe. Necesitamos el instinto de la fe que viene del Espíritu Santo y pertenece a su don de conocimiento. Para colaborar y cultivar este don necesitamos la humildad, la docilidad, y el amor a la verdad. Por eso debemos especialmente seguir la ley de la verdad, lo que se llama ‘la ley de non-contradicción’: algo no puede ser al mismo tiempo ‘si’ y ‘no’. Lo que era la verdad ayer no es falso hoy. Necesitamos también un conocimiento básico de nuestro ‘credo’ y nuestro catecismo. Si no se que hay siete sacramentos y que son, no voy a reconocer el error si alguien pone mas un sacramento o sustituye lo que no es sacramento por un de los siete.

A veces la ignorancia es una disculpa y a veces no. No debemos pensar que podamos llegar ante el tribunal de Dios y decir al Señor, “No sabia.” Es buen posible que el vaya a contestar: “Y por qué no buscaba la verdad?”

Entonces, ¿vamos a escoger a errar o vamos a volver al pastor y guardián de nuestra alma, que cargó con nuestros pecados en la madera de la Cruz, para que no sigamos a nuestro placer sino para que muertos al pecado vivamos según la justicia?

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.