5º Domingo de Cuaresma

5º Domingo de Cuaresma

Padre Joseph Levine; 21 de marzo, 2021
Lecturas: Jer 31,31-34; Salmo 50,3-4.12-15; Heb 5,7-9; Jn 12,20-33

Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad.

Quisiera tener la capacidad de dibujar en palabras para ustedes los sufrimientos de Cristo, pero no lo puedo.

Sería posible describir en detalle los sufrimientos físicos de una flagelación y coronación de espinas, según la practica romana; igualmente sería posible describir en detalle el sufrimiento físico de una crucifixión. Hay personas que lo han hecho. Solamente este supera nuestra imaginación y nos deja pasmados, pero esto ni entra ni sugiere el sufrimiento del alma de Cristo.

A partir de nuestra propia experiencia del dolor físico cada uno puede pensar en si mismo: “Cristo sufrió este y mas.” El sufrió mas precisamente por causa de la perfección de su cuerpo y alma. El no tuvo medicamentos para aliviar el dolor. El no tuvo distracción ni buscó la distracción.

Sin embargo, todo esto es solamente el dolor físico. No entra en el sufrimiento a que se refiere por las palabras: ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas.

Podemos ahora recordar sus palabras a San Pedro, Santiago, y San Juan en el jardín de Getsemaní: Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos. (Mt 26,38) Podemos considerar su temor natural humano en la presencia de la muerte, que seguramente él experimentó, pero esto solamente toca la superficie. Al mismo tiempo hay su decepción humana por causa de los Apóstoles que en lugar de acompañarlo, durmieron.

Pero ¿cómo podemos empezar de captar la realidad sobrenatural de su visión interior, su comprensión de por qué y por quienes estaba sufriendo, su visión de cada pecado humano, incluso nuestros, y cada acto de ingratitud y de negligencia, todo el olvido de su amor, su bondad, y su sufrimiento. Cuando oró al Padre para que la copa de sufrimiento lo pasara, pero sometiendo su voluntad a la voluntad del Padre, el Cordero de Dios, el inocente, estaba experimentando el horror de tomar sobre si mismo nuestro pecado.

San Pablo usa unas expresiones poderosas para comunicar esta realidad. Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió pecado, para que así nosotros participaremos en él de la justicia de Dios. (2 Cor 5,21) Y, Cristo nos ha rescatado de la maldición de la Ley, al hacerse maldición por nosotros. (Gal 3, 13)

Todo esto llega a su punto culminante en el grito incomprensible que Jesús emitió de la Cruz, en que tomó sobre si mismo toda nuestra angustia y todos los desafíos que echamos en la cara de Dios: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46)

Estas expresiones extremas nos empujan mas allá de nuestro entendimiento, pero debemos tomar cuidado para no mal interpretarlas, reduciéndolas a la medida de nuestra comprensión.

Por su grito de la Cruz, Jesús, en la agonía de su muerte, actualmente está citando la primera frase de un Salmo (Sal 22) y sus palabras deben interpretarse en el contexto del todo el Salmo. En medio de tomar nuestros pecados sobre si, en medio de hacerse una ‘maldición’, en medio de su abandono, el alma de Cristo todavía experimenta en su centro mas hondo la bienaventuranza de su unión inquebrantable con Dios. Esto es la enseñanza de los santos.

Debe ser así porque todavía no hemos tocado en el aspecto mas incomprensible de los sufrimientos de Cristo. No hemos hablado de quien es que está sufriendo por nosotros: “El Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho.”

En el mismo momento en que gritó Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado, el no paró de ser Dios, el mismo Hijo de Dios.

Así que no podamos captar que ese hombre es el mismo Hijo de Dios tampoco podamos captar la magnitud y intensidad de su sufrimiento. Así como no podamos comprender la afirmación verdadera que Dios murió en la Cruz no podamos comprender la magnitud y intensidad del sufrimiento de Cristo.

El domingo pasado en el evangelio oímos las palabras bien conocidas: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios nos dio su Hijo único por entregarlo a la muerte en la Cruz.

Tenemos las palabras de San Pablo, Ni siquiera reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. (Rm 8,32) El Padre se entregó a su Hijo y el Hijo se ofreció a si mismo, pues San Pablo también escribió: Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios. (Ef 5,2)

Todo esto viene de Dios que nos creó y nos ama a cada uno.

En el evangelio de hoy oímos las palabras de Jesús: Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto.

Así como no puedo comprender el sufrimiento y muerte de Cristo tampoco puede comprender la abundancia de su fruto. Pues el fruto del sufrimiento de Cristo corresponde a la grandeza de su persona divina.

El fruto de su sufrimiento es la vida de la gracia, una vida que participa en la misma vida de Dios; es el fruto de un corazón puro; el fruto de un corazón que pertenece a la nueva y eterna alianza; el fruto de un corazón en que la ley de Dios es grabada; el fruto de un corazón que ‘conoce al Señor’. El fruto mas perfecto del sufrimiento se encuentra en el Corazón Inmaculado de la Virgen María.

Las letanías de la preciosísima Sangre de Jesús hablan un poco del fruto inagotable del sufrimiento de Cristo.

“Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación; sin la cual no puede haber remisión; alimento eucarístico y purificación de las almas; manantial de misericordia; victoria sobre los demonios; fuerza de los mártires; virtud de los confesores; fuente de la virginidad; sostén de los que están en peligro; espíritu de los penitentes; auxilio de los moribundos; paz y dulzura de los corazones; prenda de la vida eterna; que libera a las almas del Purgatorio.”

Si uno lea de la vida de solamente un santo, está leyendo del fruto del sufrimiento y muerte de Cristo. Si uno reza las letanías de los Santos, cada santo que se invoca es fruto del sufrimiento y muerte de Cristo. Todos los santos en el cielo, incluso los que nunca se conocieron durante su vida, son frutos del sufrimiento y muerte de Cristo. Su visión de Dios en el cielo es fruto del sufrimiento y muerte de Cristo.

En nuestros días tan malos el sufrimiento y muerte de Cristo continua a producir fruto en las almas de los hombres. Su gracia y su misericordia no han terminado. De verás San Pablo escribió: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. (Rm 5,20)

La gracia de Cristo está presente y disponible para nosotros en abundancia, pero quizás estamos bloqueándola por nuestro rechazo.

Entonces, ¿qué estás buscando? Cuando considera lo que Jesucristo sufrió por ti ¿estás dispuesto a morir al pecado para ser purificado en la Sangre de Cristo, para que puedas participar en su vida?

Tú has sido bautizado y por eso ya perteneces a la nueva alianza que Jeremías anunció en su profecía. ¿Quieres pertenecer completamente a la nueva alianza así que el Espíritu Santo graba la ley de Dios en tu corazón? ¿Quieres querer lo que Dios quiere y gozarse en lo que es causa de gozo para Dios?

Estás dispuesto en sinceridad de corazón a orar junto con salmista: Crea en mí, Señor, un corazón puro?

¿Estás dispuesto a orar?: “Libérame de todo desorden de mis deseos, de la confusión y turbulencia de mis emociones, del caos y contaminación de mi imaginación; perdóname a mis pecados; graba tu ley en mi corazón, planta tu verdad firmemente en mi mente, haz que mi voluntad se pega en todo lo que es verdadero, bueno, y justo, pone en orden mis prioridades, para que te ame sobre todas las cosas, que busque la santidad de tu nombre, la justicia y gloria de tu reino, y al final llegue a la contemplación desvelada de tu rostro.”

Esto es lo que Cristo vino para darnos; por eso el sufrió y murió para que tu pudiera recibir este don. ¿Es lo que quieres? ¿Estás dispuesto no solamente a desearlo y orar para lograrlo, sino también para hacer y sufrir todo lo que Cristo pide de ti para recibir el cumplimiento de tu oración?

Crea en mí, Señor, un corazón puro para que puede de verdad conocer a ti, mi Señor, mi Dios, y mi Salvador.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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