5º Domingo de Pascua

5º Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 2 de mayo, 2021
Lecturas: Hch 9,26-31; Salmo 21,26-28.30-32; 1 Jn 3,18-24; Jn 15,1-8

No amemos solamente de palabra, amemos de verdad y con las obras.

El último domingo en que prediqué, que era hace dos semanas, hice una advertencia al respeto de los peligros del autoengaño. La advertencia apartó de las palabras de San Juan la 2ª lectura de ese día: El que dice: ‘Yo lo conozco’, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. (1 Jn 2,4) En la 2ª lectura de hoy, San Juan continua con el tema advirtiéndonos que la palabra ‘amor’ no basta como justificación por lo que hacemos; antes debemos vivir la realidad del amor ‘de verdad y con las obras’.

El duplo mandamiento de amor es que debemos amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Por eso, debemos amar a Dios de verdad y con las obras y debemos amar a nuestro prójimo de verdad y con las obras. San Juan parece enfocar en lo último. Por ejemplo, el escribió: Si uno dice, ‘yo amo a Dios’, y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. (1 Jn 4,20) La falta al respeto del amor a prójimo revela un defecto en la profesión de amor para Dios.

Sin embargo, siendo que los dos mandamientos de amor son inseparables y siendo que el mandamiento para amar a Dios es lo principal, (cf. Mt 22,37-38) podemos ver la misma realidad de otra perspectiva. Uno pudiera decir: “Si uno dice, ‘yo amo a mi prójimo’, pero no ama a Dios, es un mentiroso. Si no ama a Dios, que creó a su prójimo, lo redimió, y lo llama a la vida eterna, no puede justamente amar al prójimo creado por Dios.” San Juan dice casi lo mismo cuando escribe: Todo el que cree que Jesús es el Mesías ha nacido de Dios. Si amamos al que da la vida, amamos también a quienes han nacido de él; y por eso, cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, con toda certeza sabemos que amamos a los hijos de Dios. (1 Jn 5,1-2)

Es Dios mismo que define lo que realmente quiere decir amar al prójimo y lo hace de manera especial por sus mandamientos.

Este mensaje tiene una importancia muy grande en nuestros días porque hoy en día el amor de prójimo se separa del amor de Dios. Hoy en día se dice a menudo que no importa lo que una persona cree de Dios, solamente como nos tratamos el uno al otro como seres humanos. Al lo contrario, sin Dios no podemos justa y completamente entender que quiere decir ser ‘ser humano’ y mucho menos como debemos tratarnos uno al otro.

Esto se hace evidente en este tiempo de la pandemia en que comportamientos inhumanos ha sido mandado en el nombre de respetar al prójimo.

Y nuestro conocimiento y amor a Dios depende de nuestra fe en Jesucristo. El domingo pasado escuchamos de Jesús que es la piedra que los constructores han desechado y que ahora es la piedra angular y que ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro. (Hechos 4,11.12)

Esto está conforme al evangelio de hoy en que Jesús nos dice que él es la vid y que nosotros somos los sarmientos. La savia que fluye por medio de la vid y los sarmientos, comunicando la vida de la gracia y produciendo el fruto, es el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo.

Entonces, solamente el sarmiento que permanece en Jesús y que no pone obstáculo a la gracia del Espíritu Santo y por eso produce fruto, será salvo. Si los sarmientos que no producen fruto serán cortados, echados fuera, y arrojados en el fuego, ¿qué sucederá a los que ni pertenecen a la vid?

Que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. El verdadero amor al prójimo es el fruto que se produce por los sarmientos que permanecen en la vid, que es Jesucristo. Por eso es necesario creer en Jesucristo, el Hijo de Dios, amarlo, y guardar sus mandamientos. Todo depende de esto.

Creyendo en Jesús y amando a Jesús debemos también permanecer en él y él en nosotros. Todo esto se realiza sobre todo por medio de una participación en la sagrada Eucaristía que es verdadera y interior. Él dijo, él que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. (Jn 6,56) Lo mismo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nació de la Virgen María, fue crucificado y resucitó de entre los muertos, y que ahora está sentado a la derecha del Padre, es real, verdadera, y sustancialmente presente bajo las apariencias del pan y del vino. Después de la consagración no es mas pan y vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo y de esta forma se ofrece como sacrificio de nuestra salvación; nos es dado en la sagrada comunión como el alimento de la vida de la gracia; él viva en medio de nosotros en el sagrario a donde él espera para nuestra visita, nuestra fe, nuestra adoración, y nuestro amor.

Esta fe y este amor son imposibles sin la Iglesia pues la Iglesia se compone de la vid que es Jesucristo y los sarmientos que somos nosotros. La Tradición sagrada de la Iglesia junto con la interpretación autentica de su magisterio es la medida y garantía de nuestra fe. Sin esto la fe va a desviarse en la falsedad. Por medio de la Iglesia recibimos los sacramentos de la fe, que da la vida de la gracia. Al final, no podemos amar a nuestro hermano en Cristo se nos separamos de él por separarnos de la Iglesia. No podemos reducir el amor a nuestro hermano en Cristo al amor de nuestra familia y nuestros amigos o a una comunidad elegida por nosotros.

La exhortación de San Pablo nos conduce al centro de lo que quiere decir amar de verdad y con obras: Como elegidos de Dios, pueblo suyo y amados por él, revístanse de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga motivos de queja contra otro. Del mismo modo que el Señor les perdonó, perdónense también ustedes. Y por encima de todo, revístanse del amor que es el vinculo de la perfección. (Col 3,12-14)

Siendo que somos todos pecadores siempre tendremos que soportarnos mutuamente por el amor.

Por eso, mientras nunca debemos aprobar el pecado, debemos aceptar al pecador que vive en medio de la Iglesia. Debemos aceptar al pecador y debemos incluso tolerar al hipócrita.

Solamente el Papa y los obispos tienen la autoridad para echar una persona fuera, sirviendo por así decir como instrumentos del Padre – el viñador que poda la vid. Es posible que unos se cortan a si mismos, pero nosotros no tenemos autoridad para echarlos fuera. Cuanto a los herejes, mientras debemos cuidarnos de ellos, no tenemos la autoridad de echarlos fuera. Incluso debemos desear y orar para que los que han sido echados fuera, pero queden todavía en esta vida, pueden arrepentirse para que sean injertados de nuevo. (cf. Rm 11,23-24)

Pueden considerar esto: Jesús suportó a Judas entre el numero de los Apóstoles hasta que él llevó a cabo su traición. Aun después de la traición si Judas hubiera arrepentido, Jesús lo acogería de nuevo. El salmista nos da una expresión conmovedora del Corazón de Jesús, que debemos compartir: Si llegara a insultarme un enemigo, yo lo soportaría; si el que me odia se alzara en contra mía, me escondería de él; mas fuiste tú, un hombre como yo, mi familiar, mi amigo, a quien me unía una dulce amistad; juntos íbamos a la casa de Dios en alegre convivencia. (Salmo 54[55],13-15)

Así debemos también amar un tal Fulano, lo mismo que Jesús saludó a Judas, llamándolo a él ‘amigo’ cuando se acercó para dar su beso de traidor.

El verdadero amor, de verdad y con obras, sabe sufrir por amor, según el ejemplo de Jesucristo. Esto será imposible sin la gracia del Espíritu Santo, la savia de la vid verdadera.

Ahora estamos al inicio del mes de mayo, que se dedica a la Virgen María, llena de gracia, quien por la fe y el amor dijo ‘si’ al ángel de Dios, quien dio a luz Jesús, la vid verdadera, quien estuvo fiel al pie de la Cruz, compartiendo el sufrimiento de Jesús, unida a su sacrificio como la ‘Co-Redentora’, y quien ahora reina junta con él en el cielo, rogando por nosotros como nuestra Madre, nuestra Intercesora, la Medianera de la Gracia.

Necesitamos su ayuda y sus oraciones para poder permanecer en Jesús y él en nosotros, para amar de verdad y con las obras, y producir mucho fruto para la gloria de Dios.

También estamos en el año de San José, el Esposo de María, quien tuvo sobre la tierra el papel de padre virginal para Jesús. El protegió la vida de Jesús y María sobre la tierra. Ahora está con ellos en el cielo, sirviendo como el gran patrón y protector de la Iglesia. El protege en nosotros la vida de la gracia en el Espíritu Santo.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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