6º Domingo de Pascua

6º Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 9 de mayo, 2021
Lecturas: Hechos 10,25-26.34-35.44-48; Salmo 97,1-4; 1 Jn 4,7-10; Jn 15,9-17

Muchos errores que son peligrosos y destructivos han surgido porque personas toman las palabras de la sagrada Escritura fuera de su contexto justo. En lugar de escuchar la palabra de Dios, ellos escuchan lo que quieren oír.

Al escuchar la 1ª lectura de hoy quizás unos van a escuchar: Dios no hace distinción de personas sino acepta todos, sea de la nación que fuere. Van a pensar que no importa lo que uno crea, solamente como uno se comporte; quizás unos van a pensar que ni importa como uno se comporte, pues siendo que Dios es misericordioso él acepta a todos, sin condición.

Ellos no van a considerar que estas palabras fueron pronunciadas por San Pedro y que el domingo pasado oímos que el mismo San Pedro nos dijo que Jesucristo es el único camino de la salvación.

Tampoco van a considerar el contexto histórico y bíblico en que San Pedro estaba hablando. Antes el tiempo de Jesús hubo solamente un pueblo en toda la tierra que Dios escogió de manera especial para si mismo; era el pueblo judío. Siendo el pueblo elegido por Dios, los judíos dividieron todo el mundo en dos, haciendo distinción entre los judíos y las demás naciones, los ‘gentiles’. Fue Dios mismo que hizo la distinción entre las personas, prefiriendo a los judíos a los demás. En lo que se cuenta en la 1ª lectura de hoy, un gentil, un oficial romano, Cornelio, junto toda su familia, vino para ser bautizado. San Pedro aprendió que por causa de la salvación que Jesucristo realizó no es mas necesario que uno se una al pueblo judío, o entre en la alianza de Sinaí, o se someta a la ley mosaica para acercarse a Dos, pues ahora las personas deben acercarse a Dios por medio de Jesucristo. Dios no hace más distinción entre las personas judías y gentiles, puedes todas las naciones tienen acceso igual por Cristo.

Finalmente, en la lectura de hoy, San Pedro no actualmente dijo que todos son aceptables a Dios. Antes el dijo que Dios … que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere. Esto no sucede sin la gracia de Dios. Además, la practica de la justicia por si misma no es suficiente, uno debe también temer a Dios. Finalmente, Cornelio, antes que fuera bautizado, antes que escuchara las palabras de San Pedro, ya temía a Dios y practicaba la justica. Esto es lo que lo preparó a él para oír a San Pedro, creer en Cristo, y ser bautizado. La salvación viene por Cristo. La gracia por la cual una persona, sin todavía creer en Cristo, teme a Dios y practica la justica, es dada precisamente para conducir a la persona a Cristo y al bautismo y por eso también a la incorporación en la Iglesia.

El Segundo Concilio Vaticano afirmó: “Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias.” (Dignitatis Humanae 2)

Aquí el Concilio enuncia lo que podemos llamar la obligación moral mas fundamental. Es la obligación para temer a Dios y practicar la justicia, o al menos la obligación de buscar la verdad a Dios y conformar su vida a esta verdad. Temer a Dios y practicar la justicia es el camino de un cristiano, pero es también el camino que conduce a Cristo.

Seguramente, una persona que, siendo ignorante de Dios y de Cristo, actúe bajo el impulso de la gracia y busque saber la verdad y hacer lo justo, sea consciente o no, esté en la senda hacia Cristo. Podemos tener esperanza que una tal persona, al final, se salvará por Cristo, aunque puede ser que solamente vendrá a conocerlo un poco antes de salir de esta vida.

Sin embargo, tal dedicación a la verdad y a la justicia es una calidad muy rara, incluso entre los que se profesan seguidores de Cristo. Si, mucha gente mas o menos quiere hacer lo bien y tratan de evitar los malos grandes, pero todavía ponen la prioridad en su propio interese, mejorar su condición en la vida. Los católicos han recibido el don de la verdad por revelación de Dios, pero ¿cuantos de preocupan para saber esta verdad y dirigir su vida según la verdad revelada? ¿Por lo general, cuantos realmente se dedican a aprender y vivir como se deber?

Jesús habla de la dedicación a la verdad y a la justicia, al temer a Dios y practica la justica, como la puerta angosta y camino escabroso que conduce a la salvación, pero un camino que se encuentra solamente por pocos. (cf. Mt 7,13.14) Al lo contrario dijo: ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. (Mt 7,13)

Pero uno va a decir, “¿Realmente importa tanto? ¿No es que lo único necesario es el amor? Esto es lo que San Juan está diciéndonos hoy: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios. ¿Por qué tiene que complicar las cosas?”

Las palabras están simples, pero para vivir la realidad para nosotros es mas complicado. Los casados pueden dar testimonio a la dificultad.

Puede volver a mi tema del domingo pasado. San Juan nos dijo que las palabras no bastan, es necesario amar de verdad y con las obras. (cf. 1 Jn 3,18) Desenvolví el tema al respeto de la necesidad que nosotros, los pecadores, tienen que soportarnos mutuamente en amor, en la Iglesia, ni separándonos de la Iglesia, ni tratando de echar fuera a los que no nos agradan.

Suportarse mutuamente fue uno de los caminos de amor que San Pablo subrayó en su carta a los Colosenses. El mencionó otros: la compasión, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, y el perdón mutuo. (cf. Col 3,12-14) También podemos añadir que el amor no busca a si mismo sino el bien de la otra persona. (cf. 1 Cor 13,4-7) Además, el 3º domingo de Pascua, mostré que el camino de compasión y bondad pasa por el camino de los mandamientos: no matarás, no cometerás el adulterio, no robarás, no mentirás.

Al final, todo esto viene de Dios y vuelve a Dios. El amor a Dios y amor a prójimo son inseparables.

Hoy San Juan pone mas una lección muy importante: El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él.

El amor de Dios se revela a nosotros por lo que Jesucristo, el Hijo de Dios, hizo por nosotros y lo que nos otorga por medio de su obra: el murió en la Cruz para expiar nuestros pecados y el nos otorga a los que crean en él la vida eterna.

Al final, el amor a Dios y al amor al prójimo no se puede justamente entender sin el derstino de la vida eterna; la vida eterna es imposible sin Jesucristo. Esto es lo que se pierde de vista en el mundo de hoy y el resultado es que la simplicidad del mandato de Jesús, que se amen mutuamente, se distorsiona y se convierte en algo muy diferente de lo que Jesús quiere.

Cuando el amor de Dios se pone al lado y el amor de prójimo se eleva por si mismo como lo ideal un conflicto irreconciliable surge entre mis necesidades, que siempre hay, y el bien de mi prójimo. No hay mas un verdadero bien común que compartimos juntos y que nos une.

Hoy en día la gente se enfoca en como cada persona es única. De verdad, lo que es común tiene mas importancia. Lo que es común es lo que nos une y la verdadera unicidad derive de la manera única en que una persona se relaciona al común.

Uno pasó su niñez en Michoacán y otro en Oregón; vivieron bajo lo mismo cielo y lo mismo sol, pero sus vidas se formaron diferente por la unicidad de las regiones diferentes. Sin embargo, sin lo mismo cielo y sol, nunca pudiera venir a conocerse o hacerse amigos el uno del otro. Actualmente, sin lo mismo cielo y sol, la unicidad de sus tierras fuera imposible.

Mas alto que el sol o el cielo, el bien común supremo y perfecto es Dios mismo y la manera mas perfecta de participar de aquel bien será la visión del rostro de Dios, que constituye la vida eterna. Aquí en esta vida el bien común es nuestra meta común, la misma visión de Dios.

Aquí y ahora esto se concretiza y se anticipa por el Cuerpo de Cristo que nos es dado en la sagrada comunión.

Nuestra respuesta a Dios es lo que no hace de verdad únicos; por eso es por lo que los santos son las personalidades mas perfectas. Nuestra respuesta a Dios es lo que nos hace de verdad únicos, pero Dios mismo nos da algo que de verdad podemos compartir, sin envidia y rivalidad.

Así el verdadero amor al prójimo es como el amor de compañeros en un camino al mismo destino. Los dones únicos que son dados a cada uno nos son dados para que podemos usarlos en el servicio uno del otro, ayudándonos mutuamente en el camino a nuestro destino. Pero, siendo que unos no se encuentran en el camino, el amor cristiano también puede compararse al amor de hombres en un barco que van salvando otros del mar y llevándolos consigo al puerto, no para abandonarlos, sino para compartir con ellos su hogar. Nuestro puerto y nuestro verdadero hogar es la ciudad de los santos, la casa de nuestro Padre celestial.

Toda la compasión, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el perdón mutuo del amor debe ponerse en este contexto de nuestra peregrinación a la ciudad celeste, la Jerusalén eterna. Por Jesucristo y por la salvación de las almas uno puede incluso dar su vida en este mundo en favor de otro, porque recibirá mas que cien veces en el mundo que ha de venir, en la visión de Dios.

Jesús dijo: a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

Él no nos llama a una obediencia ciego. Antes, mientras debemos si obedecer sus mandamientos, debemos obedecerlos de buena gana con un espíritu de colaboración inteligente por una amistad con Dios.

La Virgen María nos otorga el ejemplo perfecto. Al recibir el mensaje del ángel sobre la concepción y nacimiento de Jesús, ella puso una pregunta para mejor entender la voluntad de Dios. Solamente después de recibir la respuesta a su pregunta, ella dio a Dios su ‘si’ de fe y obediencia. Creciendo en el entendimiento del plan de Dios pudiera llegar al punto en que llevó consigo su ‘si’ al pie de la Cruz y colaboró así con Jesús y mereció el titulo de la corredentora.

Jesús no quiere esclavos, sino amigos, y por eso nos dio a conocer nuestro destino, el misterio de la santísima Trinidad, y el camino, que es él mismo, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre y nacido de la Virgen María.

Dios no hace distinción de personas; a todos que elijan creer en Cristo se da el acceso a la vida eterna por él.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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