Bautismo del Señor

Bautismo del Señor

Padre Joseph Levine; 10 de enero, 2021
Lecturas: Is 55,1-11; Is 12,1-6; Jn 5,1-9; Mc 1,7-11

El narrativo del bautismo de Jesús es muy breve y simples pero el sentido del misterio es muy profundo. El misterio del bautismo del Señor actualmente es parte del misterio de la Epifanía, la manifestación a las naciones del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios y nuestro Salvador. De verás en el bautismo el misterio de la Epifanía literalmente toca nuestra vida.

Primero debo decir que Jesús no necesitara ser bautizado como tampoco necesitara hacerse hombre, o hacer todo lo que hizo como hombre. Todo en la vida de Jesús fue “por nosotros los hombres y por nuestra salvación.”

Además, la revelación que acompañó el bautismo de Jesús fue por nuestra causa, no por él mismo. Ya desde su concepción en el seno de la Virgen María, Jesús bien sabía que era el mismo Hijo de Dios, enviado para dar su vida como expiación por nuestros pecados. La carta a los Hebreos nos dice: Al entrar en este mundo, dice Cristo … ‘Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. (He 10,5.7)

Entonces, el bautismo de Jesús no fue por el mismo, sin por nuestra causa. Su bautismo nos revela quien es Jesús y que hace por nosotros y la vida que logramos en él por nuestro bautismo.

Me permita resumir los hechos muy simples del evento. Jesús entró en el agua, fue sumergido, y después salió del agua. Los cielos se abrieron. El Espíritu Santo descendía en forma de paloma. Se oyó la voz del Padre: Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias.

Entonces, por medio de su bautismo Jesús se reveló como Dios hecho hombre, el Hijo amado del Padre, sobre quien el Espíritu Santo permanece, y que abre para nosotros las puertas del cielo que fueron cerradas por el pecado de Adán.

El bautismo mismo tiene un significado muy importante. Fue un bautismo dado a pecadores. Jesús, por hacerse hombre, el inocente Cordero de Dios, tomó lugar entre nosotros pecadores y se sometió al bautismo dado a pecadores, como también se sometió a la muerte que era castigo del pecado. El bautismo mismo significa una limpieza que va a realizarse por la muerte y resurrección. La inmersión en el agua significa la muerte y la emersión del agua significa la resurrección. Por eso sometiéndose al bautismo, Jesús se comprometió y anunció antemano la obra que iba realizar en nuestro favor. Él se comprometió a dar su vida en la Cruz como sacrificio expiatorio para lavarnos de nuestros pecados. Él anunció que iba darnos por este medio compartir en la vida nueva de la resurrección, la vida de la gracia, la misma vida que él siendo el Hijo de Dios tiene del Padre, por la cual estamos preparados para entrar en la vida del cielo.

Por medio de su bautismo Jesús también santifica las aguas del bautismo por nosotros para que compartiendo su bautismo podamos también compartir la realidad de su vida que fue revelada en su bautismo. O, en otras palabras, lo que se reveló en el bautismo de Jesús es la realidad invisible de nuestro bautismo.

El sacramento de bautismo nos une a la muerte y resurrección de Cristo, nos lava de nuestros pecados, abre para nosotros las puertas del cielo, y nos otorga el don del Espíritu Santo y por medio de la gracia del Espíritu Santo, nos hacemos verdaderamente hijos amados de Dios, compartiendo la vida y naturaleza del Hijo de Dios.

Ahora me permite hablar de dos efectos, íntimamente relacionados, del bautismo: la gracia y el carácter.

Las aguas del bautismo imprimen en nuestra alma una marca que no puede borrar que se llama ‘carácter sacramental’: es la marca del Hijo de Dios, la marca de pertenecer a Cristo, la marca que nos reserva y consagra al culto cristiano. En virtud del carácter bautismal tenemos el derecho de tomar nuestro lugar, como miembros de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, en la asamblea de los fieles en la celebración de la Misa. En virtud del carácter sacramental podemos tomar nuestro lugar como hijos de la familia, no mas como huéspedes o espectadores. En virtud del carácter bautismal podemos estar en la presencia de Dios y orar y ofrecer sacrificios espirituales como cristianos. El carácter bautismal nos autoriza para orar, en verdad, “Padre nuestro, que estás en el cielo.”

Sin embargo, sin la gracia del bautismo, la gracia santificante, que nos transforma interiormente y nos hace actualmente compartir la vida y naturaleza de Dios como hijos, el carácter queda vacío y muerto. El carácter bautismal nos da el oficio de ser cristiano en el mundo y nos otorga un lugar en la Iglesia, la casa de Dios, pero es la gracia santificante que nos otorga la vida de un cristiano, la vida de los hijos de Dios.

Cuando un niño es bautizado y también cuando un adulto que tiene intención justa y no pone obstáculo se bautiza, ellos reciben tan la gracia como el carácter del sacramento. Sin embargo, mientras el carácter nunca se pierda, la gracia puede perderse por el pecado mortal – esto es una violación deliberada de la ley de Dios en asunto grave. Para el cristiano que está viviendo en el pecado mortal el carácter queda como signo de esperanza y llamada a arrepentimiento, una llamada para volver como el hijo prodigo a la casa del Padre. Si uno no presta atención a la llamada y así sale de esta vida el carácter estará como un testigo contra él en el juicio.

Si nuestro bautismo nos hace compartir la misma realidad que se revela en el bautismo de Cristo, también exige de nosotros que nuestra vida se conforme al simbolismo del bautismo. Esto quiere decir que nuestra vida debe conformarse al ejemplo de la muerte y resurrección de Cristo. Este camino empieza por el bautismo mismo pues el bautismo hace morir al dominio del pecado en el alma y hace que el alma comparte la vida de la gracia, la vida de Cristo. Viviendo como cristianos debemos seguir el mismo camino.

Esto quiere decir que debemos continuamente rechazar la tentación y apartarnos del pecado para vivir en la fidelidad a la gracia.

Por eso San Pablo escribe: Que no reine, pues, el pecado en su cuerpo mortal hasta el punto de quedar sometidos a sus apetitos; ni ofrezcan tampoco sus miembros como armas perversas al servicio del pecado, sino más bien ofrézcanse a Dios como lo que son: muertos que han regresado a la vida; y hagan de sus miembros armas para la justificación al servicio de Dios. No tiene por qué dominarlos el pecado, ya que no están bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia. (Rm 6,12-14)

Y, No se adapten a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su mente, para que puedan descubrir cuál es la voluntad de Dios. (Rm 12,2)

Debemos, entonces, morir al mundo, morir al pecado, morir a nuestra propia voluntad, para vivir en Cristo. Viviendo en Cristo podemos juntarnos como sacerdotes en el culto cristiano, dando gracias a Dios por Cristo en todo lo que hacemos y decimos. (cf. Ef 5,20; Col 3,17) Como piedras vivas debemos dejar que seamos edificados y pasamos a ser un templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Cristo Jesús. (1 Pe 2,5) Al final la voluntad del Señor se realizará en nosotros y tendremos comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo y, en ellos, estaremos en comunión uno con el otro. (cf. 1 Jn 1,3; Jn 17,20-21) Entonces las puertas del cielo y de la vida eterna se abrirán a nosotros.

La celebración del Bautismo del Señor lleva a cabo el tiempo de la Navidad y al mismo tiempo nos recuerda como el nacimiento de Cristo entra en nuestra propia vida. Por eso quiere terminar con unas palabras de San León Magno en un sermón sobre el nacimiento de Cristo.

“Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que has sido arrancado del dominio de las tinieblas y transportado al reino y a la claridad de Dios. Por el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no ahuyentes, pues, con acciones pecaminosas un huésped tan excelso, ni te entregues otra vez como esclavo del demonio, pues el precio con que has sido comprado es la sangre de Cristo.” (Liturgia de las Horas, Vol. I, p. 267)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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