Corpus Christi

Corpus Christi

Padre Joseph Levine; 6 de junio, 2021
Lecturas: Ex 24,3-8; Salmo 115,12-13.15-18; Heb 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26

Cuando he sido elevado sobre la tierra atraeré todos hacia mi. (Jn 12,32) Esta ‘elevación’ de Cristo se realizó en su crucifixión. Es el centro de toda la historia humana.

Por eso también todos los sacrificios rituales del antiguo testamento, desde el tiempo de Abel hasta el tiempo de Jesús, que anticiparon el sacrificio de Cristo en la Cruz, y todos los sacrificios rituales desde el tiempo de Jesús, esto quiere decir el santo sacrificio de la Misa, que hace presente y ofrece de nuevo el mismo sacrificio de la Cruz, unan todos los tiempos y todos los lugares; atraen todos los que se dejen traer a la Cruz de Cristo y por la Cruz al corazón de Dios.

Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Antes la reforma de la liturgia que se realizó en los años 60 y 70 fue solamente la Solemnidad del Cuerpo de Cristo y el enfoque fue sobre la presencia real y sustancial de Cristo, su Cuerpo, en la sagrada Eucaristía. Hubo otra celebración de la preciosísima Sangre de Cristo el 1º de Julio. Ahora las dos celebraciones fueron unidas y este año las lecturas ponen el enfoque mas en la Sangre de Cristo.

Esto nos llevará mas a una consideración de la Sangre de Cristo, ofrecido en la Misa. Sin embargo, debemos recordar siempre que el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, incluso su presencia permanente en el sagrario, es siempre el Cuerpo que se ofreció en la Cruz por nuestra salvación.

El enfoque en la Sangre de Cristo nos lleva a considerar el sacrificio de Jesús en la Cruz, por la cual nos expió nuestros pecados y estableció la nueva y eterna alianza en su Sangre.

En la última cena, según las palabras que oímos hoy, Jesús propone el cáliz, diciendo, Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. La Carta a los hebreos nos dice que Jesús ofreció su Sangre en el Espíritu Santo para purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo. Al Dios vivo se rinde el culto de adoración por obras vivas que proceden de los actos de la fe, la esperanza, y la caridad, que se enraízan en la vida de la gracia.

Por ofrecer su propia Sangre, Jesús es al mismo tiempo, sacerdote, sacrificio, y mediador de la alianza.

Podemos obtener un entendimiento del sentido de todo esto por meditar la 1ª lectura de hoy.

Aquí encontramos a Moisés sirviendo como el mediador de la antigua alianza. El bajó del monte llevando al pueblo las palabras de Dios. Si consideremos bien el evento, Moisés es como un embajador que vuelve de las negociaciones con el rey victorioso; él lleva consigo las condiciones para la paz que el rey propone al pueblo rebelde. Dios, el rey, es misericordioso y por la alianza que propone quiere restaurar al pueblo a su amistad.

El pueblo aceptó las condiciones y el día siguiente se confirmó la alianza solemnemente.

La solemnidad es algo que añadimos a un acto para mostrar la seriedad y la firmeza de nuestra intención. Para una alianza entre partes humanas la forma mas solemne de confirmar una alianza es el sacrificio ofrecido a Dios, tanto lo mas cuando Dios mismo hace parte de la alianza.

Por eso, Moisés, actuando como mediador, ofrece el sacrificio y los detalles están importantes.

En primer lugar, él derrama la sangre de la alianza sobre el altar, que representa la parte de Dios. El altar sangrente significa la Cruz de Cristo, es una profecía simbólica de la crucifixión, cuando el Hijo de Dios hecho hombre derrama su sangre como expiación por nuestros pecados. Después en la presencia del altar sangrente, bajo la luz de Cristo crucificado, el pueblo renueva su aceptación de las condiciones de la alianza, ellos se rinden a Dios y se hacen su pueblo. Su pertenecer a Dios como su pueblo fue significado cuando Moisés roció también el pueblo con la sangre. La sangre de Cristo, ofrecido en sacrificio, une a Dios y a su pueblo.

Así la misma antigua alianza se estableció porque Dios ya estaba anticipando la muerte futura de Cristo en la Cruz. Esto fue mas que hace 3,000 años.

Ahora, casi 2,000 años desde la muerte de Cristo en la Cruz, tenemos la Misa. Esto no es solamente una profecía que todavía espera su cumplimiento, esto es mas que un símbolo, porque Cristo ya derramó su sangre para el perdón de los pecados. Ahora tenemos la misma Sangre de Cristo para ofrecer siempre de nuevo sobre el altar en una ratificación solemne de la alianza. Esto es la Misa.

Antes que podemos participar plenamente en la Misa debemos ser bautizados. Esto es una razón que antiguamente se enviaron para fuera los catecúmenos antes de la liturgia de la Eucaristía.

La nueva y eterna alianza se estableció cuando Cristo murió en la Cruz. Sin embargo, individualmente entramos cada uno en la alianza por nuestro bautismo. Antes que fuimos limpiados por las aguas bautismales, que reciben su poder de perdonar los pecados por la Sangre de Cristo, hicimos (o nuestros papas y padrinos los hicieron en nuestro favor) nuestros votos bautismales. Efectivamente esto fue para decir: Haremos todo lo que dice el Señor. Fue nuestra aceptación de las condiciones de la alianza, nuestra entrega voluntaria y incondicional a Dios; por su parte, Dios, en su misericordia, nos concede su paz, su amistad, y la vida de la gracia, su propia vida.

Los bautismos solamente pueden realizarse uno por uno. En la Misa, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, ratifica solemnemente la alianza. La Misa siempre es acto de toda la Iglesia, aunque se celebra privadamente por un solo sacerdote. En la Misa, el mediador es Cristo mismo, representado por su sacerdote. Antes que la sangre se ofrezca sobre el altar, oímos la proclamación del evangelio y profesamos nuestra fe. Por la profesión de la fe en la santísima Trinidad, que corresponde a la segunda parte de los votos bautismales – la primera parte siendo la renuncia de Satanás y sus obras, sobretodo el pecado – efectivamente nos sometemos de nuevo, sin condición, al señorío de Jesucristo. Después se ratifica solemnemente la alianza por la ofrenda de la sangre sobre el altar y nuestra participación se lleva a cabo por medio de la sagrada comunión.

Siendo que el Cuerpo, la Sangre, el Alma, y la Divinidad de Jesucristo son inseparables es suficiente comulgar bajo una sola forma; siempre es comunión con Cristo todo. De veras, no es solamente comunión con Cristo, la cabeza, sino también comunión con los miembros, todos nosotros. Por eso la comunión siempre lleva consigo la promesa implícita para amarnos uno al otro como Cristo nos ha amado.

En la última cena Jesús mandó a sus Apóstoles, hagan esto en conmemoración mía. Debe repetirse continuamente la Misa no solamente porque el poder de la sangre de Cristo debe hacerse presente en todo tiempo y todo lugar, pero también porque la memoria de su alianza debe grabarse siempre mas profundamente en nuestro corazón.

Lo que Cristo mandó debe repetirse en medio la solemnidad máximo, tan como podemos prestar. Jesús dijo a sus discípulos, cuando los envió para preparar la pascua, que les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes.

Las palabras son pocas y simples, pero importantes. Nos acostumbramos a imágenes de la última cena que la presente como se fuera una fiesta de campo con vasos de barro. A nosotros esto parece evidente porque todos sabemos que Jesús vivió la pobreza. Jesús mismo dijo de si: Los zorros tienen guaridas y los pájaros del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. (Mt 8:20)

Si, Jesús vivió la pobreza, pero tuvo amigos ricos. Solamente un rico pudiera tener una sala en el segundo piso de una casa en Jerusalén. Ese rico proporcionó a Jesús todo lo que necesitara para una digna celebración de la pascua. Esto, por lo mejor, incluyo cuatro copas ceremoniales de oro o de plata, como los judíos se acostumbraron a usar para la pascua. El solamente ofreciera lo mejor a Jesús.

De modo semejante, el gran seguidor de la pobreza de Jesús, San Francisco de Asís, cuidó de buscar para las iglesias cálices de oro o de plata para la celebración de la Misa.

Y nosotros mismos debemos dar lo mejor que tenemos tan exterior como interiormente. Sobre todo, debemos ofrecer a Jesús nuestro corazón como una sala grande, limpia del pecado y arreglada por las virtudes que lo agrada. Debemos prepara para y llevar a la Misa lo mejor que tenemos para dar, cuerpo y alma. Después que hemos ofrecido nuestra propia persona a Dios, con lo mejor que tenemos, debemos salir, conscientes que hemos sido consagrados a Dios, que pertenecemos a él, por Jesucristo, en la nueva y eterna alianza en su sangre. Así debemos vivir en el mundo no como los que pertenecen al mundo, sino como perteneciendo a Jesucristo.

Sepan que no han sido liberados de la conducta idolátrica heredada de sus antepasados con bienes perecederos – el oro o la plata -, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha y sin tacha. (1 Pe 1:18-19)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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