Cristo Rey

Cristo Rey

Padre Joseph Levine; 22 de noviembre, 2020
Lecturas: Ez 34,11-12.15-17; Salmo 22,1-3.5-6; 1 Cor 15,20-26.28; Mt 25,31-46

Esto dice el Señor Dios: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar … Juzgaré entre una oveja y otra, entre carneros y cabras.

Cuidar un rebaño humano, no un rebaño de animales que no tienen juicio, sino una nación de seres racionales y libres, y juzgar entre ellos, es el papel de un rey. Como un pastor lleva a sus ovejas al pasto donde encuentran el alimento, que es su bien, un verdadero rey lleva a su pueblo al verdadero bien común que alimentará su bienestar humano, cuerpo y alma.

Jesucristo, el Señor Dios, es el Rey de reyes y Señor de señores, que pastorea el rebaño de su Iglesia. No guía a su Iglesia hacia un bien común terrenal que fallece con esta vida, sino hacia el bien común celestial y eterno, la visión del rostro de Dios. La alegría de la visión beatífica se completará para toda la persona, el cuerpo y el alma, cuando la muerte sea destruida y la gran resurrección tenga lugar antes del último juicio.

Entonces Jesucristo separará a las ovejas de los cabritos; las ovejas justas, que escucharon la voz del pastor y fueron dóciles a la voluntad de Dios, recibirán la plenitud del reino preparado para ellos desde la creación del mundo, mientras que los cabritos rebeldes serán arrojadas para siempre al fuego eterno que estaba preparado para el diablo y sus ángeles.

Al final, cuando Cristo viene, el juicio se publica a todo el universo, pero el juicio tiene lugar para cada hombre cuando se aparta de este mundo.

Atención, todo el mundo no va al cielo.

Aquellos que se aparten de esta vida con pecados mortales de que no han arrepentido serán condenados eternamente al infierno; sufrirán la miseria indescriptible de estar separados de Dios para siempre, por su propia culpa; sufrirán un remordimiento de conciencia que será eterno e ineludible; no tendrán amigos, pero serán los juguetes de demonios en cuyo poder se pusieron por su vida de pecado.

Aquellos que se apartan de esta vida en la gracia de Dios, después de haberse arrepentido y sido perdonados por sus pecados mortales, pero que aún no han expiado lo suficiente, finalmente entrarán en la vida del cielo y en la visión beatífica. Sin embargo, primero tendrán que sufrir los dolores del purgatorio, el lugar de purificación. Es mejor satisfacer sus pecados mientras todavía está en esta vida porque ningún sufrimiento de esta vida puede compararse con la pureza del dolor incesante del purgatorio. Esto no es un dolor físico del cuerpo que será sepulto en la tierra, sino una conciencia aguda e ineludible que el alma tiene de su propia condición. Sin embargo, es un dolor que se alivia con la certeza de la esperanza. Podemos ayudar a las almas del purgatorio por nuestras oraciones, obras de penitencia, obras de misericordia, indulgencias, y por pidiendo la celebración de la misa en su favor.

Aquellos que han completado su purificación del pecado, ya sea en esta vida o en la siguiente, entrarán en la alegría del cielo con la que nada se puede comparar.

Jesucristo es rey y pastor de su Iglesia, pero gobierna y guía a su Iglesia por medio de pastores. visibles, que son los obispos y sacerdotes, bajo la autoridad unificadora del Papa. Es necesario distinguir en las autoridades humanas de la Iglesia, cuando realmente actúan según su oficio como instrumentos del Pastor supremo, y cuando actúan por su cuenta por la debilidad humana o incluso por malicia. Sin embargo, ya sea que el rebaño de Cristo sea guiado por hombres sabios y santos, o abusado por mercenarios inicuos, siempre es Cristo quien está guiando a su rebaño, ya sea por instrucción o sufrimiento. La meta es siempre la vida eterna.

La Iglesia, como Reino de Cristo en este mundo, así como utiliza pastores humanos, así también debe utilizar las cosas materiales que sostienen la vida humana en este mundo. La Iglesia en su peregrinación terrenal está en el mundo, pero no pertenece al mundo. Así también los fieles que serían guiados por Cristo a los pastos de la vida eterna viven tanto en la Iglesia como en alguna nación del mundo, como los Estados Unidos o México.

Por esa razón, la Iglesia no puede ser completamente indiferente a la política terrenal. El orden político del mundo ayudará a la Iglesia en su misión o la impedirá; o bien ayudará a los fieles a acercarse a Dios o los alejará. Por esa razón, se ha dicho que la religión que no se mete en la política pronto descubrirá que la política está metiéndose en la religión.

Con razón, Jesucristo es Rey no sólo sobre la Iglesia, sino sobre toda la humanidad y cada nación.

El Papa Pío XI, cuando instituyó la fiesta de CristoRey, ocho años después del final de la Primera Guerra Mundial, atribuyó el ‘cúmulo de males’ del mundo moderno al rechazo de la realeza de Cristo, tanto en la vida pública como en la vida privada, y afirmó “que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.” (Quas Primas 1) Y, “Cristo es, en efecto, la fuente del bien público y privado. … El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones. … No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria.” (Quas Primas 16)

Así, si bien el orden temporal y el orden espiritual son distintos, mientras que el bien común temporal de la sociedad civil y el bien común eterno de la Iglesia son distintos, el orden temporal está condenado al fracaso a menos que esté subordinado al Reino de Cristo.

Desafortunadamente, durante los últimos 60 años, se ha estado sucediendo lo contrario; la vida de la Iglesia ha sido prostituida al servicio de este mundo.

Ahora, sucede que políticos que se profesan católicos, y usan esta profesión por su provecho político, votan sin escrúpulo para defender un supuesto ‘derecho al aborto’ – que equivale un derecho al homicidio – como la ‘ley de la nación’. Entretanto se dice que los obispos no deben meterse en la política, ni por imponer la disciplina de la Iglesia a sus propios miembros que dan escandalo publico a los fieles.

Pero muchos entre los obispos han aceptado esta situación y, mientras han por su parte dado escandalo por el encubrimiento de los crimines sexuales de los sacerdotes, dejan al lado la ley de Dios para promover los programas de asistencia social del gobierno. Pero la violación de la ley de Dios lleva a la destrucción de la familia, que lleva a la dependencia de la asistencia social del gobierno.

Todo esto es una mala aplicación del Evangelio de hoy. Si los programas de asistencia social financiados por el gobierno tengan una base moral, sería en la justicia, no en la caridad. No puede ser caridad porque los programas de asistencia social están financiados por las medidas coercitivas de la fiscalidad. La dependencia de asistencia gubernamental ha desviado la responsabilidad de la buena voluntad de las personas, las familias y las iglesias, trasladándola a burocracias gubernamentales sin alma. Ya no es mas cuestión de recibir la ‘caridad’ de su vecino, sino de reclamar su ‘derecho’ del gobierno. Al mismo tiempo, las montañas y montañas de regulación gubernamental hacen que la verdadera caridad sea extremadamente difícil. Las regulaciones de Covid, impuestas por un gobierno cada vez más dictatorial, lo hacen aún más difícil. En efecto, ahora se nos prohíbe visitar a Cristo en los enfermos. Este no es el Evangelio.

Lo primero que hay que tener en cuenta sobre el Evangelio de hoy es que se nos da una visión del último juicio. Todos debemos comparecer ante la sede del juicio de Cristo, para que cada uno reciba recompensa, de acuerdo con lo que hizo en el cuerpo, ya sea bueno o malo. (2 Co 5:10)

Nuestra dignidad como seres humanos se encuentra más prácticamente en que vivimos en la presencia del Dios, que nos creó, y que somos responsables ante él por la vida que nos ha dado. Seremos juzgados por cómo hemos vivido en su presencia y nos trataremos unos a otros, incluso a los más pequeños, incluso a los Covid positivos, incluso a los enfermos terminales, incluso al bebé en el vientre de su madre. No podemos simplemente transmitir esa responsabilidad a las agencias gubernamentales y a las agencias financiadas por el gobierno. Tampoco podemos poner el orden temporal bajo el dominio de Cristo Rey si no sometemos primero nuestra propia conciencia a su dominio. El Reino de Cristo se encuentra ante todo en los corazones y mentes de aquellos que creen en él.

Volviendo de nuevo al Papa Pío XI, él escribió que habiendo sido comprado por su Sangre, “Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos … deben servir para la interna santificación del alma.” (Quas Primas 34) No debe reinar como un tirano cruel, sino por el poder del amor de su Sagrado Corazón, el amor por el que se entregó por nosotros en la Cruz y por el cual sigue entregándose por nosotros en la Sagrada Eucaristía.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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