Décimo octavo Domingo del tiempo ordinario

“… busquen primero su reino y su justicia… No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas.” (Mt 6: 33-34) “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre… «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado».” (Jn 6, 27a, 28b-29) “… el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo». «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.” (Jn 6: 33,35) Los cristianos fieles confiesan que Cristo murió por la vida del mundo. El libro del Génesis relata que Dios nos dio el mundo como nuestro alimento. Por nuestra naturaleza física y espiritual, tenemos hambre. Debemos comer y beber para sostener nuestros cuerpos mortales. Tomamos el mundo en nuestros cuerpos y lo transformamos en nuestra carne y sangre. Nuestra caída se produjo por nuestra falta de confianza y dependencia de Dios y por tener hambre y comer lo que Dios nos había prohibido comer. ¿Deseamos
algo más que Dios? Pues no hay nada que es más de Dios. Dios creó todo de la nada. Nuestro deseo estaba desordenado. El mundo caído nunca será suficiente para sostenernos para siempre. Solo Dios puede hacer eso. El mundo se condenó a sí mismo a muerte cuando Jesús fue condenado y asesinado. Vivimos en un tiempo prestado. El tiempo, como todo lo demás, es un regalo de Dios y parte de su promesa de misericordia. Es hora de aprender a amar como Dios nos ama. (cf. Jn 13:34, 15:12) “El Señor no se demora en cumplir su promesa, como algunos dicen, sino que es generoso con ustedes, y no quiere que se pierda nadie, sino que todos lleguen a la conversión. Llegará el día del Señor como hace un ladrón, y entonces los cielos se desarmarán entre un ruido ensordecedor, los elementos se derretirán por el calor y la tierra con todo lo que hay en ella se consumirá. Si el universo ha de descomponerse así, ¡cómo deberían ser ustedes! Les corresponde llevar una vida santa y piadosa, mientras esperan y ansían la venida del día de Dios, en la que los cielos se desarmarán en el fuego y los elementos se derretirán por el calor. Mas nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en que reine la justicia.”. (2 Pedro 3: 9-13) “…cuando éramos menores de edad, estábamos sometidos a los elementos del mundo. Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a os que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.” (Gálatas 4: 3b-5) Si nuestra hambre no es de Dios, nunca será satisfecha. En su humanidad, Jesús sufrió por nosotros en la Cruz. En la Cruz, Jesús tuvo sed y hambre de que nuestras almas se salvaran. (cf. Jn 19, 28) Al comienzo de su ministerio, Jesús dijo: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: «Uno siembra y otro cosecha». Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos». (Jn 4, 34-38) Jesús es el que siembra, invita a nuestra participación en su hambre y a recibir de su amor sacrificial lo único que satisfará nuestro hambre en la celebración de la Eucaristía. Su perfecto sacrificio se hace visible y presente para siempre. Nuestro trabajo es creer en Su presencia constante y Su poder para salvar. Nuestro trabajo es testificar, proclamar esta verdad, esta Buena Nueva al mundo caído, y orar por la conversión de los pecadores para que todos puedan la Pascua a la vida eterna en Dios. “… revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad.” (Efesios 4:24)

Porque la visión aguarda el momento fijado,
ansía llegar a término y no fallará;
si parece que se demora,
espérala, porque vendrá seguramente,
y no tardará.
El que no tiene el alma recta, sucumbirá,
pero el justo vivirá por su fidelidad. (Hab 2: 3-4)

“… de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación. Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él. ”. (2 Corintios 5: 16-21)

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