Domingo de la Divina Misericordia

Domingo de la Divina Misericordia

Padre Joseph Levine; 19 de abril, 2020
Lecturas: Hechos 2,43-47; Salmo 117,2-4.13-15.22-24; 1 Pe 1,3-9; Jn 20,19-31

El domingo de Pascua escribí de la necesidad de vivir según la fe que nos eleva en cima de la pasión y emoción, para que podamos ofrecer a Dios el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad por Cristo, con él, y en él, que es el Cordero Pascual ofrecido sobre el altar. (cf. 1 Cor 1,8)

La fe no es una emoción, sino un movimiento de la inteligencia y la voluntad en dirección a la verdad revelada por Dios.

En la 1ª lectura de hoy escuchamos que los primeros cristianos se dedicaron a las enseñanzas de los apóstoles. Esto es muy significante. No se dedicaron directamente a la palabra de Dios, sino a las enseñanzas de los Apóstoles. Las enseñanzas de los Apóstoles son lo mismo como las enseñanzas de Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, que dijo a ellos, como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Las enseñanzas de Jesucristo llegan a nosotros solamente por medio de los Apóstoles. Estas son las enseñanzas que se comunican de una generación a la otra en la tradición sagrada de la Iglesia. Las enseñanzas de los Apóstoles nos dan el sentido verdadero de la sagrada Escritura del antiguo testamento (cf. Lc 24,45); la sagrada Escritura del nuevo testamento es un recuerdo escrito de la misma enseñanza, quizás complete cuanto a lo esencial, pero no en todos los detalles. Las enseñanzas de los Apóstoles, comunicado en la Iglesia y confirmada por el Magisterio autentico de la Iglesia, es la regla de la verdad a que nuestra fe debe conformarse. Esto quiere decir que debemos creer todo lo que la santa Iglesia católica romana nos propone como revelado por Dios.

El domingo pasado escribí que “debemos ofrecer a Dios nuestra voluntad, que se dirige de manera justa al verdadero bien, que la inteligencia entiende por medio de la fe y la razón. A este bien debe subordinarse las emociones y la imaginación. Debemos ofrecer a Dios una vida de la virtud verdadera, fruto de la gracia.”

Sin embargo, mientras “la vida de la virtud subordina la imaginación y la emoción a la verdad de la realidad por medio de la inteligencia y la voluntad… la virtud no suprime la imaginación y la emoción, sino dirige su energía a lo que es verdadero, a lo que es bueno, y lo que es noble.”

Además, “la vida devocional católica, que es un tipo de reflexión de la Palabra que se hizo carne, es la llave practica para aprovechar de la imaginación y emoción en el servicio de Dios.” En estos días en que el acceso a los sacramentos es limitado, la vida devocional se hace muy necesario para que la gente puede quedar anclada en la fe, crecer en la vida interior de la oración, y mantener el verdadero espíritu católico.

El domingo pasado también mencioné la devoción al Sagrado Corazón de Jesús hace todo esto como ejemplo. Este domingo, el domingo de la Divina Misericordia, nos presenta con otro enfoque devocional, que se relaciona a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, la devoción a la Divina Misericordia, representada por la imagen bien conocida.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Divina Misericordia son íntimamente relacionadas pues el Sagrado Corazón se esconde en la imagen de la Divina Misericordia. Miren bien, en la imagen de la Divina Misericordia, los rayos blancos y rojos de la misericordia proceden del Corazón escondido de Jesús.

La imagen de la Divina Misericordia fue comunicada por Jesús a la santa Faustina Kowalska, en medio de su vida de oración en el Espíritu Santo. La imagen une en si, sintetiza, y presenta a nuestra fe varios elementos que tienen su origen en la palabra de Dios.

En primer lugar, Jesús mismo, resucitado de entre los muertos, aparece vestido como sacerdote. Mientras lleva solamente una simples alba, esto nos sugiere la túnica que le llegaba hasta los pies en que apareció a San Juan en el libro del Apocalipsis. (cf. Ap 1,13) Así, también tiene su mano derecha elevada para dar una bendición. Él es el sumo sacerdote eterno que es capaz de salvar perpetuamente a los que por su medio se acercan a Dios. El sigue viviendo y intercediendo en favor de ellos. (He 7,25)

Los rayos rojos y blancos que vienen de su costado no recuerden de lo que sucedió después de su muerte en la Cruz cuando el soldado lo traspasó con una lanza y al instante salió sangre y agua. (Jn 19,34)

San Juan Crisóstomo nos explica de una manera hermosa como el manantial actual y histórico de sangre y agua que salió del costado herido de Jesús representa los dos sacramentos del bautismo y de la eucaristía. El continúe diciendo: “Con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia … que han brotados, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva. Por esta misma razón, afirma San Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.” (De la Catequesis de San Juan Crisóstomo, Liturgia de la Horas, Vol. II p. 451-452)

Así Jesús se revela tan sumo sacerdote como esposo de la Iglesia.

El costado herido de Jesús parece de nuevo en el evangelio de hoy. Primero, en lo mismo día de la resurrección, Jesús mostró sus manos y su costado a los Apóstoles, escondidos en el cenáculo, y les dijo, La paz esté con ustedes, perdonando sus pecados y cobardía y dándoles el poder de perdonar los pecados por el sacramento de la penitencia, la confesión. En seguido, ocho días después, apareciendo a ellos de nuevo en el cenáculo, el dijo a Tomás: Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree. Entonces Tomás hace su profesión de fe, diciendo: Mi Señor y mi Dios. Las llagas gloriosas de Jesús, resucitado de entre los muertos, sana la falta de fe por parte del Apóstol San Tomás.

La imagen de la Divina Misericordia representa las llagas gloriosas de Cristo, o mas específicamente su costado herido, por medio de los rayos que proceden de del costado.

San Tomás vio a Jesús mismo, resucitado de entre los muertos. Jesús lo dijo: Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto. Hablando de los que no han visto, Jesús habla a nosotros que creemos sin ver lo que San Tomás vio.

Esto también es la razón porque el evangelista San Juan escribió, para que pudiéramos creer. Se escribieron estas cosas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Sin embargo, la imagen de la Divina Misericordia quiere de nosotros una respuesta que es mas que una simples declaración de la fe, como hizo San Tomás. Las palabras bajo la imagen nos conducen mas un paso para adelante, un paso decisivo: “Jesús, confío en ti.” De la fe debemos pasar a la entrega; debemos poner nuestra vida y salvación en las manos de Jesús con una confianza absoluta, incondicionada, y inquebrantable.

La confianza en Jesús nos enseña para no dejarnos ser presos por nuestros pecados pasados, ni por nuestras heridas, ni por nuestra debilidad; la confianza en Jesús nos enseña que no debemos preocuparnos por la opinión de la gente, ni por nuestro estatus social; antes debemos poner nuestra confianza en la misericordia de Dios que nos es revelada en Jesucristo, crucificado y resucitado.

La confianza en Jesús no enseña depender del nuevo nacimiento que nos fue dado en el bautismo, el nacimiento a la vida de la gracia, el nacimiento a la vida de los hijos de Dios.

La confianza en Jesús nos enseña que aunque hubiéramos perdido la vida de la gracia por nuestra propia culpa por causa de nuestros pecados mortales – sean muchos o pocos, sean pequeños por comparación o grandes y horribles – que la misericordia de Dios no nos aconseja el desespero, sino nos llama al arrepentimiento y la esperanza. No importa la grandeza de nuestros pecados, Dios siempre está dispuesto perdonarnos en Jesucristo, con tal que de verdad nos arrepintamos de nuestros pecados y estemos dispuestos continuar de nuevo la vida de los hijos de Dios.

La confianza en Jesús nos enseña depender de la esperanza de una vida nueva que nos fue dado por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, la esperanza para una herencia en el cielo que no puede corromperse (como todo que pertenece a este mundo que labora bajo el pandémica), ni mancharse (pues es purificada no solamente de todo pecado sino de todo que puede conducirnos al pecado), ni marchitarse (porque no es como las flores de este mundo que luego pierdan su frescura ni como los placeres que eventualmente nos causan cansancio, aborrecimiento, o disgusto)

La confianza en Jesús nos da la fuerza para pasar por las pruebas y sufrimientos de este mundo, incluso los del pandémica, llenos de alegría, mientras nuestro amor a Jesús crece todos los días.

La practicidad de la devoción a la Divina Misericordia no para con la contemplación de la imagen, sino otorga una actividad a nuestra memoria, a nuestros labios, y a nuestras manos.

La devoción a la Divina Misericordia nos pide recordar la hora de tres de la tarde, todos los días, la hora en que Jesús murió en la Cruz, como ‘la hora de la misericordia’. En este momento podemos susurrar la oración: “Oh, Sangre y Agua que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús, como una fuente inagotable de misericordia para con nosotros, en Ti confío.”

También hemos recibido la coronilla o el rosario de la divina misericordia, que se reza en las cuentas del rosario normal, sino con oraciones diferentes.

Después de las oraciones introductorias, en cada cuenta del “Padrenuestro”, recemos: “Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero.”

Por esta oración cada uno de los fieles es capaz de ejercer el sacerdocio común que recibió en su bautismo, uniéndose al sacrificio ofrecido por Jesucristo en la Cruz y por sus ministros sacerdotales sobre el altar de la Misa.

Después, en las cuentas del “Avemaría”, recemos: “Por Su dolorosa Pasión ten misericordia de nosotros y del mundo entero.”

Al final, en la medida que empezamos a reconocer la misericordia de Dios, recibirla en nuestra propia vida, dejarnos transformar por su misericordia, nos también alegraremos mostrar la misericordia a los demás, cumpliendo el nuevo mandamiento de Jesús: Que se amen los unos a los otros, como yo los he amado a ustedes. (Jn 13,34)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.