Domingo de la Santísima Trinidad

Domingo de la Santísima Trinidad

Padre Joseph Levine; 7 de junio, 2020
Lecturas: Ex 34, 4b-6. 8-9; Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56; 2 Co 13, 11-13; Jn 3, 16-18

En el mundo de los grandes medios de comunicación acusar una persona de ser ‘teorista de conspiración’ es una manera efectiva de poner en cuestión la credibilidad de un adversario. La táctica evita la necesidad de pensar y refutar por medio de un argumento razonable.

De veras si una persona piensa de las cosas por un momento fácilmente puede realizar que, sea para el bueno o para el malo, personas poderosas (y también menos poderosas) a menudo forman conspiraciones. Una partida política es un tipo de conspiración, por gran parte publica, pero si una persona piensa que las decisiones importantes no se hacen en secreto entre pequeños grupos, es una poca ingenua.

Bueno, esto no es la conspiración de tipo especial de los “teoristas”. Los que se llaman ‘teoristas de conspiración’ efectivamente creen que por detrás de las conspiraciones mas evidentes y un hay grupo secreto de hombres poderosos, como “los illuminati”, que controlan mas o menos todo lo que sucede en el mundo, mientras por engaño promueven su propio proyecto malvado.

De verás hay personas poderosas que buscan introducir lo que se llama ‘el Nuevo Orden Mundial’ y si tengan éxito esto llevará consigo el fin de la Iglesia Católica porque eso Nuevo Orden Mundial no tiene lugar para Dios, aunque quizás permitiría un tipo de religión de apariencia para bendecir sus propios proyectos. Superficialmente el Nuevo Orden Mundial promete la paz y la prosperidad de todo el mundo.

Cuanto a las personas poderosas: no tienen la medida de poder que se atribuye los teoristas de conspiración; muchos de ellos, quizás, sinceramente piensan que están actuado por el bien de la humanidad; y mientras comparten mucho de las mismas metas, también parecen relacionarse a distintas corrientes ideológicas que no fácilmente puede reconciliarse.

Volviendo al asunto de los mismos teoristas de conspiración: por parte tiene razón, al menos cuanto a las líneas grandes del Nuevo Orden Mundial y por parte tiene razón cuanto a la actuación de fuerzas escondidas y malévolas en los asuntos humanos. Sin embargo, los detalles particulares al lado, ellos se equivocan por poner la fuente y control de la conspiración al nivel humano. El verdadero Príncipe de ‘la conspiración malévola’ se llama Satanás y por medio de la conspiración el está preparando al mundo para su aliado humano principal que será el Anticristo.

¿Quizás Padre José finalmente se convirtió loco? ¿Quizás el también es mas uno de esos ‘teoristas de conspiración’? Bueno permita que cita el Catecismo de la Iglesia Católica: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el ‘misterio de iniquidad’ bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).” (CIC 675)

Las teorías de conspiración fácilmente dan la idea equivocado que no hay libertad humana, pues la conspiración parece controlar todo. También fácilmente conducen a la negación de la providencia divina, pues parece otra vez las fuerzas malévolas parecen controlar todo. Por eso invita como respuesta exponer la conspiración y unir las personas en oposición. Sin embargo, el poder de la conspiración es tan grande que fácilmente las personas queden tímidas y inseguras.

Actualmente los proponentes del Nuevo Orden Mundial hacen lo mismo: siendo que a la raíz de su ideología es el ateísmo, no pueden dar cualquier garantía de una bondad última de las cosas y en lugar de esto ofrecen su Nuevo Orden Mundial como un sustituto artificial. Por eso nos invitan a huir a la esperanza del Nuevo Orden Mundial que vaya a salvarnos de un mundo inestable, caótico, y injusto. Se ofrece la esperanza de una vacuna como salvación de la pandemia.

Y todo eso, ¿Qué pertenece a la celebración del domingo de la santísima Trinidad?

La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencen. (Jn 1,5)

El misterio de la santísima Trinidad nos otorga, podemos decir, una teología católica de la conspiración, que es región de una gran luz. Las tinieblas son muy familiares a nosotros; debemos descubrir la luz.

“¿Teología católica de la conspiración?” ¿Qué es esto?

Puede ser que la expresión es mía, pero no la realidad. Lo esencial fue desenvuelto en los tiempos antiguos por San Agustín en su gran obra, “La Ciudad de Dios”.

Empezamos por el principio. En el principio era un Dios: el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo; la santísima Trinidad. El Padre genera al Hijo; el Hijo es generado por el Padre; el Espíritu Santo procede de los dos.

El Espíritu Santo no es generado. Entonces ¿qué es la manera de su procesión? Se dice que el Espíritu Santo procede por medio de la ‘espiración’, como el soplo del amor del Padre y del Hijo. Puede observar que las palabras ‘conspiración’, ‘respiración’, y ‘espiración’ son todos muy semejantes, todos implican el proceso de soplar. La ‘conspiración’ literalmente es un soplar juntos.

Por lo normal pensamos que una conspiración es algo malo, pero la gente puede conspirar también para algo bueno. Si puede ser una buena conspiración podemos concluir que la conspiración original que es el origen escondida de todo lo que existe, es la conspiración del Padre y del Hijo, quien conspiran para soplar el Espíritu Santo. La santísima Trinidad es una conspiración eterna de bondad y de amor y por esta conspiración eterna de amor creó el universo.

También una conspiración debe ser secreto. Bien, la santísima Trinidad es el misterio mas escondido de todo; ninguna inteligencia creada podría descubrir o penetrar el misterio de la santísima Trinidad, si Dios mismo no quisiera revelarse.

Además, podemos decir que la santísima Trinidad, antes que uno llegue al puerto del cielo, se conoce solamente por la fe. Para la persona que no tiene fe (o al menos una abertura para creer) el creyente parece como está hablando una locura cuando habla de la Trinidad. Cuanto al diablo, el sabe que debe ser verdad, porque sabe que Dios lo reveló, pero es fuera de su comprensión. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprenden. (Jn 1,5) Solamente aquellos que creen y por el amor y la gracia de Dios han logrado una semejanza a la Trinidad pueden vislumbrar un poco el misterio que los bienaventurados contemplan eternamente.

Entonces, hay la conspiración eterna por la cual el Padre y el Hijo soplan su amor mutuo, que se llama el Espíritu Santo. En la eternidad el Padre y el Hijo también conspiran en el Espíritu Santo para extender el circulo de su bondad y amor por crear el universo.

El propósito de la conspiración de la creación es formar creaturas que serán capaces de reconocer la bondad y el amor de la santísima Trinidad, compartir su amor, y volver al abrazo eterno de la santísima Trinidad. Sin embargo, con la capacidad de reconocer y responder al amor de la Trinidad viene también la capacidad de rechazar su amor y también, podemos decir, la necesidad que el amor creado se probado, puesto a la prueba.

Pero ¿cómo se prueba la realidad de esta conspiración? Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único. Es el que ha plenamente revelado y probado a nosotros la conspiración divina de la santísima Trinidad.

Ahora consideramos tres pasajes de la sagrada Escritura.

Sabemos que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus planes. Porque a los que Dios conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos. (Rm 8,28-29)

Después: ¿No son todos ellos [los ángeles] espíritus encargados de un ministerio enviados para el servicio de los que han de heredar la salvación? (Heb 1:14)

Y: Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños; porque les digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre del cielo. (Mt 18,10)

Estos pasajes nos muestran – seres humanos que entienden las cosas de una perspectiva humana – dos creaturas capaces de responder libremente al amor de Dios: ángeles y hombres. Los santos ángeles se revelan como servidores del amor y los hombres como destinados a ser hijos, como lo mismo Hijo de Dios. Sin embargo, es el ángel que ya contempla el rostro del Padre del cielo; es el ángel que ya vive seguramente en el abrazo de la santísima Trinidad. Mientras el hombre ha recibido la promesa de ser semejante a los ángeles. (cf. Mt 22,30) San Agustín nos dice que al final será una ciudad celeste a que pertenecerán tan los ángeles como los hombres.

Sin embargo, quizás en el contrasto que la escritura nos da entre servidor e hijo podemos vislumbrar un poco el origen de la conspiración malvada, la conspiración de rebelión. Pues se dice que el jefe de esos espíritus servidores, que se llamó ‘Lucifer’, el portador de la luz, no se contentó con un simples servicio; el quería ser como Dios y gobernar las cosas por su propia cuenta. El declaró, “¡No voy a servir!” El despreció a los pequeños, los seres menores, los ‘gusanos’ terrestres, el hombre; no quería servir su salvación. Por eso rebeló y condujo detrás de si una multitud de ángeles. El se convirtió en Satanás, el adversario, el líder de la conspiración diabólica que se condena, por el discurso de la historia, a combatir en vano contra el plan de Dios – en vano porque nadie puede resistir la voluntad de Dios. Al final, cada victoria aparente de Satanás, como la crucifixión de Cristo, sirve solamente para dar gloria a Dios. Sin embargo, Satanás nunca deja de conspirar junto con sus esclavos, hasta el juicio final. Satanás hace conspiraciones y por medio de sus colaboradores humanos, conscientes (o mejor medio-conscientes) e inconscientes, el continuamente inspira conspiraciones humanas como una araña tejiendo sus telarañas impenetrables. Esto es la verdad que esconde por tras de todas las ´teorías de conspiración´.

La conspiración diabólica se extiende en la historia humana, pero también la conspiración celeste. Es aquí que las teorías de conspiración por lo usual erran completamente. Es esto también que es el tema de la gran obra de San Agustín, “La Ciudad de Dios’. “Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor.” (Ciudad de Dios, XIV,28) O pudiéramos decir que la ciudad terrestre se forma por el amor para este mundo, mientras la ciudad celeste se forma por el amor a la vida eterna.

Observen, la contrariedad no es entre amor y odio, sino entre un amor justamente ordenado que vuelve a Dios, y un amor desordenado, que descansa en las cosas creadas, que por su parte son subordinados al servicio del ‘ego’. Por consecuencia podemos decir que hay un ‘odio santo’ que opone todo que es contario a la voluntad de Dios y un ‘odio diabólico’ que rechaza el plan de Dios para la salvación humana.

Desde el tiempo de Abraham hasta el tiempo de Cristo, la cuidad de Dios fue representado visiblemente en la tierra por el pueblo de Israel. No todos los israelitas amaron a Dios hasta el desprecio de si mismo; actualmente, en general el pueblo de Israel fue tan infiel que mereció ser expulso de la tierra durante el exilio babilónico. Sin embargo, sea en Egipto, sea en el desierto, sea en la tierra de Israel, o sea en el exilio el conocimiento del verdadero Dios siempre existió entre los israelitas y siempre fueron israelitas que pertenecieron de verdad a la Ciudad de Dios, amando a Dios hasta el desprecio de si mismo y esperando la venida del Salvador.

Fue la Virgen fiel, hija electa del pueblo de Israel, que recibió el cumplimiento de la promesa.

Antes del nacimiento de Cristo también hubieron unos ciudadanos de la Ciudad de Dios fuera de los limites visibles del pueblo de Israel, por ejemplo Melquisedec y Job.

Al final, durante el tiempo entre Abraham y Cristo, la conspiración divina del amor que viene de la santísima Trinidad actuó principalmente por medio del pueblo de Israel y en favor del pueblo de Israel. La conspiración diabólica actuó por las naciones de la tierra luchando contra Israel de fuera y al mismo tiempo la conspiración buscó corromper a Israel por dentro, a menudo actuando por medio de los intercambios entre Israel y las naciones. Las mujeres extranjeras del Rey Salomón nos dan un ejemplo de esto.

Desde la muerte, la resurrección, y la ascensión al cielo de Jesucristo, la Ciudad de Dios ha sido representado visiblemente en la tierra por la Iglesia que es una, santa, católica, y apostólica. Por la Iglesia la conspiración santa se ha divulgado a todas las naciones.

No todos los miembros de la Iglesia comparten el amor de la Ciudad de Dios, el amor de la santísima Trinidad; muchos, amando a si mismo, pertenecen mas a la ciudad terrestre. Sin embargo, la Iglesia siempre tiene la plenitud del conocimiento del verdadero Dios y de su plan de la salvación. La Iglesia también tiene los verdaderos sacramentos de la salvación. Al final, durante todos los siglos han sido en la Iglesia verdaderos santos, ciudadanos de la Ciudad de Dios, compartiendo el amor trinitario de la ciudad celeste.

Puede ser también ciudadanos de la ciudad celeste fuera de los limites visibles de la Iglesia, pero es difícil identificarlos con certidumbre – al menos no de la manera en que damos honor a los santos canonizados – porque la falta de la verdad siempre nos deja con un punto de interrogación al respecto de su santidad aparente.

En la Carta a los Hebreos leemos: La ley no es más que una sombre de los bienes futuros, y no la imagen misma de las cosas. (Heb 10,2) Hay tres cosas aquí: los bienes futuros, su imagen, y su sombra.

Consideramos a Jesucristo, el Hijo de Dios, en el monte de la transfiguración como la plena revelación de los bienes futuros. En la ‘imagen’ sería posible discernir su rostro, por así decir; en la ‘sombra’ solamente el contorno del cuerpo. Los sacramentos de la nueva alianza en Cristo tienen la imagen, pero los ritos de la antigua alianza, solamente la sombra. Los sacramentos de la nueva alianza son instrumentos que comunican efectivamente la vida de la gracia; los ritos de la antigua alianza solamente son símbolos de la vida de la gracia.

Desde el día de Pentecostés cuando la Iglesia por primera vez fue revelada visiblemente al mundo, la Iglesia visible ha sido el instrumento escogido de la conspiración divina de amor. Antes el día de Pentecostés, en que el Espíritu Santo visiblemente sopló sobre la Iglesia, ha dos momentos centrales de la conspiración: cuando Jesús conspiró con los Apóstoles a la última cena, confiando a ellos el cargo de actuar la conspiración por medio del santo sacrificio de la Misa, y cuando Jesús les apareció en el cenáculo el domingo de Pascua, y sopló sobre ellos, dándoles el Espíritu Santo para el perdón de los pecados en el confesionario.

La Iglesia, como instrumento visible de la conspiración divina de amor ha sido siempre el blanco de la conspiración diabólica, actuando por enemigos exteriores, sociedades humanas temporales que persiguen la Iglesia de fuera, y también actuando de dentro por los discípulos de Judas Iscariote para corromperla.

Todo el drama de la historia humana, desde el tiempo de Cristo, ha girado alrededor de la Iglesia. Todo el drama de la historia humana ha sido el drama de conflicto y combate entre la conspiración divina de amor santo y la conspiración diabólica del amor egoísta. Siempre la Iglesia se encuentra al centro del drama.

La Iglesia se encuentra al centro del drama, pero la Iglesia se representa sobre todo por la bienaventurada Virgen María, la santa y inmaculada Madre de Dios, por causa de su fe, su pureza, su santidad, y su victoria completa sobre el diablo. Todo este drama se reveló al inicio de las Escrituras en la enemistad que Dios puso entre la Mujer junto con su descendencia y la serpiente junto con su descendencia, (cf. Gen 3,15) y al fin de las Escrituras en la oposición entre la Mujer vestida con el sol y el dragón rojo. (Ap 12,1-6)

La Iglesia también ha recibido la promesa, en la persona de San Pedro, que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (Mt 16,18)

Las puertas del infierno prevalecieron contra el antiguo Israel el momento en que el Sumo Sacerdote condenó a Jesús, el Hijo de Dios, por blasfemia. En caso del nuevo Israel, Jesús prometió, Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos. (Mt 28,20) Su unión indisoluble con su humanidad sagrada y su unión con su esposa la Iglesia, por medio de su humanidad sagrada, son la garantía que la Iglesia permanecerá fiel hasta el fin.

Las puertas del infierno no van a prevalecer contra la Iglesia porque no prevalecieron contra Cristo mismo. Sin embargo, pueden tener su momento de triunfo visible en este mundo; en este mundo la Iglesia puede ser crucificado y morir, junto con su Señor. En este momento, vendrá el juicio de Dios y la Iglesia va a resucitar de los muertos.

Esto, entonces, es la ‘teología de la conspiración’ que viene de la conspiración original de la santísima Trinidad y ilumine los eventos grandes y pequeños de la historia en que vivimos. Por medio de la Iglesia todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus planes. Porque a los que Dios conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos. (Rm 8,28-29)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.