Domingo de Pascua

Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 4 de abril, 2021

Jesucristo es el Vencedor y Conquistador del pecado y de la muerte. Esto es nuestra fe.

Por su sufrimiento y muerte en la Cruz él dio un sentido y un propósito a nuestro sufrimiento y muerte; por su resurrección de los muertos él ha desnudado la muerte de su poder.

Jesucristo es el Vencedor y Conquistador de la muerte.

La luz de la resurrección revela la falta de la fe en el mundo de hoy y, por desgracia, la falta de la fe entre los cristianos. Es fácil comprender porque los que no creen en Cristo sufren de pánico y preocupación por causa de la pandemia, que en perspectiva histórica no es muy grave, pero ¿por qué tantos cristianos se han dejado llevar por el miedo? ¿Es solamente por causa de aceptar la propaganda que nos habla de la posibilidad remota de infectar a alguien?

Jesucristo es el Vencedor y Conquistador de la muerte.

Esto no quiere decir que debemos descuidar de nuestra vida en este mundo, ni de la vida de los demás, pero significa que tenemos que guardar una proporción justa. Debemos recordar que ni la vida en este mundo ni la salud es un valor absoluto. Esto es bueno porque la vida en este mundo siempre está expuesto a riesgo y peligro. Siempre tendremos algo para sufrir aquí.

También Jesucristo es el Vencedor y Conquistador del pecado.

Si queremos tomar parte en su victoria sobre la muerte, tenemos primero tomar parte en su victoria sobre el pecado; tenemos que dejar que el conquiste el pecado en nuestra vida. Sin embargo, no podemos conquistar el pecado en nuestra vida, ni por la ayuda de la gracia de Dios, si nuestra visión queda limitada por esta vida; no podemos vencer el pecado si seguimos la moralidad del mundo.

Hay muchos cristianos que no dejen que la victoria de Jesús sobre la muerte toque su vida de una manera efectiva y por eso acaban por seguir la moralidad del mundo.

La moralidad del mundo se llama ‘utilitarismo’. Esta moralidad juzga lo bien y lo mal por la utilidad mundana. Siendo que los bienes de este mundo son limitados y en conflicto, siempre misturados con los malos mundanos, el utilitarista busca un máximo de bien con un mínimo del mal. Lo mas noble va a buscar esto no solamente para si mismo sino para todos. Así la norma de la moralidad utilitarista es ‘el mayor bien para el mayor numero.’ Es el calculo de un empresario extendido para toda la vida humana.

El calculo utilitaria se encuentra a raíz de unos argumentos comunes en favor del aborto legal. Por ejemplo, si dice que es mejor permitir el aborto que multiplicar el numero de niños no son queridos. O si dice que es mejor permitir el aborto legal y promover políticas que van a reducir el numero de abortos por reducir la pobreza. Actualmente, los proponentes fanáticos del aborto usan estos argumentos solamente para debilitar la resistencia.

Hay un gran supuesto en el calculo utilitario: supone que hay una medida común según la cual puede medir todos los bienes y los males. Esto supuesto contiene otro supuesto escondido, el supuesto de un materialismo completo; esto quiere decir que todo lo que existe es la realidad física y material.

Una vez que reconocemos que existe también la realidad espiritual que es infinitamente superior a la materia, podemos también comprender que no hay proporción entre el bien espiritual y el bien material.

Jesús preguntó: ¿De que le serviría a uno ganar el mundo entero si pierda su propia alma? (Mt 16,26) El materialista contesta: “¿Qué alma?” Sin embargo, el materialista nunca pudiera poner su pregunta si no tuvo un alma racional y espiritual. Un chimpancé no puede poner esta pregunta.

Una vez que reconocemos la realidad del alma espiritual y por eso el bien espiritual, esto cambia todo. Podemos reconocer que por consecuencia la salvación es mas grande que todo bien temporal que pasa. Podemos reconocer que por consecuencia cada pecado voluntario, que mancha el alma espiritual, es un mal mayor que el sufrimiento físico mas grave y incluso la muerte misma.

Fortalecidos por este conocimiento podemos rechazar el calculo utilitario que exige siempre que escogimos un bien misturado con el mal, pues esto es el carácter de las cosas físicas. Antes debemos escoger el bien espiritual, que no se mezcla con el mal. Esto permite que aceptamos el sufrimiento físico como una parte de la vida en lugar de considerarlo como un mal puro que debemos evitar tanto como posible.

Jesucristo es el Vencedor y Conquistador del pecado y la muerte.

Él conquistó la muerte por su resurrección corporal. Por su resurrección nos enseña que nuestro mismo cuerpo material es destinado para una transformación espiritual, destinado ser transformado por la gloria de Dios. De esta manera él también nos enseña de la verdadera dignidad de nuestro cuerpo aquí en la tierra. Pues nuestro cuerpo, que se destina a la resurrección ya debe ser templo del Espíritu Santo. (cf. 1 Cor 6,19)

Hay tantas veces que hemos escuchado: “Mi cuerpo. Mis decisiones.”

La afirmación se hace en respeto al aborto; la mujer dice que su bebe todavía no nacido es parte de su cuerpo. Esto es falso. Pero, tampoco es totalmente la verdad vindicar el derecho absoluto sobre ‘mi cuerpo’. San Pablo escribe: Ya no se pertenecen a sí mismos. Ustedes han sido comprados a un precio muy alto – este precio es la preciosísima Sangre de Jesús – procuren, pues que sus cuerpos sirvan a la gloria de Dios. (1 Cor 6,19-20)

Esto vale sobretodo para aquellos cuyos cuerpos fueron consagrados por las aguas del bautismo. Sin embargo, Cristo derramó su Sangre por todos y llama a todos al bautismo como también llama a todos al banquete celestial. Por eso, por derecho de su conquista, todos pertenecen a él.

Por eso debemos usar nuestro cuerpo, masculino o femenino, no según nuestro capricho, sino según el designio de Dios.

En las palabras de San Pablo: Que no reine, pues, el pecado en su cuerpo mortal hasta el punto de quedar sometido a sus apetitos; ni ofrezcan tampoco sus miembros como armas perversas al servicio del pecado, sino más bien ofrézcanse a Dios como lo que son: muertos que han regresado a la vida; y hagan de sus miembros armas para la justificación al servicio de Dios. No tiene por qué dominarlos el pecado, ya que no están bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia. (Rm 6,12-14)

Esto es la vida nueva que nos fue dado por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

¡Cristo ha resucitado, aleluya!

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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