Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

Padre Joseph Levine; 28 de marzo, 2021

El domingo pasado hablé de la intensidad de los sufrimientos de Cristo y de su muerte, la grandeza de la persona que sufrió y murió por nosotros, que era el mismo Hijo de Dios, y lo bien inestimable que él nos llevó: el perdón de los pecados, la vida de la gracia, y la salvación eterna en la visión de Dios. Todo esto también revela la gravedad de nuestros pecados porque Cristo sufrió y murió precisamente para expiar nuestros pecados. Sin embargo, por nuestra parte no consideremos que nuestros pecados realmente son tan graves, al menos que no hemos matado a nadie.

En un discurso de radio en 1946, Papa Pio XII dijo: “Quizás el pecado mas grave del mundo de hoy es que los hombres han empezado a perder el sentido del pecado.” (Radiomensaje para la clausura del Congreso catequístico nacional de Estados Unidos celebrado en Boston, 26 de octubre de 1946) En 1946 la pierda del sentido del pecado ya empezó. Ahora el sentido del pecado ha prácticamente desaparecido por completo. Ha prácticamente desaparecido porque su relación a la Cruz de Cristo se ha perdido. Inmediatamente antes las palabras citadas el Papa dijo: “Conocer a Jesús crucificado es conocer el horror que Dios tiene de pecado; su culpa solamente pudiera lavarse por la preciosa sangre del Hijo unigénito de Dios hecho hombre.” (Ibid.)

Una definición clásica del pecado es ‘una ofensa contra Dios’. Solamente los que se preocupan por vivir en la presencia de Dios se preocupan también para evitar el pecado. Los que se preocupan por vivir en la presencia de la opinión humana realmente no se preocupan por el pecado. Solamente las personas que viven bajo el influjo del don del Espíritu Santo que se llama “el temor del Señor”, se preocupan por evitar el pecado. El don del temor es también el primero entre sus siete dones, sin lo cual los otros no pueden existir. El temor del Señor es el principio de la sabiduría. (Salmo 110[111],10)

Entonces, la pierda del sentido de pecado es una consecuencia del perdido del temor del Señor, pero la pierda del temor del Señor es consecuencia de la pierda de la fe.

Realmente no queremos considerarnos como pecadores; queremos pensar bien de nosotros mismos; queremos pensar que a hondo somos gente buena; reconocemos que hacemos cosas malas, pero pensamos que no son tan malas. Para sentir bien de nosotros mismos hacemos una comparación con otras personas pues siempre podemos descubrir a una persona que parecer aun peor. Por consecuencia, comparándonos con los demás, vivimos en la presencia de la opinión humana, no en la presencia de Dios.

Las palabras de San Pablo pueden aplicarse a nuestra situación: Siendo ignorantes de la justicia que viene de Dios y buscando establecer su propia justica, no se sometieron a la justicia de Dios. (Rm 10,3) Si tenemos razón buscando establecer nuestra propia justicia, justificándonos a nos mismos, entonces Cristo murió sin utilidad. (Gal 2,21)

El pecado con toda su maldad se revela en la presencia de la Cruz de Cristo, el Hijo de Dios. Hay los sumos sacerdotes quienes, por una malicia intensa y una hipocresía completa, motivados por la envidia, falsificaron su oficio y condenaron a Cristo, el Hijo de Dios, por la blasfemia. Pero también hay sus servidores quienes, siguiendo el ejemplo de sus maestros, acusan a Pedro de ser uno de los discípulos y se unan a los insultos contra Cristo mismo. Hay Poncio Pilato, que se preocupó por encontrar una solución practica, una ventaja política, pero no se preocupó por la verdad y la justicia, y acabó condenando a la muerte a un hombre que sabía era inocente. Hay sus soldados que se divirtieron por azotar a Jesús brutalmente y burlaron de él imponiendo la corona de espinas en su cabeza. Hay la muchedumbre, quien elogió a Jesús en su entrada en Jerusalén, pensando que él iba llevar a cabo sus ambiciones mundanas, pero al verlo en el poder de Pilato gritaron, ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Hay los mismos discípulos de Jesús que huyeron por miedo. Hay los que pasaron por acaso y sin saber nada se juntaron en los insultos contra el crucificado.

Siempre, de una manera u otra, la elección humana está implicada por parte de todos los que tienen parte en el drama. Probablemente cada uno hace para si una disculpa, al menos diciendo que su decisión no fuera tan mala o que no pudiera hacer otra cosa. Entre la gente que estuvieron presentes ese día podemos encontrar una reflexión de nuestras decisiones y de nuestros pecados. Puede ser nada mas que las decisiones que se encuentran a la raíz de nuestra negligencia y descuidado. O las decisiones que se encuentran a la raíz de nuestra falta de tomar a serio a Dios. Estas decisiones se encuentran al origen de nuestra falta del sentido del pecado.

Sin embargo, nuestro pecado, aunque sea grande, no es el fin de la historia.

Volviendo a las palabras de Papa Pio XII: “Conocer a Jesús crucificado es conocer el horror que Dios tiene de pecado; su culpa solamente pudiera lavarse por la preciosa sangre del Hijo unigénito de Dios hecho hombre.”

Si aceptamos tomar a Dios a serio, si aceptamos tomar el pecado al serio, si tenemos la voluntad de arrepentirnos y ofrecer a Dios el sacrificio de un corazón humillado y contrito, entonces la Sangre de Cristo es mas que suficiente para limpiarnos de nuestros pecados, transformar nuestro corazón, y elevarnos a las alturas de la santidad.

San Juan escribió que la Sangre de Cristo nos purifica de todo pecado … si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad.

El amor de Cristo en la Cruz es mas grande que nuestra malicia en crucificarlo.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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