Epifanía

Epifanía

Padre Joseph Levine; 3 de enero, 2021
Lecturas: Is 60,1-6; Salmo 71,1-2.7-8.10-13; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12

Hoy celebramos la solemnidad de la Epifanía. La palabra ‘epifanía’ significa ‘manifestación’ o ‘revelación’. Hoy celebramos la manifestación a las naciones, representados por los reyes magos, de la divinidad de recién Nacido. Hoy celebramos el resplandor de la luz de Cristo, que está entrando en un mundo oscurecido por el pecado y la ignorancia.

Hoy las lecturas para la Epifanía nos dan una profecía y su cumplimiento. Sin embargo, si comparamos el cumplimiento que cuenta el evangelio de hoy parece muy poco en comparación con la profecía misma de Isaías que acabamos de oír. Esto es porque el evangelio nos cuenta solamente el inicio, las primicias.

Hay personas que me han escuchado decir que es siempre necesario empezar con el fin. Esto quiere decir que debemos saber a donde vamos antes que empecemos el viaje; es necesario tener al menos una idea de la la meta antes que emprendemos la obra. Los reyes magos siguieron la estrella porque supieran que la conduciría a los pies del Salvador del mundo.

Entonces, si queremos entender un poco de lo que Dios está haciendo en el mundo, debemos saber algo de su propósito, su meta. La sagrada Escritura, que nos revela el plan de la providencia divina, tiene un inicio y un fin – el libro de Génesis y el libro del Apocalipsis. Los primeros dos capítulos de Génesis nos enseñan del inicio, la creación del mundo y del hombre en el mundo; los dos últimos capítulos del Apocalipsis nos enseñan del fin, la obra perfecta, anticipada ya en el séptimo día de Génesis. A luz del cumplimiento del plan de Dios, revelado en el libro del Apocalipsis podemos entender mejor tan la profecía y el cumplimiento de las lecturas de hoy.

El Apocalipsis nos revela que el fin tiene un nombre, se llama “Jerusalén”. No es la Jerusalén terrestre que al final es símbolo de la realidad celeste; antes es la misma realidad celeste, la nueva y eterna Jerusalén.

El profeta dijo de Jerusalén: Ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. En la culminación de su visión apocalíptica, San Juan vio la ciudad Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios, resplandeciente de gloria. (Ap 21,10-11) Y, la ciudad … no necesita ni sol ni luna que la alumbren; la ilumina la gloria de Dios y su antorcha es el Cordero. (Ap 21,22.23)

El profeta dijo de Jerusalén, Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora. … te traigan las riquezas de los pueblos. San Juan dijo de la nueva Jerusalén, A su luz caminarán las naciones, y los reyes de la tierra vendrán a ofrecerle sus riquezas. (Rev 21,24)

¿Qué quiere decir que las naciones caminarán a la luz de Jerusalén?

El destino del viaje ilumine el camino. Cuando sabemos a donde vamos, tenemos luz; cuando no lo sabemos, caminamos en las tinieblas.

Muchas personas caminan en las tinieblas porque no saben el propósito para que fueron creados. Por eso, tampoco saben el verdadero sentido y propósito de nada en la vida humana. Dan importancia a cosas, eventos, y personas, siguiendo su imaginación o la opinión popular; no pueden justamente distinguir entre lo bien y lo mal. Al final buscan ilusiones. (cf. Sal 4,3)

Jesús, el Hijo de Dios, que ilumina a Jerusalén, dijo, Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino tendrá la luz de la vida. (Jn 8,12) Luego después dijo, Sé de donde vengo y a dónde voy. (8,14) Esto es el carácter de la luz espiritual. Al contrario, El que camina en la oscuridad no sabe a donde se dirige. (Jn 12,35)

Sin embargo, no es solamente las personas que deben caminar a la luz de Cristo, sino las naciones. Nuestra nacionalidad es parte de nuestra identidad, quien somos. Al final, habrá varones y mujeres de todas las naciones reunidos en la nueva Jerusalén. De la perspectiva de la eternidad, los verdaderos americanos, o mexicanos, o alemanes serán los que habitan en la Jerusalén celestial.

Y ¿los reyes y las riquezas?

Las verdaderas riquezas son las riquezas interiores del corazón que se encuentra en la pobreza del espíritu que recibe todo de Dios. Solamente los pobres de espíritu, que reconocen su pobreza y impotencia absolutas en la presencia de Dios, pueden entrar en el reino de los cielos. (cf. Mt 5,3; Ap 3,17-19)

Los cristianos, que son pobres de espíritu, son la verdadera riqueza de las naciones. Los reyes verdaderos, entonces, son los que conducen su pueblo al Jerusalén celestial.

Por eso, si pudiéramos ver al mundo como Dios lo ve, veríamos las personas que juntos están caminando a la luz de Jerusalén hacia la unión con Dios en la misma ciudad. También podríamos ver los que vagan en las tinieblas. Unos van atacando a los peregrinos mientras están caminando hacia la ciudad celestial; unos vagan sin propósito, sin saber a donde van; unos corren descuidados para bajo, como esquiadores, ciegos a la destrucción que los espera a ellos al fin.

Sin embargo, no podemos ver la realidad como Dios la ve. En esta vida, solamente podemos ver el signo o sacramento, no la realidad misma.

Ahora, a la luz del cumplimiento pleno en la ciudad celeste podemos considerar el cumplimiento de la profecía que empieza cuando los reyes magos llegan, no en Jerusalén, sino en Belén. Pues a donde quiere que esté Jesús, el Cordero de Dios, por medio de quien rendimos culto al Padre en espíritu y verdad, ahí siempre está el lugar de la verdadera Jerusalén. (cf. Jn 4,23-24)

El evangelio no nos dice que los magos eran reyes, pero la visita de los magos luego fue entendida como cumplimiento de la profecía de Isaías; por eso fueron considerado como reyes.

Antes que Cristo viniera, Dios se conoció solamente entre el pueblo judío y su único templo era en Jerusalén. La profecía de Isaías habló que las otras naciones del mundo, los gentiles, iban venir para adorar a Dios en Jerusalén. Entonces, los magos, como reyes de las naciones, eran las primicias del cumplimiento de la profecía. Vinieron de las naciones a Jerusalén para proclamar su propósito; después se fueron a donde estaba Jesús para cumplir su propósito, ofreciéndole las riquezas de las naciones en los regalos de oro, incienso, y mirra.

Las riquezas materiales que ellos ofrecieron fueron signo de la riqueza interior del corazón, el oro de la caridad, el amor a Dios, el Rey; el incienso de la fe, que da honor a Jesucristo, el Hijo de Dios; y la mirra de la esperanza en medio del sufrimiento y muerte, unido al sufrimiento y muerte de Jesús, anticipando la resurrección y la vida de la Jerusalén celeste.

En el antiguo testamento encontramos eventos que también sirvieron como profecías vivas de Jesucristo y su Iglesia, en su peregrinación por el mundo y en la gloria de la Jerusalén celeste. Cuando los reyes magos llegaron en Belén, la profecía viva toca el cumplimiento, porque los magos llegaron a Jesús mismo, que es el cumplimiento de toda la profecía. Sin embargo, como primicias, su visita queda como una profecía viva del cumplimiento futuro en la Iglesia.

El cumplimiento visible en este mundo se realiza primero en los sacramentos, sobre todo en la sagrada Eucaristía.

Una definición clásica del sacramento nos dice que es un signo visible de una gracia invisible. (Catecismo del Concilio de Trento; San Bernardo, Sermón de la Cena del Señor, c. 2) Son signos eficaces instituidos por Cristo; esto quiere decir que producen la gracia que significan. (cf. CIC 1131) O podemos decir que Cristo mismo, actuando por medio de los sacramentos, nos da su gracia. La gracia, como he dicho repetidamente, es una verdadera participación de la vida y naturaleza de Dios; es un don divino que nos transforma interiormente y nos hace verdaderamente hijos de Dios. Nacimos a la vida de la gracia por el bautismo y en la sagrada Eucaristía Jesús mismo nos alimenta la vida de gracia en nosotros.

A la luz de la profecía de Isaías podríamos hablar de un sacramento como un cumplimiento visible de la profecía que produce el cumplimiento interior de la gracia, que lleva al cumplimiento completo en la Jerusalén celeste.

Por eso, la Misa, la celebración de la sagrada Eucaristía, sobre todo, es como un sacramento de la Jerusalén celeste. Porque Jesús está aquí en la sagrada Eucaristía, Jerusalén está aquí.

Por ese, debemos venir a la Misa como los reyes magos, trayendo lo mejor que tenemos para dar, tan exteriormente como interiormente. Sin embargo, lo mas importante es la ofrenda interior del oro de la caridad, del incienso de la fe, y de la mirra de la esperanza.

Sin embargo, hay una imperfección en el orden sacramental. Cuando se da un sacramento sabemos que se da la gracia, pero no sabemos si la gracia se recibe. El signo es perfecto con relación a Dios, que lo da, pero no con relación al hombre, que lo recibe.

La gracia de la Eucaristía solamente puede recibirse por los que están viviendo en la gracia de Dios, practicando la fe, la esperanza, y la caridad. Los que comulgan en estado de pecado mortal, privados de la gracia de Dios, reciben solamente la forma exterior del sacramento y no la gracia interior. Cometen un sacrilegio por causa de su comunión indigna. Vinieron al banquete no como los reyes magos, sino como espías de Herodes. De fuera no podemos reconocer por cierto quien son los espías y quien los reyes magos.

Por consecuencia, la asamblea de los fieles en la sagrada Eucaristía es un signo visible de la asamblea de los santos alrededor del trono del Cordero en el cielo, pero un signo imperfecto.

En la Jerusalén celeste, después de la resurrección de los muertos, la gloria del cuerpo será una manifestación perfecta de la gloria del alma. Todos que están allá serán verdaderamente ciudadanos de la ciudad celeste. En la asamblea de la Misa, todos los bautizados representan la realidad invisible de Jerusalén, pero no todos comparten la realidad que representan. Todos no son ciudadanos de la ciudad celeste; antes, unos son mas como ciudadanos de la ciudad de Herodes.

Hay otro cumplimiento importante en la historia de la Iglesia: a partir del 4º siglo la historia nos muestra una procesión larga de reyes, conduciendo sus pueblos a los pies de Cristo, llevando lo mejor que pudieran ofrecer.

Estos reinos cristianos fueron como una transformación sacramental del mundo temporal, haciendo que el reino entero se convirtió en un tipo de signo sagrado de la ciudad celeste. A menudo los reyes fueron coronados o incluso ungidos en un rito litúrgico en la Iglesia. Sin embargo, esto fue diferente de un sacramento en sentido propio, porque el reino sacramental fue un signo, pero no una causa, del reino de la gracia. Los últimos reinos sacramentales desaparecieron en la primera parte del 20º siglo.

¿Por qué hablar ahora de los reinos sacramentales? ¿No es que ahora pertenecen al pasado?

Porque fueron un verdadero cumplimiento de la profecía que lleva consigo la promesa de un cumplimiento mayor, sea en este mundo o el mundo que ha de venir.

Además, su ausencia revela la pobreza del mundo contemporáneo. El mundo contemporáneo nos dice que la etapa de los reinos sacramentales fue una etapa de oscuridad y opresión. Actualmente la Iglesia misma parece ahora avergonzada por su propia historia.

Sin embargo, en el reino sacramental, el mundo humano se llenó de signos visibles y recuerdos de la presencia y realidad de Dios: en la arte y arquitectura, en las instituciones humanas, y incluso en la vida política. Ahora vivimos en un mundo humano que siempre mas es desnudada de todo que puede recordar la gente de Dios, todo lo que puede elevar la mente y el corazón a Dios. El reino sacramental fue transparente a la luz de Dios, como un vitral. El mundo moderno es opaco a la luz de Dios, como un casino está cerrado a la luz del sol.

La comparación de la arte y arquitectura revela mucho. La arte y arquitectura mas hermosa en toda la historia fue hecho en los reinos sacramentales. La arte y arquitectura mas brutal y feo es la arte y arquitectura moderna.

Al final, por desgracia, si consideramos el interior muchos de nuestros templos, que deben ser refugios del ruido y del feo del mundo, descubrimos que en lugar de la realidad sacramental de la Eucaristía cambiando el mundo afuera, el mundo sin Dios está cambiando nuestros templos y incluso lo que sucede por dentro.

La historia de los reinos sacramentales nos muestra un cumplimiento imperfecto de la esperanza de la Epifanía y revela que hoy vivimos en un mundo que podemos llamar ‘anti-Epifanía’.

Y ¿A dónde va todo esto?

Primero, debo decir que la corrupción de un mundo sin Dios ha avanzado tanto que humanamente estamos impotentes. No podemos ahora hacer nada para cambiarla. Lo único que podemos hacer es agarrar la fe que hemos recibido. Solamente podemos vivir en fidelidad al don que hemos recibido. La fidelidad sobre todo debe vivirse en dos lugares, en la liturgia y en la familia. Si el sacramento no está transformando el mundo publico, al menos debe transformar el mundo domestico de la familia.

Cuanto a nosotros, somos impotentes pero Dios siempre es omnipotente. Realmente es importante reconocer que hemos hecho una ruina tanta de su mundo que ahora solamente él puede liberarnos y salvarnos de lo que hemos hecho. Debemos vivir en la esperanza de una nueva y mayor Epifanía. El cumplimiento del pasado es una promesa de un cumplimiento mayor que ha de venir.

¿Qué va a suceder?

Veo dos posibilidades. O el Anticristo va a manifestarse y establecer su reino, el reino anti-sacramental, que será derrotada por la venida de Cristo y el juicio que conducirá a la revelación final de la nueva Jerusalén. O vamos a pasar por una purificación dolorosa que nos conducirá a un triunfo en la tierra del Corazón Inmaculado de María y un nuevo reino sacramental, uno que será mas puro y mas largamente divulgado que los reinos antiguos, y mas semejante a la Jerusalén celeste.

 

 

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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