Homilía 28a semana del tiempo ordinario

Nuestras posesiones no nos definen. No nos hacen quienes somos ni nos dan nuestra identidad o estatus en relación con Dios. Las cosas que hemos entendido y usado reflejan adecuadamente a Dios, quien nos las da. Y debemos reflejar a Dios, quien nos da nuestra vida e identidad. Somos sus hijos. Pertenecemos a Dios, pero Dios no nos posee como tratamos de poseer los dones que nos da. Dios no necesita esas cosas y no nos necesita a nosotros. Hace algo mucho más grande que necesitarnos. Dios nos ofrece el regalo más grande de todos si decidimos aceptarlo. El don de amar como Él ama. “Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme.” (Marcos 10: 21) “Hijitos ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” (Marcos 10: 24b) Jesús dice que no podemos entrar al cielo por nosotros mismos, pero no es imposible porque Dios nos ayude y guíe allí. Para eso vino Jesús al mundo. Pedro todavía no entendía cuando se quejó a Jesús de que ” lo hemos dejado todo para seguirte”. (Mc 10: 28b) Sabemos por lo que sucedió con Pedro que luego negó a Jesús tres veces. Todavía no estaba listo para seguir a Jesús hasta el final. Estaba en camino, pero no del todo. No estaba listo para recorrer todo el camino hasta que Jesús sufrió Su Pasión y resucitó de entre los muertos. Entonces Jesús le preguntó a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». (Jn 21: 15b) Jesús le preguntó a Pedro tres veces. Probando el amor de Pedro hizo que Pedro recordara el amor de Jesús que lo hizo capaz de amar como Dios lo hace. Pedro fue llamado a compartir este don con todos los demás. “Apacienta mis corderos”. “Apacienta mis ovejas”. “Apacienta mis ovejas”. “Sígueme.” (Jn 21: 15c, 16c, 17c, 19c) La vida de Pedro reflejaría entonces la vida de su maestro, su SEÑOR, su amigo, su Dios. “Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.” (Juan 21:18)

 

Llénanos de tu amor por la mañana
y júbilo será la vida toda.
Alégranos ahora por los días
y los años de males y congojas.
Haz, Señor, que tus siervos y sus hijos
puedan mirar tus obras y tu gloria.
Que el Señor bondadoso nos ayude
y dé prosperidad a nuestras obras. (Sal 90: 14-17)

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano. (Sal 95: 6-7)

Viva, ame, sirva y sacrifique como nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

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