Homilía 32 semana del tiempo ordinario

Recuerdo haber ido a la clínica o al médico cuando era niño para recibir una vacuna. Al principio tenía miedo y luché contra él. La pelea lo hizo peor de lo que era. Cuando me rendí, no dolió tanto como cuando luché contra él. Cuando confiaba en que mis padres y el médico o la enfermera pensaban lo mejor para mí, entonces era aceptable. Entonces pude tolerar el dolor. El refrán dice que “solo se vive una vez”. Este refrán mundano sugiere que debes consumir tanto como puedas antes de morir. Vi a un letrero en el cafe en la farmacia del centro de Hermiston. El letrero decía: “Come bien, haz ejercicios, muere de todos modos”. Ambos dichos abordan la vida y la muerte. Ambos dichos expresan actitudes pesimistas. Ambos dichos implican que no puedes ganar porque la muerte no puede ser derrotada. La mentira es que no hay reglas, no hay bien o mal, no hay virtudes que importen, y especialmente no hay la “regla de oro”. Se convierte en una vida donde “perro come perro” y en una en que – “el que muere con más juguetes, gana”. Deben evitarse el dolor y el sacrificio a menos que exista un riesgo calculado aceptable de ganancia material por el tiempo limitado. Eso es hedonismo: es la vida sin dolor, la vida con lo más placer, la vida con la mayor ganancia material. “¿Qué provecho tenemos de todo el trabajo que trabajamos bajo el sol?” (Eclesiastés 1: 3). La respuesta propuesta es negativa: no es posible una ganancia absoluta. Incluso si se logra alguna ganancia temporal, finalmente será cancelada por la muerte, el gran nivelador (cf. Ecl 2: 14-15; 3: 19-20).
La espiritualidad cristiana tiene una visión opuesta. En un mundo de pecado, el dolor es inevitable, pero el dolor se puede soportar y superar. El dolor sufrido por un bien mayor es sufrimiento por la gloria de Dios, que salva el alma. Solo mueres una vez, pero puedes vivir para siempre. Dar tu vida para salvar a otros conduce a la vida eterna. (cf. Jn 15,13) La vida en Dios es la recompensa de una vida temporal bien vivida por el amor a Dios y al prójimo. “Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si la vida en este cuerpo me permite seguir trabajando fructuosamente, ya no sé qué elegir. Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo.” (Filipenses 1: 21-24) Dale a Dios todo lo que tienes. Él te da Su amor desde el principio, y deberías estar feliz con lo que Él te ofrece al final si le devuelves Su amor: la vida eterna. El que muere por haber amado más, gana. ¿Quién ama más? Jesucristo nos ha mostrado que Dios lo hace. Pero no es una contienda entre Dios y nosotros. Dios no quiere golpearnos o derrotarnos. Dios no compite con nosotros. Dios conquistó el pecado y la muerte para liberarnos. Dios gana nuestro amor con Su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Qué más podría desear un alma? Amamos porque Él nos amó primero. (cf.1 Jn 4,19)
“Esto dice El Señor:
El pueblo que se salvó de la espada
enfrenta la calor del desierto,
Israel se está dirigiendo
al lugar de su reposo.
De lejos El Señor se le apareció:
‘Con amor eterno te he amado,
por eso prolongaré mi cariño hacia ti.
Volveré a edificarte
y serás reedificada, virgen de Israel.’” (Jer 31: 2-4)

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