Jueves Santo

Jueves Santo

Padre Joseph Levine; 1 de abril, 2021

El Jueves Santo es una luz en medio de las tinieblas de la Semana Santa.

El Jueves Santo viene a nosotros por medio de los Apóstoles. O mejor, de la última cena, por medio de los Apóstoles, recibimos la Misa, la sagrada Eucaristía, el sacerdocio, y el mandamiento de Jesús para amar el uno al otro como él nos ha amado.

Mucha gente piensa que la Misa es una conmemoración de la Última Cena. Actualmente esto es un equívoco. La única Misa en que se conmemora la Última Cena es la Misa de hoy, la Misa de Jueves Santo. Por si mismo, la Misa conmemora el sacrificio que Jesús ofreció en la Cruz y que fue completado por su resurrección y ascensión a la derecha de su Padre.

En el himno ‘Pange Lingua’ que se canta durante la procesión después de la Misa San Tomas de Aquino quiere que cantemos: “En la noche de la Última Cena, sentado a la mesa con sus hermanos, después de observar plenamente, la ley sobre la comida legal, se dan con sus propias manos como alimento para los doce.” Y, “La antigua imagen ceda el lugar al nuevo rito.”

La Última Cena era una comida pascual judía, celebrada según la ley de Moisés. En el contexto de esta comida, Jesús entregó a sus Apóstoles un nuevo rito para que ellos pudieran entregarlo a su Iglesia, en conmemoración de si mismo, de su sacrificio de la Cruz, como alimento para la vida de la gracia, la vida del alma, y como prenda y anticipación de la vida eterna; esto es la sagrada Eucaristía, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Históricamente, el rito de la Misa luego se separó de la pascua judía. Se separó de cualquier comida común por la ley del ayuno eucarístico. Pronto se vistió por un rito sacrificial, semejante a la liturgia del templo judío. El tiempo de celebración se cambió de las vísperas para la mañana. Se junto a una celebración de la palabra de Dios, semejante al servicio de la sinagoga judía.

La Misa, que viene a nosotros de Jesús, por medio de los Apóstoles, y por el sacerdocio, revela el carácter jerárquica y tradicional de la Iglesia.

La Misa revela el carácter tradicional de la Iglesia. Es muy significante que en la 2ª lectura de hoy, San Pablo escribe, Yo recibí del Señor lo mismo que les he trasmitido. La Misa no es algo que inventamos, sino una realidad que recibimos de la Tradición de la Iglesia. Incluso, diría que la Misa es la Tradición central de la Iglesia por la cual, sobretodo, “la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.” (Vatican II, Dei Verbum 8)

La Misa también revela el carácter jerárquico de la Iglesia. Nuestro Señor no celebró la Última Cena con todos los discípulos, pero solamente con sus Apóstoles escogidos. El no confió la sagrada Eucaristía a todos los discípulos, sino solamente a los doce Apóstoles. Desde los Apóstoles este misterio muy grande se pasó para los obispos y sacerdotes. Solamente un sacerdote tiene el poder y la autoridad para celebrar la Misa, para servir como instrumento vivo en las manos de Cristo, el sumo sacerdote, en cambiar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre y ofrecer estos dones como sacrifico al Dios Padre. Toda la autoridad del sacerdocio (de obispo y sacerdote) sea para enseñar o para gobernar la Iglesia, y también para administrar los demás sacramentos, sirve el poder sagrado que fue dado para la celebración de la Misa.

Por consecuencia la Iglesia no es jerárquica solamente en el orden de la enseñanza, sino aun mas en el orden de la comunicación de la gracia. La fe, que recibe la enseñanza, abre la puerta para la gracia, que es la vida que recibimos en el Espíritu Santo, la vida que nos conduce a la vida del cielo. La gracia, la vida de Dios a que estamos llamado a participar, se comunica a nosotros jerárquicamente, viniendo de la santísima Trinidad, por medio de la sagrada humanidad de Jesucristo, nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro Sumo Sacerdote, y por medio del sacerdocio sacramental.

Hoy en día las personas quieran la fraternidad, pero no la paternidad que da origen a la fraternidad; quieren la igualdad, pero no la autoridad que hace posible una verdadera igualdad.

De veras, lo que viene a nosotros jerárquicamente nos establece en la igualdad mas noble, la fraternidad mas noble, pues todos recibimos lo mismo Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Por él, todos nos hacemos participes de la misma vida de la gracia, aunque no la participamos según el mismo grado ni de la misma medida.

El sacerdote es privilegiado, podemos decir, en el orden de la comunicación de la gracia, que impone sobre él una responsabilidad inmensa, pero el sacerdote no es privilegiado en la misma vida de la gracia, la que sirve. El ejemplo mas alto de la vida de la gracia es la santísima Virgen María, llena de gracia, que no era sacerdote. Después de ella viene San José, que no era sacerdote.

¡Qué los sacerdotes cuidaran del Cuerpo eucarístico de Cristo semejante que José cuidó de su Cuerpo físico!

La herencia común de la vida de la gracia, recibida de Jesucristo, es el fundamento del mandamiento que él se llama ‘suyo’: que se amen mutuamente como yo los he amado. (Jn 13,34)

El cristiano, San Pablo, nos dice, debe hacer lo bien a todos, pero especialmente a los que pertenecen a la familia de la fe. (Gal 6,10)

Es por recibir el don del amor del Señor en la sagrada Eucaristía, por reconocer la grandeza del don, por reconocerse al uno el otro como copartícipes del mismo don, que nos hacemos capaces de cumplir el mandato del Señor. Nuestra vida como hermanos y hermanas en Cristo se funda sobre el reconocimiento común de lo que ha hecho por nosotros y lo que nos ha dado. Todo esto se resume en la celebración de la Eucaristía.

En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros. (Jn 13,35) Esto es el fruto de nuestra participación común en el santo sacrificio de la Misa. Esto es porque la celebración del Jueves Santo, conmemorando la institución de este sacramento entre la intimidad de los Apóstoles, es una celebración tan intima. No es algo para mostrar a los que están afuera, sino algo para compartir entre nosotros. No es la celebración que debe verse, sino el fruto de la caridad cristiana entre los hermanos lo que debe atraer a otros para saber que es nuestro don escondido y para desear unirse a la familia de la fe.

San Juan escribió a los que ya creyeron para que pudieran estar en comunión con los apóstoles, quienes estuvieron en comunión con el Padre y su Hijo, Jesucristo, esto es en estar en comunión con la santísima Trinidad. (cf. 1 Jn 1,3) Nuestra comunión mutua en la santísima Trinidad, por medio de la Misa, debe ser tal que la gente quiere tomar parte.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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