Mensaje Para Corpus Christi

Mensaje Para Corpus Christi

Padre Joseph Levine, 14 de junio, 2020
Lecturas: Deut 8,2-3.14-16; Salmo 147,12-15.19-20; 1 Cor 10,16-17; Jn 6,51-58

Primero la verdad: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Jesucristo es Dios, el Hijo de Dios. De su boca sale la palabra creativa: Esto es mi cuerpo … este es el cáliz de mi sangre. Creyendo en la palabra vivimos por la palabra y nos alimentamos por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Pan de la Vida, el verdadero maná del cielo.

Si vivimos por su palabra – tan la palabra creativa que, por el ministerio de los sacerdotes, cambia el pan en el Cuerpo y el vino en la Sangre, y la palabra que manda, que se amen los unos a los otros como yo los he amado – no pararemos en la simples apariencia del pan y del vino, sino entraremos en la realidad del Cuerpo y del Sangre. Entonces, el vivirá en nosotros y nosotros en él; entonces tendremos la vida por causa de él, la vida de la gracia que viene del Padre, la vida de la gracia que nos hace hijos de Dios, según la semejanza del único Hijo de Dios; entonces, el último día el resucitará incluso nuestros cuerpos mortales que se alimentaron por el sacramento.

Si … hay una caución muy importante aquí. La gente ha olvidado esta caución. Antiguamente escuchamos en esta fiesta: Cualquiera que coma este pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. Examínese, pues, a si mismo cada cual, y así coma de ese pan y beba de ese cáliz. Porque quien le come y bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación, si no discierne el cuerpo del Señor. (1 Cor 11,27-29, Epístola de la Misa de Corpus Christi, Forma Extraordinaria)

El domingo pasado escuchamos las palabras muy famosas: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único. (Jn 3,16) ¿Por qué? Para que el mundo, aquellos que se encuentran en el mundo, sea salvo por fe en él. Jesús, cuyo nombre significa ‘Salvador’ vino para la salvación, no la condenación. Sin embargo, el evangelio terminó por un mensaje grave: El que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. (Jn 3,18)

Si rechazamos lo que fue dado para nuestra salvación, la misma realidad nos lleva la condenación, por causa de nuestro rechazo.

Algo semejante sucede con la sagrada Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Dios nos entregó a su Hijo único cuando él nació de la Virgen María, vivió y enseño entre nosotros, entregó su vida en la Cruz, y resucitó de entre los muertos. Dios continua nos entregando a su Hijo único en el sacramento de la sagrada Eucaristía.

Mas una vez, lo que fue dado para nuestra salvación y vida, fácilmente se convierte en ocasión de condenación y muerte. En la secuencia de la fiesta de hoy, compuesta por San Tomás de Aquino, escuchamos: “Lo comen buenos y malos, con provecho diferente; no es lo mismo tener vida que ser condenado a muerte. A los malos les da la muerte y a los buenos les da vida. ¡Qué efecto tan diferente tiene la misma comida!”

Es evidente que la condenación viene a aquellos quienes presumen tomar el sacramento sino la fe en la realidad del Cuerpo de Cristo que contiene. También la condenación viene a aquellos que presumen tomar el sacramento con un alma manchada por el pecado mortal, contradiciendo así la caridad que el sacramento significa. Tan aquellos que no creen y aquellos que no aman, según el mandamiento de Cristo, ponen un beso de Judas en la mejilla de Cristo cuando toman el sacramento.

La promesa de la vida y salvación es dada a aquellos que, viviendo en la gracia de Dios, reciben el sacramento con una fe firme en la palabra de Cristo, una esperanza sobrenatural que se ancla en la promesa de la vida eterna, y un amor ardiente, y por eso crecen de gracia a gracia, de amor a amor, produciendo el fruto de buenas obras para la gloria de Dios Padre.

Fundados sobre la verdad del sacramento debemos avanzar para una realidad de gran consecuencia para entender lo que está sucediendo en el mundo de hoy.

Estamos viviendo en un mundo de violencia, de conflicto, y de división. Hay esfuerzos para imponer la unidad por fuerza, no persuasión, dominando y bloqueando argumentos razonables al contrario por medio de gritos y acusaciones. Los grandes medios de comunicación y gigantes de la tecnología se muestran complicitos en el esfuerzo de suprimir todo desacuerdo razonable al respecto de las ideologías poderosas.

¿Qué está sucediendo? Diría que a la raíz del problema es que los hombres no son unidos por un verdadero bien común. Aun mas no comparten una visión del bien común.

Hemos escuchado mucho recientemente “que todos estamos juntos en esto.” Esto parece como una apelación al ‘bien común’; sin embargo, no es actualmente claro que es ‘esto’ en que todos estamos juntos.

Un verdadero bien común no es como una tarta de que cada miembro de la familia recibe un pedacito, que será menor lo mas que comen de la tarta.

“Estar juntos en esto” indica algo en común, un éxito o fracaso compartido.

Esto es lo que sucede con un equipo de deporte. Todo el equipo o gano o pierde. Hay jugadores mejores y hay peores en el equipo, pero cada uno contribuye en su manera a la victoria o a la pierda. También los entrenadores contribuyen en su manera. El equipo es unido por su meta común, la victoria, y hace lo mejor no cuando cada miembro hace la misma cosa, sino cuando cada miembro hace bien su parte. La estrella puede perder el partido jugando para si mismo; un jugador de relevo puede salir del banco para hacer un juego importantísimo sin ser notado.

Miren, podemos observar que el bien común (en este caso la victoria), no exige igualdad, sino jerarquía. Sin embargo, hay un tipo de igualdad de proporción cuando cada miembro hace su parte y cada uno recibe una proporción debida de la gloria o de la desgracia.

Ahora para entender mejor el bien común en nuestras circunstancias actuales voy a considerar una frase famosa en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “Tenemos como evidentes estas verdades, que todos los hombres fueron creados iguales, que fueron dotados por su Creador con unos derechos inalienables, que entre estos son la Vida, la Libertad, y la busca de la Felicidad.”

Aquí el concepto de derechos contiene una ambigüedad, pero mas importante quizás es la ambigüedad que se encuentra en los conceptos de la igualdad y de la felicidad.

Actualmente la igualdad de resultados se sustituye por la igualdad de derechos ante la ley – sin notarse – y esto produce gritos de ‘injusticia’ y abre un abismo de descontento revolucionario. Los gritos de injusticia apelan para expresiones de solidaridad con los oprimidos. Hay una presión social sutil – o no tan sutil – que se impone; si uno no abraza los eslóganes populares de solidaridad se cuenta entre los opresores. No es permitido poner preguntas al respecto de la agenda actual de los activistas; o está con ellos o está en contra.

Esto es como se produce una revolución marxista, como la que se levanta ahora ante nuestros ojos. El agente comunista divida las personas en dos clases desiguales que siempre existen en un estado de guerra; son enemigos por la naturaleza y la amistad o reconciliación entre los dos es imposible; es la doctrina central del marxismo, la guerra entre las clases, entre los opresores y oprimidos. Podemos traducir la cualidad moral de las dos clases en un idioma cristiana diciendo que los opresores, por definición, son pecadores, mientras los oprimidos, por definición, son santos.

Mientras la revolución está en marcha, los pecadores de la clase opresora pueden redimirse, de una manera, ayudando la revolución y confesando su estado de pecado ante los oprimidos. Sin embargo, una vez que la revolución tiene éxito los victoriosos no tienen mas uso para los opresores penitentes. Además, los oprimidos descubren que fueron explotados por los intereses de lo que se convirtió en una nueva clase de opresor. Pero su situación será peor porque los nuevos opresores se identifican con la revolución y van a suprimir brutalmente todo movimiento contra-revolucionario. Así sucedió en Rusia a partir de 1917, así sucedió en China en los años de 1940, así sucedió en Cuba, así sucedió en muchos lugares.

Los comunistas dicen que los cristianos ofrecen solamente “torta en el cielo cuando muere”, pero los comunistas mismos solamente ofrecen la ilusión de una torta en el futuro, al fin del próximo plan de cinco años. De verás solamente pueden pensar de una torta que puede dividirse, que no es un verdadero bien común.

Aun mas importante es la relación del bien común con el concepto de la felicidad. Podemos preguntarnos: ¿La felicidad se encuentra en algo que nos una, que podemos compartir juntos, a que podemos caminar juntos, ayudándonos mutuamente en el camino? O ¿es la felicidad una cosa para uno y otra cosa para otro?

En el primer caso, la felicidad, o el bien en que se encuentra la felicidad, es un verdadero bien común. En el último caso no existe un verdadero bien común porque realmente no tenemos nada en común. En el último caso, no estamos juntos en esto, con excepción de maneras muy superficiales.

Por desgracia la Corte Suprema de los Estados Unidos, vindicando los ‘derechos’ al aborto y a la sodomía, ha negado la posibilidad de una felicidad común. Un juez de la Corte Suprema, que era supuestamente católico, Antonio Kennedy, escribió en una decisión importante: “Al centro de la libertad es el derecho de definir su propio concepto de la existencia, del sentido, del universo, y del misterio de la vida humana.” (Planned Parenthood v. Casey; Lawrence v. Texas) Esto nos deja con nada en común, sin ningún bien común.

Todos esto ha sido destructivo de la célula mas fundamental de la sociedad humana, la familia, pero también hace imposible alcanzar un verdadero bien común político. Esa doctrina que podemos llamar ‘relativista’ divida a las personas, los aísla, y los hace débiles, vulnerables a la manipulación y explotación, sea por los activistas comunistas, o sea por los que usan el comunismo para lograr su propio propósito, los arquitectos del tiránico “Orden Nuevo Mundial”.

Volviendo al equipo de deporte: deben jugar bien juntos para ganar la victoria en que todos comparten, cada uno según su parte en el equipo.

Así es también en una familia: los miembros de la familia deben vivir bien juntos para lograr la felicidad en que todos comparten, cada uno según su parte en la familia.

Sin embargo, las familias no son autosuficientes, necesitan las comunidades mayores, dotadas con un orden justo, en que los seres humanos se esfuercen para vivir bien juntos, hacerse mejores personas, ayudarse hacerse mejores personas, para que cada uno tiene oportunidad lograr la felicidad en que todos comparten, cada uno según su parte en la comunidad.

Está bien, pero todavía debemos preguntar ¿Qué es el verdadero bien, en que se encuentra nuestra verdadera felicidad, en que todos podemos compartir, que nos une de verdad, y que define lo que quiere decir ‘ser mejor persona’?

Dios.

No un dios cualquier que sea, sino Dios, la santísima Trinidad; Dios a quien nos unimos por medio de Jesucristo, el mismo Hijo de Dios, uno de la santísima Trinidad. Jesucristo que es real, verdadera, y sustancialmente presente, Cuerpo, Sangre, Alma, y Divinidad, en la sagrada Eucaristía.

Esto quiere decir que el verdadero Cuerpo de Cristo, nacido de la Virgen María, clavado en la Cruz, resucitado de entre los muertos, sentado a la derecha del Padre, presente en la sagrada Eucaristía, es el verdadero bien común de toda la Iglesia y de veras de todo el mundo. Esto quiere decir que la sagrada Eucaristía, siendo el verdadero bien común, es la única fuente de sanación para la división; el único fundamento de la verdadera unión y paz.

Según una traducción mas literal de un versículo de la secuencia de hoy: “Pueden ser tan sólo uno, o pueden ser multitudes; estos reciben tanto como él; y Cristo no se acabará por ellos comulgando.” Esto ni es torta en el cielo, ni torta en el futuro, sino el verdadero bien común de la Iglesia en que ya podemos compartir y esto es al mismo tiempo empeño de la eterna gloria.

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan. San Pablo va a añadir: Como el cuerpo que es uno tiene muchos miembros y todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, forman un cuerpo, así es con Cristo. (1 Cor 12,12) El continua por explicar que a pesar de las funciones diferentes de los miembros, ellos son igualmente partes del cuerpo para que si un miembro sufre, todos sufren juntos; si uno recibe honor, todos regocijen juntos. (1 Cor 12,26) Por desgracia no estamos todos juntos en esto, pero debemos estar.

Recibiendo el Cuerpo de Cristo en la comunión nos unimos no solamente con Jesucristo, la cabeza del Cuerpo, sino con todos los miembros del Cuerpo, con tal que seamos miembros vivos del Cuerpo, unidos interiormente en la verdad de la sustancia y no solamente visiblemente por el sacramento.

Eres digno, [Señor] … porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación. Los hiciste reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra. (Apoc. 5,9-10)

Esto es la única felicidad que todos debemos buscar.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.