Mensaje para el 4º Domingo de Cuaresma

Mensaje para el 4º Domingo de Cuaresma

22 de marzo, 2020

Lecturas: 1 Samuel 16,1.6-7.1-13; Salmo 22(23),1-6; Efesios 5,8-14; Juan 9,1-41

“Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos la aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad.”

Esto es la antífona tradicional de este domingo, de que recibe su nombre latín “Domingo ‘Laetare’”. La palabra “laetare” significa “alégrate”.

Sin embargo, ahora, el culto publico, la ofrenda del santo sacrificio de la Misa, ha sido prohibido en todos los Estados Unidos y México, y por una gran parte de Europa y de todo el mundo.

Nunca en la historia, desde el cuarto siglo cuando por primera vez la practica de la fe cristiana fue legalizada en el imperio romano, sucedió tal cosa. El pánico inducido por el pandémica y las directivas de la “dictadura sanitaria” han logrado algo que ni lo peor régimen totalitario jamás hizo.

De verás el pandémica parece bien grave y puede ser que se exige medidas fuertes, pero al mismo tiempo las actitudes y prioridades de un mundo sin Dios ha sido revelado. Hay tanta urgencia para la salud de los cuerpos que van a morir, y ninguna preocupación por la salud eterna de las almas. En nombre de la salud publica medidas drásticas que fuertemente limiten las libertades fundamentales de las personas se imponen, pero esto sucede después de decenios de medidas que en el nombre de la libertad han destruido sistemáticamente el moral publico. En lugar de ver el culto publico como parte esencial de la solución, se ve como parte del problema – nada mas que otro divertimiento como el deporte o los conciertos. No hay ninguna sabiduría que contempla la realidad como un todo, ni el hombre como un todo, cuerpo y alma, que dirige las deliberaciones de los que gobiernan el mundo. Lo único que vale son los cálculos matemáticos, fundados en la estadística y datos limitados. El hombre ha usurpado el lugar de Dios, pero el hombre no cumple bien el papel de Dios.

Al mismo tiempo, todo esto es lo que Dios ha permitido por causa de nuestros pecados, así como en los tiempos antiguos permitió que su pueblo Israel fue exilado en Babilonia.

Entonces, ¿A dónde vamos a encontrar la alegría propia a este 4º domingo de cuaresma, el domingo de alegría, el domingo que se celebra con las vestiduras rosas y con las celebraciones pascuales ya suspendidos?

En primer lugar, mientras el culto publico ha sido suspendido, es importante saber que el santo sacrificio de la misa todavía se ofrece por sacerdotes en el mundo entero. Quizás muchos sacerdotes están redescubriendo la importancia y grandeza de ofrecer el sacrificio de Jesucristo por la salvación de las almas.

Segundo, la suspensión del culto publico actualmente pone fin a abusos litúrgicos muy divulgados. Para decir la verdad raramente hoy en día el santo sacrificio se ofrece con la reverencia y dignidad que lo conviene. Además, en muchos lugares los fieles han aceptado y abrazado la informalidad, descuidado, y irreverencia en la misa. La misa se convierte en 45 minutos de divertimiento en el domingo. La sagrada comunión se distribuye como doces en una cafetería de la escuela, y todo esto ha producido comuniones sacrilegios sin numero.

Tercero, los fieles, si van a continuar fieles, son obligados ahora para descubrir la oración verdadera y profundizar el espíritu interior sin la cual su participación en la misa ha sido muchas veces sin fruto. Los papas ahora tienen que aprender su fe bien para enseñar a sus hijos.

Durante el exilio en Babilonia, cuando el templo de Jerusalén – en esa etapa fue el único templo del verdadero Dios en todo el mundo – fue destruido, tres jóvenes fueron echados en un horno ardiente porque se rehusaron a adorar el ídolo del rey. Sin embargo, Dios, por su misericordia, los liberaron del fuego y salieron sin ningún daño. En su oración del medio del horno nos enseñaron el verdadero espíritu interior.

Si, Señor, entre todas las naciones de la tierra somos los más pobres, y hemos sido humillados ante toda la tierra por culpa de nuestros pecados. No hemos tenido en todo este tiempo ni príncipe, ni profeta, ni jefe, ni holocausto, ni sacrificio ni ofrenda, ni incienso, ni siquiera un luagr para presentártelos y ser acogidos con benevolencia. Recibe sin embargo nuestro corazón destrozado y nuestro espíritu humillado como si fueran holocaustos de carneros y de toros, o sacrificios de miles de gordos corderos. Que así sea ahora nuestro sacrificio ante ti, concédenos seguirte fielmente, porque los que en ti ponen su confianza no quedarán decepcionados. (Dan 3:37-40)

En los planes misteriosos de la divina providencia este pasaje apareció como parte de la 1ª lectura de la misa el martes pasado, el primer día en que la misa no se ofreció públicamente en esta Diócesis de Baker. Por medio de la oración de los tres jóvenes Dios nos ha dado nuestros ordenes por este tiempo – ofrecer a el nuestro corazón destrozado y espíritu humillado y poner en el toda nuestra confianza.

El cambio del culto publico para el espíritu interior sigue el camino del pueblo de Jerusalén antigua, el pueblo que violó el templo de Dios con su idolatría y por eso fue exilado para descubrir el sacrificio del corazón destrozado y espíritu humillado. Después de ser purificados por la prueba pudieran volver con alegría a Jerusalén, reedificar el templo, y alegrase juntos en el culto publico de Dios.

Alégrate, Jerusalén. De veras, Jerusalén es sobre todo, la ciudad celestial, la ciudad de la visión de Dios, el destino final de todo el plan eterno de Dios. La misma ciudad celestial de Jerusalén, la verdadera ciudad de Dios, se reveló simbólicamente – como un tipo de parábola viva – en la ciudad de medio oriente del antiguo testamento. La misma ciudad celestial de Jerusalén se hace presente visible y sacramentalmente – sobre todo en el santo sacrifico de la misa – en la Iglesia de Jesucristo, que es una, santa, católica, y apostólica. También la misma ciudad celestial de Jerusalén se edifica interiormente en cada alma que viva en la gracia de Dios, en aquellos en que el Espíritu Santo habita como en un templo. Esto se realiza mas plenamente en la santísima Virgen María, llena de gracia.

La gracia de Dios, la gracia santificante, como he repetido muchas veces, es la vida de Dios en nuestra alma, o nuestra participación real en la misma vida y naturaleza de Dios, en la vida de la santísima Trinidad, por la cual nos convertimos verdaderamente en los hijos de Dios, por medio de Jesucristo, el Hijo Unigénito.

Ahora, mientras los católicos laicos han sido privados del alimento sacramental del Cuerpo de Cristo en la sagrada comunión, todavía pueden ser restaurados a la vida de la gracia por medio de una humilde y sincera confesión y ser purificados de los obstáculos que impiden el crecimiento de la vida de la gracia por una confesión que sea verdaderamente devota.

Recibe sin embargo nuestro corazón destrozado y nuestro espíritu humillado. El sacramento de la penitencia, la confesión, es la manera mejor de cultivare el corazón destrozado y espíritu humillado que agrada a Dios. Si nos aprovechemos de la oportunidad que ahora nos es dado, seremos dispuestos como nunca para recibir a Jesús en la comunión, cuando vuelva.

Jesús, la luz del mundo, no nos ha abandonado.

Después que el que nació ciego recibió su vista, Jesús lo dijo: ¿Crees tu en el Hijo del Hombre? No lo preguntó, ¿Crees tu en el Hijo de Dios?, sino ¿crees tu en aquel que ahora puede ver y quien habla contigo? El hombre creyó y adoró, porque el Hijo del Hombre, nacido de la Virgen María y el Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, es una y la misma persona divina. Sin embargo, el se hizo la luz del mundo por hacerse el Hijo del Hombre, uno de nosotros. El se hizo nuestro mediador con el Padre por hacerse el Hijo del Hombre, uno de nosotros. Es necesario que conocemos a él. Ahora es la hora para leer y meditar los evangelios que nos cuentan de Jesús. Ahora es la hora para rezar bien el rosario, meditando los misterios, que son los misterios de la vida de Jesucristo.

Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Share

Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.