Mensaje para el 5º Domingo de Pascua

Mensaje para el 5º Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 10 de mayo, 2020
Lecturas: Hechos 6,1-7; Salmo 32,1-2,4-5,18-19; 1 Pe 2,4-9; Jn 14,1-12

La religión católica, la religión de Jesucristo, es una religión de carne y sangre, una religión de la presencia física incluso del contacto físico por medio de los sacramentos. La conexión y la presencia virtuales no pueden sustituir la Presencia real de Jesucristo en la sagrada Eucaristía.

Por eso, el pandémica, o al menos las medidas tomadas para combatirlo, en particular el distanciamiento y aislación, amenazan el centro de la religión católica.

Además, porque Jesucristo nos revela el verdadero sentido de lo que es un ser humano, la aislación forzada es inhumano, especialmente lo mas que se prolonga.

Sin embargo, parece que pocos piensan que lo que dije de la religión católica es verdad. La gente dice, “Está bien, si usted es un católico y le gusta toda esa ceremonia es bueno para ti, pero no es realmente necesario con tal que una persona tenga su relación personal con Jesucristo.” Pero esa ‘relación personal’ a menudo acabar a ser lo que la persona quiere y nada mas.

Por eso quiero volver a unas palabras del Señor que cité el domingo pasado. Después de la resurrección, Jesús dijo a los Apóstoles: Como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes. (Jn 20,21) Esto quiere decir que los Apóstoles extienden la misión de Jesucristo. Semejante a Jesús y por medio de él, también los Apóstoles sirven como mediadores. Por eso Jesús también les dijo: El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. (Mt 10,40)

Así nuestra relación personal y intima con Jesús depende de la autoridad apostólica y de la Iglesia que es una, santa, católica, y apostólica, que es fundada sobre la autoridad apostólica. Esto es lo que garante nuestra capacidad de seguir a Jesucristo, el camino, la verdad, y la vida, y así llegar a contemplar el rostro del Padre.

La 1ª lectura de hoy nos muestra la autoridad apostólica en acción. Los Doce son los que convocan la comunidad, proponen su decisión, y ponen orden en la vida comunitaria. Esta autoridad continua en la Iglesia en el Papa y los Obispos.

Jesús y la Iglesia son inseparables; mas inseparables que esposo y esposa; de veras, la inseparabilidad de Cristo y la Iglesia es el fundamento último para la indisolubilidad del matrimonio. Así no podemos tener a Jesús sin la Iglesia.

La 2ª lectura de hoy nos da otra perspectiva para la misma realidad de la Iglesia en relación con Jesucristo. Ustedes van entrando en la edificación del templo espiritual destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo. Jesucristo mismo es la piedra angular por la cual todo tiene su firmeza. Nosotros no somos quienes edifican el templo, antes debemos dejarnos ser puestos como piedras vivas en la edificación. Jesucristo es tan piedra angular como constructor del templo. Aquellos que comparten la autoridad apostólica son como escribió San Pablo “colaboradores” con Dios. (1 Cor 3:9)

Este templo espiritual no quiere decir templo invisible; es un templo vivo cuyas piedras son seres humanos.

San Pablo nos enseño en varios lugares lo que quiere decir ofrecer sacrificios espirituales.

En primer lugar hay la actitud interior fundamental: Den continuamente gracias a Dios Padre por todas las cosas en nombre de nuestro Señor Jesucristo. (Ef 5,20)

Sin embargo, la gratitud no es algo puramente interior. Se muestra exteriormente por palabra y hecho. Así San Pablo escribe: Todo cuanto hagan o digan, háganlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Col 3,17)

Al final, la ofrenda debe incluir aquel mismo que rinde culto, toda su vida en el cuerpo. Por eso San Pablo escribe: Les piden hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este debe ser nuestro culto razonable. (Rm 12,1)

La ofrenda de si mismo debe incluir nuestro sufrimiento y aflicción. San Pablo lo mostró por su propio ejemplo: Me alegro de padecer por ustedes, pues así voy completando en mi cuerpo, y en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de sus sufrimientos. (Col 1,24)

En el 5º siglo, San Pedro Crisólogo escribió: “¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima. Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios —dice—, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva. Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque, a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo.” (Sermo 108, citado en la Liturgia de las Hora, Oficio de las lecturas, martes de 4º semana de Pascua)

Ofrecer sacrificios espirituales no es algo privado e individual; el católico cristiano solamente puede ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios en la medida que el mismo se une a Jesucristo, la piedra angular, y en conformidad con el propio sacrificio de Cristo, de su Cuerpo y Sangre, el sacrificio que siempre se renueva en cada santo sacrificio de la Misa.

La piedra angular, Jesucristo, fue rechazada por los sumos sacerdotes del judaísmo antiguo y en nuestros días se rechaza de nuevo por los arquitectos del nuevo orden mundial. Esos arquitectos van a tropezar y caer, pues no hay otra piedra angular sino Cristo, no hay otro edificio que puede edificarse. Cualquier otra posibilidad siempre va a acabar en ruina.

Ser edificado en el templo, unido por la piedra angular, Jesucristo, exige de nosotros que nos subordinamos a la autoridad apostólica que hace posible nuestra participación y conformidad al sacrificio de Jesucristo, que se ofrece en la Misa. Esto también exige de nosotros que tomemos nuestro lugar entre las otras ‘piedras vivas’ que pertenecen a la estructura del templo. Nuestros bordes desparejos deben hacerse lisos para que nos encajemos en el edificio.

Cuando Jesús dijo, como yo los he amado que se amen ustedes uno al otro, el no estuvo hablando de un sentimiento vago. Este amor no es posible sin que vivamos en la Iglesia bajo la autoridad apostólica, aun cuando los que tengan el cargo son indignos. Tampoco es posible sin que vivamos juntos con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, quienes no escogimos, quienes debemos aceptar, aun cuando nos están molestos, aun cuando pecan, aun cuando hieren la Iglesia y Cristo.

Es claro que también debemos amar a los que están afuera, pero hay un orden: primero el amor entre los hermanos en Cristo, después el amor a los que querríamos como hermanos, si solamente quisieran ellos.

Actualmente amor a los que están dentro de la Iglesia puede ser una gran dificultad por nosotros. Fácilmente vemos solamente los hombres pecadores – como nosotros.

Amor a la Iglesia, especialmente en su apariencia como ‘institución’ puede ser una dificultad mayora. Fácilmente la Iglesia parece como nada mas que una institución humana con una burocracia impersonal.

El domingo pasado hable de una falta de vigilancia por parte de los obispos que ha permitido la entrada y divulgación larga de la herejía modernista; así la burocracia desviada de su propósito de servicio a la salvación de las almas, se convierte a menudo muy corrupta.

A pesar de todo esto, debemos amar a la Iglesia, la Esposa de Cristo, aun mas que amamos a nuestra familia o a nuestro pueblo. Sin embargo, la Iglesia nunca fue, no es, y nunca será una ‘democracia’ como las naciones modernas. La Iglesia es jerárquica en su estructura. La autoridad viene de Cristo por los apóstoles. Ella no recibe su luz del mundo sino ella recibe su luz de Cristo y su misión es transmitir esta luz al mundo.

Por eso no debemos quejar ni murmurar contra las autoridades establecidas por Cristo. No debemos ser como los Israelitas en el desierto que quejaron y murmuraron contra la autoridad de Moisés. No debemos actuar como en la política, organizando para avanzar nuestras agendas según la manera de la política democrática; tampoco debemos hacer intrigas para realizar nuestros proyectos personales.

Hay una regla fundamental aquí: Si uno tiene dificultad con un sacerdote debe mirar al Obispo; si tiene dificultad con su Obispo, debe mirar al Papa; si tiene dificultad con el Papa, su único recurso es Dios mismo. Sea como fuera, en todo debemos en cada paso recorrernos a Dios, sobre todo por medio de la oración y la penitencia, buscando siempre en primer lugar corregir nuestra propia vida.

Así es: Toda nuestra acción como miembros de la Iglesia (y siendo bautizados siempre somos miembros de la Iglesia), como ‘piedras vivas’ en la construcción, debe proceder de una busca dedicada de la santidad. Esto requiere de nosotros un espíritu de arrepentimiento, de conversión, de enmendar la vida, para ser integrados en la estructura del templo, para ofrecer nuestros sacrificios espirituales, por medio del sacrificio de Jesucristo en la Misa, con él, y en él.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.