Mensaje Para el 6º Domingo de Pascua

Mensaje Para el 6º Domingo de Pascua

Fr. Joseph Levine; 17 de mayo, 2020
Lecturas: Hechos 8,5-8.14-17; Sal 65,1-7.16.20; 1 Pe 3,15-18; Jn 14,15-21

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. En el idioma griego, el idioma original del Nuevo Testamento, la 2ª lectura de hoy tiene casi la misma palabra como el padrenuestro. Una traducción literal sería, santifiquen en sus corazones a Cristo por ser el Señor. Voy a hablar del sentido de ‘santificar a Cristo en el corazón’, pero primero consideremos algo importante del contexto.

San Pedro introduce su exhortación para santificar a Cristo en el corazón diciendo, Felices ustedes si incluso tienen que sufrir por haber actuado bien. No teman lo que ellos temen ni se asusten, santifiquen en sus corazones a Cristo por ser el Señor.

El mundo de hoy viva – se puede llamarla una vida – aterrorizado; la gente viva en temor de la enfermedad, del sufrimiento, de la muerte. No debemos temer nada de esto, pero santificando a Cristo el Señor en nuestro corazón, debemos seguirlo con valentía en el camino de hacer lo bien, el camino de la justicia, seguirlo en el sufrimiento y la muerte, buscando la verdadera vida, la vida eterna.

Realmente no es cuestión de “mantenerse salvo” sino de dar nuestra vida. El que quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará. (Mt 16,25)

Desafortunadamente, hemos sido paralizados por un argumento moral que es poderoso, pero falso. El argumento siga así: es posible que tiene el COVID-19 y que no lo sabe; en su ignorancia es posible que puede contaminar a otra persona, incluso una persona ‘vulnerable’; es posible que esa persona infectada muere por causa del COVID-19; como consecuencia usted será responsable por su muerte; usted será culpable por un homicidio. Por eso, si no quiere ser homicidio, debe quedarse en la casa y mantenerse salvo. La propaganda nos dice que no es cuestión solamente de poner en riesgo nuestra propia vida, sino poner en riesgo la vida de los demás. De esta manera todo impulso de amor y generosidad se extingue. Si no queremos ser contados entre los homicidios debemos quedarnos en la casa y mantenernos salvos.

La falsedad del argumento se encuentra en las palabras “es posible”. Hay muchas posibilidades aquí, poca certidumbre. Si una persona no se encuentra en un lugar donde hay mucho COVID la primera posibilidad es muy remota. Podemos decir que si una persona no está entrando con descuidado y negligencia en la presencia de una persona vulnerable, también la segunda posibilidad es muy remota. Incluso la tercera posibilidad también es algo menos probable.

Las posibilidades remotas tienen poco significado moral. La vida es peligrosa y cada día nos ponemos en riesgo. Entramos en riesgos que por una posibilidad remota puede resultar en una muerte. Siempre que manejemos, por lo mas que estemos cuidadosos, podemos faltar la atención por un momento y esto pudiera resultar en la muerte de alguien. Es lo mismo con muchos trabajos; hay una posibilidad remota de un accidente mortal. Bueno, podemos decir que cuando un trabajo no es tan esencial para la comunidad, todavía es muy esencial para el trabajador.

Mi intención aquí no es justificar a aquellos que se comporten de una manera descuidada y negligente. De verdad tenemos que usar precauciones razonables. Antes mi intención es ir contra la intensidad de la propaganda de miedo a que todos hemos sido sujetos.

Es evidente si todos simplemente acabamos de vivir COVID-19 sería vencido. También debe ser evidente que una cuarentena no puede prolongarse para siempre. Ahora que el Condado de Wasco está en camino de reabrir podemos también preguntar si una oleada segunda merecerá el mismo tipo de respuesta como antes. Al inicio, cuando la situación fue muy oscura, pudiera haber sido razonable aceptar sin cuestión los ordenes. Por lo mas que la situación se prolonga, lo mas que tenemos aprender quebrar las murallas del miedo y vivir nuestras vidas de una manera mas o menos “normal”, tomando en cuenta mas un elemento de riesgo que se convirtió parte de la vida humana.

No teman lo que ellos temen ni se asusten, santifiquen en sus corazones a Cristo por ser el Señor.

Esto quiere decir que no debemos actuar en primer lugar según las normas de una verdadera rectitud, aunque el mundo por ignorancia, la llama maldad. No debemos temer la opinión de los hombres que nos condenarán como malvados, siendo que Jesucristo mismo, el Santo y el Justo, el Hijo de Dios, fue acusado de ser poseído por un demonio y fue condenado a la muerte por la blasfemia y la sedición.

En lugar de esto debemos santificar en nuestros corazones a Cristo por ser el Señor. Para santificar a Cristo en el corazón debemos invocar e invitar en el corazón al Espíritu Santo, el Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir. El es el Santificador que nos enseña a reconocer, a conocer, y a profesar que Jesús es el Señor.

En los domingos recientes en este tiempo del pandémica y la clausura del culto publico, he insistido precisamente en la necesidad del culto publico – es algo esencial – la verdad y grandeza de la Misa, la doctrina de la fe que viene a nosotros de los Apóstoles por medio de la sagrada Tradición de la Iglesia, y por eso en la realidad visible, estructurada, y institucional de la Iglesia. Sin embargo, no omití de afirmar que toda esta estructura, visible, publica, histórica, tradicional de la Iglesia sirve, comunica, y garante la realidad invisible y interior de la vida de la gracia, que es una participación verdadera en la misma vida de Dios, una participación que nos pone en relación con Dios por medio de Jesucristo, haciendo que seamos hijos en el único Hijo de Dios.

Consideren el edificio mismo del templo. Exige orden, estructura, solidez, y nobleza, pero todo esto sirve lo que sucede por dentro, la celebración del santo sacrificio de la Misa. También sirve como abrigo para el sagrario, el lugar de la presencia duradera, la presencia real, verdadera, y sustancial, de Jesucristo en su Cuerpo en la sagrada eucaristía.

Consideren el sagrario mismo. También esto exige orden, estructura, solidez, y una belleza visible porque debe ser un lugar noble y seguro en que el Cuerpo eucarístico de Cristo puede reservarse para la adoración de los fieles. Así su presencia viva continua entre nosotros. Así también la estructura, orden, solidez, y belleza del sagrario sirve lo que se esconde por dentro.

De la misma manera, nosotros demos tomar nuestro lugar en la estructura del templo vivo, como piedras vivas, ofreciendo sacrificios espirituales por Cristo, nuestro sumo sacerdote, con él y en él. Incorporados en la estructura del templo debemos convertirnos para la vida interior y santificar en nuestro corazón a Cristo por ser el Señor.

Esto quiere decir que debemos reconocer su presencia por la gracia en nuestro interior; debemos honrarlo interiormente por ser el Señor; debemos atender a él; debemos escuchar a él; debemos obedecer a él; debemos dejar que el gobierne y dirija nuestra vida.

En el evangelio de hoy Jesús nos dice que el mundo no lo ve porque no cree en él, sino para nosotros, lo veremos por los ojos de la fe. Por los ojos de la fe podemos verlo bajo las apariencias del pan y del vino en la sagrada eucaristía. El es quien recibimos en la sagrada comunión. El es el Pan de Vida, el que viva de verdad; porque el viva, nosotros vivimos por la vida de la gracia.

En otra parte el dijo: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mi. (Jn 6,56-57) Aquel que recibimos en la sagrada comunión es el Señor que debemos santificar en nuestro corazón.

Por eso no debemos temor lo que el mundo teme; no debemos dejar que nuestros corazones se perturben ni asusten. Debemos atender a muchos deberes en el mundo, deberes del amor, pero no debemos dejar que los cuidados nos preocupen el corazón. Antes debemos echar todo nuestro cuidado en Aquel que cuida de nosotros. Debemos santificar en el corazón a Cristo por ser el Señor. Debemos poner toda nuestra confianza en él. “Jesús en ti confío.”

Si lo hacemos, el mundo nos rechazará, nos maldecirá, nos escarnecerá, porque no cuidamos de las cosas que juzguen importantes. No debemos dejar que esto nos distraía de lo que es importante de verdad: santificar en el corazón Cristo por se el Señor.

Si lo hacemos, estaremos dispuestos para dar las razones para la esperanza que llevemos en nosotros y lo haremos con la sencillez y respeto de una buena consciencia.

Las razones que debemos dar tienen dos aspectos. Primero, debemos profesar la verdad de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día para darnos la vida de la gracia, la verdad del camino de la vida en Cristo y en su Iglesia, y la verdad de su promesa de la vida eterna y la resurrección de los muertos. En segundo lugar, las razones que damos deben ser algo mas que un simples comunicación exterior de la tradición que hemos recibido. Antes, las razones deben apoyarse en el testimonio de nuestra vida y nuestro conocimiento intimo de Jesucristo, nuestro Salvador, quien hemos recibido en la comunión, a quien hemos santificado en el corazón. No debemos solamente dar testimonio del Cristo de quien hemos escuchado y enseñado, sino debemos dar testimonio a quien hemos conocido como el Señor de nuestra vida.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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