Mensaje para el Domingo de Pascua

Mensaje para el Domingo de Pascua

Padre Joseph Levine; 12 de abril, 2020
Lecturas: Hechos 10,34.37-43; Salmo 117,1-2.16ab-17,22-23; Col 3,1-4 o 1 Cor 5,6-8; Jn 20,1-9

Este año, mientras las misas publicas están suspendidas por causa del pandémica, celebramos una Pascua de la fe. De verdad, Jesús resucitó de entre los muertos, pero su resurrección no es visible en el mundo de hoy. Sin embargo, no debemos permitir que seamos privados de la alegría y del gozo de la Pascua, antes debemos actualmente aprender vivir de la realidad interior y escondida de la Pascua que siempre está en nuestro alcance.

La Misa para el domingo de Pascua tiene dos opciones para la 2ª lectura. Los dos hablan a nuestra situación actual.

La primera opción es un pasaje curto de la carta de San Pablo a los Colosenses. Nuestra situación actual, que actualmente es la situación de toda la vida católica en este mundo, se resume por estas palabras: Han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.

Esta vida escondida es precisamente la realidad que Cristo nos ganó por nosotros por su muerte y resurrección, una realidad que nos prepare para la realidad aun mas grande de la vida eterna. La vida escondida es la vida de la gracia santificante, una participación verdadera en la vida y naturaleza de Dios, recibida primero en el bautismo. (cf. 2 Pe 1,4)

Así como no podemos ver, oír, oler, gustar, o tocar a Dios mismo, no podemos ver, oír, oler, gustar, o tocar la vida de la gracia que se esconde en nuestro interior. Ni podemos percibirlo directamente por nuestra inteligencia. Sin embargo, creemos en la realidad porque Cristo la nos reveló.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:
“La gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y salvados. Sin embargo, según las palabras del Señor: ‘Por sus frutos los conoceréis’ (Mt 7, 20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza: Una de las más bellas ilustraciones de esta actitud se encuentra en la respuesta de santa Juana de Arco a una pregunta capciosa de sus jueces eclesiásticos: «Interrogada si sabía que estaba en gracia de Dios, responde: ;Si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera conservar en ella’».” (CIC 2005)
Por la fe sabemos que la gracia existe y nos se comunica a nosotros por medio del bautismo y por los demás sacramentos. Pero, por causa del pecado y nuestra incapacidad de saber plenamente la gravedad de nuestro pecado, ninguno de nosotros es capaz de una certidumbre absoluta de estar en la gracia de Dios. Podemos tener una confianza que no es basada en sentimientos y emociones que fácilmente puede engañar, sino en el fruto solido de la gracia que se manifiesta en nuestra vida. Sin embargo, esta confianza debe ser acompañada por la humildad y la pobreza del espíritu en la presencia de Dios. De esta manera reconocemos siempre que la gracia es un don puro de Dios y que en cada momento estamos dependientes del él tan por la recepción del don como por su conservación. Esto nos lleva al verdadero temor del Señor que es cuidadoso y solicito para usar bien el don de Dios. No debemos tratar de este don como el servidor que cavó un hoyo en la tierra y escondió el talento que recibió de su patrón, sino como los servidores que invirtieron los talentos con prudencia y llevaron ganancias para su señor. (cf. Mt 25,14-30)
Si vivimos por la fe y si creemos de verdad que Dios nos otorga el don de su gracia a los que crean en él, entonces tomaremos el primer paso de una inversión prudente por poner nuestras prioridades en un orden justo, buscando en primer lugar los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha del Padre. Entonces tendremos la confianza que, aunque el valor inestimable de la vida escondida de la gracia todavía no aparece, se manifestará cuando se manifieste Cristo mismo en la gloria.
La otra opción para la 2ª lectura viene de la 1ª carta de San Pablo a los Corintios. Al centro hay las palabras: Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado. Esto no es solamente la realidad de la Cruz y la Resurrección, esto es la realidad de la Misa: Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía.
La Carta a los Hebreos menciona que en los sacrificios varios del antiguo testamento hubo un recuerdo de los pecados. (cf. Heb 10,3) Aquellos sacrificios no pudieron llevar el perdón de los pecados; por eso, ofrecerlos repetidamente actualmente tuvo el efecto de recordar al pueblo que Dios todavía no los ha perdonado; por medio de sus sacrificios siempre pedían para recibir el perdón que esperaba la venida de Cristo parar realizarse.
En la alianza nueva y eterna siempre hay el recuerdo del perdón de los pecados en la Sangre de Cristo. Recordamos que Cristo murió por nuestros pecados y, mientras ofrecemos el memorial del sacrificio de su Cuerpo y Sangre al Padre, somos exhortados para recibir el perdón de Cristo en nuestra vida y que debemos lavarnos siempre más en la Sangre del Cordero. Los postes de la puerta de nuestro corazón deber ser marcados por la Sangre del verdadero Cordero Pascual, Jesucristo. (cf. Ex 12,7)
Esto quiere decir que no podemos contentarnos porque Cristo murió por nuestros pecados sin hacer nada por nuestra parte. Antes, debemos activamente echar de nuestra vida la antigua levadura de vicio y de maldad para ofrecernos como pan sin levadura, pan ázimo, en unión con el sacrificio del altar.

Miren bien que la levadura que debemos echar fuera es la levadura de vicio y maldad. La maldad pertenece a la voluntad mala por medio de que la persona peca; el vicio es el pecado, lo mal que la persona escoge.

Puede ser que la gente piensa: “Es verdad que las personas hacen cosas malas, pero a menudo no son maliciosos. Su intención es buena.” O, quizás hay un tipo de malicia en las intenciones buenas que tan fácilmente se justifica.

Voy a explicar.

Vivimos en una cultura que es fuertemente dominada por las emociones. La verdad no cuenta; es la emoción que cuenta. Lo que no se admita es que las emociones son esencialmente egoístas.

En esta cultura dominada por las emociones a menudo oímos, como un elogio de una persona, que Fulano es apasionado. No se importa el objeto de su pasión, solamente que es apasionado. Se elogia la misma pasión. Además, el valor del objeto se determina por la pasión, independiente de la razón o la verdad. La persona es apasionada de lo que es apasionada porque es apasionada de el. Y ¡atención a quien amenaza la pasión!

Ser apasionado es tener las emociones fijadas, voluntariamente, en una persona o una cosa; por lo normal, esto no es Dios y tampoco se refiere a Dios. Esta pasión es un tipo de idolatría.

Sin embargo, aunque la persona sea apasionada por Dios o por Jesucristo, si no es mas que pasión, está adorando al verdadero Dios de una manera equivocada. Pues la pasión, porque es pasión, no procede de la verdad. Al final, la persona no ama a Jesús porque el es – independiente de la persona apasionada de el – el camino, la verdad, y la vida. Antes, la persona simplemente ama a Jesús porque lo ama. Para tal persona el valor de Jesús y su misma existencia mental – podemos decir – depende de la ‘pasión’ por el. Por eso, si una persona piensa diferente de Jesús, o de María, ¡atención! La persona será condenada por palabras violentas por ser diabólico. Una discusión razonable no es posible, solamente contradicción irracional, porque la persona apasionada es irracional.

No podemos juzgar de los casos particulares, pero parece que muchas veces hay un tipo de malicia en la ‘pasión’. Es la malicia de un apego voluntario a algo que no es Dios; es la malicia de reducir a Dios al nivel de una pasión privada. Y junto con esto hay el vicio o de la idolatría o de un tipo de superstición que se llama el culto equivocado del verdadero Dios. (cf. San Tomás de Aquino, Summa Theologiae, q. 93)

Así la adoración apasionada de Jesucristo puede introducir en la Iglesia una levadura impura.

Miren, hablamos de la “Pasión de Jesucristo”, pero no debemos confundir la pasión impura con la Pasión de Cristo. En primer lugar, cuando la Iglesia habla de la Pasión de Cristo, se usa la palabra ‘pasión’ en su sentido original que es ‘sufrimiento’ o ‘padecimiento’. Si hay un exceso en la Pasión de Cristo, es el exceso de amor divino que, mientras excede la calculación y mezquindad de nuestra razón, siempre es supremamente razonable.

Imitamos el exceso de la Pasión de Cristo cuando aprendemos morir a nuestra pasión egoísta para vivir según la voluntad de Dios. Imitamos el exceso de la Pasión de Cristo, cuando nuestra inteligencia no mas juzga según la calculación de nuestro mezquino interés, sino iluminada por la fe, nos guía para entregarnos generosamente al bien del reino de Dios.

Entonces, en lugar de la levadura de la pasión impura debemos ofrecer los panes ázimos de la sinceridad y verdad. La sinceridad significa la actitud justa de la voluntad mientras la verdad refiere al bien verdadero que debemos buscar en todo lo que hacemos. Debemos ofrecer a Dios nuestra voluntad, que se dirige de manera justa al verdadero bien, que la inteligencia entiende por medio de la fe y la razón. A este bien debe subordinarse las emociones y la imaginación. Debemos ofrecer a Dios una vida de la virtud verdadera, fruto de la gracia.

Hay tres virtudes teologales, la fe, la esperanza, y el amor o la caridad que nos dirigen para y nos unen a Dios mismo, la santísima Trinidad, por medio de Jesucristo. La fe abre nuestra mente para recibir de Dios la verdad del orden sobrenatural que nos es revelado por Jesucristo. La esperanza dirige nuestra voluntad para el cumplimiento de la promesa de la vida eterna en Jesucristo. La caridad es el amor que nos lleva a responder por amor al amor de Dios que nos se revela en Jesucristo.

La fe, la esperanza, y la caridad deben dirigir las virtudes que guían los asuntos y relaciones de la vida humana. Estas virtudes giran alrededor de las cuatro virtudes cardinales de la prudencia, la justicia, la fortaleza, y la templanza. La prudencia es la virtud por la cual escogimos la palabra o acción justa, al momento justo, en las circunstancias justas. La prudencia nos libera de la vida dominada por la emoción. La justicia sirva el amor al próximo por dirigir nuestra voluntad en el cumplimiento de nuestro deber, en lugar de la satisfacción de nuestra emoción. La fortaleza nos libera de los temores irracionales que nos impiden de hacer la voluntad de Dios. La templanza nos libera de la tiranía de las emociones que buscando el placer inmediato nos distraen de lo que es verdaderamente bueno, noble, y verdadero.

Podemos añadir también tres virtudes especificas que deben caracterizar el cristiano católico. Hay la virtud de la religión, que se un tipo de justicia, por la cual damos a Dios, en privado y publico, el culto y la reverencia que se debe a él. Hay la virtud de la paciencia, que es un tipo de fortaleza, la fortaleza que tiene una vista amplia y es capaz de sufrir para un bien mayor. Hay la virtud de la humildad, que es un tipo de templanza, por la cual reconocemos y aceptamos nuestros limites, ante Dios y como parte de la comunidad humana y como parte de la Iglesia.

La vida de la virtud subordina la imaginación y la emoción a la verdad de la realidad por medio de la inteligencia y la voluntad. Es la inteligencia que nos da el acceso a la realidad. Sin embargo, la virtud no suprime la imaginación y la emoción, sino dirige su energía a lo que es verdadero, a lo que es bueno, y lo que es noble.

La vida devocional católica, que es un tipo de reflexión de la Palabra que se hizo carne, es la llave practica para aprovechar de la imaginación y emoción en el servicio de Dios. Por ejemplo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús pone este mismo Corazón ante nuestra imaginación y afecto como símbolo de su amor triple: el amor divino y eterno del Hijo de Dios, que comparte con el Padre y el Espíritu Santo; el amor de la voluntad humana de Jesús, obediente al Padre hasta la muerte, muerte de la Cruz; y el amor humano y afectivo de Jesús por lo cual nos ama con ternura y comparte nuestra alegría y nuestra tristeza. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús suscita la respuesta de nuestro amor, eleva nuestro afecto, y suavemente molda nuestro corazón según la imagen que contemplamos.

Toda esta vida de la virtud es unida, alimentada, y ofrecida a Dios por medio del santo sacrifico de la Misa, el sacrificio de nuestro Cordero pascual.

Quizás, el santo sacrificio ha sido quitado del publico estos días porque la celebración exterior a menudo se caracteriza por la expresión de la emoción en lugar de la visión de la virtud. En lugar de ofrecer los ázimos de la sinceridad y verdad junto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Cordero Pascual, hemos ofrecido la levadura del vicio y de la malicia de nuestra pasión.

Ahora, tenemos que celebra la Pascua en exilio, y así tenemos que descubrir no una fe privada en la sala de estar, sino la vida escondida de la gracia que se encuentra en el corazón. Esta Pascua, mientras Cristo de verdad ha resucitado de entre los muertos – una resurrección corporal – todavía estamos esperando la resurrección del cuerpo. También estamos esperando la resurrección del cuerpo de la Iglesia en este mundo por la restauración del culto publico.

No nos dejemos engañar por el regreso de un ‘normal nuevo’, peor que el normal viejo, un descenso continuo dirección al reino del Anticristo. En lugar de esto debemos elevar nuestra esperanza de una verdadera resurrección.

Veremos una verdadera resurrección cuando se restaura el culto publico de la Misa. Veremos una verdadera resurrección cuando el culto publico de la Misa se pone al centro de la vida publica. Veremos una verdadera resurrección en la medida que las mentes, los corazones, y las vidas se conforman al culto de la Misa. Veremos una verdadera resurrección cuando la Misa, la piedra que desecharon los arquitectos de este mundo se hace la piedra angular. Veremos una verdadera resurrección cuando Dios toma el primer lugar en la vida humana.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.