Mensaje para el Domingo de Pentecostés

Mensaje para el Domingo de Pentecostés

Fr. Joseph Levine; 31 de mayo, 2020
Lecturas: Hechos 2,1-11; Sal 103,1ab y 24ac.29bc-30.31 y 34; 1 Co 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

El milagro de Pentecostés no fue que la gente hablara en lenguas desconocidas, sino que personas de idiomas diferentes recibieron el don de un entendimiento común de las obras maravillosas que Dios realizó en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. El milagro de entendimiento empezó con los Apóstoles y discípulos que antes no comprendieron el significado de las palabras y acciones de Jesús. Cuando vino el viento fuerte de Pentecostés y las lenguas de fuego se posaron sobre ellos, de repente fue como la luz se encendió. Ellos entendieron y empezaron hablar de lo que Dios les ha dado y los demás también entendieron, a pesar de la diferencia de idioma.

Entonces, por medio de las palabras de los Apóstoles otros escucharon, entendieron, y entraron en la unidad de la fe. Por la misma fe los discípulos fueron unidos en una mente y un corazón, o podemos decir un entendimiento y un propósito. (Cf. Hechos 4,32)

La unidad del entendimiento y propósito no fue el resultado de un dialogo humano, ni de negociación humana, ni de la política de equilibrio. Es un don que una vez recibido exige mucho esfuerzo para preservar.

Por eso San Pablo escribió: Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo espíritu: un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo, lo penetra todo y está en todo. (Ef 4,3-6)

Esta unidad es la obra del Espíritu Santo el día de Pentecostés; esto es el milagro de Pentecostés; esto es lo que hace posible el milagro del amor.

El mundo de hoy – y a veces parece también la Iglesia – ha desesperado de la unidad de la fe y por eso busca la unidad de Pentecostés y el milagro del amor humano sin la unidad de fe. Esto es ilusorio. Cuando se desespera de la fe, el amor se falsifica, se separa Jesucristo del Espíritu Santo y de la Iglesia (que de veras es imposible), el hombre queda sin Dios en un mundo pasajero y destinado a la destrucción.

La unidad del entendimiento y de propósito que el Espíritu Santo realizó a las origines de la Iglesia, el milagro de Pentecostés, es el contrario de lo que sucedió en un evento muy antiguo en la historia bíblica, la construcción de la torre de Babel. Cuando la gente trató de construir la torre de Babel, su unidad superficial del propósito acabó con malentendido, falta de comunicación, y la división de idiomas.

El Babel histórico es también un símbolo profético de estos tiempos finales en que vivimos. La unidad que una vez fue construido en la Iglesia por medio de la obra del Espíritu Santo ha desmoronado durante el discurso de los últimos siglos mientras el nuevo Babel fue edificándose. División, malentendidos, y confusión son grandes señales de los tiempos en que vivimos, que pueden ser los últimos. No es necesario ser un seguidor de ‘teorías de conspiración’ para reconocer que en el mundo de hoy casi todo lo necesario para la apariencia del Anticristo ya existe.

¿Como es que hemos llegado a tal punto?

Es necesario tener un idea de la historia porque no sucedió de un día para el otro.

A la raíz de todo esto es el rechazo del orden espiritual en favor del orden temporal; el rechazo del mundo a venir en favor de la paz de este mundo. Esto condujo al rechazo de la fe, que fue remplazado por la razón humana. La razón humana, por su parte, se redujo a la razón científica, que se manifestó como débil y insuficiente, y por eso ni es la razón que gobierna, sino la emoción y la ambición para el poder.

El lunes pasado la Iglesia celebró al San Gregorio VII que era Papa de 1073 hasta 1085. El fue un gran líder de un movimiento de reforma en la Iglesia que la historia sabe como ‘la reforma gregoriana’. La reforma gregoriana tuvo dos propósitos principales y entrelazadas: la purificación del clero y la libertad de la Iglesia con relación a los príncipes y poderes seculares. Reconociendo que vivimos en un mundo muy diferente y circunstancias muy diferentes, estos propósitos valen también hoy en día.

San Gregorio VII también condenó la primera herejía grande sobre la sagrada eucaristía y obligó a su autor, Berengario, confesar: «Creo de corazón y abiertamente confieso que el pan y el vino que se colocan en el altar, por el misterio de la oración sagrada, y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y que después de la consagración está el verdadero cuerpo de Cristo, que nació de la Virgen, y que ofrecido por la salvación del mundo estuvo pendiente de la cruz, y que está sentado a la derecha del Padre; y que está la verdadera sangre de Cristo, que brotó de su costado, y ello no sólo por signo y virtud del sacramento, sino aun en la propiedad de la naturaleza y en la realidad de la sustancia.» (Citado por Papa Pablo VI, Mysterium Fidei) Papa San Pablo VI, a quien la Iglesia honoró este viernes pasado, citó estas palabras de su predecesor en su carta encíclica vindicando la fe eucarística contra unas herejías contemporáneas que quedan todavía con nosotros.

Volviendo al asunto de la libertad de la Iglesia: San Gregorio VII vivió en una Europa católica. Los imperadores, reyes, y príncipes todos fueron bautizados y, al menos por sus palabras, profesaron la fe católica.

La cuestión fue: ¿debe el orden espiritual de la gracia, confiado al sacerdocio católico, subordinarse a los intereses temporales, incluso los mas nobles, de los príncipes católicos, o viceversa? O, en otras palabras: ¿Debe este mundo sujetarse al mundo que ha de venir, o debe la esperanza de la vida eterna subordinarse a las necesidades de este mundo?

Conviene también que la sagrada eucaristía sea parte de la historia pues Jesús declaró: En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. (Jn 6,53-54)

Por eso podemos poner la cuestión en otra forma: ¿Debe la misa servir la política mundana o debe la política mundana, al menos, dar lugar para la celebración de la Misa?

La victoria de San Gregorio, para así decir, no vino durante su propia vida, pues su epitafio sería: “He amado la justicia y odiado la iniquidad, por eso muero en exilio.”

Sin embargo, San Gregorio VII se encuentra al inicio de la etapa histórica que se llama “la plena edad media” y realmente fue una plenitud de lo bien.

Durante los siguiente dos siglos la vida monástica floreció, nuevas ordenes religiosas nacieron, y fueron numerosos santos obispos y sacerdotes. Fueron gran santos y doctores (maestros) de la Iglesia como San Bernardo, San Francisco, San Domingo, San Tomás de Aquino, y San Buenaventura. También fueron santos reyes, como San Fernando de Castilla, y San Luis de Francia. El reino de San Luis en el siglo XIII, quizás, fue el punto culminante de toda la aspiración de la obra que San Gregorio inauguró.

A pesar del alboroto, conflicto, y violencia que hace parte de la condición humana, la plena edad media representa la unidad mas grande que jamás ha visto la historia humana. Esa unidad, la obra del Espíritu Santo, fue monumentalizado primero por los grandes templos románicos y después por los templos góticos, como Notre-Dame de Paris y la catedral resplendente de Chartres.

Hoy en día su usa ‘medieval’ como un insulto y incluso los católicos usan la palabra así. Pero esto simplemente muestra el progreso y divulgación de la rebelión contra la fe católica. De verás tengo mas vergüenza pertenecer al mundo moderno que ser heredero de la fe católica de la edad media. De verás, el mundo moderno viva en una oscuridad profunda, mientras en la edad media la luz de Dios resplandeció.

Sin embargo, debemos reconocer dos o tres faltas bastante graves: la separación de las iglesias ortodoxas en 1054, al inicio de la plena edad media, el fracaso de las Cruzadas, y el maltrato del pueblo judío que aumentó durante esta etapa. Finalmente, a pesar del progreso, el conflicto entre Papa y Imperador que marcó el papado de Gregorio VII continuó durante la plena edad media.

Al fin de esta etapa encontramos el Papa Bonifacio VIII que batalló contra el nieto de San Luis, Felipe el Hermoso, para mantener la libertad de la Iglesia. El batalló y fue vencido. En 1302 el Papa Bonifacio escribió una bula famosa ‘Unam Sanctam’ que habló del poder temporal y espiritual como dos espadas que fueron confiadas al San Pedro. San Pedro, en la persona del Papa ejerce el poder espiritual directamente y ejerce el poder temporal por medio de los príncipes seculares. La cuestión no fue de la neutralidad del poder secular (que era imposible) sino sobre la prioridad entre los dos poderes: ¿Debe el espiritual subordinarse al temporal o el temporal subordinarse al espiritual?

La ‘victoria’ en el orden practico del Rey Felipe sobre el Papa Bonifacio marcó el inicio de una resolución histórica de la cuestión en favor del poder temporal. La exaltación del poder temporal sobre el espiritual sería acompañada por la separación de la razón humana de la fe, la reducción de la razón humana a la razón ‘científica’, y al final hemos llegado a la secularización casi completa de la sociedad que conocemos hoy.

El discurso de la historia moderna también ha sido marcado por la desunión y la fragmentación que se manifestó de una manera extraordinaria cuando la Primera Guerra Mundial explotó el mundo entero. Sin embargo, el camino del regreso a Dios ha sido bloqueado por el mito de la violencia religiosa. Este mito dice que históricamente la primacía del espiritual siempre ha sido una fuente de conflictos y violencia sin cesar. Por eso, se dice, es necesario poner la paz mundial por encima de la paz del reino de Dios.

Podemos considerar al contario las palabras de Jesús, que no vino para llevar una paz mundial. No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido traer paz sino la espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra. Cada cual verá a sus familiares volverse enemigos. (Mt 10,34-36)

¿Por qué Jesús habla tan severamente? Porque el exige nuestra lealtad absoluta para si mismo y exigiendo nuestra lealtad absoluta el quiere conducirnos mas allá de la paz inestable y frágil, que produce de vez en cuando las negociaciones mundanas, a la paz eterna de su reino celeste. Por eso añadió: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que antepone a todo su propia vida, la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará. (Mt 10,37-39)

Al final, con relación de la Iglesia y el mundo, esto quiere decir que si el orden temporal no reconoce o se somete a la superioridad del orden espiritual (que se representa por la jerarquía de la Iglesia) la Iglesia vivirá no en la paz, sino bajo la persecución, sea manifiesta o escondida). Incluso la persecución ha sido la condición normal de la Iglesia en el mundo, incluso en los tiempos y lugares de la fe, como la edad media. Por otra parte, sin Dios, el mundo no encontrará la paz que desea.

Hoy en día parece que la Iglesia casi ha dejado de batallar por su libertad. En lugar de esto, se pone al servicio de las necesidades mundanas, sacrificando incluso, el santo sacrificio de la Misa en favor de la seguridad y olvidando que la necesidad mas grande de todo es la salvación eterna.

Hoy en día parece que muy pocos saben que hay un orden espiritual muy objetivo que es distinto y superior al orden temporal y que se hace presente y visible a nosotros por la estructura sacramental de la Iglesia.

Entretanto quedamos con un orden temporal que es desnudado de todo significado y abertura al espiritual. Por una parte este orden temporal va desmoronando porque no mas tiene en si mismo un principio de unión, por otra parte hay fuerzas poderosas y peligrosas que quieren explotar la situación, usando decepción y fuerza, para establecer una nueva unión bajo su propio poder. Parece que quieren controlar todo el mundo. La pandemia ha mostrado la facilidad con que es posible controlar casi toda la población del mundo.

Y ¿Por qué Dios, en su providencia, ha permitido todo esto?

Si consideramos todo a la luz de la rebelión contra la unión medieval, reconociendo también las faltas que existían en esa unión, podemos decir que por todos estos siglos Dios ha obrado para purificar su Iglesia. Por eso Cristo se entregó su vida en la Cruz para darse a si mismo una Iglesia – su esposa amada – radiante, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa y inmaculada. (Ef 5,27; cf. Ap 19,6-8)

Y ¿qué quiere decir esto para nosotros? En las últimas décadas podemos encontrar en la vida de la Iglesia el anhelo para un nuevo Pentecostés, una nueva unión, una nueva evangelización. Quizá esto fue el gran anhelo del Concilio Vaticano Segundo. Sin embargo, hemos visto poco fruto. No hemos visto un nuevo Pentecostés.

Permita que sugiera yo que la razón del fracaso de las esperanzas ha sido la falta del entendimiento de la historia y de las señales de los tiempos y por eso todos los esfuerzos se fundó falsamente en la política de dialogo con el mundo.

¿Entonces que serían los verdaderos cimientos?

La verdad de la fe católica que viene a nosotros de los Apóstoles por medio de la Tradición sagrada y la primacía del orden espiritual, que es el orden de la gracia, la participación sobrenatural en la misma vida y naturaleza de Dios, que nos conduce hasta la vida eterna.

Volver a estos cimientos exige de nosotros que nos arrepentimos de todas las maneras – en pensamiento, palabra, y obra – en que hemos participado en las mentiras del mundo moderno, la nueva Babilonia.

No es suficiente orar, ‘Ven Espíritu Santo’, si no vamos a abrirnos al Espíritu Santo, sin reserva y sin condición. No podemos abrirnos al Espíritu Santo si no queremos que el Espíritu Santo nos convence de nuestros pecados y nos lleve al arrepentimiento.

Solamente entonces será posible para nosotros escuchar de verás las palabras de Jesús a nosotros: La paz esté con ustedes. Esto no es la paz falsa del mundo, sino la paz verdadera que viene de Dios, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. Al uno y verdadero Dios sea dado toda la gloria, toda la alabanza, y todo el honor por los siglos de los siglos. Amen.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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