Mensaje para el Domingo de Ramos

Mensaje para el Domingo de Ramos

Padre Joseph Levine; 5 de abril, 2020
Lecturas: Is 50,4-7; Ps 22,2.8-9.17-18.19-20.23-24; Fil 2,6-11; Mt 26,14-27,66

Velen y oren, para no caer en la tentación. Las palabras que Jesús hablo a San Pedro en el jardín de Getsemaní deben servirnos como un lema para la crisis en que hemos entrado. Debemos guardar bien en la mente que el pandémica no es solamente una crisis de la salud publica; aun mas el pandémica ha manifestado y intensificado la crisis espiritual de la humanidad en el mundo de hoy; el pandémica ha manifestado y intensificado la crisis del hombre sin Dios, del hombre que ha dado la espalda a Dios.

Durante este tiempo del pandémica se usa mucho la palabra ‘sacrificio’. Les piden de todos que hagan ‘sacrificios’. Incluso les piden a los católicos que sacrifican la misa. Por mi parte, me pregunto si la gente sabe lo que están diciendo.

Hubo en el siglo pasado una filosofa del ‘egoísmo’, Ayn Rand, que dijo que ningún ser humano vale el sacrificio. Ella dijo que el sacrificio era algo degradante que priva la persona de su dignidad justa. Quizás, como muchas veces sucede con la falsedad, ella tuvo una mitad de la verdad.

De verás sería degradante sacrificar a una persona humana (como Cesar), pero no es degradante, ni humillante sacrificar por una persona humana. Esto es amor.

El problema hoy en día es que las personas hablan siempre de sacrificar por las personas, pero nunca hablan de sacrificar a algo o alguien. ¿Es porque la filosofa tuvo razón, o es porque hemos perdido algo esencial? ¿Hemos perdido el entendimiento que el sacrificio por alguien recibe su valor y su merito del sacrificio a alguien? Pero esto debe ser el sacrificio justo a la persona justa. ¿A qué? O ¿A quién?

Bueno, podemos considerar que les piden de los católicos que sacrifiquen la misa. Aquí encontramos el problema fundamental. Les piden de los católicos que sacrifiquen el Sacrificio, el único verdadero Sacrificio, el único Sacrificio que da sentido y valor a todos los demás sacrificios. Les piden de los católicos que sacrifiquen el santo Sacrificio de la misa.

¿De verás? ¿La misa es tan importante? ¿No es que ahora lo esencial es combatir el pandémica por quedar en la casa, quedar seguro, y apoyar los médicos, las enfermeras, y los demás trabajadores de la salud que se encuentran en el frente de la batalla?

Por favor, no mal comprendan lo que estoy diciendo. Los trabajadores de la salud, los camioneros, y los trabadores del supermercado, y los demás que están cumpliendo trabajos ‘esenciales’ importan muchísimo y se ponen en riesgo por nosotros. Debemos apoyarlos y mostrar nuestra gratitud. Sin embargo, quizás no estamos proveyéndolos el apoyo mas esencial de todo.

Cuando seguimos la narración de la Pasión de Cristo este domingo de Ramos podemos considerar como pareciera todo esto a las personas de afuera, a los que no pertenecían al pueblo de Dios. Actualmente se encuentra estas personas de afuera en la Pasión: Poncio Pilato y los soldados romanos.

Para decir la verdad, Pilato parece un poco aburrido y molesto por el conflicto religioso entre los judíos que considera como barbaros y fanáticos. El quiere la paz y estos conflictos religiosos perturban la paz y lo pone en peligro con su señor, el Imperador. El quiere lavar las manos del asunto. Los soldados romanos también están aburridos, pero ven una oportunidad del divertimiento cruel. En su divertimiento muestran que para ellos Jesús no tiene mucha importancia, mientras lo imponen la corona de espinas, riendo y diciendo, ¡Viva el rey de los judíos!

Parece que hoy en día, la gente de afuera, las autoridades civiles, dan tanta importancia a la misa en el combate contra el pandémica como Pilato dio a Jesucristo.

Entonces, ¿puede ser que la misa realmente es tan importante cuando parece que estamos llamado a hacer sacrificios mas urgentes, como quedar en la casa para “aplanar la curva y disminuir la taza de infección?”

Como ya dije, en la falsedad muchas veces se encuentra un elemento de la verdad. Los Aztecas tuvieron la practica inhumana de sacrificar los seres humanos. Ellos creyeron que la continuación del mundo dependió de la practica de arrancar corazones humanos de sus victimas vivas y ofrecerlos al dios del sol. Su creencia horrible y falso fue que el dios del sol necesitara mantener su vida, y por eso la vida del mundo entero, por alimentarse con la sangre humana. Sin embargo, escondido dentro de la falsedad fue la verdad que la sociedad humana de una manera se depende del sacrificio, pero es necesario el sacrificio justo.

Dios no necesita de nuestros sacrificios, pero nosotros somos dependientes de Dios y nuestra relación con él depende del sacrificio justo.

En el antiguo testamento, en el templo de Jerusalén, en adición a todos los sacrificios votivos y los sacrificios prescritos por las fiestas especiales, hubo también el sacrificio perpetuo, de la mañana y de la tarde. (cf. Un 28,3-8) En el año 586 antes de Cristo el templo fue destruido. ¡Qué catástrofe! La destrucción del templo y el fin del sacrificio perpetuo significó la muerte del pueblo. Sin embargo, el pueblo sobrevivió de una manera durante el exilio en Babilonia y fue restaurado de nuevo a la vida después del exilio cuando templo fue reedificado y el sacrificio perpetuo volvió a ser ofrecido.

Entretanto, surgió del exilio una profecía de mas una destrucción para venir. Habló de un anticristo que él interrumpirá el sacrificio y la ofrenda. (Dan 9:27) Mas tarde se refiere a un tiempo horrible de unos 3 años y medio que empieza cuando se suprima el sacrificio perpetuo. (Dan 12:11) Para un judío del mundo antiguo esto significaría el fin del mundo. Pero esto mismo periodo de 3 años y medio se encuentra del nuevo en el Nuevo Testamento en el libro del Apocalipsis como expresión de la persecución final del Anticristo.

La persecución horrible, un evento histórico que es profecía también del futuro, ya sucedió. El rey griego, Antíoco Epífanes de la dinastía seleucida, que tuvo su centro de poder en la región que hoy en día es Siria, era una figura podemos decir profética del Antecristo. El suprimió el sacrificio y profanó el templo en el año 145 antes de Cristo. Durante 3 años no hubo sacrificio hasta que Judas Macabeo liberó el templo, lo purificó, y así restauró el sacrificio. Así el sacrificio continuó de nuevo hasta la destrucción final del templo por los romanos en el año 70 AD (de nuestro Señor).

Sin embargo, unos 40 años antes de la destrucción del templo esto fue vaciado de su sentido. Esto fue significado en el narrativo de la Pasión del Señor por unas palabras que para los judíos sería casi igual al terminar el sacrificio: Jesús, dando de nuevo un grito, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba para bajo. Con efecto, la muerte de Jesús terminó el culto del templo, aunque continuara por mas 40 años como un casco vacío.

Por eso, los protestantes, citando unos pasajes de la Carta a los Hebreos (cf. Heb 7,26-28; 9,25-28) piensan que la muerte de Jesús fue el fin de todo sacrificio legitimo. Como consecuencia, desde el inicio de la rebelión protestante (1517 AD), todos han atacado el santo sacrificio de la misa. El ataque contra la misa, el culto publico y el sacrificio publico, fue también el inicio de un proceso histórico que ha relegado toda la religión a una actividad puramente personal e individual. Esto es también la razón que hoy en día la gente no ve ningún problema, nada del mal, en cancelar las misas para el bien de la salud publica.

La comprensión del evangelio que los protestantes perdieron puede recibir de la narración del Domingo de Ramos. En la última cena, Jesús tomó una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: ‘Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la alianza, que será derramada por muchos, para el perdón de los pecados. Esto es lenguaje sacrificial y mencionar ‘la alianza’ quiere decir es algo de importancia publica, aunque se realiza en la intimidad de la última cena con los doce Apóstoles. San Lucas nos otorga mas un detalle importante, el mandato de Jesús a los Apóstoles: Hagan esto en memoria mía. (Lc 22,19) Esto quiere decir que Jesús entregó a sus Apóstoles lo mismo sacrificio que el mismo ofreció una vez para siempre en la Cruz, para que ellos pudieran ofrecerlo siempre nuevo en su Iglesia, su Reino. Esto es al menos una parte del sentido de las palabras que Jesús añade después de ofrecer la copa: Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre.

Jesús murió una vez para siempre, pero según las palabras de la misma Carta a los Hebreos, el también es nuestro sumo sacerdote según el rito de Melquisedec que es capaz de salvar a los que por su medio se acercan a Dios. El sigue viviendo e intercediendo en favor de ellos. (Heb 7,25)

Sacrificio, en su sentido original y verdadero, que ha sido olvidado, es el acto supremo del culto de Dios. Cuando es del corazón es también el acto supremo del amor a Dios. El culto sacrificial que se ofrece a Dios, el sacrificio que lo agrade, es lo que da valor a todos los pequeños sacrificios que se hace en favor de las personas. Jesús en la Cruz ofreció el único sacrificio perfecto que verdaderamente agrade a Dios y gana por nosotros el perdón de los pecados y la abundancia de la gracia y la vida divina.

Sacrificio es el acto supremo del culto de Dios, pero es sobre todo un acto de culto publico. Nosotros, el publico, el pueblo de Dios, debemos participar. En este sentido, y solamente en este sentido, el sacrificio de la Cruz no fue suficiente. Por eso el sacrificio de la Cruz debe ofrecer en todo tiempo y en todo lugar, para cumplir la profecía de Malaquías: Desde donde sale el sol hasta el ocaso todas las naciones me respetan y en todo el mundo se ofrece a mi Nombre tanto el sacrificio del incienso como una ofrenda pura. Porque mi nombre es grande en las naciones, dice el Señor de los ejércitos. (Mal 1,11) Por el santo sacrificio de la Misa, el sacrificio de Jesús se ha convertido en el sacrificio de su Iglesia, nuestro sacrificio, el sacrificio de la nueva y eterna alianza.

La destrucción del templo quiere decir el fin del sacrifico y el fin del pueblo. Por eso también la reedificación del templo quiere decir la renovación del sacrificio y la resurrección del pueblo. Por eso, Jesús, después de expulsar los vendedores del templo en Jerusalén declaró: Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días. (Jn 2,19) El evangelista nos da la interpretación: Jesús hablaba de ese templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron en la Escritura como en lo que Jesús dijo. (Jn 2,21-22)

El templo del cuerpo de Jesús fue destruido en la Cruz, pero Jesús lo ‘reedificó’ por su resurrección y lo continua a edificar en su cuerpo místico que es la Iglesia. En este templo de su Cuerpo, el Santo Sacrificio se renueve continuamente.

Así, el Concilio Sagrado de Trento enseño:

“[Jesucristo], el mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo … para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; … ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del nuevo Testamento, para que lo recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen, por estas palabras: Haced esto en memoria mía; como siempre lo ha entendido y enseñado la Iglesia católica.” (Concilio de Trento, Sesión XXII, Doctrina sobre el santo sacrificio de la misa, cap. I)

Y:

“Por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz; … porque la hostia es una misma, uno mismo el que ahora ofrece por el ministerio de los sacerdotes, que el que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, con sola la diferencia del modo de ofrecerse. Los frutos por cierto de aquella oblación cruenta se logran abundantísimamente por esta incruenta: tan lejos está que esta derogue de modo alguno a aquella.” (Concilio de Trento, Sesión XXII, Doctrina sobre el santo sacrificio de la misa, cap. II)

El bien estar del mundo humano, el bien estar de la sociedad humana, el bien estar de la vida humana, y también nuestra salvación eterna depende de Dios. Nuestra conexión con Dios depende del santo sacrifico de la Misa. Esto es la razón porque, según la profecía de Daniel, la supresión de sacrificio siempre se entendió como signo del reino del Anticristo y del juicio que ha de venir.

Afortunadamente, el sacrificio como tal no ha sido suprimido, pero su celebración publica ha sido suprimida; los fieles son prohibidos de estar presentes.

Esta Semana Santa bien podemos gritar con el salmista: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Al mismo tiempo debemos recordar que Jesús usó estas mismas palabras mientras fue colgado en la Cruz.

El abandono es solamente aparente, pues el Salmista continua – y Jesús lo bien sabe – Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo, linaje de Jacob, glorifíquenlo, témanlo, linaje de Israel.

Por eso también en el capitulo 54 del profeta Isaías, siguiendo la profecía mas viva del sufrimiento y muerte de Cristo (cf. Is 52,13 – 53,12), que oímos en la Liturgia del Viernes Santo, leemos, Te había abandonado un momento, pero con inmensa piedad yo te vengo a reunir. En unos momentos de ira te oculté mi rostro, pero con amor que no tiene fin me apiado de ti – dice el Señor, que se compadece de ti. (Is 54,7-8)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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