Mensaje para la Ascensión del Señor

Mensaje para la Ascensión del Señor

Padre Joseph Levine; Domingo, 24 de mayo, 2020
Lecturas: He 1,1-11; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20

Dios asciende entre aclamaciones … Dios se sienta en su trono sagrado.
Aquel que asciende y se sienta en el trono sagrado de Dios es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho
hombre, subiendo al cielo, a la derecha del Padre, llevando consigo en triunfo su humanidad
sagrada. Él asciende al cielo para elevar nuestros corazones de este mundo pasajero y fijarlos
allá donde está él sentado a la derecha de Dios. El asciende al cielo porque quiere conducirnos
a donde el está para que podamos contemplar la gloria que tuvo del Padre antes la creación del
universo. (cf. Jn 17,24)

Jesús asciende al cielo, pero también siempre permanece con nosotros en la sagrada Eucaristía,
el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. El Cuerpo de Cristo en la sagrada Eucaristía es lo
mismo como el Cuerpo que está sentado a la derecha del Padre. La adoración eucarística es
como un espejo terrestre y símbolo de la adoración de Jesucristo en el cielo por los ángeles y
los santos. La adoración al trono en el cielo y la adoración al sagrario en la tierra es la actividad
del corte real de Cristo Rey.

Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios del universo. Llenos están el cielo de la tierra de tu gloria.
La 1ª lectura de hoy, de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que durante los 40 días de la
resurrección hasta la ascensión del Señor, Jesús habló del Reino de Dios. Después de hablar del
Reino de Dios, el ascendió y tomó el trono del Reino.

Sin embargo, siendo que el día de Pentecostés todavía no hubiera llegado, siendo que los
Apóstoles todavía no hubieran sido iluminados por el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, ellos
todavía no comprendieron la enseñanza de Jesús. Esto es evidente porque lo preguntaron se
fue ya el tiempo para restaura el reino a Israel.

Es difícil comprender exactamente lo que los Apóstoles estaban pensando, pero debía que
hubiera sido algo semejante a esto: el tiempo de la gloria para Israel fue el reino de David; el
Mesías o Cristo que esperaran fue profetizado para ser el descendiente de David, el Hijo de
David; por eso la gente esperaba que el Mesías restaurara Israel a su gloria antigua.

Parece que los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, pensaba algo semejante, antes la crucifixión
de Jesús, pues lo pidieron para que uno de ellos sentara a su derecha y el otro a su izquierda en
su reino. (Cf. Mc 10,35-41) Parece también todos los Doce pensaron de una manera semejante
cuando disputaron sobre quien de ellos fue mayor. (cf. Mc 9,33-34). Cuando Jesús fue
crucificado sus esperanzas para la gloria de la restauración del reino de David, un reino en que
ellos ocuparan los oficios principales, fueron destruidos. Cuando Jesús resucitó de entre los
muertos sus esperanzas fueron restauradas, pero todavía no fueron transformadas y elevadas.
La transformación, elevación, y comprensión solamente vendría por la ascensión de Jesús y el
envío del Espíritu Santo.

Así los Apóstoles aprendieron que el Reino hubiera tener dos aspectos: habría el Reino en el
cielo, donde Jesús tomó su trono y adonde los santos lo seguirían y también habría el Reino en
la tierra, el Reino de Jesús en su Iglesia, por medio de la sagrada Eucaristía. Por eso la misma
Iglesia se convierte en el Cuerpo de Cristo, la plenitud del que lo consuma todo en todo. Este
Reino en la tierra, que es la Iglesia, no fue destinado a limitarse al territorio de Israel, pero por
medio del testimonio de los Apóstoles, empezando de Jerusalén, debería divulgarse por toda la
tierra. Esta divulgación del Reino de Cristo en la tierra debe continuarse hasta que Jesús vuelve
en su gloria.

Es mas algo que debemos comprender ahora de la Iglesia como el Reino en la tierra: el papel de
la sagrada Tradición. Jesús dio a sus Apóstoles instrucciones al respecto del Reino. ¿Qué fueron
estas instrucciones? Las instrucciones incluyen todo lo que fue entregado por los Apóstoles por
medio de la Tradición sagrada. La transmisión de la Tradición de una manera especial se realiza
por la liturgia. Por eso, desde los tiempos antiguos, los textos litúrgicos se refirieron a la
autoridad de la Tradición apostólica como fundamento de su legitimidad.

Aquí también se revela el error fundamental del protestantismo: quiere decir que es posible
entender el Evangelio y reconstruir la Iglesia directamente de la sagrada Escritura, sin
referencia a la realidad de la Iglesia que Cristo estableció y que ha existido desde el tiempo de
los Apóstoles.

Mas recientemente este mismo error ha entrado en la vida de la Iglesia católica donde se ha
divulgado largamente. Se manifiesta este error en el supuesto que casi todo que creció,
desenvolvió, y se edificó desde el tiempo de los Apóstoles no es valido o incluso es falso, y por
eso es necesario renovar la Iglesia por rechazar la herencia de la Tradición en favor de teorías
de los académicos que pretenden reconstruir una cristiandad primitiva. Lo que realmente está
sucediendo es que la gente, en lugar de abrazar la realidad rica y viva de la Iglesia fundada por
Cristo en el Espíritu Santo, proyecta su propia imaginación e ideas sobre un tapiz fragmentario y
desteñida de la antigüedad.

Es sobre todo en la liturgia que la Iglesia, como el Reino de Dios en la tierra, es un reflejo del
Reino en el cielo, con los ángeles y santos en adoración alrededor del trono del Cordero. (cf. Ap
5) Podemos decir que, en unión con los ángeles y santos en el cielo, la obra principal de la
Iglesia en la tierra es la glorificación de Dios por medio del culto publico, por Cristo, con él, y en
él. Esto es la ofrenda del santo sacrificio de la Misa, el sacrificio de Jesucristo mismo. La obra
secundaria de la Iglesia es la salvación de las almas, que se realiza por hacer discípulos de todas
las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas
a cumplir todo lo que Jesús nos mandó, para que las naciones después de ser santificados por
Cristo pueden compartir su culto. Cuando Cristo venga los que solamente participaron como
cuerpos en las bancas serán echados fuera, mientras aquellos que fueron santificados
interiormente por el culto verdadero serán elevados juntamente con Cristo para la gloria del
Reino celeste. Uno lo tomarán, otro lo dejarán. (Mt 24,40.41)

Por desgracia la celebración actual de la liturgia, especialmente la liturgia de la Misa, ha sufrido
mucho en los últimos 50 años. En lugar de ser un espejo de la liturgia celestial que refleja la
gloria de Cristo Rey, sentado a la derecha del Padre, en lugar de ser una realidad viva que se
reciba de la Tradición sagrada y que se entrega y se celebra fielmente, muchas veces se
convierte en un instrumento de propaganda para proyectos mundanos o se convierte en una
expresión de las emociones y sentimientos de un pequeño grupo de un lugar y tiempo muy
particular. En lugar de los sacerdotes actuando como especialistas de los ritos sagrados de la
Iglesia que cuidan para que los ritos se cumplen en fidelidad a la Tradición recibida, ellos se han
convertido en comerciantes tratando de agradar sus clientes.

La situación puede compararse con la de Moisés y el pueblo de Israel al pie del Monte Sinaí.
Moisés subió el monte y hizo un ayuno de 40 días y 40 noches, recibiendo de Dios la visión del
culto verdadero según la cual debía ordenar el culto de Israel. Al mismo tiempo el sacerdote
Aarón, al pie del Monte, en lugar de esperar para recibir la regla del culto verdadero de Moisés,
trató de agradar al pueblo, haciendo el becerro de oro. Después la gente celebró una fiesta
lujuriosa.

Israel recibió solamente una sombra del verdadero culto, mientras la Iglesia recibió la realidad
misma según la regla que los Apóstoles recibieron del monte vivo de la santidad de Dios, que es
Jesucristo.

Ahora, la Misa casi se quitó de nosotros totalmente y se permite solamente de una manera
limitada, sujeto a condiciones ‘sanitarias’ muy estrictas. Qué diéramos una mitad del cuidado y
atención a los detalles de la reverencia que ahora tenemos que dar a los detalles de la
sanitación. Qué diéramos una mitad de la atención para recibir la comunión en un alma pura
que ahora tenemos que dar para adorar en un templo sanitario.

No piensen que ahora que podemos volver a la misa de vez en cuando que la crisis ya pasó o
que las cosas volverán luego a ‘lo normal’. No habrá un verdadero ‘normal’ si volvemos a la
religión de consumismo y a la fiesta alrededor del becerro de oro. No habrá un normal justo si
no aprendemos ponernos bajo el dominio de Cristo Rey – en verdad y vida, no solamente por
palabra y grito – en lugar de someternos a los tiranos y gobernadores de la tierra.

¡Cuídense! Esos políticos populares que parecen promover los intereses de ustedes no están
sirviendo a Cristo Rey, pero están explotando las injusticias que las personas sufren para
avanzar sus propios proyectos y poder, igual a Plutarco Calles.

La ascensión de Cristo al cielo tuvo consecuencias para la vida en la tierra: esto quiere decir que
desde entonces las naciones de la tierra se sometiera al Reino de Cristo o se opusiera a él. En la
realdad la neutralidad no es posible. O somos por Cristo Rey o en contra. Esto es verdad tan
para el individuo como para el grupo.

A la luz de esta consideración podemos observar que si hoy la Gobernadora de Oregón puede
decirnos las condiciones que permiten la celebración de la Misa y cuantas personas pueden
asistir, mañana ella puede determinar otras condiciones a su gusto. Si un contagio que
posiblemente tiene una tasa de muerte de 1.3% justifica que el gobierno civil manda la
supresión del culto publico – y debemos comparar este 1.3% a la Muerte Negra del siglo XIV
que en cuatro años causó la muerte de una mitad de la población de Europa – ¿Por qué no 0.8%
la próxima vez? ¿Por qué no en un tiempo de influenza mas fuerte que normal? ¿Por qué no en
otro tipo de ‘urgencia’? Se revela ahora que estamos a la misericordia de las autoridades civiles
y sus consejeros médicos. ¿Hay razón por creer en su misericordia? ¿No sería mejor pedir la
misericordia de Dios por medio del culto publico de la Misa?

Miren hay una paradoja implicada en el culto de Dios. Debemos adorar a Dios porque es justo y
necesario y no por causa del beneficio que vamos a recibir. Sin embargo, si lo hacemos el
beneficio será para nosotros no para Dios. Lo que vale para los individuos vale también para las
naciones. Al contrario, la nación que no rinde a Dios el honor debido, por Cristo Rey,
eventualmente sufrirá las consecuencias de un gobierno injusto y desviado.

Si un individuo o nación trata de adorar a Dios principalmente por causa de un beneficio
mundano, no adoran a Dios de verdad, sino tratan de manipular a Dios y los ritos del culto. De
Dios nadie se burla. (Gal 6,7) La manipulación del culto solamente puede terminar en desgracia.
Para resumir: el culto justo nos ordena a la vida eterna en Dios por Jesucristo, según sus
condiciones, no nuestras. El culto equivocado sirve a los propósitos y políticas humanas. Poner
el culto al servicio de la política humana quiere decir rechazar el Reino de Dios. En lugar de
esto, toda la política humana y todas las instituciones humanas deben sujetarse al reino de Dios
por la fe en Jesucristo y el culto justo que el nos ha dado.

Jesús no dijo, vayan y hagan discípulos de todas las personas. Antes el dijo, vayan y hagan
discípulos de todas las naciones. Su mandato no se cumple plenamente si solamente se bautiza
los ciudadanos de las naciones, sino cuando las naciones mismas se someten al Reino de Cristo.
Sin embargo, no puede conquistar las naciones por Cristo por la fuerza de las armas, ni por su
sustituto moderno que es el chantaje económico, ni por la propaganda mentirosa, sino por la
predicación del evangelio de la Verdad, por palabra y acción.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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