Pentecostés

Pentecostés

Padre Joseph Levine; 23 de mayo, 2021
Lecturas: Hechos 2,1-11; Salmo 103,1.24.29-31.34; Gal 5,16-25; Jn 15,26-27;16,12-15

¿Por qué Pentecostés? O siendo que la palabra significa ‘el quincuagésima día’, ¿por qué Jesús envió al Espíritu Santo a sus discípulos 50 días después de su resurrección?

Entre el pueblo judío Pentecostés se conoce como shavuot que quiere decir ‘la fiesta de las semanas’; la ley de Moisés mandó su celebración siete semanas después de la pascua como celebración de las primicias de la cosecha. Sin embargo, la fiesta tuvo otro sentido, porque después de su liberación de la esclavitud en Egipto, que se realizó en la primera pascua, fue en la quincuagésima día que el pueblo llegó al monte Sinaí, entró en la alianza con Dios, y recibió por Moisés la ley de Dios. Esa ley, como sabemos, se inscribió en tablas de piedra, que era un símbolo de la dureza del corazón humano. (cf. Mt 19,8)

También debemos considerar que Jeremías profetizó que Dios establecería una nueva alianza, que sería diferente de la alianza de Sinaí, que el pueblo violó. El característico de la nueva alianza sería el perdón de los pecados, la ley escrita por Dios en el corazón del pueblo, y las personas llegando al conocer al Señor. (cf. Jer 31,31-34)

Después el profeta Ezequiel profetizó que Dios limpiaría el pueblo con agua pura, quitaría el corazón de piedra de su pecho, les darlía a ellos un corazón de carne, poniendo su Espíritu en ellos y haciendo que caminen en fidelidad a su ley. (cf. Ez 36,25-27)

Entonces, cuando entendimos que las profecías de Jeremías y Ezequiel se cumplieron en el día de Pentecostés, cuando los discípulos de Jesús recibieron el don del Espíritu Santo, como primicias de la obra redentora de Cristo, vamos a entender que el Pentecostés se relaciona a la pascua cristiana como shavuot, o la fiesta de las semanas se relaciona a la pascua judía.

En lugar de la ley escrita en tablas de piedra, ahora tenemos el Espíritu Santo, enviado del cielo por Jesucristo, que graba la ley de Dios en el corazón de los fieles. Esto es el gran don de la nueva alianza en la Sangre de Cristo.

Así Pentecostés otorga la solución a un problema que ha afligido la humanidad desde que Adán desobedeció a Dios. El problema es esto: las personas no quieren hacer lo que deben y no quieren obedecer; ni quieren obedecer a Dios. Al contrario, el Espíritu Santo hace que el alma humana sea dócil a la ley de Dios.

La herida del pecado de Adán nos dejó con una inclinación perversa para desobedecer a Dios, para hacer lo contrario de lo que Dios nos manda. San Pablo observó que la ley que fue dada en Sinaí, aunque fuera buena, prescribiendo cosas buenas, actualmente hizo la situación humana peor, porque los hombres continuaron haciendo cosas malas, pero ahora hicieron cosas peores, por directamente desobedecer a Dios, violando la alianza sagrada. (Rm 7,7-11)

San Pablo efectivamente enseña lo mismo en la 2ª lectura de hoy cuando el escribe que el desorden egoísta del hombre (que se llama ‘la carne’) está en contra al Espíritu Santo. O en otro lugar, los proyectos de la carne están en contra de Dios, pues la carne no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede someterse. Por eso los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. (Rm 8,7-8)

El concepto bíblico de ‘la carne’ efectivamente significa el deseo humano siendo privado de la gracia de Dios. El deseo humano es como una flecha; naturalmente, no importa la altura del blanco, inevitablemente una flecha caerá a la tierra. Solamente por la gracia de Dios es posible que la flecha del deseo humano sobre pasa la capacidad de la naturaleza y monta al cielo. El peso de la flecha, que la trae para la tierra, es lo que pone nuestro deseo en contra de la ley de Dios. Esto es el origen de nuestro instinto de rebelión y de renegar. Esto es la razón que la ley escrita, sea divina sea humana, por si misma, sin el Espíritu de Dios, no es capaz de mejorar la vida humana o hacer las personas mejores.

El mundo moderno, que ha rechazado a Dios y busca edificar una nueva torre de Babel, ya ha producido montañas de reglas humanas – no merecen la dignidad del nombre de ‘ley’ – montañas que se siempre va aumentando y que las personas obedecen solamente en la medida en que la gente piense que no tenga otra opción. Por lo demás la gente busca una manera de evitar las reglas, circunvenirlas, ‘trabajar el sistema’ buscando su propia ventaja. Se multiplica las reglas para prevenir la duplicidad humana, pero los mas expertos y mas poderosos encuentran nuevas maneras de circunvenirlas. Así es la vida de ‘la carne’ que sigue la ley del mundo que es ‘cada uno por si mismo’.

Entonces, voy a poner a ustedes una pregunta fundamental y decisivo: ¿Qué quieren? ¿La vida según la carne o la vida en el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, da testimonio a Jesucristo, el Hijo de Dios. El Espíritu Santo nos da a conocer a Jesús por el camino exterior de la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia y al mismo tiempo el camino interior, dándonos en el alma la luz para entender. Es por la luz interior que venimos a ‘conocer al Señor’. La palabra exterior y la luz interior se acompañan y se interpretan mutuamente.

El Espíritu Santo da testimonio a Jesucristo crucificado, conduciendo el alma al arrepentimiento de pecado, declarando a la persona su pecado, demostrando su esclavitud a la carne, pero también despertando la esperanza y un anhelo para la liberación y salvación. (cf. Jn 16,8-9)

Después el Espíritu Santo conduce al alma a la fe en Jesucristo, resucitado de entre los muertos, que perdona nuestros pecados y nos regala la vida de la gracia por el bautismo.

Al menos, esto es el camino por lo cual el Espíritu Santo conduce un adulto a Cristo, pero hay muchos que después de ser bautizado como niño pierden su gracia bautismal por el pecado mortal; el Espíritu Santos los reconduce a la vida de gracia siguiendo pasos semejantes a los por los cuales guía al adulto a bautismo. Solamente que en este caso la resurrección a la gracia se realiza en el confesionario.

Por la gracia santificante el Espíritu Santo viene para habitar en el alma como en un templo y, en la medida en que el alma se rinde dócilmente a la acción del Espíritu Santo, él empieza dirigiendo el alma de dentro. El Espíritu Santo guía al alma por el camino de la ley de Dios, dando al alma un deseo que es contrario al deseo de la carne, un deseo eficaz de hacer lo que es bueno y honesto y justo; la ley de Dios no mas parece al alma como un peso que fue impuesto por un poder ajeno sino como un consejero querido que conduce a Dios.

Entonces, el alma empieza a comprender las palabras de Jesús: Carguen con mi yugo y aprenden de mí, que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mt 11,29-30)

Y también las palabras del Salmista: La ley del Señor es perfecta, es remedio para el alma, toda declaración del Señor es cierta y da al sencillo la sabiduría. Las ordenanzas del Señor son rectas y para el corazón son alegría. Los mandamientos del Señor son claros y son luz para los ojos. El temor del Señor es un diamante que dura para siempre; los juicios del Señor son verdad y todos por igual se verifican. Son más precioso que el oro, valen más que montones de oro fino; más que la miel su dulzura, más que las gotas del panal. (Salmo 19[18],8-11)

El Espíritu Santo, que da testimonio a Jesús, nos muestra como Jesús cumple la ley en su persona, alimentándose por la voluntad de su Padre, buscando siempre su agrado, enseñándonos a seguir su ejemplo. (cf. Jn 4,34; 8,29; 13,15.34)

Sin embargo, la ley de Dios no es la meta, el destino, sino el camino, el camino que nos conduce al conocimiento de Dios. El Espíritu Santo, que da testimonio a Jesús, nos conduce a conocer a Jesús mismo, el Señor. Esto no es solamente un saber de las palabras escritas en una pagina, sino el conocimiento intimo de la persona. La luz del Espíritu Santo nos otorga el entendimiento tan del sentido profundo de la ley de Dios como de la realidad de la persona del Hijo de Dios, de quien las palabras y actos se encuentran en los evangelios y que se resumen en el credo.

El resultado es que el Espíritu Santo nos hace semejante a Jesucristo; el reproduce la imagen de Cristo en la hondura de nuestra alma; él nos conduce a la intimidad con Jesucristo, una intimidad que es reflejo de la intimidad que Cristo tiene con su Padre. Y Jesús nos dijo: El que me ve a me ve al Padre. (Jn 14,9)

Podemos resumir todo esto con las palabras de San Ireneo: “El Bautismo «nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo».” (San Ireneo de Lyons, Demonstratio Predicationis Apostolica 7, citado CIC 683)

Sin embargo, el Espíritu Santo no nos conduce a solas, como individuos aislados. Cuando fuimos bautizados, nos bautizamos en la Iglesia Católica, el Cuerpo de Cristo, vivificado por el Espíritu Santo. La Iglesia es el lugar del Espíritu Santo. Otra vez citando San Ireneo: “Allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia.” (Adversus Haereses 3,24,1)

El día de Pentecostés, los Apóstoles y discípulos fueron reunidos en el mismo lugar. Fueron en el mismo lugar junto con la santísima Virgen María, la esposa del Espíritu Santo, que se llenó del Espíritu Santo desde su Concepción Inmaculada. Hoy el Espíritu Santo nos conduce en el mismo lugar, físicamente, el templo en que se ofrece el santo sacrificio de la Misa, para conducir nos al mismo lugar espiritualmente, por medio del verdadero Cuerpo de Cristo, nacido de la Virgen María.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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