Santa María, Madre de Dios

Santa María, Madre de Dios

Padre Joseph Levine; 1 de enero, 2021
Lecturas: Num 6,22-27; Salmo 66,2-3.5-6.8; Gal 4,4-7; Lc 2,16-21

En 431 d.C. los obispos de la Iglesia Católica reunieron para el 3º concilio ecuménico en la ciudad de Éfeso, que hoy se encuentra en Turquía. Es una ciudad donde se cree que la Santísima Virgen pasó los últimos años de su vida en la compañía del Apóstol Juan, a cuyo cuidado fue confiada por el Señor antes que muriera en la Cruz.

En este concilio los obispos solemnemente proclamaron que de verdad la Virgen Santísima es la Madre de Dios. Ellos no inventaron el titulo que ya fue usado en la Iglesia y de veras ya se encontró en un himno bien conocido y antiguo que remonta al 3º siglo. (“Sub tuum praesidium”)

Sin embargo, el titulo recientemente hubiera sido rechazado por el Patriarca de Constantinopla, Nestorio. Para hablar simplemente, Nestorio enseño que en Cristo eran dos naturalezas, el divino y el humano y dos personas, el divino y el humano, el Hijo de Dios y el Hijo de María. Por eso Nestorio declaró que María era la Madre de Cristo hombre, pero no verdaderamente Madre de Dios. Nestorio dijo que el hombre, Jesús, fue honorado con el titulo ‘Hijo de Dios’ solamente por causa de su santidad suprema y su unión intima con Dios.

En el Concilio de Éfeso, Nestorio fue opuesto por San Cirilo, el Patriarca de Alejandría. Justamente, San Cirilo enseño, conforme a la Tradición recibida de los Apóstoles, que el único Hijo de Dios, la Palabra que era en el principio junto al Padre, es aquél que tomó carne en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre, sin cambiar en nada su naturaleza divina, pero elevando y uniendo su sagrada humanidad, cuerpo y alma, a si mismo en la unión de su persona divina.

Por eso, la Virgen María es verdaderamente la Madre de Dios, según su humanidad. Pues una madre da a luz una persona. Así la santísima Virgen no dio a luz una naturaleza humana, sino una persona divina que tiene una naturaleza humana. De verdad ella es la santa Madre de Dios a quien pedimos que ruegue por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

El Concilio de Éfeso mostró claramente que la verdad de María y la verdad de Jesucristo son inseparables.

A menudo se dice que los católicos disminuyen el honor debido a Jesús por causa del honor que dan a su Madre. Actualmente la verdad es lo contrario: así como disminuir la verdad de Jesús, como lo hizo Nestorio disminuye la verdad de María, también disminuir la verdad de María disminuye la verdad de Jesús.

Por eso también Dios formó una Madre digna de si mismo. La santidad de la Concepción Inmaculada de María da testimonio a la santidad de su Hijo, el origen de toda santidad. La integridad inviolable de su virginidad, antes, durante, y después del parto, da testimonio perenne al origen de su Hijo, que era Dios, junto con el Padre y el Espíritu Santo, antes la creación del mundo; que era Dios cuando caminaba en la tierra, el Hijo de la Virgen María; y quien en la misma humanidad que tomó de María reina para siempre, Dios, a la derecha el Padre. De modo semejante, su asunción gloriosa al cielo, cuerpo y alma, da testimonio a poder redentor de su Hijo y también a su resurrección y ascensión. También por compartir en la obra de su Hijo al pie de la Cruz como Co-redentora, y continuando en el cielo como intercesora todopoderosa y medianera de la gracia, nuestra Madre en el orden de la gracia, ella da testimonio a poder de la obra redentora de su Hijo. De verdad, su alma, siempre y en toda parte, engrandece al Señor, manifestando su grandeza y santidad a los hombres. (cf. Lc 1,46-55)

Por eso también la consagración a la santísima Virgen es algo muy bueno. Por la consagración a la santa Madre de Dios, renovamos nuestro compromiso bautismal en sus manos, entregándonos totalmente a su cuidado maternal, cuerpo y alma y todos nuestros bienes, interiores y exteriores, y incluso el merito de nuestras buenas obras, para que ella puede disponer de nos según su agrado.

Claramente, lo que entregamos a ella continuamos usando, pero ahora tenemos que usar la vida que Dios nos ha dado como perteneciendo a María, como su propiedad especial. Debemos vivir como debe un hijo de María, guardando los mandamientos de Dios y dando testimonio a Jesucristo. (cf. Ap 12,17) Por su parte, ella se da a nosotros. Ella abre para nosotros el tesoro de la gracia y bendición de Dios. Ella cuida de nosotros y nos protege como perteneciendo a si misma. Lo que María protege no será perdido. Antes, ella va a unirnos segura y perfectamente a su Hijo, Jesucristo.

Si queremos dar todo a María, que le demos el año pasado para que ella nos obtenga el perdón de nuestros pecados, complete lo que faltó de nuestra parte, y haga que todo sea una ofrenda agradable a Dios, por medio de Jesucristo. Que le demos este nuevo año, junto con todos nuestros temores y esperanzas, para que ella nos guie en la senda justa, fiel a su Hijo, hasta la vida eterna.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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