Santísima Trinidad

Santísima Trinidad

Padre Joseph Levine; 30 de mayo, 2021
Lecturas: Dt 4,32-34.39-40; Salmo 32,4-6.9.18-20.22; Rm 8,14-17; Mt 28,16-20

En la 1ª lectura de hoy Moisés invita al pueblo de Israel para que mediten sobre la bondad que Dios les mostrara, acercándose a ellos, liberándolos de la esclavitud en Egipto, y haciéndolos su propio pueblo. Moisés propone como conclusión:

Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro. Cumple sus leyes y mandamientos.

Miren bien que el no dijo que todas las religiones son caminos diferentes al mismo Dios, sino que el Dios que liberó Israel de la esclavitud en Egipto es el único verdadero Dios, el Creador de todo.

Siendo que esto fue la antigua alianza, podemos adaptar las palabras de Moisés, refiriéndonos ahora a la nueva alianza en la Sangre de Cristo. Es el mismo Dios.

“¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, una cosa tan grande como ésta? ¿Se oyó algo semejante? ¿Que pueblo ha oído que Dios hable a ellos siendo hombre semejante a ellos, entregando su vida en la Cruz, derramando su Sangre como expiación de nuestros pecados, liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte, resucitando de entre los muertos para conducirnos a la vida eterna, así como ha hecho Jesucristo, el mismo Hijo de Dios? ¿Hubo algún ‘dios’ que nos manifestó su misma vida interior, enviando a su propio Espíritu para vivir en nosotros, y invitándonos para entra en comunión con el, como ha hecho el Señor, nuestro Dios, la santísima Trinidad?

Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro. Cumple sus leyes y mandamientos.

En la oración colecta de la misa de hoy demos gracias a Dios porque enviando al mundo la Palabra de verdad, Jesucristo, y el Espíritu santificador, él nos reveló su “misterio admirable”, esto es el misterio escondido de su vida interior. Esto es el misterio de la santísima Trinidad, tres personas divinas, el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, cada uno es plena e igualmente Dios, y juntos son un solo Dios, el Creador del cielo y de la tierra. Él nos ha revelado su vida interior precisamente para que pudiéramos nosotros entrar y participar de su vida.

Cada uno de ustedes tiene una vida interior, que es un característico de los seres humanos y que consiste en pensamientos, imaginaciones, decisiones, deseos, y emociones. Cada uno tiene consciencia de su vida interior y atrevería decir que es lo mas importante de todo para cada uno. Así cuando la vida interior se hace intolerable, la misma vida se hace intolerable.

Podemos ver la cara exterior de una persona, pero no podemos conocer su vida interior si el no nos manifieste. Podemos adivinar algo, pero no podemos saber. Esto es la razón porque podemos juzgar de las acciones exteriores de una persona, sino no de su vida interior, no de su corazón.

De una manera cada uno se encuentra a solas en su vida interior, pero debe saber que Dios, el Creador, la santísima Trinidad, es el testigo de nuestra vida interior. De veras, mientras a menudo quedamos un misterio a nosotros mismos, es Dios el que nos comprende completa y perfectamente.

Cada uno se encuentra ante Dios en la soledad de su corazón, pero no es independiente. No solo se encuentra como dependiente de Dios – que es la verdad mas fundamental de nuestra vida, aunque a menudo escondida de nuestra consciencia – pero la vida interior también se moldea en muchas maneras y se depende de su experiencia del mundo, sobre todo el mundo de la vida humana. Pues, así como nuestro rostro mira para fuera, no nos conocemos primero a nosotros mismos, sino conocemos a nosotros mientras estamos conociendo otras cosas y personas.

Los pensamientos y deseos de una persona a menudo se determinan por sus necesidades físicas y emocionales y sus deseos instintivos. A menudo la persona viva no en la presencia de Dios, sino en la presencia de la opinión humana. Se preocupe por lo que los demás piensan o pueden pensar de ella. Sea conscientemente o no, el desenvuelve una identidad interior, una manera de pensar de si mismo, una imagen interior de su persona, a la luz de las ideas y imágenes que ha recibido de la sociedad humana.

Ha personas que han sido tan abusadas y dominadas por otros que su misma vida interior está sujeta a eso abuso; interiormente viven bajo los ojos del opresor. Otros están tan dominados por el deseo de dominar a los demás que difícilmente dan atención a su propio interior, pero se preocupan por manipular, explotar, y dominar a los demás. Otros se sienten divididas interiormente, conducidas en direcciones diferentes por pensamientos y emociones que están en conflicto. Otros aprenden un tipo de disciplina que les hace capaz de alcanzar un tipo de paz interior.

Atrevería decir que cada uno quiere la paz interior, pero una tal paz será frágil y ilusoria si no se enraíza en la realidad de que San Pablo habla en la 2ª lectura de hoy. Solamente cuando recibimos el don del Espíritu Santo de Jesucristo, el Hijo de Dios, el don del Espíritu de la adopción de hijos, que nos libera de toda la esclavitud interior, que nos otorga y nos revela la identidad de los hijos de Dios, que nos pone interiormente en la presencia del Padre, que está por encima de todo, lo penetra todo y está en todo, (Ef 4,6) seremos capaces a descubrir la paz verdadera que supera lo que se pueda comprender y que nos conduzca a la herencia de la vida eterna. (cf. Fil 4,7)

El alma humana, que es la raíz de nuestra vida interior, fue creada a la imagen de la santísima Trinidad. Como nuestra alma forma para si una imagen interior muy imperfecta, manifestando su identidad, así Dios mismo genera para si mismo una imagen perfecta y eterna que es su Hijo.

La imagen de la Trinidad en el alma se corrompe cuando el alma se centra en si misma. Entonces el resultado es como una perversión diabólica de la Trinidad: el alma, su imagen de si misma, y su culto de si misma. El alma forma una imagen de si misma que se pone, por así decir, sobre el altar interior a donde rinde culto a esa imagen, que es como un ídolo del corazón. Así trata de ordenar todos sus pensamientos, deseos, y acciones para alimentar y agradar al ídolo interior.

Al contrario, cuando por medio de la vida de la gracia, el alma se abre a Dios en la fe, la esperanza, y la caridad, la verdadera imagen de la Trinidad empieza a resplandecer por dentro. Allá tiene estos tres: el alma santificada por la gracia, su conocimiento de Dios y su amor a Dios. El Espíritu Santo habitando en el alma produce la imagen de Cristo, que ama y adora al Padre.

El alma que se convierte de esta manera a Dios y descubre la santísima Trinidad habitando en su hondura, se libera de la esclavitud a las pasiones y a la opinión humana y no tiene necesidad o deseo de dominar a los demás. Una región interior muy expansiva se desenvuelve en el corazón; esto hace que el alma sea capaz de recibir sus hermanos y hermanas en Cristo, amarlos, y manifestar este amor en palabras y acciones.

Lo mas que la personas se convierten a Dios que se encuentra por dentro, lo mas que van a encontrar la verdadera unión y la paz el uno con el otro.

Sin embargo, la relación interior a Dios no puede existir si no recibe alimento de fuera. De esta manera Dios nos protege contra los engaños e ilusiones. Para establecer un orden justo en el interior del alma, el Espíritu Santo nos conduce al bautismo y del bautismo al santo sacrificio de la Misa, al alimento de la sagrada comunión, y la presencia de Jesús en el sagrario. Por su parte, Jesús nos conduce por medio de la Cruz al Padre.

El misterio de la santísima Trinidad, el misterio de la vida interior de Dios que nos fue revelado, es el misterio de las tres personas divinas que son un solo Dios. Ellos son inseparables, pero podemos relacionarnos prácticamente a este misterio pensando del Espíritu Santo como “Dios por dentro”, el Hijo, como “Dios hecho visible” – su visibilidad que continua en la Iglesia y en los sacramentos es esencial para preservarnos de los engaños y las ilusiones – quienes juntos y inseparablemente nos conducen al Padre, que es “Dios por en cima de todo”.

Podemos considerar el ejemplo de la Virgen santísima, llena de gracia, la Hija amada del Padre y la Esposa del Espíritu Santo, acunando en sus brazos el Hijo, su Hijo, Jesucristo, amándolo por el impulso de amor que viene del Espíritu Santo. Ahora, ella ha llegado al cielo, a la casa del Padre; fue el Espíritu Santo, viviendo en su corazón inmaculado, que la condujo a su destino; allá ha sido coronado visiblemente por su Hijo, que está sentado a la derecha del Padre.

Cuanto a nosotros, cuando recibimos el Espíritu Santo en nuestro corazón, que nos fue enviado por Jesucristo, sentado a la derecha del Padre, el Espíritu Santo nos mueve para amar a Jesucristo, en la Iglesia, en la sagrada Eucaristía, y en nuestros hermanos y hermanas. Así el Espíritu Santo nos conduce a la unión de los santos que están regocijando en el cielo, viviendo eternamente en el seno de la santísima Trinidad.

Gloria al Padre, y gloria al Hijo, y gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora, y siempre, por los siglos de los siglos. Amen.

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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