Todos los Santos

Todos los Santos

Padre Joseph Levine; Domingo, 1 de noviembre, 2020
Lecturas: Apoc 7,2-4.9-14; Salmo 23,1-6; 1 Jn 3,1-3; Mt 5,1-12

Esta es la raza que buscan tu rostro Señor.

¿De verdad? ¿Los católicos realmente desean ver el rostro de Dios?

Hoy en día los rostros a menudo se esconden por las máscaras. A veces simplemente buscamos ver el rostro de la persona con quien hablamos. Quizás queremos acabar con las máscaras completamente. Pero ¿es verdad que deseamos ver el rostro de Dios, sin máscara, sin velo?

Consideren la experiencia de separación de un querido; imaginen como sería sin ‘Facetime’, ‘Skype’, o ‘Zoom’, como fue en los tiempos pasados. Entonces una persona realmente desea ver el rostro del querido. Tiene ansia de ver el rostro del querido. ¡Qué alegría en el encuentro después de una separación de mucho tiempo! Quizás uno dirá, “¡Qué alegría verte otra vez!”

Entonces, ¿tenemos un ansia tal para ver el rostro de Dios? ¿Si no tenemos el ansia de ver el rostro de Dios, tenemos razón para esperar llegar en el cielo y juntarnos a la compañía de los santos?

Pero ¿qué quiere decir ‘ver el rostro de Dios’?

Podemos hablar del santo rostro de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que hace que Dios sea presente y conocido a nosotros y podemos hablar del rostro de Dios invisible.

No podemos tener ansia o desear algo que nunca hemos conocido o de que nunca hemos escuchado. San Juan escribió: Nadie ha visto a Dios jamás, pero Dios-Hijo único, el que está en el seno del Padre nos lo dio a conocer. (Jn 1,18) Jesús mismo nos dijo: El que me ve a mí ve al Padre, porque viendo a él, incluso en su humanidad sagrada, vemos aquel que es el Hijo de Dios la imagen perfecta, igual al Padre eterno. (Jn 14,9) Él es el Camino, la Verdad, y la Vida por quien nos acercamos al Padre. (cf. Jn 14,6)

Aprendemos de Jesús por medio de su palabra, pero lo vemos y lo conocemos por medio de su ‘rostro’. Ahora que ha subido al cielo, tenemos todavía su rostro visible en sus imágenes y su rostro velado en la sagrada Eucaristía.

La imagen de Jesús no debe ser una imagen cualquier que sea sino debe modelarse según el ejemplo de las imágenes que nos fueron dados en el Santo Sudario de Torino, el rostro del crucificado, y su imagen del Velo de Manoppello, el rostro del resucitado. Las imágenes de los santos, por su parte, reflejen la luz del rostro de Jesús.

Si buscamos ver el rostro de Dios debemos venerar la imagen de Jesús. Si la imagen de Jesús no nos toca, tenemos poco deseo para ver a Dios. Lo mas que guardamos como un tesoro en nuestro corazón la imagen de Jesús, lo mas que vamos a tener ansia para ver el rostro de Dios.

Hay también el rostro velado de Jesús en la sagrada Eucaristía; su santo rostro es velado, pero su presencia es muy real y sustancial. Mas una vez, si queremos ver el rostro de Dios, debemos adorar a la presencia de Jesús en el santísimo. Si no nos alegramos al entrar en su presencia en el templo, no tenemos mucho deseo para ver a Dios. Lo mas que nos alegramos en su presencia eucarística, lo mas que tendremos un ansia para ver el rostro de Dios.

Por eso San Tomás de Aquino concluyo su famoso himno eucarístico ‘Adoro te devote’:

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego,
que se cumpla lo que tanto ansío
que al mirar tu rostro cara a cara,:
sea yo feliz viendo tu gloria.

Al final, la visión del rostro escondido de Dios, la visión beatifica, ver a Dios como el es, es la esencia del cielo. Esto es la felicidad de los santos. Aquellos que contemplan el rostro de Dios tienen todo su deseo satisfecho, todas sus preguntas contestadas, y todas sus lagrimas enjugadas. Han recibido un don que nunca pueden perder.

Esto es un don dado a los puros de corazón y pobres de espíritu, pues nadie puede alcanzar la pureza de corazón que no empieza con la pobreza de espíritu.

Jesús dijo, Si no cambian y se hacen como los niños no entrarán en el reino de los cielos. (Mt 18,3) Hacerse como niño quiere decir acoger a Jesús con fe y recibir su gracia con la simplicidad de un niño, regocijar en nuestra dependencia total de él, y poner en él nuestra confianza absoluta, sin condición, sin reserva. Esto es lo que quiere decir ser pobre de espíritu.

La pureza del corazón quiere decir que el corazón está libre de motivos ulteriores y agendas privadas; pureza de corazón quiere decir que el deseo del corazón está fijado en ver el rostro de Dios, mientras los demás deseos se subordinan a este deseo principal.

En las palabras del salmista: Una cosa pido al Señor; esto es lo único que busco: vivir en la casa del Señor todos los días de mi vida, disfrutar de la dulzura del Señor … … Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco; no me ocultes tu rostro. (Salmos 27,4.8-9)

En la 2ª lectura de hoy, San Juan nos dijo: Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él.

El camino no es fácil. Tenemos que hacer un gran esfuerzo. Jesús nos dijo: Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y amplio el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por él. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran. (Mt 7,13-14)

El camino angosto de la puerta estrecha de la pobreza de espíritu hasta la pureza del corazón pasa por las lagrimas del arrepentimiento de pecado, la mansedumbre que domina el espíritu de enojo, de resentimiento, de rencor, y de venganza, el hambre y la sed de la justicia, no nuestra, sino la que viene de Dios, y la practica de las obras de la misericordia; aguanta la persecución y las dificultades siempre viviendo en la paz de Cristo, mientras se esfuerza tanto como posible vivir en paz con los hombres, incluso los que no quieren la paz.

El camino es duro y difícil, pero es el camino que no solamente conduce a un don recibido, sino a una victoria ganada. Los santos llevan en sus manos las palmas de victoria porque han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero.

No debemos desanimarnos por la dificultad. Jesús nos dijo: Pidan y Dios les dará, busquen y encontrarán, llamen y Dios les abrirá. (Mt 7,7)

Hoy honramos los innumerables santos que han pasado por el camino antes que nosotros; ahora están seguros en el cielo; ellos contemplan el rostro de Dios; ellos desean que nos unamos a su compañía; ellos oran por nosotros y juntan nuestras oraciones con suyas. Por eso, invoquemos a todos los santos, juntos con la Santísima Virgen María y San José, para que nos ayuden en el camino.

Jesucristo lo quiere para nosotros. Por eso se hizo hombre, nació de la Virgen María, y derramó su Sangre en la Cruz. El lo hizo todo para que pudiéramos ver el rostro de Dios. Antes que salió para ser entregado y crucificado, oró por nosotros, diciendo: Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado. (Jn 17,24)

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Fr. Joseph Levine graduated from Thomas Aquinas College and after a long journey was ordained to the priesthood for the Diocese of Baker, Oregon. He currently serves as pastor of St. Peter Catholic Church in The Dalles on the Columbia River.

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